martes, 25 de octubre de 2011

ENTRE ÚBEDA Y BAEZA

Mi agradecimiento a Pablo Lozano Antonelli, que hizo de guía
por las calles de Úbeda y Baeza, mostrando y contagiando
sus conocimientos y  entusiasmo por estas dos ciudades.

Mar de olivos.

     Bajo el sol del verano es todo un lujo poder recorrer las calles de las ciudades de Úbeda y Baeza en la provincia de Jaén. Lugares que aún conservan la esencia de una arquitectura inspirada en un Renacimiento temprano gracias a las ideas humanistas procedentes de Italia. Grandes extensiones de olivares que se pierden en el horizonte custodian a Úbeda y Baeza, situadas sobre un cerro a 760 metros sobre el nivel del mar y en tierras bañadas por los ríos Guadalquivir y Guadalimar. La belleza de su arquitectura que ejercerá una gran influencia sobre la arquitectura de America Latina, harán que en el año 2003 sean declaradas Patrimonio de la Humanidad.
    Como casi siempre ocurre, por fortuna para el enriquecimiento de la historia de los lugares, historia y leyenda se dan la mano en cada esquina. 

En la Plaza del Pópolo destaca la Fuente de los Leones.
 En el centro de la fuente se eleva la escultura que la tradición dice que representa a Hímilce,
 princesa ibérica de Cástulo que se casó con Aníbal.
 
En Baeza, los hallazgos de sus orígenes se remontan a la Edad de Bronce en el siglo IV a.C. Pero es el escudo de la ciudad, con su castillo almenado de oro cargado con dos llaves que hacen referencia al Alcazar, el que nos habla de un tiempo de esplendor; y la cruz patriarcal alude a la cruz de fuego que vieron los cristianos sobre la fortaleza cuando huían de la ciudad, y les dio fuerzas para volver y conquistarla.
     En Úbeda, la leyenda se remonta al rey Idubeda, nieto de Tubal, el que, a su vez, era nieto de Noé. El escudo de esta ciudad tiene una corona de oro custodiada por doce leones rampantes, en alusión a “los doce de Úbeda”, aquellos que vencieron a otros caballeros moros en el cerco de Algeciras durante el reinado de Alfonso XI, allá por el siglo XIV. Sería esta hazaña la que propiciaría que Enrique II otorgara el escudo de Úbeda y el título de Muy Noble y Leal Ciudad.
    Lo cierto es que, a lo largo de su historia, estas siempre han sido tierras de familias nobles en continuos conflictos de intereses.
El reposo de las palomas.
 
Pero, si hay una figura que destaque y sea fundamental en esta zona de la provincia de Jaén, es Francisco  de los Cobos y Molina. Aquel que fuera Secretario de Estado de Carlos V. Hombre ilustrado; de sus viajes por Italia traería ideas artísticas del Renacimiento, convirtiéndose en un mecenas de la ciudad. Lamentablemente, de su palacio sólo queda en pie la fachada de sillería maciza, donde se puede contemplar el escudo de los Cobos y la Cruz de la Orden de Santiago a la que pertenecía Francisco de los Cobos.


Fachada de sillería maciza, donde se puede contemplar el escudo de los Cobos
y la Cruz de la Orden de Santiago a la que pertenecía Francisco de los Cobos.

 
    Otro nombre clave en el siglo XVI español fue Andrés de Vandelvira. Nacido en Alcaraz (Albacete) dejó su saber en obras como el Hospital de Santiago de Úbeda, llamado “El Escorial del Sur”. Destinado a los enfermos de bubas hasta el año 1975.
    Por cualquier lugar donde se camine en Úbeda, acaba uno encontrándose con algún monumento. La Casa de las Torres del siglo XVI, Monumento Histórico Nacional, es otro de esos ejemplos donde la leyenda y la historia se dan cita. En este caso la de la mujer emparedada, que dicen fue Ana Orozco, casada con Don Rodrigo Dávalos.


Estatua de Vandelvira. Uno de los grandes nombres del Renacimiento en Jaén.

 
    Sin duda, es la Sacra Capilla del Salvador del Mundo el edificio que más ha llamado mi atención. Fue Diego de Siloé quien trazó el templo por encargo de Cobos. Pero tuvo que abandonar el proyecto por su trabajo en la catedral de Granada, y sería Vandelvira y Alonso Ruiz quienes continuaron la labor. Lo más llamativo del templo es su ecléctica fachada realizada por el francés Esteban Jamete. En ella se mezclan escenas del Antiguo y Nuevo Testamento con otras de la Antigüedad Clásica. Así, es posible contemplar a vírgenes y santos, junto a escenas mitológicas como las que decoran los contrafuertes que flanquean la portada y representan a Hércules contra Centauro y Hércules con los toros de Gerión. El escultor Esteban Jamete, nacido en Orleáns en el siglo XVI, tenía por costumbre mezclar temas cristianos y paganos, dando lugar a originales obras como esta de la Sacra Capilla del Salvador del Mundo.


Escenas mitológicas como las que decoran los contrafuertes que flanquean la portada
y representan a Hércules contra Centauro, comparten espacio con motivos religiosos
en la fachada de la Sacra Capilla del Salvador del Mundo
 
La historia de Úbeda está llena de interesantes personajes. Aunque hay uno que destaca por encima de los demás al dejar una profunda huella espiritual en la ciudad. San Juan de la Cruz, el fundador, junto con Santa Teresa, de la Orden de las Carmelitas Descalzas; llegó al convento de San Miguel de Úbeda para intentar curarse de unas “calenturillas” en su pie; pero no lograría reponerse y murió allí. Su cuerpo fue trasladado de noche a Segovia. Comienza así un litigio que finalizaría con la devolución de una parte del cuerpo como reliquia que hoy es posible visitar en el oratorio; además de poder contemplar el lugar donde murió San Juan de la Cruz, considerado uno de los grandes poetas del siglo XVI y el máximo exponente de la poesía mística; a pesar de ser pocos los versos que se conservan de su obra y de no ser publicados hasta después de su muerte.


Convento de San Miguel de Úbeda, donde es posible visitar las estancias donde paso los últimos días San Juan de la Cruz.



San Juan de la Cruz, considerado uno de los grandes poetas del siglo XVI
y el máximo exponente de la poesía mística a pesar de ser pocos los versos
que se conservan de su obra y de no ser publicados hasta después de su muerte.
 
    Baeza, por su parte, se abre a la campiña del Guadalquivir y las Sierras de Mágina y Cazorla, verdaderos paraísos naturales; ofreciéndonos también un gran número de monumentos de gran valor histórico y artístico.
    Si observamos la Puerta de Jaén, podemos imaginar la grandeza de las murallas que abrazaban la ciudad con más de sesenta torres. Los Reyes Católicos las  mandarían demoler en 1473. Junto a la Puerta de Jaén, el Arco de Villalar sería erigido por orden de Carlos V para conmemorar la victoria sobre los comuneros en la Batalla de Villalar.
    Junto a estas dos muestras de un pasado glorioso, en la Plaza del Pópolo destaca la Fuente de los Leones, cuyos elementos proceden de las ruinas romanas de la ciudad de Cástulo en Linares. Observo como el agua mana de los pétreos leones y bueyes que la forman, mientras en el centro de la fuente se eleva la escultura que la tradición dice que representa a Hímilce, princesa ibérica de Cástulo que se casó con Aníbal.

Fuente de los Leones, cuyos elementos proceden de las ruinas romanas de la ciudad de Cástulo en Linares.
Al fondo se puede apreciar la Puerta de Jaén y el Arco de Villalar.
 
    Mis pasos me llevan a otro lugar de Baeza. Concretamente a la Plaza de Santa María, donde encuentro la hermosa fuente del siglo XVI obra de Ginés Martínez de Aranda. Justo al lado, observo la fachada de Antiguo Seminario Conciliar de San Felipe Neri, decorada por los “vítores” que los estudiantes plasmaban en la piedra con pintura roja o sangre de ternero.
    Al otro lado de la Plaza, observo la Catedral de Santa María, que empezó siendo templo romano, después visigodo, posteriormente mezquita en el siglo XI, para acabar convirtiéndose en el edificio renacentista  que se muestra hoy en día.


La Catedral de Santa María, que empezó siendo templo romano, después visigodo,
posteriormente mezquita en el siglo XI, para acabar convirtiéndose
en el edificio renacentista  que se muestra hoy en día.


    Si San Juan de la Cruz tiene un lugar de honor en la ciudad de Úbeda; en Baeza es Antonio Machado el escritor que dejó su impronta. Llegó aquí en 1912, tras la muerte de su mujer Leonor. Antonio Machado -junto con Miguel Hernández, Bécquer, Espronceda y Neruda- ha sido uno de los poetas que leí con avidez en mi adolescencia. 
     Antonio Machado, sumido en una profunda depresión por la muerte de su amada Leonor, pidió el traslado a Baeza, donde vivió con su madre y dio clases de Gramática Francesa en el Instituto de Bachillerato de la Antigua Universidad de la ciudad hasta 1919. Mantendría correspondencia con otro de los grandes escritores del 98, Miguel de Unamuno y en 1917 en Baeza conocería a Federico García Lorca al que le uniría una gran amistad. En ese mismo años saldría a la luz la primera edición de sus Poesía Completas. En la calle San Pablo de Baeza, junto al Nuevo Casino, es posible contemplar una escultura Antonio Machado realizada por Antonio Pérez Almahan. 


En la calle San Pablo de Baeza, junto al Nuevo Casino, es posible contemplar
una escultura Antonio Machado realizada por Antonio Pérez Almahan.


    No quiero finalizar estas líneas sin mencionar al escritor y académico Antonio Muñoz Molina, natural de Úbeda. Su primera novela, Beatus ille, de 1986, tiene como escenario la ciudad imaginaria de Mágina, trasunto de su natal Úbeda. Una lectura muy recomendable al igual que otras muchas obras de este autor.  
    Otro de los nacidos en Úbeda es Joaquín Sabina, quien, a mi juicio, junto con Joan Manuel Serrat y Luis Eduardo Aute, son los grandes poetas cantautores españoles.
    He considerado oportuno mencionar a Muñoz Molina y Joaquín Sabina porque, al preguntar por ellos en tierras de Jaén, me han hablado muy bien de su relación con su ciudad natal, de la que no se han olvidado ni un instante. Creo que recordar sus orígenes dice mucho a favor de ellos como personas.


Calle Melancolía

    La descripción de todo el legado artístico de Úbeda y Baeza podría llenar páginas y páginas en los libros. Esto ha sido sólo una pequeña pincelada de algunas de mis impresiones en estas hermosas ciudades. La tranquilidad de sus calles, el continuo arte que fluye en su arquitectura, la huella de San Juan de la Cruz y Antonio Machado tan admirados por mi; todo ha convertido los momentos vividos en Úbeda y Baeza en únicos. No dejéis de acercaros a estas dos ciudades ancladas entre mares de olivos y poseedoras de un Patrimonio Cultural que invita a la contemplación y a zambullirse en su historia.

Calles de Baeza que sirvieron de escenario a la película de El Capitán Alatriste.

LAS PIEDRAS QUE HABLAN EN GALICIA - CAMPO LAMEIRO

Montes de Galicia, donde es posible encontrar gran variedad de restos megalíticos.

    Fue hace unos 17 años. Joven y lleno de energía, en busca de respuestas a preguntas tal vez incontestables sobre nuestros orígenes, me dediqué a recorrer Galicia. Sus montañas romas, viejas, los bosques de robles centenarios. Entonces, aún no habían tomado forma los grandes proyectos destinados a salvaguardar el Patrimonio Prehistórico de Galicia. Así, muchas veces, para encontrar petroglifos, dólmenes o algunos castros poco conocidos, era necesario indagar preguntando a las gentes de los pueblos, subiendo montes entre tojos o internándose en caminos poco transitados. Esto le daba cierto aire de aventura sin riesgo, al hecho de dar con algunos vestigios del pasado. Hoy, afortunadamente, compruebo con emoción la atención que se presta a estos restos. Muchos, ya debidamente señalizados, permiten a los visitantes acceder a ellos con facilidad.
La Pena Furada hace 17 años


La Pena Furada hoy en día.
En la foto es posible observar el cambio que ha tenido lugar en su entorno.

   
    Uno de estos ejemplos es el Parque Arqueológico del Arte Rupestre de Campo Lameiro en la provincia de Pontevedra. Si bien, estás iniciativas privarán a algún joven apasionado de las sensaciones que yo viví hace 17 años buscándolos; las considero indispensables para el mantenimiento del Patrimonio que se remonta a los orígenes de nuestra civilización. En el caso de Campo Lameiro, si bien, por motivos obvios, no se ha podido englobar todos los petroglifos de la zona –El magnífico ejemplar de ciervo de la Rotea de Mendo o la serpiente de Penalba han quedado fuera del Parque-;  si se ha abarcado una importante muestra de los petroglifos de esta zona. El paseo comprende 22 hectáreas y he tenido la fortuna de caminarlo en un día que no había más gentes para la visita. El maravilloso paisaje natural en el que se encuentran situados los petroglifos en plena naturaleza gallega, llena el ánimo de paz y esperanza. Aún quedan lugares sin herir por la mano del hombre.


La Laxe dos Carballos en el Parque Arqueológico de Arte Rupestre de Campo Lameiro.
Uno de los más bellos petroglifos gallegos.
  
    Alrededor de los castros, dólmenes y petroglifos gallegos, la tradición popular ha generado todo un mundo mágico de hermosas mujeres y seres misteriosos llamados mouros, custodios de los tesoros inconmensurables. Las gentes vivían con ellos de manera natural desde siempre. La primera referencia a los petroglifos data del siglo XVIII. Es posteriormente, en el siglo XIX, con Manuel Murguía, cuando se comienza a tomar conciencia de la importancia de estos vestigios. Es en el Noroeste gallego donde se encuentra una de las mayores acumulaciones de petroglifos del mundo. Los entendidos sitúan el origen a finales del Neolítico y la Edad de Bronce; a lo largo de los milenios III y II a.C.

Caprichosas formaciones en las mágicas roca de Galicia bañadas por el sol.

    Es Ramón Sobrino Buhigas en la primera mitad del siglo XX, quien llevará a cabo un trabajo de campo sobre los petroglifos que plasmará en su obra “Corpus Petroglyphorum Gallaeciae”. Trabajo de referencia hoy en día. Ramón Sobrino Lorenzo-Ruza, continuará la labor de su padre, aportando ideas técnicas y teóricas más avanzadas. Recorriendo la zona que abarca el Parque Arqueológico del Arte Rupestre de Campo Lameiro podemos observar la reconstrucción de un poblado de la época, y   hacernos una idea del estilo de vida que llevaban nuestros antepasados de finales del Neolítico y la Edad de Bronce. Eran sociedades que dominaban la agricultura y trabajaban la cerámica para la elaboración de piezas con fines utilitarios y también artísticos. También fundían el metal para dar forma a útiles de labranza y armas de lucha.
Foto donde se pueden apreciar las dimensiones de la Pena Furada.


Interio de la Pena Furada.
  
    Fue el granito, tan presente en Galicia, el escenario donde, ayudados por piedras duras como el cuarzo, los habitantes de estos lugares dieron forma a los petroglifos. Después de miles de años, y a pesar de la degradación natural del granito y los agentes biológicos como los líquenes tan abundantes en Galicia, los petroglifos han conseguido llegar hasta nosotros. Visitar el Parque Arqueológico del Arte Rupestre de Campo Lameiro resulta un paseo gratificante entre robles y pinos, para acercarnos a los petroglifos perfectamente señalizados. La “Laxe dos Carballos” está considerado uno de los más bellos de Galicia. La roca está llena de ciervos, pero destaca uno de gran tamaño con lanzas clavadas en el lomo y un collar colgado al cuello.

    La variedad se sucede; desde las escenas de monta de “Outeiro dos Cogoludos I”, pasando por las cazoletas y círculos concéntricos de “Outeiro das Ventaniñas”. Todo me hace pensar que este arte es el que más ha conseguido fundirse con la naturaleza. Los seres humanos que grabaron estas figuras utilizaron a la perfección los accidentes de las rocas -grietas, fisuras y diaclasas- para ordenar sus composiciones. Muchas son las teorías acerca de la creación de los petroglifos. Desde ritos de caza a todo tipo de ceremonias. La mayoría hablan de una función para el grupo. Sin embargo, siempre me ha gustado pensar que, al menos en sus inicios, surgió de las manos de artistas que, en solitario, dejaron su impronta en las rocas. Posteriormente es posible que sus creaciones adquiriese una relevancia para el resto de la población primitiva. Pero, en su inicio, quiero pensar que fue un trabajo individual y de inspiración de algunos que utilizaron la piedra como lienzo.


                Soberbio ejemplar de roble en el Parque Arqueológico de Arte Rupestre de Campo Lameiro.

    En esta visita al Parque Arqueológico del Arte Rupestre de Campo Lameiro,  tengo que hacer una especial mención a “Outeiro da Pena Furada”. Hace 17 años, pude acceder a él subiendo el monte entre matorrales. Hoy, esa roca exenta que se apoya sobre otra y tiene en su interior una gran oquedad, es de fácil acceso para el visitante, que puede observar su rotunda forma y meditar sobre la posible función de esta formación. Paseando los montes de Campo Lameiro, de nuevo, he recordado al joven que fui; curioso e inquieto por saber cada día más. Desde entonces hasta hoy, los enigmas del pasado siguen planteando al hombre cuestiones que aún no han encontrado respuesta. Tal vez nunca sepamos todo lo que los vestigios nos han querido decir. Pero lo más excitante es la búsqueda, una aventura sin fin que nos hace soñar. Porque ¿Qué sería de hombre sin sueños?

     Petroglifo de Outeiro dos Cogoludos I, donde se pueden observar complejas combinaciones circulares.


domingo, 23 de octubre de 2011

LAS CATACUMBAS DE PARIS - UN VIAJE A NUESTRO DESTINO

    En los albores de la humanidad comenzó el hombre primitivo enterrando a sus seres queridos. ¿Ritos funerarios? De cualquier manera, la acción de sepultar los restos inanes de lo que antes tuvo vida, fue un impulso generado por la necesidad de no contemplar la degradación de los cuerpos yacentes y evitar ver el rostro del destino que nos espera. La primera vez que, siendo muy joven, asistí al amortajamiento de un cadáver, viendo la manipulación de aquel cuerpo inerte que apenas unas horas antes tenía vida, sentí que nada quedaba en él de la persona que había conocido. ¿Algo lo había abandonado? ¿Tal vez sólo la vida como la entendemos los humanos? ¿Qué es la muerte cuando después del fallecimiento nuestro cuerpo alberga vida?


La contemplación de mondas calaveras inspiran profundo respeto
e invitan a la reflexión sobre la existencia del hombre.

    En el corazón de Montparnasse en París, es posible visitar las Catacumbas. Un laberinto de kilómetros de estrechos corredores han servido de última morada a millones de huesos. Es posible caminar entre ellos por los húmedos pasadizos en un ambiente que no pasa de los 14 grados de temperatura. Un respetuoso silencio inunda los largos pasillos en semioscuridad. Lo que en la época romana eran unas minas de piedra caliza,  a finales del siglo XVIII se convirtieron en un cementerio bajo tierra. Su nombre es “Les carrières de Paris”, y los visitantes sólo tenemos acceso a una pequeña parte del conjunto, que se extiende a través cientos de kilómetros de túneles subterráneos. Aún así, el entramado de túneles y cuartos bajo tierra resulta impactante. Fue el exceso de restos humanos que desbordaban los cementerios de la ciudad de París, y concretamente la situación en el distrito de Les Halles –Víctor Hugo, en su novela “Nuestra Señora de París”, nos habla del lugar como “La Corte de los Milagros”; era una zona del París medieval habitada por mendigos, ladrones y prostitutas. Recibió este nombre porque sus habitantes, por el día, pedían limosna fingiendo ser ciegos o discapacitados;  pero de noche, ya en “la Corte”, recuperaban la salud “milagrosamente”. Hoy en día, el lugar lo ocupa un gigantesco centro comercial, El Forum de les Halles, donde se puede encontrar casi de todo-. Fue en el siglo XVIII, en este lugar, donde la situación se hizo insostenible ante el aumento de enfermedades debidas a la contaminación por el manejo de cadáveres, especialmente en el cimetière des Saints-Innocents; lo que llevo en 1786 a Monsieur Thiroux de Crosne, teniente general de la policía, y Monsieur Guillaumont, inspector general de las minas; a utilizar estos subterráneos. Durante más de un año, los carruajes cruzaron las noches parisinas para depositar los restos de seis millones de personas. Estos subterráneos fueron también refugio de la resistencia durante la 2ª Guerra Mundial, y soldados alemanes establecieron un búnker subterráneo, debajo de Lycée Montaigne.

Silencio y penumbra custodian miles de huesos humanos en el corazón de París.
    En las Catacumbas parisinas se pueden encontrar cosas tan insólitas, como la obra que está poco antes de la entrada del osario de Denfert Rochereau. Una representación tallada en la piedra de la fortaleza de puerto de Mahón de la ciudad de Menorca, en las Islas Baleares. Fue realizada desde 1777 hasta 1782, por un trabajador llamado Décure, un veterano de los ejércitos de Luis XV, cautivo en las mazmorras del Puerto de Mahón, y liberado por las tropas del Duque Richelieu en 1756. Dedicó cinco años de su vida para    esculpir la reproducción bastante fiel del lugar donde había sido internado. Quiso terminar su trabajo mediante la construcción de una escalera que iba a facilitar el acceso, pero un derrumbe acabó con su vida.
    Esta es una de las muchas sorpresas que nos deparan las Catacumbas de París. Su corazón alberga cientos de historias con las que se podrían llenar páginas.
    Ante las mondas calaveras, es imposible no recordar el famoso monólogo de Hamlet escrito por Shakespeare y la conocida frase “To be or not to be, that is the question”. Es cierto, “ser o no ser”, es, valga la redundancia, lo único importante. Todo lo demás es superfluo. La incineración, ideal desde el punto de vista higiénico, también tiene algo de, ese no querer afrontar la putrefacción de los cuerpos, el lento degradarse de los huesos. En mi infancia, en algunos pueblos aún era posible ver en las noches la luminiscencia provocada por las emanaciones de fósforo de los huesos en los cementerios poco iluminados. Son los llamados fuegos fatuos, que han dado origen a todo un mundo de leyendas. Lo cierto es que, la aceptación de la fugacidad de la vida cuesta mucho al hombre. Así, establecemos actitudes fundamentales para afrontar la realidad. Una es “Vivir como si no fuésemos a morir nunca”. Otra es “Vivir preparándonos para otra vida mejor”. Cualquiera de las dos actitudes condiciona nuestra existencia de un modo posesivo. En el primer caso, los ejemplos ilustrativos son la acumulación de riquezas, muchas más de las que se pueden gastar en una vida, y el desprecio hacia las pequeñas cosas. Como si la eternidad nos permitiese en otro momento disfrutar de ellas. Así, en su ambición, el hombre “trabaja” incesantemente para acumular bienes materiales que jamás podrá disfrutar. Se embarca en grandes empresas de las que nunca verá su fin. Olvida los sutiles detalles que son la verdadera riqueza de la vida. Algo tan sencillo como ver amanecer o ver anochecer, sentir la esencia de la naturaleza de la que venimos; una palabra, un gesto, una caricia. “Vivir como si cada instante fuese el último”, sería la verdadera fórmula contra “Vivir como si no fuésemos a morir nunca”.
    En el segundo supuesto, “Vivir preparándonos para otra vida”; surgen para el hombre una serie de normas que condicionan su pensamiento y su verdadera naturaleza. El ser humano, condicionado, se convierte en esclavo de si mismo al intentar llevar una vida que entiende como un simple puente para otra mejor. Las pautas marcadas crean una existencia “artificial”. Queremos construirnos una vida a medida para prepararnos a una nueva vida después de la muerte y, en nuestra ansia por huir de la finitud, olvidamos la verdadera esencia del ser humano. Se dice que el hombre es el único animal que sabe que va a morir. Es posible. Tal vez por eso ha aprendido a reír. No deja de ser una forma de trivialidad el hecho dramático que supone la muerte. Contemplando estos huesos en la penumbra de las Catacumbas de París, creo que lo adecuado sería vivir sin más. Está claro que todos los indicios apuntan a que un día vamos a morir. Está claro que no tenemos “noticias” de que después haya una vida mejor. Así que, lo más prudente es saborear el presente, mientras no encontremos algún dato fiable sobre nuestra eternidad o sobre una vida mejor que esta. Cuando vuelvo a la superficie, la luz de París acaricia mi rostro. Siento que estoy vivo. Es lo único cierto en esta tarde de septiembre.


La visita a las Catacumbas de París es una cura de humildad y nos habla de la brevedad de la vida.

 

CUANDO LAS CARRETERAS ERAN CAMINOS DE TIERRA - A MI AMIGO JUAN CARLOS OTERO

     

    El destino es un extraño sin rostro que acecha en la oscuridad del cuarto donde brotan las horas. Cuando jugábamos en las polvorientas calles del barrio a las canicas y el trompo, mientras invadíamos las fincas cercanas para asaltar sigilosos los árboles  frutales de los vecinos, o cuando nos peleábamos sin descanso con nuestra habitual mala leche; no sospechábamos nunca que llegaría un día en que la época desenfadada de la niñez se desvanecería sin apenas darnos cuenta y pasaría a formar parte de los lejanos recuerdos que el tiempo va diluyendo sin piedad. Entonces, las horas latían en nuestras manos con fuerza y brillaban los ojos ante cada nueva aventura. Las playas y sus frías aguas eran cristalinas como nuestros pensamientos aún no lacerados por los años. En aquel campamento de verano suspiramos por unos ojos verdes tan profundos como inalcanzables. No lo sabíamos entonces. Pero era el tiempo del despertar a la vida más intensa.

La niñez


    La música era un juego y envolvía nuestra existencia como un bálsamo milagroso. Cada nota habla hoy de instantes escondidos en la memoria. Porque, aunque este ahora se nos antoja cruel y despiadado, debemos pensar que las luces aún no se han apagado. Sucede como al final de aquellas primeras verbenas, cuando uno regresaba a casa y sentía el silencio después del jolgorio de las gentes, Un vacío que desasosiega el alma. Pero, como entonces, debemos pensar que pronto habrá una nueva “actuación”. De nuevo se encenderán las luces, sonará la música y el público aplaudirá. Nosotros, que hemos conocido el calor de los espectadores y esa soledad de los cuartos vacíos; sabemos lo que es eso.

Primera actuación en público como clarinetistas

   

    Hoy el cielo es gris y sus nubes amenazantes envuelven los sentidos y aprietan el ánimo. Entonces, el sol brillaba en lo alto, mientras sumergidos en las aguas, jugábamos bajo las olas. Tal vez los cuerpos estén marcados por las cicatrices del tiempo. Pero, como cuando tocábamos hasta la extenuación, hasta que nuestros labios sangraban por la constante presión; los dos sabemos que somos los supervivientes de una generación de músicos que conocieron el renacer de todo un nuevo concepto de entender este arte.

La adolescencia

    Desde aquellas primeras clases en un conservatorio de aulas con techos altos y largos pasillos, al que se accedía por unas crujientes escaleras de madera. En aquellos reductos donde unos pocos jugábamos con el clarinete y el saxofón; donde todos nos conocíamos. Hasta hoy, en que aquel sabor antiguo ha quedado para siempre en nuestros instrumentos primeros ya callados; han pasado muchas cosas. La tonal y brillante melodía de entonces, se fue sincopando sin apenas darnos cuenta. Los acordes tríadas fundamentales se fueron enriqueciendo. Séptimas y novenas hicieron acto de presencia. Comprendimos que las cadencias no siempre eran perfectas. Ni siquiera plagales. Que en la vida había acordes que no resolvían como nos habían contado. Que la existencia tenía mucho más de blues, que de canción infantil para flauta dulce o melódica. Así, se fueron diluyendo las ilusiones. Los niños rebeldes, nos convertimos en jóvenes rebeldes, adultos rebeldes. Hasta que la vida nos fue marcando un compás cada vez más irregular, cada vez más compuesto.

La juventud


Hoy, sabemos que un cuarto de tono puede hacer cambiar radicalmente la melodía de la vida; que la existencia no es tan simple como una tercera mayor o menor; que hay escalas pentatónicas mucho más rotundas que una simple escala menor armónica. Sobre todo aquello que aprendimos a fuerza de tesón y noches sin dueño, se ha extendido hoy un velo sutil pero poderoso. Quieres liberarte en un gesto ansioso y desesperado. Entiendo tu prisa, tu angustia por volver a sentir el tacto metálico de las llaves y hacer sonar el saxo que te espera. Pero recuerda aquellos días en que bajo las aguas aguantábamos la respiración mientras hacíamos la competencia a los peces. Cuando ya no teníamos aire, subíamos a la superficie donde brillaba el sol de estío. Tarde o temprano tiene que llegar ese día. Una bocanada de aire fresco volverá a inundar los pulmones, y el blues que hoy es triste, sonará vivo; y una improvisación sin fin, volverá a dar la bienvenida al lugar donde habitan las antiguas melodías reencontradas. Esa ha sido la suerte en nuestras vidas. Que la música nunca nos ha abandonado.
Los sueños anclados