viernes, 30 de septiembre de 2011

VOLVER A PARÍS – I - MONTMARTRE

Para encontrar Montmartre libre de turistas y poder aún captar la esencia de lo que fue en otro tiempo este lugar, nada mejor que una inestable mañana de mediados de septiembre con un cielo amenazante de nubes desplazadas por el viento. Las calles desiertas emanan toda la historia que alberga esta colina. Estrechas y empedradas, han sido testigos silentes del surgimiento del impresionismo, las batallas de la Guerra Franco-Prusiana, las revueltas de la Comuna y, sobre todo, de la bohemia parisina del siglo XIX.  En lo alto de esta colina, situada a 130 metros de altura, parece ser que fue decapitado en el año 272 el entonces obispo de París, San Denis. De ahí lo de “Monte del mártir”, que sería una cristianización de topónimo Mons Martis (Monte de Marte) Hasta el año 1860, en que entró a formar parte de la ciudad de París, Montmarte fue una antigua comuna francesa del departamento del Sena.

Foto Julio Mariñas
Un café crème y un croissant en la Place du tertre ayuda a aceptar mejor el viento que sopla por las calles de Montmartre. Curiosamente, el croissant, que en francés significa creciente, en referencia a la fase lunar, procede de Viena. Algunos dicen que tiene su origen en el siglo XVII, cuando los otomanos sitiaron Viena e intentaron entrar de noche en la ciudad. Los panaderos, que estaban en su trabajo a esas horas, dieron la voz de alarma. Se dice que el emperador Leopoldo I condecoró a los panaderos por la ayuda ofrecida, y estos correspondieron haciendo unos panes con la forma de media luna, en alusión a la bandera otomana. Otra de las historias acerca del origen del croissant es la del comerciante polaco afincado en Viena que, cuentan, traspasó el cerco enemigo para avisar al rey de Polonia. Kulczycki, que así se llamaba el hombre, es hoy un héroe. También se le atribuye haber introducido el café en Europa, café que recuperó de las mercancías abandonadas por el ejército otomano en su huida. Lo sirvió por primera vez acompañado de pastelitos en forma de medialuna, los llamados Kipferl. Antecesores del croissant.

Foto Julio Mariñas


    Fue en la colina de Montmarte donde los rusos montaron su artillería para bombardear la ciudad de París. Aunque hay varias discusiones acerca del origen de la palabra bistro. Una de las ideas más extendidas es que nació aquí, cuando los rusos que invadieron Francia después de las guerras napoleónicas, entraban en los restaurantes al grito de ¡Rápido! (Parece que tenían hambre los soldados) De ahí surgió la palabra Bistro.
     Entro en la Basílica del Sacre Coeur. Erigida entre 1876 y 1912 por suscripción pública después de los acontecimientos de la Comuna y para honrar a las víctimas de la Guerra Franco-Prusiana, su cúpula es visible desde casi cualquier lugar de la ciudad. La campana del templo, con sus dieciocho toneladas, es la más grande de Francia. 
    Además de San Denis, otros santos pasaron por la colina de Montmartre. Santa Juana de Arco, San Vicente de Paul y San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier fundadores de la Compañía de Jesús (los jesuitas) en 1534.
    Había en la colina una abadía benedictina, que durante la Revolución Francesa fue destruida y los religiosos guillotinados. De aquella edificación queda una de las iglesias más antiguas de París, Saint Pierre de Montmartre¸ con un pequeño cementerio junto a ella.



                                                                                       Foto Julio Mariñas



Es el siglo XIX, el más atrayente desde el punto de vista artístico, porque en Montmartre se reunieron un gran número de genios. Enumerarlos todos sería muy largo. Algunos de los más destacados fueron Pisarro, Modigliani, Picasso, Renoir, Degas, Toulouse-Lautrec, Satie. Una época de penurias económicas para muchos de los artistas, pero llena de sueños y creatividad. El Moulin de la Galette, restaurante al aire libre junto a un viejo molino, sería uno de los puntos de encuentro y diversión. Así como Le Chat Noir, donde fue pianista Erik Satie. Montmartre y Montparnasse en la orilla izquierda, eran los principales centros artísticos en el París de finales de Siglo XIX. En Montmartre es posible contemplar la casa donde  Vincent van Gogh y su hermano Theo vivieron durante dos años. Lo que hoy es un museo, fue estudio del pintor Pierre-Auguste Renoir. La Maison Rose, era la cafetería que frecuentaba Picasso y Gertrude Stein, y Au Lapin Agile, un cabaret frecuentado por Gauguin. Estos dos últimos, apenas han cambiado su aspecto.
    La canción de Charles Aznavour, La Bohème, es todo un canto nostálgico a esos años de creatividad y juventud.

Je vous parle d'un temps
Que les moins de vingt ans
Ne peuvent pas connaître
Montmartre en ce temps-là
Accrochait ses lilas
Jusque sous nos fenêtres
Et si l'humble garni
Qui nous servait de nid
Ne payait pas de mine
C'est là qu'on s'est connu
Moi qui criait famine
Et toi qui posais nue

La bohème, la bohème
Ça voulait dire on est heureux
La bohème, la bohème
Nous ne mangions qu'un jour sur deux

Dans les cafés voisins
Nous étions quelques-uns
Qui attendions la gloire
Et bien que miséreux
Avec le ventre creux
Nous ne cessions d'y croire
Et quand quelque bistro
Contre un bon repas chaud
Nous prenait une toile
Nous récitions des vers
Groupés autour du poêle
En oubliant l'hiver

La bohème, la bohème
Ça voulait dire tu es jolie
La bohème, la bohème
Et nous avions tous du génie

Souvent il m'arrivait
Devant mon chevalet
De passer des nuits blanches
Retouchant le dessin
De la ligne d'un sein
Du galbe d'une hanche
Et ce n'est qu'au matin
Qu'on s'assayait enfin
Devant un café-crème
Epuisés mais ravis
Fallait-il que l'on s'aime
Et qu'on aime la vie

La bohème, la bohème
Ça voulait dire on a vingt ans
La bohème, la bohème
Et nous vivions de l'air du temps

Quand au hasard des jours
Je m'en vais faire un tour
A mon ancienne adresse
Je ne reconnais plus
Ni les murs, ni les rues
Qui ont vu ma jeunesse
En haut d'un escalier
Je cherche l'atelier
Dont plus rien ne subsiste
Dans son nouveau décor
Montmartre semble triste
Et les lilas sont morts

La bohème, la bohème
On était jeunes, on était fous
La bohème, la bohème
Ça ne veut plus rien dire du tout




Foto Julio Mariñas


        En una visita al Cementerio de Montmartre, podremos contemplar las tumbas de muchos artistas que acabaron sus días en París. El pequeño cementerio de Saint-Vincent, es un remanso de paz y recogimiento en la luminosa ciudad de París.
    Las calles de Montmartre aún conservan esa aureola de misterio. Ellas me sirvieron de inspiración en mi novela “Cuando el lobo aparece”. Hasta aquí llegó “El Solo”, un personaje torturado por una maldición que, huyendo de si mismo y de su destino, llega a París y a estas calles de Montmartre, para encontrarse con algunos extraños personajes que influirán de forma decisiva en su historia.
    La mañana está fría en París. Abandono las calles aún solitarias de Montmartre. Acabará saliendo el sol. Siempre acaba por salir el sol en París. La evocación de la bohemia, los sueños, la juventud, las ilusiones, me acompañan en el descenso de las empinadas calles. Gracias Montmartre por compartir tu soledad con este compositor y escritor anónimo. Tus calles guardan para siempre la esencia de los sueños que se cumplieron, la esencia de los sueños que nunca vieron la luz. La esencia de mis sueños que sólo tú y yo conocemos. Sé que sabrás guardar los secretos que te he contado al oído. Por mucho que sople el viento sobre tu colina, Montmartre; hay cosas que son eternas.

 Foto Julio Mariñas


sábado, 24 de septiembre de 2011

SOLITARIAS CALLES DE MONTMARTRE

    Amanece en París. El viento sopla sobre la ciudad y un cielo amenazante se abate sobre el

viejo barrio donde la bohemia tuvo su refugio. Las calles están solitarias. Recuerdo al

personaje de mi novela “Cuando el lobo aparece”. Ese hombre que recorría las calles de París

intentando escapar de una maldición, intentado escapar de su propio destino. Eso es lo que

todos hacemos un poco, intentar eludir la certeza de un final que tarde o temprano sabemos

llegará. Recuerdo, desde estás escaleras que suben al Sacre Coeur, a los seres querido

desaparecidos. París se abre ante mis ojos. Aunque el día esta gris, siempre acaba saliendo el

sol y rompiendo sus rayos contra las aguas del Sena para inundar toda la ciudad de vida. Tal

vez sea uno de los motivos por los que quiero a esta ciudad. Aquí puede uno abstraerse de la

cruda realidad, de todo lo perdido y lo añorado. No me siento menos importante que el rico

que pasea las calles, ni más importante que el vagabundo que dormita en el banco del parque.

París tiene algo que hace a todos iguales en nuestra condición de insignificantes mortales. Hoy

sopla un viento fuerte. Un café crème en Place du Tertre aligera el ánimo. ¡Cómo olvidar

París! Unos ojos me miran enamorados. Es tan efímera la existencia de lo bello. La vida me

ha quebrado el rostro a golpes de cuchillo; sin piedad. Cuando uno cree que la mar está calma,

de pronto estalla la galerna y arrastra todo. Como dijo el sabio “Posees sólo aquello que no

puedas perder en un naufragio”.  He naufragado muchas veces. A veces, el temporal me ha

llevado a malecones sombríos y llenos de brumas. Otras, a playas de arenas finas y aguas

cristalinas. ¿Qué más puede pedir un hombre? He vivido. Montmartre está solitario. Apenas

algún pintor distraído. Acabo mi café y bajo lentamente sus estrechas calles donde habita la

esencia de otras vidas, otros sueños, otras historias; probablemente similares a la mía, a la de

cualquier persona. París me habla continuamente. He regresado a nuestra cita. La ciudad me

lo agradece, enseñándome de nuevo sus infinitos rostros que inspiran mi cansada alma de

artista. Pasarán los días, los sueños irán desvaneciéndose en versos, en melodías, en frases

cadenciosas. Montmartre está hoy solitario. París me ha querido regalar este momento, para

mostrarme la otra cara. La más romántica, la más real, la más bella. Donde puedo respirar

toda la historia de sus calles y sentir que, una vez más, la vida late en el corazón de la ciudad

callada.


Foto de Julio Mariñas

viernes, 23 de septiembre de 2011

OMAHA – LAS AGUAS DE OTROS TIEMPOS

Foto Julio Mariñas

    El día está gris y amenazante. Las arenas de Omaha tienen un color tostado que inspira cierta calidez.

Toda la sangre derrama en sus arenas nos habla de un tiempo en que Europa se convulsionaba. ¡Cuántas

historias de amor sin desvelar, cuántas truncadas por la guerra! ¡Cuanta esperanza alberga el ser humano

en los momentos más adversos! En la ciudad de Bayeux tuve la oportunidad de ver algunos de los pocos

veteranos de guerra que aún viven. Son el testimonio de la lucha por la libertad y los sueños. Es lo único

que las armas no pueden arrebatar; la capacidad de soñar; de creer que existe siempre una luz en la más

profunda oscuridad de la sinrazón humana. La playa esta limpia en este día gris. Un monumento en la

arena, nos recuerda lo que pasó. El alma de todos aquellos que murieron aquí parece flotar en cada ola

que besa la playa de Omaha. Comienza a llover con más intensidad. Abandono el lugar con los restos de

la arena húmeda en mis zapatos.

SEPTIEMBRE EN LA PLAYA DE OMAHA

Foto de Julio Mariñas

    El día esta lluvioso en la playa de Omaha. El viento acaricia mi rostro y flota en el ambiente una sensación

de solemnidad. Estoy en el lugar que probablemente cambió la historia del pasado siglo XX. El 6 de junio de

1944 comenzó el desembarco de Normandía, y con él, el inicio de la liberación que concluiría en París. Pero

antes, la playa de Omaha fue escenario de una de las más cruentas batallas de la 2ª Guerra Mundial. Con

sus 8 km de longitud, se extiende desde el este de Sainte-Honorine-des-Pertes hasta el oeste de Vierville-

sur-Mer. Fue la más difícil de ocupar. Aquí murieron 6.000 estadounidenses y 15.000 fueron heridos.

Finalmente, los soldados pudieron atravesar la playa y con dinamita destruyeron las fortificaciones. Hoy, las

costas de Normandía guardan el recuerdo de todos aquellos, jóvenes en su mayoría, que murieron por la

libertad. Cuando aún el mundo creía en esa palabra. Pero eso fue hace mucho tiempo. Siento bajo mis pies

la arena y sigo preguntándome “¿Hemos aprendido algo de la historia?”.

domingo, 4 de septiembre de 2011

FRANÇOIS TRUFFAUT – LOS DULCES SUEÑOS Y LA CRUDA REALIDAD (PARTE IV)

      En esta ocasión, el cineasta elabora su película desarrollando la novela de Ray Bradbury  “Fahrenheit 451”; mostrándonos un film de gran contenido que, con la facilidad que caracteriza a las películas de Truffaut, se va haciendo más profundo a medida que avanza en su argumento. La sociedad que Bradbury escribió y se nos muestra, es casi inofensiva si la comparamos a la actual. En “Fahrenheit 451” todo es simple. El poder establecido domina a las gentes mediante la televisión, que es el altar de sus hogares, y las pastillas como remedio a todos los males que puedan surgir. Es fácil apreciar de inmediato que la sociedad actual, aunque envuelta en un halo de hipocresía, se asemeja mucho a la plasmada en la película. La televisión, mediante los informativos y los programas banales en los que el público participa activamente, marca las pautas, las modas y los personajes a seguir como modelos. La medicina preventiva, en algunos casos practicada de forma extrema, pone la venda antes de la herida, invitando a pastillas que previenen el exceso de colesterol, la tensión arterial alta y otras sintomatologías que pueden llevar a patologías peores; sin olvidarnos de la lista de fármacos antidepresivos; o en otra línea, cremas anticasitodo. Por lo que respecta  al eje central de la película. “La quema de libros buscando su extinción total” por parte de las brigadas de unos bomberos que los hacen arder cuando alcanzan esa temperatura de 451 grados Fahrenheit; no es una situación nueva en casos menos globales de la historia, pero si bastante significativos. Desde la Inquisición, hasta las ideologías radicales de cualquier signo político; los libros han sido pasto de las llamas en múltiples ocasiones. El poder necesita de una sociedad que camine los senderos que se determinan en los despachos. Por eso, son muy peligrosos “Los individuos que leen”. La lectura, al igual que el viajar, nos da una visión amplia y profunda de nuestra existencia, nuestra grandeza y nuestra pequeñez; nos acaba llevando a nuestras raíces más profundas y lejanas. Por eso, a los regímenes radicales no les interesa que sus ciudadanos puedan abandonar sus fronteras con facilidad. Conocer otras realidades los pueden despertar a  formas de vida mejores. La sensual Julie Christie interpreta dos papeles en la película. El de Clarisse, expulsada de su trabajo de profesora por “antisocial”; y Linda, la mujer del  bombero Guy Montag, interpretado por Oskar Werner; esposa complaciente absorbida por el sistema. Cuando Clarisse pregunta a Guy “¿Por qué? ¿Cómo empezaste? En relación a su trabajo de quemar libros. Él no sabe contestar con claridad. Probablemente es porque ya ha nacido en una sociedad donde los libros son el mayor pecado; o acaso, porque ni se ha dado cuenta del proceso de lavado de cerebro al que ha sido sometido por el sistema.       



Si bien, la película no esta considerada de lo mejor en la filmografía de Truffaut, tiene como aliciente ser el mayor homenaje que se ha hecho nunca en el cine al libro y a la literatura. Los que tenemos la fiebre de la lectura, nos sentimos conmovidos por el terrible espectáculo de la quema de libros por parte de las brigadas de bomberos. Libros a los que Truffaut se encarga de dar identidad cuando hace primeros planos de sus portadas mientras son arrojados al fuego y se queman. No puede existir espectáculo material más desolador para un amante de la lectura que esas imágenes. Cuando Linda descubre a su marido Guy leyendo, se entabla una discusión. Es muy significativo lo que él contesta. “Estos libros son mi familia”. “Detrás de cada uno de estos libros hay un hombre”. ¡Que gran verdad! Tengo la sana costumbre de recorrer mi biblioteca y observar los libros. Detrás de cada uno de ellos hay una historia. Recuerdo el momento en que los vi por primera vez, los compré o me los regalaron. Cuando veo a Guy; ese bombero que no quiere seguir quemando libros, leyendo de noche una enciclopedia; recuerdo mis años de infancia y adolescencia en los que leía con avidez, incluso los diccionarios, todo lo que caía en mis manos. La escena más impactante de la película es cuando el jefe de bomberos descubre la biblioteca oculta en la planta superior de la casa de una mujer. Nuestro protagonista, cada vez menos convencido del oficio que desempeña, contempla atónito como su jefe y compañeros tiran todos los libros al piso inferior para quemarlos. Entonces, en medio de ellos, como una heroína de ópera, madura y entrada en carnes, la mujer decide su destino. “Quiero morir como he vivido”. “Estos libros están vivos. Me hablan”. Y enciende la cerilla que, al precipitarse sobre los libros bañados por el líquido inflamable los hace arder con rapidez engulléndola a ella. Linda delata finalmente a su marido. Es una revelación más que nos hace la película, acerca de cómo las convenciones sociales y normas impuestas al individuo  pueden llevar a traicionar a los seres más cercanos. Guy decide ayudar a la profesora Clarisse, descubriendo que vive en la clandestinidad. En un pequeño cuarto observan una mecedora. Ella le dice: “La gente se sentaba en ella en su porche y hablaba con cualquiera que pasaba”. Una vez más, la realidad nos golpea en la cara y, a poco que meditemos, podemos observar lo lejos que ha quedado la comunicación directa, tranquila, sin prisas, mirando a los ojos de la gente. Truffaut nos lleva, mediante la huida de Guy, que es perseguido por “la justicia” por asesinar a su jefe cuando este descubre los libros que tiene y se dispone a quemarlos, a un humilde paraíso de gentes “sin patria” que viven al final de una vía muerta en un viejo vagón de tren, dedicados a memorizar los libros para intentar pasarlos de generación en generación para que esas palabras escritas no se pierdan. Es un regreso a la tradición oral que, en los primeros tiempos de la humanidad, fue el germen de la literatura. Novela muy recomendable la de Bradbury. Hoy, en la era de internet, el libro sigue teniendo esa presencia, esa personalidad que la forman su tacto, su encuadernación, su olor, su “transformación” al ser leído. Una personalidad insustituible. Los de mi generación y las anteriores no seríamos lo que somos sin los libros. Desde las novelas de Julio Verne, Salgari, Stevenson y otros, que nos llevaron en nuestra juventud a recorrer el mundo; pasando por libros como La Odisea, El Quijote o Fausto, que nos descubrieron personajes eternos; hasta novelas que nos han hecho reflexionar como 1984, Un mundo Feliz o Fahrenheit 451. Los libros han salpicado nuestra vida de miles de vidas paralelas. La lista sería interminable. Un mundo sin literatura, música y cine; sería un mundo profundamente caótico. Este triunvirato es la fuente que alimenta a las personas que, a pesar de todo, queremos seguir soñando.


FRANÇOIS TRUFFAUT – LOS DULCES SUEÑOS Y LA CRUDA REALIDAD (PARTE III)

Unos segundos son suficientes para cambiar la vida de un ser humano. En la cuarta película de Truffaut,  “La peau douce”, la suerte del protagonista se juega en dos breves lapsus de tiempo. Uno al principio y otro al final de la película. Si Pierre Lachenay, interpretado por Jean Desailly, hubiese perdido el avión que lo llevaba a Lisboa para dar una conferencia sobre Balzac –escritor tan querido por Truffaut-, probablemente nunca su mirada se hubiese cruzado con la de Nicole, interpretada por  Françoise Dorléac – actriz que fallecería en plena juventud en un accidente de tráfico, poco después de interpretar con su hermana  Catherine Deneuve, “Las señoritas de Rochefort”-, y él, no habría traicionado a su mujer. Tan frágil es el destino en la vida de un hombre, que una cabina de teléfono ocupada en el restaurante al que Pierre suele ir habitualmente, le impide hablar con su mujer; desencadenando el fatal desenlace. Truffaut juega con los tiempos, abre y cierra el ciclo de la película con maestría, en la mejor tradición de su admirado Alfred Hitchcock. Pero, si algo me parece destacable en “La peau douce”, es el arranque de la película con el inserto de los dos pares de manos jugando con suavidad bajo los títulos de crédito. Curiosamente, el protagonista de la película tiene el mismo apellido que  Robert Lachenay, amigo de infancia del director; en el cual se inspiró Truffaut para ciertos matices del personaje de Antoine Doinel. El director hace continuos guiños a su vida, porque el cine lo es todo para él, y ambos se fusionan constantemente. Hay todo un mundo de sensaciones en el rostro de la actriz Nelly Benedetti, que encarna a Franca, la mujer traicionada, después de llevar a cabo su propósito. Se podría escribir todo un libro acerca de los sentimientos que nos suscita ese último plano. Truffaut emplea, al rodar la secuencia en que Nicole dice a Pierre que no quiere atarse a él, el mismo estilo que empleó en “Tirez sur le pianiste”; cuando Teresa, interpretada por Nicole Berger, cuenta su infidelidad a Edouard, interpretado por Charles Aznavour, poco antes de suicidarse. La cámara sigue a las actrices mientras hablan, tomando diferentes perspectivas de ellas, sin mostrarnos a los receptores del mensaje. Pero, quizás el mayor acierto de “La peau douce”, es que Truffaut disecciona con gran maestría cinematográfica a los tres principales personajes de la trama; mostrándonos su evolución o involución a lo largo de la película. A veces, unos segundos de nuestras vidas, pueden contener todo nuestro futuro.