jueves, 30 de junio de 2011

SIEMPRE ES INESTABLE EL PRESENTE

Siempre es inestable el presente, porque en él confluyen el difuso rastro del pasado y el intangible halo del futuro. Pasado y futuro impacta una y otra vez en sentido opuesto sobre la fina cuartilla de papel que es el presente. El verano roza con su brisa cálida los suaves cuerpos juveniles, los ajados cuerpos ancianos. El mar muestra su cara más amable, mientras sigue guardando infinitas historias sumergidas en las profundas simas oceánicas. Aún me parece oír el canto de sirenas en la lejana noche de los sueños; cuando el alma se filtraba en las arenas blancas de playas que sólo conocíamos los exploradores de mares olvidados. El presente es un bajel herido por la broma. Esos xilófagos hambrientos consumían las maderas que formaban nuestras naves. Pero entonces, una y otra vez volvíamos a las calas solitarias para reconstruir nuevos navíos, con los que emprendíamos otras travesías plagadas de magia y de misterio. El presente es un niño solitario, desvalido por las horas que, al correr presurosas, le privan de su identidad. Apenas está siendo, cuando ya no es, para convertirse en pasado. Quiere ser futuro; es la única garantía de supervivencia. Pero, una y otra vez, el tiempo le arrebata su esencia de presente.
    La noche es calurosa. Los grillos la adornan con su canto persistente. Recuerdo campos llenos de luciérnagas en noches muy lejanas. La hierba húmeda bajo las viñas. Nos custodiaban cielos estrellados. Siempre es inestable el presente. Nos rodea con sus efímeras manos continuamente. Para no existir apenas, para ser sólo un proyecto de futuro, un pasado que amenaza; es demasiado poderoso. El hombre ha inventado el tiempo para querer detener su avance inexorable hacia el olvido. Hay tierras muy lejanas en la noche estival. Son las de otros planetas ignorados. Como una pequeña mancha en el vacío estelar, miles de mundos nos rodean. La relatividad de todo embriaga el aire. Es grande el ser humano cuando siente y muy pequeño cuando piensa. A los lejanos puertos de brumas perennes llegan todos los días barcos de olvidados. Y todo es silencio en esas tierras de húmedas lagunas nocturnas donde se pueden ver caminando sin rumbo entre los juncos a todos aquellos que mató el olvido.

Puente en Galicia. Hoy desaparecido. Foto de Julio Mariñas.

martes, 28 de junio de 2011

"FUEGO FATUO". EL MEJOR LOUIS MALLE.

         “Fuego fatuo”. No podía estar mejor elegido el título para narrar el descenso de un hombre maduro a las profundas cavernas de su “yo” más inalterable. Los fuegos fatuos que, en la infancia -cuando la oscuridad de los cementerios era mayor al carecer de un alumbrado nocturno intenso como ahora- se podían observar en las mágicas noches de Galicia; parece que son debidos a las sustancias, sobre todo fósforo, que liberan los cadáveres en descomposición. Otros dicen que su origen está en las sales de calcio que liberan los huesos. De cualquier manera, la explicación científica no es relevante en este caso. Decía que el director francés Louis Malle empleó este término para una de sus películas más interesantes. “Le feu follet” es un film lleno de frases profundas y contundentes.


    Basada en una novela corta escrita por Pierre Drieu La Rochelle en 1931 -que por cierto se suicidaría en 1945- nos cuenta los últimos días de un hombre desencantado de la vida que decide suicidarse. En este camino sin retorno, visita a sus amigos y amores pasados, sin conseguir reconocerse en ellos. Si en “Ascensor hacia el cadalso” -otra de las grandes películas de Malle- este acertó con la música de pleno al elegir al trompetista Miles Davis para hacer la banda sonora de la película. En Fuego fatuo acertó de pleno eligiendo la música de Satie. Cuentan que la música de “Ascensor hacia el cadalso” fue interpretada en una noche de 1957  por Miles Davis a la trompeta, René Urtreger al piano, Pierre Michelot como contrabajista, Barney Wilen al saxo y la batería de Kenny Clarke. ¡Como tocaban los angelitos!


    Bueno. Estábamos con “Fuego fatuo”. Resulta que, parece ser, la idea le vino al director después de que un amigo periodista le dijese que se iba de viaje y lo encontraron muerto en una habitación de hotel. Pero, en este caso, no me interesa tanto el tema del suicidio en si; sino la visión que el personaje que encarna el actor Maurice Ronet – que perdió 20 kilos para el papel- tiene en sus últimos días de vida. Cómo ese personaje llamado Alain Leroy contempla a los seres que han formado parte de su vida. El amigo, que ha encontrado en escribir un trabajo sobre Egipto su pasión; o el otro que pasa sus días en las reuniones de la alta sociedad; las amantes que, aunque ellas quieran y él lo intente, son imposible de “alcanzar”. La niñez perdida cruza por la película en forma de niños corriendo y jugando. La juventud imposible de recuperar pasa en las bellas mujeres que observa y lo observan. Nada es igual para él. Ha perdido la esencia de las cosas que un día significaron mucho. Conoció el amor, el deseo, la amistad. Tuvo ilusiones, pero ahora esta vacío y siente que ha perdido demasiadas cosas a lo largo del camino. Cosas que, sabe, jamás podrá recuperar. Esta necesidad del ser humano por crear vínculos afectivos y metas alrededor de las cuales llevar acabo su existencia, hace que la paulatina perdida de aquellas cosas que consideramos un día inalterables, nos vayan sumiendo en una situación de desencanto. Viene a mi mente la inolvidable película de “El nadador” interpretada por Burt Lancaster. Basada en un relato corto del escritor John Cheever, nos muestra un personaje contrario al expuesto por Louis Malle. En este caso, es un hombre maduro que, en una metáfora de retorno vital, quiere volver nadando hasta su casa, atravesando las piscinas de sus vecinos. En el camino encuentra amigos y amores, pero, al contrario que el protagonista de “Fuego fatuo”, lo hace con la esperanza de que entiendan su interés de reorganizar su existencia. Es un personaje más iluso que el de la película francesa. 

    El Alain Leroy de Malle, es un desengañado de la vida, y contempla con desolación lo lejos que está de todos aquellos que compartieron sus mejores momentos.
En resumen, contempla lo lejos que está de lo que fue y nunca podrá volver a ser. Es cierto lo que alguien dijo: “La vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir”. Pero no es menos cierto que “La vida vivida es un enfermedad que también puede ser letal”. Porque, a veces es posible curar las heridas del cuerpo; pero las del alma son incurables.




lunes, 20 de junio de 2011

DE LA NIÑEZ Y EL TIEMPO

    
Muchos años antes que la dinomanía hiciese acto de presencia a raíz del estreno de la película Parque Jurásico; siendo muy niño, llegó a mis manos el libro que, con toda probabilidad, ha sido el que más veces he leído.  En este momento lo tengo entre mis manos. La colección se titulaba “Vida íntima de los animales”, y este ejemplar en concreto estaba dedicado a la prehistoria. Mi niñez, además de música y literatura, estuvo llena de sueños, en gran parte incentivados por los programas de Félix Rodríguez de la Fuente y las novelas de Julio Verne entre otras. Deseaba convertirme en un zoólogo viajero, sobre todo en las grandes sabanas y selvas africanas. Pero eso es otra historia. Después de haber cumplido años, volviendo la vista atrás y repasando un poco el tiempo transcurrido, ha vuelto a mi memoria ese libro tan ameno sobre la prehistoria que leí una y otra vez, fascinado por aquellos animales y homínidos que me hablaban del tiempo. Así, mucho antes de la dinomanía, con muy pocos añitos, conocía a la perfección al Tyrannosaurus, Triceratops, diplodocus, brontosauros, ictiosaurio, Archaeopteris, Australopithecus, smilodon, oso de las cavernas y otros muchos. Hoy, me pregunto por qué me fascinaba tanto aquel libro. Creo que la respuesta es, que abría ante mis infantiles ojos un mundo desaparecido que había poblado la tierra antes de las especies actuales. Probablemente, sin apenas darme cuenta, comencé a tener conciencia de la fugacidad de la vida, de lo insignificante de una existencia en la inmensa historia de la humanidad. Seguro que, si no me gustase tanto la historia, el arte y la filosofía, hubiese encauzado mi vida por el camino de las ciencias. Nunca he dejado de leer libros sobre astronomía, biología y otras materias bastante alejadas de mi carrera musical y literaria. Hay algo mágico en la contemplación de los cielos estrellados en las noches de verano. En las estrellas fugaces, que no son más que un fenómeno luminoso producido por un meteoroide al atravesar nuestra atmósfera¸ pero nos gusta pensar que puedan ser estrellas caídas de la bóveda celeste. Desde luego, es mucho más romántico. Así, contemplando el cielo y observando los animales -los que más a mano tenía: erizos, topos, ciempiés, saltamontes, hormigas, mantis religiosas, escarabajos, arañas, moscas, lombrices y demás- se adornó mi infancia de sueños y diversión. Hoy, la cantidad de especies que se han descubierto desde entonces, nos facilita aún más los conocimientos sobre los orígenes de la tierra, la vida y los primeros seres que habitaron el planeta. Pero en mi niñez, un libro sobre la prehistoria lleno de dibujos, era un pasaporte para viajar en el tiempo. Así lo soñó H. G. Welles en su novela La máquina del tiempo. Comencé entonces, paralelamente a escribir mis primeros versos, a intentar escribir las primeras novelas de aventuras. Novelas que nunca terminaba, probablemente porque no tenía los suficientes conocimientos para dotarlas de un hilo narrativo consistente. Incluso escribí mis primeros “libros didácticos”. Seleccionaba textos de los libros de naturaleza y los escribía en libretas que acompañaba con dibujos y cromos sobre la materia. Hoy recuerdo aquellos días de niñez con gran ternura. Creo que, en las lecturas y en las contemplaciones de la naturaleza se forjó mi camino de escritor. Comenzó, al igual que la música, como un juego, y terminó convirtiéndose en el eje central de mi trayectoria vital y artística. No me puedo quejar de lo vivido. Pero, con todos los sueños que han quedado en el camino, podría escribir muchos libros. Es cierto que, el de los sueños, es el único paraíso del cual no podemos ser expulsados. Envejecemos cuando dejamos de soñar, cuando perdemos las expectativas de realizar cosas que pueden parecer imposibles, pero no lo son. Sólo hay que volver la vista atrás para darse cuenta de todas las cosas que creíamos imposibles y conseguimos. Hoy, la dinomanía ha pasado. Hay nuevos frentes. La mayoría de los niños ya no levantan hormigueros para observar su interior laberíntico, ni encierran a las lombrices en terrarios para analizar su comportamiento. Los cielos de las ciudades suelen tener un velo de polución que impide la  mayoría de las veces la contemplación de las estrellas. El aire de la libertad golpeaba continuamente nuestra cara, porque nos pasábamos el día en los caminos de tierra, por los montes y en playas casi vírgenes. Aquel pequeño libro ilustrado sobre la prehistoria empezó a enseñarme lo pequeña que iba a ser mi existencia comparada con la edad de la tierra. También me hizo pensar en la fugacidad de la vida, mostrándome especies que habían desaparecido por completo del planeta. Hasta el libro más sencillo nos puede enseñar muchas cosas acerca de lo que nos rodea y de nosotros mismos. Hasta la palabra más simple nos puede hacer comprender lo relativo que es todo. Incluso estas líneas que, ha medida que van escribiéndose, comienzan a ser pasado.



Pintura Julio Mariñas.


viernes, 17 de junio de 2011

SOBRE ARTE Y ARTISTAS

    Siempre he pensado que el creador debe  ser una persona independiente. Extiéndase por independiente, el estar totalmente desvinculado de movimientos políticos y sociales como artista. No como persona, por supuesto. En su intimidad, cada una hace lo que quiere. En la historia existen ejemplos que probablemente puedan desmontar esta teoría. Aunque considero que las grandes obras de arte son atemporales. Los críticos, entendidos y otros artistas, es posible que a posteriori las hayan dotado de connotaciones políticas o sociales; pero el arte con mayúsculas se eleva por encima de los acontecimientos pasajeros y revela a la humanidad su grandeza, siendo susceptible de múltiples interpretaciones. Es por eso que me parece un ejercicio imposible que el autor hable de su obra. Todo esto viene a colación porque uno está ya un poco cansado de llevar años y años viendo como el entramado comercial ha convertido a muchos creadores en personajes mediáticos. Los medios de comunicación; televisión, radio, prensa y las redes sociales, queriendo o sin querer, han impuesto unas normas no escritas que se han de cumplir para el “triunfo” del artista. Craso error. Desde mi punto de vista el triunfo público-personal no me interesa lo más mínimo. Me interesa el triunfo público de mi obra. Puede ser políticamente incorrecto, pero el verdadero creador no realiza su trabajo pensando en la gente que lee sus escritos o escucha su música. Por supuesto que es maravilloso que la gente llegue a tener admiración por ti gracias a lo que escribes o compones. Pero el creador es como una “madre”. Se siente feliz cuando su obra llega al corazón de la gente, y muy incómodo cuando tiene que hablar de si mismo. Ahora nos parece muy normal; pero esto es un invento reciente. El siglo XX ha puesto rostro a los personajes; y las últimas décadas mucho más. En mi adolescencia, cuando era ya un ávido lector, la mayoría de los escritores no tenían rostro para mí. Los españoles en mayor medida, gracias a los libros de texto. Pero los extranjeros, exceptuando Julio Verne, Poe y algún otro, no tenían rostro. Daba igual que fuesen altos, bajos, barbados, feos, guapos, gordos, delgados, buenos oradores. Incluso, la mayor parte de su vida personal nos era desconocida. Eso no me impidió disfrutar de  Moby Dick, Los viajes de Gulliver,  Sherlock Holmes y un sin fin de obras más. La estructura actual del arte en la sociedad parece estar diciéndonos: “Primero véndenos una imagen de tu persona, después leeremos o escucharemos tu obra”. Que es interesante la vida de un Lope de Vega o un Cervantes. Por supuesto; adoro las biografías. Pero no indispensable para disfrutar de su obra. El primer contacto que teníamos antes con una primera lectura o audición no estaba empañado por una idea preconcebida a causa de la información abundante anterior al disfrute de dicha obra. El ejemplo más alarmante y donde esta teoría se hace irrefutable es en el cine. Los trailers, a veces verdaderos cortos sobre las películas; los Making off, destripan los films de tal manera, que apenas hay sorpresa cuando llegamos a la sala. Los niños de hoy jamás podrán vivir las experiencias que tuve en los cines de mi barrio. La primera película de la que tengo memoria en una sala de cine son Los crímenes del museo de cera. La cara quemada de Vicent Price saliendo de las sombras provocó en mis ocho años un impacto brutal. Algo que puede conmocionar así, posee el poder de la atracción hacia las emociones intensas. Fue la chispa que me convirtió en un amante del cine. Entrar en la sala, era entrar en una oscuridad que llevaba por mundos sorprendentes. Hoy sería inconcebible provocar las sensaciones que tuve entonces cuando vi un gorila montado en un caballo, o a  Charlton Heston llorando arrodillado entre los restos de la Estatua de la Libertad en el Planeta de los simios. Toda la información proporcionada antes del estreno, hubiese destripado cualquier fascinación posterior. Algo muy similar, aunque tal vez menos perceptible ocurre en la literatura. Un libro de calidad “discutible” se convierte en un best seller. Aceptado. Por una extraña fiebre colectiva, ese autor o autora genera una serie de libros que venden y vende sin cesar. Todos esos libros se han convertido en obras de primera fila mediáticas. Difícil de comprender. Hasta los mejores escritores y músicos de la historia tienen grandes obras maestras y otras mucho menores. “No se puede ser sublime sin interrupción”, dijo Goethe. Estaba en lo cierto. Aunque hoy, parece que eso es posible. Cientos de creadores pueden ser sublimes sin interrupción. ¿Cuál es la formula del éxito artístico? Un marketing potente y, como no, suerte. Venía todo esto a cuento por el tema inicial en el que hablaba de la independencia del artista. En el caso de la música, la cosa es aún más delicada. Un escritor de  best seller, por lo menos se ha molestado en escribir quinientas o mil páginas; pero hay, vamos a llamarlos “compositores”, que escribiendo melodías con unas cuantas notas más o menos combinadas con cierta “musicalidad”, viven holgadamente. Mientras otros ven como sus obras sinfónicas y óperas duermen el sueño de los justos. Así las cosas, las nuevas generaciones están inmersas en una vorágine consumista donde se les va adoctrinando sobre la literatura que tienen que leer y la música que tienen que escuchar. El arte con mayúsculas decae lentamente, porque el apoyo a los verdaderos artistas es cada vez más precario. Nadie quiere hacerse cargo de algo que no sea a priori “comercial”. El creador puede buscar consuelo pensando que el arte de verdad prevalecerá por encima de las modas y el dinero. Pero, si él ya no está para verlo ¿de qué le servirá? Son datos conocidos por todos; pero no debemos de olvidar que Mozart fue enterrado en una fosa común, Van Gogh sólo vendió un cuadro en su vida y Salgari apareció muerto en un parque dejando una nota para sus editores en que decía claramente como le habían chupado la sangre. Tal vez este artículo no sea políticamente correcto; pero siempre he dicho que “Tengo una amiga llamada libertad” lo cierto es que esa amistad me ha costado muchos disgustos y una condena no dictada al ostracismo. A pesar de todo no me arrepiento. Crear es una fiebre de la que no se puede una librar con nada. El artista lo hace llevado por un impulso irrefrenable. El placer de escribir o componer, en el que se dan la mano alegría y sufrimiento, es una experiencia insuperable. Una vez que la obra está terminada ya no es de su creador. Pertenece a todos aquellos que quieran acercarse a ella y se conmuevan con su lectura o audición. Sucede igual con la interpretación. Cuando acabas tu canción y alguien te dice:”Me ha gustado”. Es agradable de oír. Pero, cuando alguien te dice: “Me has emocionado”. Entonces comprendes que tu esfuerzo tiene una recompensa. Creo que esa es la principal finalidad del arte; conmover al receptor.  Después, puede ser muy interesante el análisis técnico de los diferentes elementos que componen la obra. Pero lo que hace grande a la obra de arte es su capacidad para conmover el ánimo. Si los entendidos que dictaminan la calidad de una obra tuviesen “la clave” de cuales son los elementos que le dan a una obra literaria o musical la categoría de obra de arte, ellos mismos serían los genios. La creación debería estar subvencionada por ser un bien de interés general. Un mundo sin arte, es un mundo sin “alma”. En aras de la “modernidad”, se ha producido una degeneración total en la que todo vale, siempre y cuando las arcas de los que manejan el cotarro sigan llenándose. Por supuesto que hay buena música y buena literatura en el mercado. Pero en el medio de una ingente cantidad de residuos altamente tóxicos para el intelecto y sobre todo para las emociones humanas. Siempre he pensado que el creador debe mantener su independencia. Y ya lo dijo el sabio: “Haz silencio a tu alrededor si quieres oír hablar a tu alma”. Cierren la ventana por favor. Hay demasiado ruido ahí fuera y no puedo concentrarme.
Fotografía de Julio Mariñas

lunes, 13 de junio de 2011

POESIA

Fragilidad de amor, borracho archivo,
Babel de sentimientos enfrentados,
Nacen en tu desván versos prohibidos,
Grosero monigote abandonado.
(Julio Mariñas)

Fotografía de Julio Mariñas

POESIA

Nadie custodia el árbol de la ciencia;
Los figurantes besan las aceras;
En un gesto sumiso y consentido,
Lamen el vómito de los desesperados.
(Julio Mariñas)

Fotografía de Julio Mariñas

POESIA

Un arma de doble filo
Llevo en mi pecho clavada.
Uno rasga mis sentidos,
Otro rompe mis entrañas.
Un arma de doble filo
Llevo en mi pecho clavada.
Si la quitas, me desangro;
Si la dejas, se hunde y rasga.
(Julio Mariñas)

Dibujo de Julio Mariñas

POESIA

De la nada fui al recuerdo,
Del recuerdo fui al olvido.
Ahora no sé como ha sido,
Pues voy y ya no me pierdo.
(Julio Mariñas)

Fotografía de Julio Mariñas

POESIA

¿Qué verbo amargo comenzó esta lucha?
Jardines de mi infancia, carceleros,
Cuando el otoño en mi haga su nido,
El humus de las hojas desprendidas
Aún alimentará besos furtivos.
(Julio Mariñas)

Fotografía de Julio Mariñas

POESIA

El amor es una vibración siempre constante
que a su nota nos tiene sometidos.
(Julio Mariñas)

Pintura de Julio Mariñas

EL ALMA ERÓTICA

En el punto más álgido del puente
Que va de lo carnal a lo divino,
Conciencia y cosmos infinito se besan,
Se destruyen y renacen.
(Julio Mariñas)

Fotografía de Julio Mariñas

POESIA

No existen permisos, ni leyes,
Ni licencias de los hombres
Que puedan apartarnos del destino
De ser todo en el todo de la vida,
De ser nada en la nada del vacío.
(Julio Mariñas)

Foto Julio Mariñas

POESIA

ADIVINANZA
Una amante infiel parece,
Por todos es conocida,
Puede costarte la vida,
No se ve y no respira,
Y todo mal engrandece.
(Julio Mariñas)

Foto Julio Mariñas

POESIA

Por el cristal oscuro del pasado,
Una hoja de abril desfallecida
Me dice que, lo que un día soñamos,
Tornose cruel verdad de una mentira.
(Julio Mariñas)

Fotografía de Julio Mariñas

POESIA

Tú, que fuiste más yo,
Ponme la mano en este abierto surco;
Aquí en el sangrante pecho;
Que el otoño se cierne sobre el alma
Y quiero una vez más sentir la vida.
(Julio Mariñas)


Pintura de Julio Mariñas