miércoles, 7 de diciembre de 2011

UNA FOTO ENTRE LAS MANOS

    Tenías la mirada llena de sueños e incertidumbres. Eras bella y salvaje. Todas las nieblas de mis días se diluían a tu paso. ¿No lo recuerdas? Nos amábamos con la osadía de la edad donde las fantasías se envuelven en noches de pasión; dueños y siervos de nuestras propias ansias juveniles. Entre mis manos una foto liviana en su materia, pesa como la losa más compacta, por que alberga en ella el tú y el yo; todo lo que fuimos y quisimos ser, todo lo que dejamos al borde del camino. Eras toda pasión y tu piel tenía la frescura de los años en que los vientos rodean las perdidas cabañas que se esconden en los ignotos bosques del exceso. La fotografía conserva toda la luz de aquellos años, de aquel tiempo en que la fuerza de la juventud nos permitía cruzar mares que no figuran en las cartas de navegación y la rosa de los vientos giraba sólo para ti y para mi. Una foto entre las manos puede hacernos comprender que poco dura la felicidad, se escapa entre los dedos sin apenas percatarnos y vuela cada día más lejos. El misterio del pasado, del ahora, del futuro; nunca podrá ser desvelado. Cuando el hombre está reflexionando ya las horas han hecho mella en su rostro y su memoria. Una foto entre las manos nos devuelve un silencio aterrador en el ahora. Fuimos todo aquello que soñamos, y hoy en una insignificante foto reside ese tiempo de jardines orgiásticos, cuerpos sin freno y el sol abrasador del ayer.


LA MUERTE, ETÉREO CONCEPTO DE RAICES IGNOTAS


    Un suspiro profundo, tenso en su inspiración, relajado en su espiración final. Después, la nada. Todo es silencio alrededor. Sólo un cuerpo inerte ha quedado de nuestra existencia, de nuestros sueños, nuestras ilusiones, nuestras esperanzas. En la infancia, como algo ajeno a nosotros, lejano, van cayendo los primeros familiares cercanos, más jóvenes, más viejos. Pero nosotros estamos en otro mundo. Cuando comienza a existir la muerte como sino implacable que dominará el resto de nuestra vida, todo cambia y la niñez se torna menos liviana. Después, con la juventud, creemos poseer invulnerabilidad. Las locas y apasionadas horas de una época que emana vida por todos los poros de la piel. Sólo cuando los que nos dieron la existencia desaparecen, asimilamos que la muerte nos acecha. En realidad lo ha hecho siempre, desde el primer instante en que respiramos. Amigos cercanos de nuestra edad caen abatidos por el azar del destino, y un nuevo capítulo se abre en la forma de sentir un final que sabemos inevitable. Vamos dejando en nuestro recorrido vital un camino cada vez más solitario, lleno de cruces en sus veredas. Si pudiésemos detenernos, veríamos el sol de la niñez y juventud muriendo en el horizonte. Entonces los campos estaban siempre verdes; profundamente verdes. El ser humano pasea su orgulloso “ego” por el mundo sin querer pensar que un día dejará de ser. El viento sopla con furia y dobla las copas de los árboles en este noviembre gris. Sentado en mi estudio pienso que los momentos felices son como algunas estrellas que brillan en el firmamento. Contemplamos su luz, pero ellas ya no existen. Hace mucho que se extinguieron en la inmensa oscuridad del universo. Hemos desnaturalizado la muerte al darle una gran trascendencia. El hecho en si, es un instante ínfimo en una vida normal. Pero nos aterra “el antes”; y a muchos “el después”. En cualquier momento, mi corazón podría dejar de latir. El viento sigue soplando como aliento del destino amenazante.