miércoles, 31 de agosto de 2011

FRANÇOIS TRUFFAUT – LOS DULCES SUEÑOS Y LA CRUDA REALIDAD (PARTE II)

    En la carrera de los dos hombres y la mujer sobre el puente de hierro, hay un claro vencedor, “Ella”. Si bien es cierto que hace trampa empezando a correr antes que finalice la cuenta atrás, Catherine, el personaje que encarna Jeanne Moreau en la película de Truffaut “Jules et Jim”, queda perfectamente definido sin palabras en esta secuencia tan cinematográfica. A lo largo de toda la película, la mujer, en este “ménage à trois” aderezado por otros amores que colindan  con el trío principal, lleva siempre la iniciativa, aún cuando la situación se le vuelve más adversa. Dos serían las novelas de Henri-Pierre Roché que Truffaut adaptaría al cine. Una, esta que nos habla de un triángulo amoroso entre una mujer y dos hombres. Y otra, curiosamente, un triángulo amoroso entre dos mujeres y un hombre, en “Las dos inglesas y el amor”. Remitiéndonos nuevamente a ese instante de explosiva libertad, la mujer se ha pintado un bigote y lleva una gorra que le da un aspecto de garçon rebelde. Parece todo un alegato hacia la libertad de la mujer. Catherine vive la sexualidad con naturalidad y se rebela en muchas ocasiones contra los sentimientos que tiene hacia los dos hombres; probablemente porque sabe que el amor encadena demasiado a las personas que, como ella, pretenden ser espíritus libres. El personaje de Jules, interpretado por Oskar Werner –actor que volveríamos a ver posteriormente en la película de Truffaut “Fahrenheit 451”-, tiene un concepto del amor muy diferente al de su amigo Jim, interpretado por Henri Serre. Jules busca perpetuar la relación con Catherin y, para ello, está dispuesto a aceptar sus múltiples infidelidades. Quizá la frase “Madame Bovary c'est moi” –la cual, parece ser, Flaubert nunca empleó-, sea aplicable en este caso al personaje interpretado por Jeanne Moreau con relación a Truffaut. La mujer tiene un papel fundamental en su cine como eje central de las acciones que se desencadenan y llevan a consecuencias más o menos dramáticas. 


    Con “Jules et Jim”, Truffaut construye una película más alejada de “Los 400 golpes” y “Tirez sur le pianiste”; comenzando una época donde la relaciones carnales y emocionales serán el motor de sus films. Los paseos en el campo de los tres protagonistas, nos hacen recordar algunas de las películas de Jean Renoir -director admirado por Truffaut-, como “Una partida de campo”. “Jules et Jim” daría a la actriz Jeanne Moreau un papel lleno de matices. Desde las sonrisas más desenfadadas, pasando por la indiferencia, la frialdad, hasta las lágrimas; Catherine va desgranando todo un tapiz de sensaciones a lo largo de la historia que nos lleva a focalizar toda muestra atención en ella. Es la mujer que, el tranquilo y poco apasionado Jules quiere tener y conservar hasta el final de sus días. Es la mujer que el apasionado Jim desea; Siendo capaz de abandonar el amor en París, para vivir con ella la historia de amor. Por otro lado, la amistad de los dos hombres parece no verse afectada por los sentimientos que, cada uno a su modo, comparten. La sinceridad en sus conversaciones es el mejor antídoto para posibles desavenencias. Incluso, después de la Gran Guerra, aunque en su reencuentro los tres personajes tienen unos instantes de incertidumbre, pronto vuelven a encontrar esos lazos que los unieron y siguen vigentes. Truffaut visitó al escritor  Henri-Pierre Roché en diversas ocasiones. Con setenta y ocho años, le hizo mucha ilusión la idea del joven director de adaptar su novela. Incluso las fotos que Truffaut le envió de Jeanne Moreau. Lamentablemente, Roché nunca llegó a ver la película, porque falleció antes, cuando estaba a punto de cumplir 80 años. “Jules et Jim” nos habla de la amistad, del amor, de las pasiones, y también del caprichoso destino que puede quebrar las historias más bellas. La libertad sigue planeando sobre esta película de Truffaut, que parece decirnos: “Hombres y mujeres son libres de amar y entregarse. Las normas se establecen de común acuerdo, lejos de ideologías globales y esquemas preestablecidos. Pero, nada es eterno. La muerte acecha siempre en cualquier cruce de caminos”. Truffaut encontró la novela cuando rebuscaba en la librería Dalamain situada en la Place de Palais Royal. Su publicación había pasado desapercibida; a pesar de que el escritor tenía una amplia producción como articulista. Vividor de la bohemia, su obra “Jules et Jim” sirvió a Truffaut para entrar de lleno en la “Nouvelle vague”. Nada sería igual para el joven director.

martes, 30 de agosto de 2011

FRANÇOIS TRUFFAUT – LOS DULCES SUEÑOS Y LA CRUDA REALIDAD (PARTE I)

    Con motivo de mi próximo viaje a París, he vuelto a ver la filmografía de François Truffaut. Como siempre, encuentro en este cine, tan francés y al mismo tiempo tan universal, toda la sencilla maestría de uno de los grandes directores de la historia de séptimo arte. El “enfant terrible” de una generación de apasionados por el cine que, a pesar de su carácter rebelde y contestario, lo acogió con los brazos abiertos. Godard, Rohmer y otros muchos, entre los que destacaría André Bazin, fueron de gran ayuda al muchacho de infancia complicada que había sido François Truffaut; salvado de una vida gris, gracias a su pasión por la literatura y el cine, por su incansable ansia de aprender y conocer todo lo relacionado con el celuloide. En sus películas, detrás de una aparente sencillez, supo combinar el romanticismo y la cruda realidad, la autobiografía y los sueños, el amor y la muerte, la infancia y la madurez, la pasión y el desamor. Lo hizo tan magistralmente, que su cine no ha envejecido. Posee la frescura de la obra de arte imperecedera. Cuando observamos en “Los cuatrocientos golpes” la rebeldía de Antoine Doinel encarnada en el actor Jean-Pierre Léaud –alter ego a la medida de Truffaut-, volvemos a instantes de nuestra niñez en que sentíamos la incomprensión de un mundo adulto, ajeno a nuestras ilusiones y sueños.



    
"Los 400 golpes" me devuelven a una niñez rebelde y soñadora.


   Pero sigue siendo esa carrera del muchacho que huye de su reclusión, la que encoge el espíritu; porque nos hace ver que, en cada paso que Antoine da, se va alejando de la inocencia, de la niñez que no regresa. Es ese mar con el que se encuentra, uno de los más desasosegante finales de la historia del cine. Antoine Doinel moja sus pies en el agua y sabe que no puede atravesar la inmensidad del océano. Entonces se gira hacia el interior y, ese plano fijo, que es el último de la película, donde la mirada se pierde en el vacío, es una mirada hacia el interior de nosotros mismos, invitándonos a la reflexión.


    En su segunda película, "Tirez sur le pianiste”, vuelve a poner de manifiesto una originalidad insuperable. Siendo un homenaje a las películas americanas de serie B que tanto gustaban a Truffaut, tiene el sello personal del director. Relativizar los hechos trágicos, mostrarlos como algo natural y sin grandes llantos ni crujidos de dientes, vuelve a ser la tónica general de la película. Si meditamos detenidamente en los hechos que suceden –desde un suicidio, pasando por un asesinato involuntario, hasta la muerte de una inocente en un tiroteo-, nos percatamos de que son trágicos. Sin embargo, Truffaut tiene la maestría de mostrárnoslos con un toque, no me atrevería a decir de humor, sino de naturalidad, que los hace diferentes. La escena en que los secuestradores mantienen una animada charla sobre la ropa interior de las mujeres con los secuestrados, es una estupenda combinación de humor y tensión bastante peligrosa para los protagonistas. A pesar de todo, no existe la superficialidad en la película. La épica muerte de la joven en la nieve, nos da una dimensión de la crueldad que subyace en la historia a la que estamos asistiendo.

Contemplo la perdida de la amada. Muerte en la nieve como final de la película "Tirez sur le pianiste"


    Especial mención merece la interpretación de Charles Aznavour. Además de ser uno de mis compositores e intérpretes favoritos, creo que, en lo referente a su trayectoria como actor, el papel en esta película  es uno de sus mejores trabajos en el cine. No podía haber hecho Truffaut mejor elección. Combina Aznavour esa apariencia frágil con una mirada en ocasiones soñadora y tímida, otras fría y distante. Un protagonista con un pasado imposible de imaginar por las gentes que rodean su vida reservada y humilde. En su momento, la película no fue un éxito comercial. Pero vista hoy en día, es posible decir sin temor a equivocarse que “Tirez sur le pianiste” es un clásico de un cine, como todo el de François Truffaut, imposible de encasillar en ningún género.



domingo, 14 de agosto de 2011

LUGARES OLVIDADOS POR LOS DIOSES. PINTANDO SUEÑOS

Fue un tiempo de húmedas habitaciones donde, cuando el invierno llegaba, las paredes se decoraban con negras manchas y el viento se filtraba por las ventanas. Un tiempo de oscuros bajos apenas iluminados. Pero, a mí alrededor sólo veía luz, porque tenía mis manos llenas de juventud y de bohemia. Las noches no tenían dueño. Sumergidos en las sábanas de solitarias camas en perdidos hostales de carretera, forjamos sueños que permanecen incorruptibles en el altar de las altas montañas de los Lugares olvidados por los dioses. Hay un lienzo escondido por cada ilusión surgida de los días eternos en que la vida se llamaba “Inmensidad”. El pincel recorría el cuadro apenas esbozado y mi muñeca era incansable. Nunca logré plasmar tu hermoso rostro. El amor no se puede expresar con nada. El arte, que creemos tan grandioso, apenas es un leve intento de acercarse a esa pasión irrefrenable que habitó mis días y mis noches. Las líneas que hoy escribo, los cientos de poesías que duermen en los cajones, las melodías que brotaron de mi alma incansable, han sido un vano intento de  retener esa belleza, ese amor que tanto nos ha gastado, esa pasión que no fue posible de aplacar, ni con las olas de tiempo embravecido. Te lo dije cuando éramos dos fieras de uñas afiladas y colmillos prestos a desgarrar los cuerpos deseoso. Existen Lugares Olvidados por los dioses. Los he visto muchas veces en mis sueños y también en mis horas de vigilia creativa. Son lugares desiertos, que tal vez sólo puedan ser habitados por cosas intangibles como el amor y los deseos más voraces. He visto anochecer en los canales venecianos y despuntar el sol entre sus puentes, a los estorninos bailar la danza de los enajenados sobre el cielo nocturno de Roma y sus ruinas, al Sena fluir luminoso cuando abril sonríe a la vida, al Mar de Paja decorando un fado en las calles de Lisboa, a los mares besarse en los faros de acantilados que invitan a volar entre las olas, a los bosques cerrarse sobre nuestros pasos deseosos de encontrar nuevos ríos donde calmar nuestras pasiones, a las llanuras quemar los campos yermos donde se erigen castillos de ilusiones. Pero nunca he conseguido llegar al lugar que tantas veces he soñado. Es posible que en alguna de esas noches infernales, cuando el alma se aprieta contra los espejos de la angustia, haya estado en Los Lugares Olvidados por los dioses. No lo puedo afirmar. Además, no tengo ni una triste brizna de hierba, ni una pequeña piedra, ni siquiera una hoja seca, nada que pueda confirmar que he estado en ellos. Fue un tiempo de húmedas habitaciones y húmedas pasiones. Un tiempo donde hoy se sigue abrigando todo lo que fue nuestro. Está anocheciendo. He amado los días, pero nunca será ese amor mayor al que tengo a las nocturnas horas. Esas que nos dieron la soledad más inolvidable y bella.

Foto Julio Mariñas

viernes, 12 de agosto de 2011

UNA INFANCIA Y JUVENTUD DE CINE

    El primer recuerdo cinematográfico tengo que agradecérselo a mi madre que, cuando apenas tenía ocho años, me llevo por primera vez ante la gran pantalla. En el cine Avenida proyectaban como siempre un programa doble en sesión continua y una de las películas era “Los crímenes del museo de cera”.
    El impacto que causo en mi, la extraña mezcla de miedo y fascinación por lo desconocido; la cara de Vicen Price surgiendo deformada entre las sombras hizo que, sin darme cuenta, el cine entrara en mi vida para nunca más abandonarla

Recuerdo el primer número del TP con
“El fugitivo” en la portada.
Hojeé muchas veces aquellas primeras
revistas sobre televisión. Entre sus páginas
había una que mostraba esta cara de
Lon Chaney -el hombre de las mil caras,
actor para mi desconocido entonces- en
“El fantasma de la ópera”.
Creía estar viendo la propia muerte.
Una y otra vez abría la revista en una
relación de amor-odio con lo siniestro.


     Las películas de terror, aunque entonces no tenía conciencia de ello, eran, en su mayoría, verdaderas obras maestras que en su argumento, aparentemente sencillo, llevaban un trasfondo que calaba hondo en el espectador y movía algo en su  interior.


    Boris Karloff y su mirada dura y nostálgica a la vez, dio al monstruo de Frankestein una dimensión humana que hizo que el público sintiese miedo y compasión hacia la bestia creada por un ambicioso científico con ansias de poseer el poder de crear vida a partir de lo inerte. Basada en la estupenda novela de Mary W. Shelley, cuya lectura años más tarde haría volar mi imaginación.
    Desde entonces, el hombre aun sigue buscando la clave de la vida, la formula de la eterna juventud, el detener el imparable proceso de oxidación celular. ¿Lo conseguirá?


    Un buen día hizo acto de presencia en la pantalla el hombre lobo. Pero a los niños españoles de mi generación no sería el monstruo de la Universal el que más huella dejaría en nuestra infancia y adolescencia, sino uno más cercano interpretado por Paul Naschy en películas de serie B que hoy son consideradas de culto para los amantes del género. El actor, a pesar  que en los últimos años sería premiado en todo el mundo por su contribución al cine de terror, nunca sería reconocido de todo en España. Trabajo en más de cien películas y escribió muchos de los guiones de las películas de terror que protagonizó.



    Con el hombre lobo llega el erotismo al terror. La persona más normal, si es víctima de la maldición, puede transformarse en un devorador insaciable. En su interior luchan el bien y el mal de manera brutal.


Algunas películas envolvían tanto al espectador, que parecia estar dentro de ellas.





Un hombre lobo insaciable lucha contra
unas vampiras que el director Klimovsky
dota de más sensualidad utilizando la
cámara lenta en las escenas de acción







Siempre observaba el cartel en el
gran salón que daba paso a la entrada a
la sala de cine en el Palermo.
Por fin llego un día en que la proyectaron.
La poca gente que había en el cine, ayudó
a aumentar el miedo que sentí.






El cinismo y la perversidad del Dr. Jekyll
provocó en mi mucho más desasosiego que la
ferocidad del Hombre lobo









Película escrita por JacintoMolina
(Paul Naschy) que he descubierto
tardíamente, pero merece la pena recordar.




    Un buen día surgió en la pantalla un espigado actor inglés de 1´95 metros, vestido de negro y sus ojos ensangrentados invadieron la pantalla. El cine se lleno de indefensas jóvenes de pechos voluptuosos que eran atacadas en la penumbra de sus habitaciones sin poder oponer resistencia al hechizo de vampiro llamado Drácula.
    Junto al mencionado Christopher Lee, un Peter Cushing que lucharía contra él con todos los medios posibles. La Hammer comenzó así una serie de películas que harían las delicias de los niños que íbamos al cine. Aún hoy, no sé que me provocaba más fascinación; si el enigmático Conde o las voluptuosas jóvenes tornadas vampiresas.
    Recomendar la hermosa novela de Bram Stoker que también dejó profunda huella en mi.



    Pero no todo era terror en la plácida vida de los niños de entonces. Paralelas a estas películas, había otro género que hacia las delicias de los espectadores infantiles; eran las llamadas “Películas de vaqueros”. La trama era sencilla. Unos vaqueros malos sembraban el pánico en el pueblo de gentes humildes hasta que llegaba “el chico de la película” y le daba el correspondiente correctivo que solía ser una ración de disparos casi siempre mortales. La otra variante era que unos indios muy malos atacaban las diligencias pero el séptimo de caballería se ocupaba de exterminarlos convenientemente.
    En un análisis simple podíamos considerar entonces aquellas películas como un mero divertimento –y muchas lo eran- pero, al correr del tiempo se ha visto que un gran número eran excelentes muestras de buen cine, y algunas incluso obras maestras. Grandes actores que son ya mitos del cine las protagonizaban e invadían la pantalla con un carismas y un magnetismo que no se ha vuelto ha repetir.













    John Wayne que, cuando protagonizaba estos Westers ya hacía tiempo había dejado atrás su etapa de extra y su juventud, siempre se me pareció a mi abuela.
Era el vaquero que inspiraba confianza, “El hombre tranquilo”. Su forma de andar de una desgarbada elegancia, la media sonrisa que insinuaba “Nunca me fiaré del todo de un tipo que lleve revolver” lo hacia un icono del cine de vaqueros. Si además, el que lo dirigía era el gran John Ford, lo que surgía era una obra maestra como “Centauros del desierto” o “El hombre que mató a Liberty Balance”. Esta última, algo más que una de vaqueros, nos dejó frases inolvidables, como la que pronuncia “el malo” Lee Marvin cuando le preguntan si es del pueblo. “Yo vivo allí donde cuelgo mi sombrero”
De las múltiples veces que el mítico duelo en O.K. Corral ha sido llevado al cine; Duelo de titanes es sin duda la mejor de todas. Burt Lancaster y Kird Douglas, dos de mis actores favoritos, dieron vida a los personajes inolvidables, en una de sus mejores interpretaciones.

 
Visitar Tabernas es introducirse en el Lejano Oeste.



    Y ya que estamos en ello, hablemos de emociones. Porque, después de ver la película, “Espartaco” sólo podía ser Kird Douglas. En la cima de la interpretación, dos escenas para la eternidad; justo aquellas en las que no habla. Cuando siendo esclavo mira a “Lavinia” con los ojos intensos de amor y deseo. Cuando al final de la película, clavado en la cruz, observa de nuevo a la mujer con su hijo en brazos que le dice: "Mira, Espartaco, es tu hijo. Es libre". Y los ve alejarse resignado a su destino. No se puede ser más grande en la interpretación. Esa película nos dejaría muchas cosas, entre ellas la escena en que Laurence Olivier pregunta a los esclavos vencidos ¿Quién es Espartaco? Y, en el momento que este va a levantarse, lo hace su amigo Tony Curtis y, uno por uno, todos los demás diciendo: ¡Yo soy Espartaco! Es el acto de solidaridad más grande jamás visto en el cine y probablemente en la vida real. Imitado posteriormente hasta la saciedad.


    Por su parte, el cine de aventuras ya no sería el mismo desde que Burt Lancaster impusiera, además de su agilidad física a lo Fairbaks o Flynn, su arrolladora personalidad en películas como “El halcón y la flecha” o “El temible burlón”


    Eso sólo sería el comienzo. La carrera de Burt Lancaster está plagada de películas profundas a medida que fue cumpliendo años. El sarcástico personaje del “El fuego y la palabra” que conquistaba a todos con su verbo fácil.


    Pero un día ocurrió que, viendo la televisión –a veces tiene cosas buenas- descubrí una película de la que no había oído hablar. “El nadador” es la historia de un hombre al que ya la juventud ha abandonado y emprende una búsqueda desesperada de todo aquello que dejó en su camino. La niñez, la juventud, el amor y una vida como todas, plagada de fracasos que intentamos enmascarar auto convenciéndonos de que la felicidad es algo alcanzable.
La niñez perdida

La juventud lejana

    Volverían a trabajar juntos ya muy mayores estos “señores de la interpretación” en una película muy divertida titulada “Otra ciudad, otra ley” que sólo por verlos actuar merece la pena.




La primera interpretación de Burt Lancaster que le llevaría a la fama “Forajidos”






Una de las últimos grandes papeles de Burt Lancaster
“Atlanta City” con Susan Sarandon





    Entonces ocurrió algo inesperado. En una de aquellas tardes de cine, cuando un feroz gorila a lomos de un caballo apareció en pantalla. Una película aparentemente de aventuras, fue la que por primera vez me hizo comprender que el séptimo arte era en ocasiones más que un mero entretenimiento, que, al niño que yo era, podía sobrecogerlo haciéndole pensar, reflexionar sobre el presente y el futuro. Descubrí al otro Charlton Heston, otra presencia en pantalla que, junto con los dos anteriores, se convertiría en el más admirado por mí. Basada en la novela de Pierre Boulle, “El planeta de los simios” sería a partir de ese instante un film que nunca me cansaría de ver. Conmovió el interior del niño  que era entonces y aun hoy sigo meditando sobre la película que es una reflexión sobre el futuro incierto y la humanidad imparable.







Parte de mi niñez aún transita un desolado Planeta de los Simios.


    Después sería Ben Hur en el famoso cine Odeón, quien me descubriría que el cine "de romanos" también puede conmover.



    El mismo Charlton Heston daría vida a Miguel Ángel en el “Tormento y el éxtasis”. Cómo no recordar de nuevo la película cuando tuve oportunidad de contemplar el David en la mágica ciudad de Florencia.



    Pero, si de conmover hablamos, es inevitable la referencia a director de cine Frank Capra y su esperanzadora película “¡Que bello es vivir! Convertida por la televisión en una película de navidad, pero, sin lugar a dudas, una obra maestra de cine, donde todos nos podemos sentir identificados en su protagonista James Steward. Un hombre al que la vida ha hecho abandonar los sueños de juventud, pero, cuando reniega del mundo y todo lo vivido, la voz de su conciencia le dice que hay cosas por las que merece la pena vivir, cosas que creemos pequeñas, pero son la esencia del ser humano.






    No quiero olvidarme de aquellas películas que llenaron de diversión mis días de niñez, con las que, el mundo se veía un poco más ligero. Entre ellas las míticas de Tarzán. Me gustaba especialmente la de “Tarzán en nueva York” El gigantón de Wesmuller con traje saltando por la ciudad en busca de su libertad.




    Aunque fue posteriormente cuando aprecié el gran talento de Chaplin, fueron sus películas en mis tiernos años las que me hacían reír.




    Entonces apareció él. Un tipo feo, no muy alto, mal encarado, fumador. Un modelo de protagonista imposible de pensar hoy en día por lo políticamente incorrecto que sería.






 Y con él, llego ella, Ingrid Bergman. Todo lo opuesto a la vampiresas del momento. Tierna, serena, delicada, dulce. Y “Casablanca” de convirtió en una de las películas que he visto más veces. Plagada de frases míticas: “Tócala otra vez” “Siempre nos quedará París” “Este es el principio de una gran amistad” Y la inigualable escena en que, a un gesto de Bogart, se empieza a entonar la Marsellesa hasta que las voces de libertad tapan a las de los alemanes. Sin duda la película más redonda de la historia del cine.




Recuerdo que fue una noche en casa viendo la tele con mis padres. Una joven rubia conducía en la lluvia. Después era acuchillada en una bañera. Otro terror se mostró ante mis ojos. Blanco y negro, poca sangre, mucho suspense, y la magia de Hitchcock.




    La lista se hace interminable. Un buen día la niñez se fue diluyendo. Entonces apareció un director en mi juventud que mostraba en sus películas un mundo muy lejano al que yo conocía. Hablaba de libertad, de relaciones a tres, de adulterio. Y todo con una naturalidad pasmosa. Seguramente es Truffaut el autor con el que más se identificó esa etapa de mi vida, y aún lo sigue siendo.
    Es muy probable que la primera película que vi  fuera “La novia vestía de negro”. El impacto fue instantáneo. Admirador de Hitchcock, pero con una frescura y naturalidad en su narración propias, Truffaut trajo a mi mundo español de blancos y negros, aires de “nouvelle vague” que aún siguen latiendo en mi interior.




Los 400 golpes. Un niño que atisba la adolescencia
huye de su vida gris y sólo encuentra un inmenso
mar.












El trío perfecto. ¿O no?


Las más bella película sobre la infancia.

El hombre que amaba a las mujeres
¿Y quién no?


Amar después de perder
en la profunda “La habitación verde”.


La mujer de al lado. Un reencuentro. El drama del amor fatal.




El actor Jean-Pierre Leaud, alter ego de Truffaut,
París y los amores que llenan la existencia.

El cine de Truffaut siendo parte de mis sueños y realidades.

“Tirad sobre el pianista”, donde Charles Aznavour,
uno de los grandes cantantes de la historia, demuestra
ser un excelente actor.

    Estoy llegando al final en este breve repaso del cine de mi niñez y primera juventud. Y, como no, nunca debemos olvidarnos de reír. Que mejor para ello que los Hermanos Marx. Cuando uno está un poco bajo, una buena dosis de la medicina de estos irónicos, alocados y burladores de las normas establecidas. Hoy que vivimos en una sociedad llena de normas, nos pondrán una sonrisa en los labios y nos harán pensar aquello de “No os toméis la vida demasiado en serio, de todas maneras no saldréis vivos de esta”.

    Y ahora, aunque nunca he sido un niño de los que se enamoran de cosas intangibles, no me puedo despedir sin la mención a las mujeres que han sido parte esencial del cine en mi vida y con las que he crecido.

Ingrid Bermang. Belleza serena.

Sofia Loren. Belleza salvaje.

Lauren Bacall.  Belleza enigmática.


Audrey Hepburn. Belleza elegante.

Gene Tierney. Belleza perversa.

Katharine Hepburn. Belleza con carácter

La Garbo. Belleza masculina.

Maureen O´Hara.  Belleza natural.


                                                            Kim Novak. Belleza glacial. 
  
Julie Christie Belleza sensual.

    Espero que hayáis pasado un buen rato. El cine es el único lugar donde aun está permitido soñar. Cada película me recuerda algún instante de mi vida. El cine contiene todo los bello que el hombre ha hecho: la escritura, la pintura, la música y todas las artes se unen en él cuando está bien realizado.   
    Recuerdo al Doctor Zhivago, antes de que le diera el infarto, corriendo detrás del tranvía donde iba Lara. Como persiguiendo un sueño. Un sueño inalcanzable.  El sueño de la libertad.

POR SIEMPRE
Ava Gagner