miércoles, 30 de marzo de 2011

PASIÓN Y MUERTE DE UN HOMBRE LOBO

 PASIÓN Y MUERTE DE UN HOMBRE LOBO
Una ópera gótica

      La ópera más extensa, ambiciosa y original en su tratamiento musical que he realizado hasta la fecha, es un espectáculo gótico que tiene como eje central la figura de un hombre lobo, tantas veces plasmada en el cine y la literatura. Tiene todos lo elementos de amor y terror en un cuadro gótico que traza la música para, una vez más, hablarnos del   amor, la muerte y lo efímero de la existencia humana.

PERSONAJES
Marcos (hombre lobo)-barítono
Selene-soprano
María (joven del pueblo)-mezzosoprano
Padre de María-bajo
Madre de María-contralto
Matías (mayordomo)-tenor
Pueblo-coro
almas de los muertos-ballet.
  
    Una obertura atípica dentro de una ópera "clásica", comienza con un andante agitato.

 

Resuelve en un “Ballet hiriente”, desde el punto de vista compositivo es una secuencia de blues iniciada por bajo eléctrico, guitarra eléctrica y piano, para ir siendo retomada por los diferentes instrumentos de la orquesta en un crescendo incesante, mientras danzan los hombres y mujeres del ballet, hasta ser tomado el tema por la cuerda



 Desemboca en un solo de órgano, cuya melodía será el eje central de toda la ópera.


"En la lejana noche", aria de barítono que canta Marcos, es todo un alarde para el interprete que alcanza notas agudas de gran dificultad.  


 

EN LA LEJANA NOCHE

Aria de Marcos (Barítono)
De la ópera “Pasión y muerte de un Hombre Lobo”
Música, libreto y orquestación de
Julio Mariñas

El hombre solo camina por la vida,
Pasan los días, las horas se nos van.
En un eterno camino sin retorno
Vivir es un suspiro de cruda realidad.

Noche oscura que cobijas la mentira y la verdad.
Dame valor para lograr huir del mundo y su crueldad.
En una noche oscura la luna me miró
Aún conservo en mis pupilas, terrible resplandor.

Cuando las sombras se filtran en el alma
Y el viento silva entre las quietas losas,
Chirrían los goznes del corazón herido,
Se ve volar las aves a tierras misteriosas.

Noche incierta que devoras,
Oigo tu muda canción.
Intento sin conseguirlo
Romper mi desolación.
Y en la lejana noche
La luna transformó
Todo lo que era mío
Y el mundo me olvidó.


   El coro en procesión camino del cementerio canta "Leve suspiro lejano de un Dios"

   Dentro de tanta intensidad, el aria de soprano de Selene "La soledad", se encuentra entre los números más dulces de la obra.

El aria de mezzosoprano de María "En la noche callada", desemboca en uno de los momentos más terroríficos de la obra.


EN LA NOCHE CALLADA

María - Joven del pueblo
Aria de mezzosoprano de la ópera “Pasión y muerte de un Hombre Lobo”
Música, libreto y orquestación
De
Julio Mariñas

Todo es silencio mi casa está cercana,
El viento mueve la copa del ciprés.
Se ha hecho tarde, la noche solitaria
Y el eco de mis pasos me hace estremecer.

La juventud que anida en mi pecho
De sueños locos puebla mi corazón.
Por eso acudo en la noche callada
Junto a un amor prohibido. Será mi perdición.
Vivo ese tiempo en que la sangre fluye
Como un torrente que no tiene final.

Todo es silencio mi casa está cercana,
El viento mueve la copa del ciprés.
Se ha hecho tarde, la noche solitaria
Y el eco de mis pasos me hace estremecer.

La juventud que anida en mi pecho
De sueños locos puebla mi corazón.
Por eso acudo en la noche callada
Junto a un amor prohibido. Será mi perdición.
Vivo ese tiempo en que la sangre fluye
Como un torrente que no tiene final.

Y cada día una esperanza nueva
Calma mis locas ansias.
¿Quién está ahí? ¿Quién va? ¿Quién va?

La potente orquestación en el ataque del hombre lobo es una de las páginas más impactantes. Pero será el aria "Un infierno me habita" en la que el barítono tendrá que hacer gala de gran potencia y elevar tesitura, llegando hasta un sol 3.

    La ópera “Pasión y muerte de un Hombre Lobo” pretende ser una incursión musical en los terrores que habitan al ser humano; además de la eterna lucha entre el bien y el mal que subyace en el interior de todos nosotros.










lunes, 28 de marzo de 2011

EL MANTO DE LA MUERTE



Escrito con motivo de la marea negra que asoló las costas gallegas  y
Publicado en Cartas al director de Faro de Vigo el  17 de diciembre del 2002


    El siglo XXI  ha llegado, con gran júbilo y despliegue de medios, el homo sapiens lo ha recibido, orgulloso de su condición de dueño absoluto del planeta; no sé muy bien si recreándose en su ignorancia o regocijándose en su inconsciencia; pero lo cierto que la alegría experimentada por una inmensa mayoría ha sido sincera.
    Por desgracia, la esplendorosa civilización que nos hemos dado, brilla por fuera  deslumbrando cada día más a sus creadores; seres que no saben, o no quieren saber que su gran ídolo resplandeciente tiene el vientre podrido, negro como el más oscuro túnel infernal. Es por ello qué, de vez en cuando vomita sobre nuestras cabezas parte de esos desechos que el mismo hombre almacena en el vientre que lo acoge.
 Todos tienen tan llena la boca de palabras, que apenas es posible entender lo que quieren decir. Cifras, proyectos, previsiones. Medicina preventiva, en algunos casos con resultados satisfactorios; en muchos, una manera de morir mejor, más lentamente, sabiendo la fecha aproximada, y en el frío hospital en vez del cálido hogar. Seguridad para todos; cámaras en las calles, en los puestos de trabajo, controles de carretera, cacheos en los aeropuertos; en algunos casos se consiguen coger al delincuente; en muchos, el ciudadano siente que es culpable mientras no se demuestre lo contrario. Pensiones y sueños de futuro. ¿Alguien puede demostrar que mi futuro existe? Las palas levantan nuestros parques, y con ellos, la tierra que pisamos cuando éramos niños. En su lugar colocan fría piedra. Tiran el árbol centenario bajo el cual se enamoraron varias generaciones, para poner en su lugar unos cuantos hierros que dicen: son puntos de encuentro.
    O el mundo se ha vuelto loco, o hace tiempo que yo he perdido el juicio. De todos modos, en el supuesto de que lleguemos a reconocer nuestros desvaríos, jamás entonarían el mea culpa; seguramente achacarían su locura al polvo cósmico procedente de algún cuerpo celeste.
Toda esta reflexión viene a cuento por el terrible suceso al que estoy asistiendo atónito durante los últimos días. La muerte vestida tan solo con su capa negra, llevaba mucho tiempo asomando entre las nubes, entre las olas, mostrando esa cínica sonrisa. Y al final a soltado esa túnica letal en el otoño del océano Atlántico, llenando de negrura las costas de Galicia. El pecho se oprime y no puedo por menos que llorar amargamente al ver el manto negro de la parca adherirse a las arenas, a las rocas, a las aguas de estas costas que tanto he caminado; el mar batiendo en Muxía, la lluvia golpeando los cristales del restaurante en Malpica, la puesta de sol en Finisterre, la espuma besando las rocas de castro Baroña en Porto de Son, el viento acariciando las dunas de Corrubedo; sería interminable enumerar los bellos lugares que tanto dieron a mi inspiración.

¿Tendré que explicarle algún día a mi sobrina que el mar en Galicia fue azul, verde, gris, de mil colores maravillosos, y todas esas cosas como si fueran un sueño del pasado? El ser humano hace tiempo que ha comenzado a cansarse de matar a sus semejantes, y ahora parece querer aniquilar la raíz, el germen donde late la esencia de la vida. ¿Qué más nos queda por ver? Cargado sobre nuestros hombros, llevamos un luto involuntario; pesa más que la más dura de las cadenas; nos obliga a contemplar la destrucción de la belleza natural, de la madre nutricia que nos ha permitido llegar hasta aquí, de todo lo hermoso que nos rodea. Dentro de mil años ¿Qué motivo tendrá la poesía, la pintura, la música, para poder surgir de  la mano del artista? ¿Quién llorará aquello tan mágico que hace mucho existió y se llamaba tierra?

Pintura y fotografías del autor.

domingo, 20 de marzo de 2011

LA TIERRA NO ES UN PLANETA FELIZ

Publicado el 18 de junio del 2002 en Cartas al director de Faro de Vigo


    La tierra no es un planeta feliz. Me lo dice su fría cara demacrada por frías líneas de asfalto; artificiales arrugas de una vejez temprana. Sobre hirientes kilómetros laberínticos viajan huestes, hordas acorazadas, semejantes a hormigas sobre ruedas vomitan su gas contaminando en la faz antaño verde y vigorosa; sinuosas formas trazaron sobre ellas ríos de cristalinas aguas; espesas montañas de verdes tonalidades modelaron a su piel paisajes únicos. Pero el homo erectus salió a escena y con el tiempo bautizose sapiens; surgió de las cavernas temeroso y acabó por cubrir sus pies descalzos; perdiendo así el contacto con la tierra; aquella que lo había recibido cual hijo predilecto entre las bestias. La tierra no es un planeta feliz. Donde ayer crecía el árbol, hoy se eleva el rascacielos; donde habría sus pétalos la flor, hoy vomita el sujeto peligroso. ¡Por fin lo hemos conseguido! Somos los desheredados; el cielo nos sabe a humo; nadie regresa a su barrio, no existe, lo empapelaron de bancos y firme asfalto. La tierra no es un planeta feliz. Ni nuestros cuerpos vencidos son pasto de los gusanos; ni el labrador tiene tierras, ni el pescador mares. Sin quererlo, visten los cormoranes espesas túnicas de alquitrán; y el sabio llora en su saber, y el ignorante ríe en su ignorancia. Todo nos lo han llevado,  la tierra no es un planeta feliz; por que la memoria del abuelo duerme el sueño de los justos, ya que la nuestra es un ordenador y algunos discos duros.
    Lástima del silencio que amaba el prado; pena de los paseos entre nenúfares ¡Cuánto hormigón sobre ellos! Injusto desprecio a los aromas de tardes juveniles de domingo.
    La tierra no es un planeta feliz. Me lo dijo Ulises la otra noche; él, que descansa allá, en lo etéreo, vino a felicitarme por creer en verbos ya perdidos por los hombres.
    ¡Qué triste suena la arcaica campana de la belleza sin “feligreses”  que atiendan ya a los ecos de su tañido! Negra es la noche, negro el dolor que invade mi ánimo cuando veo que la tierra es un planeta triste; mientras, el hombre se cuelga medallas y se vanagloria de su condición. Gracias pero no quiero edenes comunes y oficiales; prefiero este infierno que me habita.

“ET MAINTEMAN, L´IMPORTANT C´EST LA ROSE”

Artículo escrito con motivo de la muerte de Gilbert Becaud  y
publicado en Cartas al director de Faro de Vigo el 30 de Diciembre del 2001

      “Y AHORA, LO IMPORTANTE ES LA ROSA”

    Ha muerto Gilbert Becaud, el cantante de voz áspera y nocturna, devorador de pianos; compositor de inolvidables canciones de amor. Su fin me entristece menos que el de muchos otros que sufren el hambre, el abandono, la miseria. Gilbert Becaud vivió la vida con intensidad y, al igual que Sinatra, Gassman, Mastroianni, y algunos otros, triunfó y saboreó el reconocimiento del público. Pero, cada vez que a mis oídos llega la desaparición de un artista como él, algo dentro de mí se conmueve. En los últimos treinta años, algo llamado televisión, no nos ha permitido olvidarnos de aquellos artistas con los que crecimos. Uno tras otro nos van abandonado. Se habían afincado en nuestro interior, aquel día lejano de la niñez, en la primera mirada de deseo, aprendiendo a besar, bajo las luces tenues de una olvidada habitación, en los adioses y desengaños. Gilbert Becaud con sus melodías y letras nos llevó de paseo por Moscú con “Nathalie”, cuando tan solo caminábamos por las calles de nuestra ciudad; también nos dijo que “Siempre hay un tren que va a algún lugar”; pero sobre todo reflejó como nadie la sensación profunda del dolor ante el adiós de la amada en su inolvidable “Et maintenat”. Ya quedan pocos. Nos abandonan los músicos, los actores, en definitiva, los creadores que no se limitaron sólo a interpretar o dar a luz obras de arte, sino que crearon estilo; personalidades fusionadas a sus obras con tanta intensidad y autenticidad que se han convertido en irrepetibles, y con ellos, siento que se me escapan de las manos un tiempo de ilusiones, esperanzas, original. El artista, engullido por su creación queda perpetuado a la memoria de la humanidad. Y la rosa que Gilbert Becaud cantó y sigue cantando en la eternidad va perdiendo sus pétalos con cada nueva desaparición de un creador. Esperemos que sea una gigantesca rosa de infinitos pétalos, de un color incapaz de ser plasmado en ningún billete ni moneda, en ningún anuncio publicitario. Una rosa al alcance sólo del corazón y no de las viles manos del materialismo.
    Cae la noche del primer día de invierno. Sobre el oscuro y frío cielo, allí, en una nube despistada, Becaud toca el piano de cola, en el que se apoya Sinatra; fuman y cantan; sobre la brillante tapa bailan Gene Kelly y Fred Astaire. Otras nubes aparecen, describirlas sería demasiado largo. Arrojan pétalos de rosa color imposible de precisar. Existe esa rosa. Por eso, lo importante no es el tiempo que invertimos de casa al trabajo, ni si vamos andando o en bicicleta, ni si somos licenciados o aprendices, lo importante, ya lo dijo Gilbert Becaud, es la rosa.

    

jueves, 17 de marzo de 2011

LAS TARDES DE CINE

Recuerdo un tiempo donde los niños jugábamos en las calles de nuestro barrio, la mayoría de ellas aún sin asfaltar, y las horas transcurrían lentas, reposadas. De vez en cuando deteníamos nuestros juegos para dejar pasar algún coche. A los más jóvenes les puede parecer que hace muchos años de esto; pero no es así. En ese tiempo no tan lejano, en mi barrio había dos cines, uno pegado al otro. Se llamaban el Palermo y el Avenida. De este último tengo la suerte de haber podido rescatar de un rincón de su patio, gracias a la amabilidad de uno de los familiares del dueño del cine, el cabecero de la entrada de hierro forjado en el que figura “1940”. Hace muchos años que desaparecieron, al igual que otros cines de Vigo.


En esas salas, que hoy serían impensables, los suelos estaban alfombrados por cáscaras de pipas, había cigarrillos brillando en la oscuridad y era frecuente que el proyector fallara y se cortara momentáneamente la película, con el consiguiente pataleo de los espectadores. Allí se reunía toda suerte de elementos. Desde el correcto matrimonio que iba al cine con sus hijos, hasta las parejas situadas en “la fila de los mancos”. Entonces ir al cine era todo un ritual. Primero contemplabas en los paneles de entrada los carteles de las películas (eran dos en sesión continua; podías pasar la tarde en el cine repitiendo películas) y observabas los fotogramas con gran interés y detenidamente.

Acto seguido, una vez pagada tu entrada, el pasillo que llevaba a la sala también estaba decorado por carteles de filmes ante los cuales podías pasar un buen rato. El cuarto de proyección estaba abierto y se veía la máquina que pronto comenzaría a lanzar las imágenes a la gran pantalla. Entonces llegaba el momento de elegir un buen sitio y comenzar a entrar en un mundo lejano y enigmático. No existían los traílers de televisión que hoy en día ya cuentan la mitad de la película antes de que accedas a verla. Podía ser una de Vaqueros, de Tarzán, de los Marx, de Romanos, Policíaca, de Terror o de otro tipo de aventuras. Así, el niño que era, fue conociendo a los grandes de la pantalla. Buenos actores y actrices, pero con un carisma especial, aderezado sin duda (no nos vamos a engañar) por la magia de Hollywood. Tal vez ciertos valores de esas películas, vistos hoy en día por expertos analistas, resulten anacrónicos. Pero a nosotros nos hicieron soñar. Esto no sé si fue bueno o malo al correr del tiempo. Lo cierto es que llenaron de fantasía nuestra niñez y adolescencia.  Creo que eso es el cine en realidad; y todo el arte en general. Trasladarnos a la esencia de las cosas bellas. Elevarnos del mundo que nos rodea e insuflarnos el aliento de la aventura, la pasión y la épica de las grandes historias.
Hay en el fondo de mis recuerdos una Ingrid Bergman dulcemente sorprendida descubriendo a Bogart en un café de Casablanca, un Kirk Douglas como Espartaco en una cruz a la salida de Roma observando a su mujer y su hijo camino de la libertad, la expresión de un Charlton Heston encarnando a Ben-Hur que simboliza en su mirada a un Jesucristo que le ofrece agua pero no aparece en pantalla, o el mismo actor arrodillado ante los restos de La Estatua de la Libertad en una playa desierta en el Planeta de los simios. En el fondo de mis recuerdos vive la apasionada aventura de Mogambo con Ava Gardner y Grace Kelly en la selva inhóspita, la inquietante casa de Psicosis o la maravilla de un Gene Kelly cantando bajo la lluvia. Sería imposible enumerar todas esas historias que aún habitan en mí. Después “La nouvelle vague” sería un soplo de aire fresco en la juventud. En mi casa conservo la mayoría de ellas en DVD y las vuelvo a ver con frecuencia. Pero sé que la magia del cine no volverá tal y como la conocimos las generaciones anteriores al fervor televisivo. Tal vez no sea mejor ni peor. Sólo diferente. A veces es bueno tener los pies en el suelo; pero no demasiado tiempo, podemos quedar atrapados en el fango de una sociedad en exceso realista.


Es lo único que nunca conseguirán prohibirnos. Soñar con aventuras imposibles (que en ocasiones se hacen realidad) Creer que aún hay malos que tienen códigos de honor y no te van a “disparar” por la espalda ante la impunidad de una masa expectante. Me sigue gustando el cine y hay películas fabulosas, pero, cuando quiero reír de nuevo recurro a Chaplin, Keaton, los Hermanos Marx o Woody Allen; cuando quiero vivir una aventura en el Oeste, vuelvo a Centauros del desierto, Furia de Titanes o el Hombre que mato a Liberty Wallace; cuando quiero soñar con el amor, contemplo de nuevo Un hombre y una mujer, Anónimo Veneciano, Tal como éramos o Descalzos por el Parque; cuando quiero adentrarme en el misterio regreso a Hitchcock o, si por el contrario quiero acceder a las cavernas del miedo retomo la noche de Walpurgis, los Crímenes del Museo de Cera o La noche de los muertos vivientes; si quiero sentir el soplo de la libertad retomo a Truffaut o Godard; nada mejor que Kurosawa o Bergman para trasladarnos a la épica y la meditación respectivamente. 

Algo ha cambiado en el cine. No soy un experto; sólo un mero espectador que disfruta de las inmejorables salas que existen ahora. Pero algo ha cambiado. Tal vez es  que la prisa, como en todos los ámbitos de la vida, nos ha impedido seguir haciendo un cine para seguir soñando. Por eso, además del estupendo cine que aún se hace; reclamo como espectador un cine que me haga volver a soñar. Donde la irrealidad nos envuelva y aleje de lo cotidiano. Porque, a fin de cuentas, a eso vamos al cine; a sumergirnos en nuestros sueños de infancia y juventud. Ahora con los años, más que nunca. Para evocar lo vivido, en algunas ocasiones, y en otras, para vivir lo que no hemos podido vivir en la realidad. El cine puede conseguir lo que no ha conseguido ningún poder; envolver a los seres humanos en la fantasía del amor, de la aventura, de lo irreal. Aunque pueda parecer un contrasentido, creo que sólo así seremos más amantes, más libres, más soñadores. Recuerdo un tiempo de Sesión Continua. El cine me ha enseñado mucho. Hay cosas que probablemente jamás hubiese llegado a realizar si la gran pantalla no me hubiese inspirado con su eterna cadena de sueños. A pesar del profundo cambio social y tecnológico, Deborah Kerr y Burt Lancaster aún se siguen besando bañados por las olas  en De aquí a la eternidad; Jean-Pierre Léaud ha quedado para siempre en la playa que no lleva a ninguna parte. ¿Y los Besos robados? ¿Qué ha sido de los Besos robados?

"Homenaje al final de la película de John Ford "Centauros del desierto".

 FOTOS DE JULIO MARIÑAS

miércoles, 16 de marzo de 2011

AMANECER EN VENECIA

    
    La estación de S. Lucía exhala su último suspiro en las aguas del canal veneciano. Es diciembre y la ropa de abrigo se hace necesaria; pero el sol salpica las aguas en una bienvenida silenciosa, ajena a los ruidos de las ciudades modernas. Porque esa es la mayor bendición de Venecia y que, desde los tiempos anteriores a Wagner hasta hoy, le ha permitido conservar su esencia. Aquí los planes urbanísticos que horadan las calles de nuestras ciudades para construir aparcamientos, túneles de circulación y otras lindezas, no existen.

Fama tienen los helados italianos. Por eso, a pesar de estar muriendo el año, imposible resistirse a la tentación de saborear uno. Llegué a Venecia siguiendo los pasos de los ilustres personajes; como suelo hacer casi siempre con estas ciudades donde a lo largo de la historia las diferentes artes se dan la mano. En la Scuola Grande de San Rocco puede uno admirar la obra pictórica en la que Tintoretto trabajó durante casi toda su vida (una vida bastante larga para el siglo XVI, setenta y cinco años) Parece ser que, en un principio, no era demasiado apreciado su arte y se solicitó a diferentes artistas la presentación de proyectos. Cuentan que, mientras esto sucedía, Tintoretto pintó un óleo de la noche a la mañana y se lo regaló a la Scuola; convirtiéndose en miembro de la hermandad. Así recibió el encargo para el resto de las pinturas. Sería demasiado extenso enumerar aquí los magistrales trabajos que pueden admirarse en la Scuola Grande de San Rocco.
Destacaría uno de forma especial, “Crucifixión”, una de las pocas obras del autor fechadas y firmadas. Gigantesca obra de más de cinco metros de alto por más de 12 de largo, que ocupa toda la pared de frente a la entrada de la Sala dell´Albergo. No es de extrañar que con posterioridad fuera motivo de estudio por parte de  pintores del siglo XVII como Rubens y Van Dyck. Extenderse en la explicación de los innumerables museos sería empresa imposible para este texto, que sólo quiere ser una breve pincelada de una ciudad de ensueño.
Podemos acceder navegando por el Gran Canal o por el entramado de estrechas calles y puentes que decoran la ciudad. De cualquier modo, llegaremos a Plaza de San Marcos, en realidad dos plazas que tienen como punto de enlace El Campanario. Con un poco de suerte es posible escuchar y ver tocar a dos moros la campana de la Torre del Reloj, hermosa muestra arquitectónica construida con piedras azules y doradas. . Los edificios de las Procuratie nuevas y viejas con sus soportales circundan toda la Gran Plaza donde las palomas acogen al visitante y se toman la confianza de posarse en sus manos a poco que se las incite a ello.

Llegaron entonces hasta mi los aromas del siglo XIX que aún emana el Café Florian, y con ellos, la imagen de Byron, Verdi, Wagner y otros ilustres del arte. Pero es la basílica de San Marcos la que mejor refleja lo que fue la grandeza y el esplendor de esta ciudad mágica. Con sus broncíneos caballos vigilantes (hoy copias, los auténticos se pueden ver en el Museo San Marcos) botín de la toma de Constantinopla en la cuarta Cruzada y pertenecientes a una cuadriga de bronce dorado. Sin embargo, es el interior del templo el que parece trasladar al viajero a otra época, y sobre todo, los mosaicos de las tres grandes cúpulas del siglo XII; la profusión de imágenes hace casi imposible captar todos los detalles de tan laboriosa muestra de arte. Impulsado por el espíritu romántico y también por el recuerdo de la maravillosa película de Visconti “Muerte en Venecia” (muy recomendable también la novela de Thomas Mann) tomé el barco para visitar la playa de El Lido. Un sol amable salpicaba las aguas mientras avanzábamos hacia la isla.

Tal vez, cuando Shelley y Byron paseaban estas oscuras arenas, fraguaban en su mente nuevos poemas, nuevas historias, nuevas aventuras. Es hermoso viajar y conocer lugares, gentes y admirar el arte que atesoran las ciudades. Después de ver anochecer en el Canal de una Venecia misteriosa donde parecen sonar aún los lamentos de los condenados en El Puente de los Suspiros; después de ver amanecer en Venecia y como el sol inundaba lentamente sus aguas y sus puentes; creo que la belleza sigue latiendo en el rastro de la historia, a veces cruel; en la huella del arte, siempre evocador.

El tren está a punto de salir de la estación de Santa Lucía. Hasta mis oídos parecen llegar los ecos de las cuatro estaciones de Vivaldi, otro de los grandes maestros venecianos. Mientras el tren comienza a salir lentamente de la estación, viene a mi mente la imagen del personaje encarnado por Dirk Bogarde exhalando su último suspiro mientras contempla la belleza de un joven efebo acariciada por las aguas del mar Adriático. Siento en mi interior la música del "Adagietto" de la Quinta Sinfonía de Mahler. Vuelvo a casa enriquecido y lleno de inspiración diciéndome: “algún día regresaré a Venecia”. Hay ciudades que tiene la eternidad en su interior.

FOTOS DE JULIO MARIÑAS



lunes, 14 de marzo de 2011

LA MUJER JUNTO AL MAR

Mujer junto al mar
Dibujo a carboncillo de Julio Mariñas
    En una muestra de quietud extrema, la mujer liberada de vestiduras mimetiza su silueta con el tronco, vestigio del que en otro tiempo fue árbol majestuoso y altivo. Sus formas aplacan los terrores atávicos que vienen de más allá de los mares conocidos. Su silueta desbordante de sensualidad despierta la pasión y los misterios que yacen encerrados en la suave piel que la acoge. Los torneados muslos guardan la esencia incomparable del origen. No es posible encontrar mayor tesoro; ni en las perdidas islas, ni en las coralinas aguas.  Las manos delicadas sienten en sus palmas la ruda corteza del cadáver arbóreo. Y los senos, montañas generosas, invitan a libar de sus eternos manantiales cristalinos. Es la belleza en su estado más puro. Fundida con la tierra, el mar y el cielo.

EL CIGARRILLO

 A medio consumir,
en el borde cóncavo del cenicero
que reposa sobre la desnuda mesa,
alberga restos de algún volcán
en sus pequeñas brasas.
Y en cada brizna de ceniza
se van los sueños que jamás contamos,
vestigos últimos de lo que antaño
fueron cadáveres de historias
que nunca asoman a nuestra memoria.

Está ahí, tranquilo,
afrontando su signo resignado,
como un falo que lento se consume
para formar ya parte de la nada.

Todo es silencio en la habitación,
mientras la tenue luz,
colándose silente en la estancia,
anuncia el nacer de un nuevo día.


Alguien se ha olvidado un cigarrillo
en la mesa triste de los domingos.
La tierra alberga cientos de colillas
huérfanas del abrazo de las bocas
que en otro tiempo las rodeaban.


Y un filtro manchado de carmín
nos habla de una noche muy lejana
en cualquier habitación antigua
donde paramos las horas y aún reside
aquel instante ardiente y desolado
en que pasión y juventud querían
ser eternos, salvajes, exiliados
del mundo de los vivos y la nada.

Como entonces, a medio consumir,
allí, sobre el callado cenicero,
en la desierta mesa del ayer
arde el cigarro solitario;
y su crepitar inapreciable
parece invadir el intelecto,
mientras una sombra femenina,
en la fría pared ajada por las horas
se dibuja fugaz
entre la tenue luz y el débil humo
que asciende lentamente hacia el olvido.
Pintura de Julio Mariñas (Tratada por ordenador)

domingo, 13 de marzo de 2011

EL RETORNO IMPOSIBLE

Como en un intento vano de recuperar aquellos instantes que marcaron nuestras vidas, regresamos a los lugares donde un día fuimos felices. Nunca ha existido una empresa emocional más arriesgada que esa. El tiempo es un segador silente que va despejando los campos de sueños y nos hace creer falsamente que, los lugares, las personas, los acontecimientos, aún siguen latiendo como cuando fueron recorridos por nuestras "almas" la primera vez. No es así. Nada de lo que antaño decoró nuestras vidas con breves instantes de felicidad es ya igual. Los rostros que abrigaron juventud son una cruel caricatura del destino cuando pretenden decirse "Aún somos jóvenes". Los momento de pasión, de embriaguez sentimental y sensual se esfuman en las siluetas perdidas de las noches sin luna. Pero, lo más cruel, es que nosotros, los de entonces, hemos roto el espejo de las ilusiones al intentar buscar en nuestra mirada, en la imagen que nos devuelve, la desvanecida juventud. Tal vez pensemos "El tiempo pasado no fue mejor". Eso no es lo relevante. Lo verdaderamente cruel para nuestra insignificante condición humana es que ya no existe. El recuerdo de las cosas bellas es un poderoso aliado que nos reconforta pero no nos consuela. Hemos apurado la vida en la incandescente juventud y, al mismo tiempo, la vida nos ha ido apurando a nosotros con una crueldad apenas perceptible. Lo hermoso jamás se llena de polvo en el desván de nuestra memoria, pero va adquiriendo un barniz cada vez más denso e impenetrable. Sobre la ruinas de todo aquello que ha dejado de ser hay una llama que oscila suavemente al correr de los días.



Puente del Camino de Santiago a las afueras de Pontesampaio.
Hoy desaparecido.

FOTO DE JULIO MARIÑAS