viernes, 7 de diciembre de 2012

ALGUIEN PASEA SOLO

  Alguien pasea solo
por la vieja ciudad,
calles iluminadas,
llegó la navidad.
La noche es jubilosa,
recuerdos de un hogar
habitan en mi mente,
llegó la navidad.

 El tiempo detenido
en un viejo portal
donde ya nada queda
que pueda aplacar
la ausencia de aquellos
que nunca volverán.

En el alma una herida
que no logro curar.
La dulce Noche Buena,
la alegre Navidad.

En las noches de fiesta,
sentado en su sillón,
toca su vieja armónica
el Hombre del Carbón.

Han pasado los años
y se agita el telón
que cubre los recuerdos
de un tiempo de ilusión.
El alma se conmueve,
lejana es la canción
que brota desde el fondo
de un triste corazón.

 En las noches de fiesta,
sentado en su sillón,
toca su vieja armónica
el Hombre del Carbón.

Villancico. Letra, música y adaptación para coro de Julio Mariñas

Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual. 



miércoles, 5 de diciembre de 2012

DICTA, ERIGE, CONFIESA


Dicta:
Leyes que opriman a los hombres.
Mandatos que anulen voluntades.
Deberes que nieguen las quimeras.

Erige:
Ciudades que rompan las praderas.
Templos de dioses terrenales.
Ídolos de barro y blanda cera.

Confiesa:
Que no tienes más dios que las riquezas.
Que no hay más amor que el de ti mismo.
Que los gusanos comerán tu “alma”.
Mientras, en mi jardín, es primavera.

Del libro "EL OLVIDO" 

FOTO REALIZADA POR JULIO MARIÑAS

jueves, 8 de noviembre de 2012

EL POETA HA MUERTO


El poeta ha muerto.

Ahora es un nombre sin cuerpo,

un alma sin ojos, un dolor sin voz.

Baila en lo eterno,

sobre sus huesos,

sobre los huesos de tantos mortales.

Aún sangran sus manos;

y sus versos ensangrentados

se lavan en cuidadas ediciones póstumas.


POEMA DE JULIO MARIÑAS

Del libro recopilatorio “EL OLVIDO”

Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual



CONOCI A UN SER LLAMADO HOMBRE


Conocí a un ser llamado hombre;
arcaico y primitivo, poblaba la tierra.
Rodeado de plantas y animales,
creyó ser rey indiscutible del vergel que disfrutaba.

Conocí a un ser llamado hombre;
sexual e instintivo, inconceptual,
ajeno al tiempo y sus variantes;
sabedor de los ciclos lunares.

El cielo era generoso y las aguas cristalinas,
mientras, el hombre conocido, calmaba su sed en ellas.
La tierra sabia insinuaba sus frutos,
mientras, el hombre conocido, libaba su savia.

El hombre que conocí era único, real,  intransferible;
lloraba y reía acompasadamente al ritmo de la música estelar.

Hoy, el hombre que conocí, es una tediosa caricatura,
espejismo dudoso e incongruente de la cerrada realidad.

Estático reposa en la empañada vitrina de lo que pudo haber sido y no fue.
Llora y ríe, pero ya nadie le escucha.

Conocí a un ser llamado hombre que,
a fuerza de disimular su imagen, perdió identidad y crédito.

Hoy es un rey con corona de hojalata, 
un verso incongruente
en boca del poeta fingido, 
un aquello que se fue”.

El hombre que conocí,
dice reírse y no tiene labios,
dice sentir y no tiene corazón,
dice amar y es el odio personificado.

Conocí a un hombre,
el mismo que hoy vaga taciturno
porque su cuerpo es de asfalto
y su alma ácida y finita.


POEMA DE JULIO MARIÑAS

Del libro recopilatorio “EL OLVIDO”

Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual






ISLAS CIES - FOTO DE JULIO MARIÑAS


martes, 6 de noviembre de 2012

EXISTE UN MUNDO DIFERENTE


    “Por la derecha. No, por la izquierda. No, por el centro, pero un poco hacia la derecha. Que no, por el centro, pero un poco más a la izquierda. Mejor, a la derecha de todo, al borde de la derecha. No, mejor, a la izquierda de todo, al borde de la izquierda”.
    Y así, en un eterno número de combinaciones posibles; todas las imaginables. Porque, la finalidad última es conseguir que nuestro pensamiento gire y gire, hasta que no seamos capaces de reflexionar y nos sea imposible recorrer el camino que cada uno deseamos; para que acabemos tomando el camino que dictan, en un momento preciso de la “empanada mental” al que nos han sometido; el que unos y otros, y otros consideran fundamental para sus intereses políticos; para saciar sus ansias de poder.
     El problema es que las rutas que nos indican hace mucho que no son ni siquiera caminos. Son lodazales donde las masas confundidas se van hundiendo más y más, hasta ser engullidos por una suerte de arenas movedizas generadas por la soberbia, la vanidad y el egocentrismo más cruel.
     En algún tiempo, la plebe se liaba a garrotazos y en ocasiones se mataban en algún callejón insalubre. Pero los que portaban y sabían manejar la espada o la pistola, generalmente no se liaban a espadazos o tiros a la primera de cambio. Sino que, ante una ofensa, se guanteaban la cara en señal de reto; para después batirse al amanecer en igualdad de condiciones con arreglo a unas normas muy estrictas. Existían cosas como el honor, los principios, la ética, la moral. A veces erróneas o no. ¿Quién puede juzgarlo? Pero existían.
    En otros tiempos, las guerras eran cruentas, se hacían esclavos, se saqueaban poblados. Pero, en esa vorágine de barbarie en la que los hombres siempre han vivido sumergidos, había destellos de nobleza, códigos con el enemigo, respeto al adversario.
   Cuando, derrotado por Julio Cesar en la Batalla de Farsalia, Pompeyo buscó asilo político en Egipto, Potino fingió aceptar su petición, pero mandó cortarle la cabeza al general para ganar el favor de Julio César. Pero al llegar César y ser obsequiado con la cabeza de Pompeyo, respondió con pena y repugnancia y ordenó que se localizara el cuerpo de Pompeyo y se organizase un funeral  apropiado, ya que César había concedido la amnistía a sus enemigos, incluyendo a Casio, Cicerón, y Bruto.
    Este hecho histórico hoy sería impensable. Cualquier ser humano que en la actualidad tuviese el poder que Julio César tenía entonces, no sólo hubiese mirado con deleite la cabeza de Pompeyo; sino que hubiese pedido que le trajesen la de Casio, Cicerón y Bruto, y la de todos los que pudiesen obstaculizar la subida al poder y la permanencia en el mismo. Perdonó a demasiada gente Julio César. Por eso acabó siendo asesinado a traición. A pesar de tener 56 años, aún no fueron capaces de enfrentarse cara a cara con él, y la primera puñalada la recibió del senador Casca por la espalda.  23 puñaladas más le dieron a César, que aún tuvo fuerzas para apartarlos, para pronunciar la famosa frase -desde entonces sentencia para traidores-  “¿Tú también, hijo mío?”  Cayó muerto a los pies de la estatua de Pompeyo que presidía la curia y que él había pagado. Una de las ironías del destino. Lo dicho; perdonó a demasiada gente. Pero estoy desviándome del tema. La figura de Julio César no es la idea central de este texto. Ya en su momento escribí el libreto y la música de una ópera para este personaje histórico que me parece fascinante en sus luces y en sus sombras. Pero eso es otra historia.
    Ante la situación actual, creo que es muy importante refrescar la memoria de algunos e informar a otros de lo que el ser humano ha hecho con nuestro planeta. El lenguaje, como medio de comunicación y principal vehículo de desarrollo en la historia de la humanidad, está convirtiéndose en el peor enemigo de la misma. Podría parecer que uno, que se considera escritor, este tirando piedras contra su propio tejado; pero la realidad es que la verdadera fuerza radica en las breves sentencias, en los versos sencillos, en las pequeñas historias. Si bien es cierto que en otras épocas de la historia el pueblo era analfabeto y hoy en la mayoría de las sociedades avanzadas todos sabemos leer y escribir; en la sociedad actual el lenguaje se ha sofisticado de tal modo que, el discurso de políticos, medios de comunicación de toda índole y demás coordinadores de masas; se ha convertido en un maremagnum de palabras inconexas que giran, se entrecruzan y, al final, no acaban diciendo nada. Sólo acaban dándonos a entender lo perdidos que estamos y cuanto ellos pueden ayudarnos para solucionarnos la vida. Hasta la literatura ha llegado ese fenómeno que ha erradicado prácticamente las novelas “normales” o los relatos. Porque las novelas tienen que tener quinientas, mil o más páginas; y contar grandes epopeyas y cosas de mucha enjundia. Y si no cogen en una entrega; hacer dos, tres o diez partes. Hasta el cine ha llegado esta masificación de información banal e inconexa con trilogías, cuatrilogías o remakes, de remakes, de remakes… Para llorar.
     Así, en el caso de la literatura, la gente no ha leído La Metamorfosis de Kafka que son unas cuantas hojas, o la pequeña novela de Thomas Mann, Muerte en Venecia. Pero se lee tochos de cientos de hojas que no dicen nada. Las extensas obras de la literatura como la Iliada, la Odisea o el Quijote; no dejan de ser una sucesión de relatos que admiten su lectura independiente y tienen valor fuera de sus cientos de páginas. El problema de mucha de la literatura y  la oratoria actual estriba en, no la cantidad de información, sino en la poca información que recibimos a cambio de un sinfín de páginas o de escuchar los eternos discursos de los que llevan las riendas del asunto. Riendas de un caballo desbocado, por cierto.






    Pero yo, que, aunque no lo crean, empecé estas líneas para hablar de Diógenes de Sinope, he acabado hablando de literatura y otras cosas. Aunque lo del filósofo Diógenes me viene de perlas para dejar aquí unas pinceladas de ese  cínico que dio unas muestras de coherencia insuperables. El nombre de este filósofo en cuestión parece ser que ha pasado a la historia porque en el año 1975 una publicación de la revista científica Lancet llamó síndrome de Diógenes a la patología que tenían  un grupo de pacientes ancianos con enfermedad aguda de abandono de si mismos y acumulación de “cosas” en sus casas. Pero Diógenes, que nació en la ciudad de Sínope situada a orillas del mar Negro alrededor del 400 a.C., poco tiene que ver con el citado síndrome. Sin embargo es una persona muy importante que ha dado para la historia anécdotas que invitan a meditar. Hasta la corriente a la que pertenecía, los cínicos, ha quedado desvirtuada también desde el punto de vista del lenguaje, al utilizar la palabra en una acepción que nada tiene que ver con la actitud que estos filósofos tenían ante la vida. Fue Antístenes, discípulo de Sócrates, quien inauguró esta corriente filosófica. Como todas las corrientes, tuvieron sus defectos y sus virtudes. No voy a extenderme en ello. Pero si en la figura de Diógenes de Sinope, que vivía apartado de la sociedad como protesta y huyendo de todo lo material. Platón le llamaba “Sócrates delirante”. Caminaba descalzo durante todo el año, dormía en los pórticos de los templos envuelto únicamente en su capa y tenía por vivienda una tinaja. No sé el efecto que causaría hoy en día un personaje así. Probablemente la indiferencia más absoluta. Sin embargo, a este filósofo llamado Diógenes, que hoy sería tratado como un mendigo, el propio Alejandro Magno, entonces el hombre más poderoso de la tierra, fue a visitarlo. Aquel conquistador que recibía la visita de sabios, poetas y artistas que estaban deseosos de conocer al rey; fue a conocer al único que no había hecho acto de presencia. Cuenta la anécdota que, cuando Alejandro encontró a Diógenes absorto en sus pensamientos, sentado junto a un muro y muy cerca de su tonel, le preguntó si quería algo de él. Diógenes le contestó: “No, solamente que te apartes de ahí porque me tapas el sol”. El séquito de Alejandro comenzó a burlarse del filósofo. Pero el rey cayó sus risas diciendo: “Si no fuera Alejandro, quisiera ser Diógenes”. Esta historia, aparte de mostrar la inteligencia de Alejandro Magno, ilustra muy bien el encuentro de dos grandes seres humanos. Con sus infinitas virtudes y defectos; pero unos rasgos de humildad que han desaparecido por completo de la escena actual. Y sobre todo esa frase que Diógenes dedicó a Alejandro. Eso es lo que quiere la sociedad actual, que nuestros gobernantes se aparten porque hace mucho tiempo no nos dejan ver el sol.
    Considero que el mayor rasgo de humildad es el ser consciente de que siempre podemos aprender de todos y de todo. La anécdota que viene a continuación lo ilustra muy bien. Un día Diógenes vio como un niño bebía agua con las manos en una fuente: “Este muchacho, dijo, me ha enseñado que todavía tengo cosas superfluas”, y tiró su escudilla. Ya entonces pasaba y hoy mucho más. Vivimos rodeados de cosas superfluas. Es cierto que la civilización nos ha dado unas comodidades impensables hace apenas un siglo. Pero, a cambio de qué. ¿De no saber distinguir lo que es indispensable y aquello que es prescindible?
   Otra lección de ética se la dio Diógenes de Sinope a unos ciudadanos que parecían estar muy preocupados por las buenas costumbres. Cierto día se estaba masturbando en el Ágora, y quiénes le reprendieron por ello, obtuvieron por respuesta: “¡Ojalá, frotándome el vientre, el hambre se extinguiera de una manera tan dócil!”. Una anécdota más para la reflexión. Cuando siempre ha habido y hay muchas “corrientes” que parecen estar muy preocupados por la moral de los seres humanos que poblamos el planeta. Pero en mucha menor medida del hambre que nos invade por todos los rincones de la tierra, y a pocos pasos de nuestras casas.
    La cumbre del anecdotario de Diógenes la alcanza un acto que realizó en  pleno día por las calles de Atenas con una lámpara en la mano diciendo: “Busco un hombre”. Me imagino a ese “mendigo” apartando a los correctos ciudadanos que se cruzaban en su camino. Decía que solo tropezaba con escombros, “Pretendo encontrar al menos un hombre honesto sobre la faz de la tierra”. Si Diógenes despreciaba tanto a la civilización que le tocó vivir, ¡qué no habría hecho viendo el panorama actual!
    Este cínico es probablemente la más grande representación del desprecio hacia todo lo que conlleva una sociedad materialista que corrompe al hombre.  Como en aquella ocasión que un rico le convidó a un banquete en su lujosa mansión e hizo especial hincapié en el hecho de que allí estaba prohibido escupir. Diógenes hizo unas cuantas gárgaras y le escupió directamente a la cara, diciendo que no había encontrado otro lugar más sucio donde desahogarse. Si hoy en día hubiese que escupir a esos lugares más sucios y a esas caras, no quedaríamos sin saliva.
    Al final, la inmensa mayoría de los mortales, solamente queremos ir por nuestro sendero, nuestro humilde camino trazado de cosas sencillas; de caricias, de besos, de miradas, de palabras suaves, de ausencias y presencias. Pero los “grandes sabios” de la era moderna que conducen el destino de la sociedad, es decir, los que más dinero tienen en sus bolsillos, nos siguen martilleando con: “Por la derecha. No, por la izquierda. No, por el centro, pero un poco hacia la derecha. Que no, por el centro, pero un poco más a la izquierda. Mejor, a la derecha de todo, al borde de la derecha. No, mejor, a la izquierda de todo, al borde de la izquierda”. Y los simples mortales que no sabemos lo que pesa un maletín lleno de euros o dólares, sólo queremos ir por nuestro camino. No lo entienden. Están sordos y ciegos, pero, lamentablemente, mudos no. Y siguen y siguen con su sinfonía de verborrea absurda que no lleva a ninguna parte.
    Tal vez a gentes como quien escribe estas líneas, nos falta el valor o la convicción suficiente para dejarlo todo y vivir en una tinaja desprendiéndonos de todo lo superfluo. Mi tinaja es un papel en blanco donde voy desgranando los sentimientos. A lo mejor por egoísmo, por una liberación personal de toda la tristeza acumulada dentro. O tal vez porque pienso que la palabra sincera es la única forma de recuperar una sociedad enferma de vanidad y egocentrismo. ¿Qué necesita el hombre para vivir? Apenas nada. Nace desnudo, indefenso; y es pasto de un gran sistema global que le invita a subir, subir, subir; por unos peldaños artificiales, construidos con los cadáveres que ya no pueden hablar, con los agonizantes que no pueden defenderse, con las vidas perdidas en innumerables rincones del mundo. Nos mienten desde el principio. Hay que decir que existe un mundo diferente. En el que la gente puede mirarse al espejo y reconocerse, en el que los ojos mantienen las miradas sin avergonzarse, en el que es posible correr con los pies descalzos por la arena o la hierba sin clavarse las espinas del rencor. Y si no existe; si nunca ha existido o hemos acabado con él; es necesario volverlo a crear. Tal vez sea una quimera imposible. Eso es la vida en el fondo. Un sueño que perseguimos y se va desvaneciendo con el lento transcurrir de los días. Y al final sólo somos aquello que hemos dejado en la memoria de los que nos conocieron, nos quisieron, nos amaron e incluso nos negaron.
    No dejarán de hablar. Yo no dejaré de soñar. Con gran acierto se ha dicho siempre que los sueños son el único paraíso del cual no podemos ser expulsados.






lunes, 5 de noviembre de 2012

LA ESENCIA DE LO ETERNO


    El tiempo roto, desmenuzado en ínfimas partículas que se han dispersado en un mar que nunca tendrá dueño. Así, tú y yo, disueltos en las aguas viajeras, hemos besado las cálidas playas cuando la noche dibuja su negrura sobre ellas. Nuestras esencias desprendidas de cualquier cárcel material han viajado al Mar del Norte, donde los marinos luchan por sobrevivir a los temporales que atacan sus navíos. Así, hemos ido dejando en cada playa, en cada acantilado donde rugen las olas y brama el viento, un poco de nosotros. Cuando sobre el tú y yo se cierna la oscura hora donde ya no laten los relojes, esas briznas desprendidas de todo lo que nos dimos y quitamos, seguirán su periplo por los mares donde habitan los sueños construidos a golpe de remar entre las olas de un mundo que, como a todos los amantes, nos ha negado tanto. Pero no ha podido hacer humo los sueños, que son la esencia de lo eterno.

FOTO REALIZADA POR JULIO MARIÑAS

jueves, 1 de noviembre de 2012

LA GALICIA QUE ME HABITA

       Galicia. Soledad de construcciones olvidadas. Caminos que albergan el paso cansado de peregrinos que siguen las sendas de esperanzas ya extintas. Lugares donde la maleza pugna por engullir lo que en otro tiempo fue refugio de almas y guarda ecos de historias que nunca ya podrán ser reveladas. Restos a las orillas de los ríos que fluye ajenos al trabajo que en otro tiempo realizaron las aguas con su discurrir al mover las piedras de molinos, sustento de humildes campesinos.

CUMBRE

    
  Después de la menuda lluvia que acaricia el cuerpo de una Galicia única, como en un rotundo “si a la vida”, el sol vuelve a surgir entre los centenarios árboles y lanza destellos sobre las aguas que arrastran a los ausentes. Galicia húmeda, verde, roma en sus viejas montañas donde habitan los innumerables dioses mitológicos que no tuvieron más remedio que llegar hasta aquí, a la tierra del fin del mundo; donde es posible escuchar aún el llanto de las ánimas que arrastran su pesar en las oscuras noches donde las procesiones fantasmagóricas hacen volar la imaginación.

PUNTA RONCUDO



    
    Galicia que tiene el perfil de su geografía quebrado por innumerables rías, acantilados, calas ocultas, ensenadas, extensas playas. Costa de la Muerte donde cientos de naufragios han tenido lugar cerca de sus orillas. Y siempre el mar. Un mar que ofrece sus frutos y a la vez juega con los curtidos marinos en los tiempos de tormenta, cuando las olas rompen en las costas y ruge el viento danzando entre los farallones y las furnas. Galicia Finis Terrae, donde las, en otro tiempo, invencibles legiones romanas, el ejercito más poderoso del mundo, enmudeció de asombro al contemplar como el sol era engullido lentamente por el mar. 



CAMINO DE SANTIAGO


    
    Galicia que abre el pecho del que llega a la cumbre de la Sierra del Barbanza o el Monte Pindo, desde donde se pueden contemplar mágicas e inolvidables vistas de una tierra viva enigmática e inolvidable. Galicia, donde las piedras hablan. En sus petroglifos, sus dólmenes, menhires, monasterios ocultos en el verde inigualable de una tierra para soñar. Le debo algo más que un artículo a esta tierra que me vio nacer y tanto he caminado. Algún día le dedicaré ese libro que, a pesar de tener páginas y páginas de mis viajes, aún no me he atrevido a escribir. Tal vez porque es demasiado el respeto que tengo a esta Galicia tan profunda y misteriosa.     


FINISTERRE






  

lunes, 29 de octubre de 2012

EL TIEMPO


    Las sombras de las ramas arbóreas se entrelazan en el suelo, como en un intento vano de atrapar las huellas de aquellos que lo han pisado. El anciano cargando todo su tiempo sobre el recio bastón, los enamorados que parecen flotar en su paseo, los niños que han correteado alborotados y sueñan con estrellas que los adultos ya no alcanzamos a vislumbrar, mientras el tiovivo gira. Estatuas de hombres que han hecho historia custodian silenciosas los rincones. Existe tanta vida en las cosas que creemos muertas. Sólo la pervivencia de lo intangible habla a los seres humanos del tiempo que han mecido en sus manos  sin ser conscientes de ello.

FOTO DE JULIO MARIÑAS
   BURGOS

viernes, 26 de octubre de 2012

CUANDO EL DÍA COMIENZA A DECLINAR - ESPEJOS


    Cuando el día comienza a declinar y la arena de la playa es un mosaico de indescifrables pisadas, anónimos rastros, huellas sin pretensiones de nada más que andar bajo un cielo que siempre acaba por volver a derramar su azul después de jornadas desasosegante y grises; vuelvo a contemplar el mar. Ese gigante que sigue albergando el misterioso llanto de las sirenas que embriagan con sus ecos de antiguas ilusiones. Y no existe pintor que pueda igualar la gama de tonalidades que el cielo viste sobre la Ría de Vigo. A escasos metros de una ciudad que ha crecido deforme y pugna por reventar -como toda metrópolis bien educada del siglo XXI- se puede contemplar la quietud, el leve arrullo del mar y un horizonte que no tiene edad.
    La civilización de la comunicación. Hablan tanto. Y pensar que nunca les he creído. Si supieran que diminutos los veo en sus tronos de poder efímero. Son las hojas podridas de un otoño que se pierde en la noche de los tiempos. Desde aquellas luchas fraticidas entre Caín y Abel, entre Rómulo y Remo, entre Set y Osiris; todo se ha sofisticado mucho; pero nada ha cambiado demasiado. Como en una espiral de infinitos desengaños, el artista sigue buscando la inspiración en el mar, en el cielo, en la profundidad de una mirada. En definitiva, en las cosas sencillas. Ajeno a los discursos que hablan de buenos y malos, de ricos y pobres.
    La grandeza de un ser humano sólo puede ser medida por uno mismo. Cuando se mira al espejo y ve el rostro cansado de aquel que ha vivido, pero aún sabe que, en esa imagen que devuelve el espejo, queda, en el peor de los casos, una atisbo de aquel niño que fue, de aquel joven que fue.
    Pero el mundo está lleno de espejos rotos. En las noches de vigilia, los veo flotar en aguas siniestras, cuando el mar no admite intrusiones; en los ríos silentes que deslizan sus castigados cauces por las laderas del desencanto.
    Hablan tanto. Y, a fuerza de mirarse el ombligo y no la cara, se han convertido en caricaturas siniestras que, si no fuese por el terrible daño que están causando a tanta gente, serían dignos de exponer en “la plaza pública” para regocijo de los que nunca hemos tenido el afán de poder como meta.
    Además ¿qué es el poder? La triste historia de hombres que se creyeron grandes y acabaron siendo víctimas de su propia codicia.
    Detrás de sus manidos discursos, de sus sonrisas condescendientes, se oculta la triste historia de infelices histriones que tienen su agenda llena de mil cosas inservibles, superfluas, insignificantes.
    Nadie tiene la clave para esta espiral de despropósitos. Pero sería bueno volver a los espejos. Tal vez a los espejos naturales. Esos que tanto saben y ordenan, libres de sus elegantes trajes a medida, desnudos; que bajasen a la orilla del mar, a la orilla del río. Que observaran con detenimiento su imagen reflejada en las aguas. Verían una imagen monstruosa, imposible de soportar.
     Pero, la naturaleza es demasiado benevolente. Ni el mar destrozaría sus cuerpos contra las rocas, ni el río los arrastraría hacia las vertiginosas cataratas.
    Cuando el día comienza a declinar y la arena de la playa es un mosaico de indescifrables pisadas, anónimos rastros, huellas sin pretensiones de nada más que andar; el silencio es el mejor alivio para curar las heridas que provoca el vivir en un mundo que rigen humanos que ya nunca podrán encontrar en la imagen que le devuelve el espejo, aquel niño que fueron.
    Miro el horizonte y sé que, más allá, donde la vista no alcanza, pero si el corazón; sigue navegando Ulises en un eterno periplo en busca de su Itaca soñada, soñada, soñada…

FOTO REALIZADA POR JULIO MARIÑAS

viernes, 19 de octubre de 2012

LA OTRA CARA DEL SER HUMANO




Disparidad de formas, de conceptos, de versos inconclusos.
¿Hasta cuando la eterna mentira globalmente aceptada?
¿Hasta cuando los inertes cuerpos inocentes entre los escombros de la ambición humana?
¿Por qué rebaños de humanos siguen a pastores que predican bienestar por encima del tú, del yo, del nosotros?
Observo mi rostro en el espejo de las horas vividas, y me devuelve una imagen siniestra, desconocida.
Kafkiano producto que pugna por salir de mi interior, ante una sociedad que se abraza en su torre de oro fabricada por millones de cadáveres, millones de almas que nunca llegarán a crecer para poder saber de conceptos, ni del bien ni del mal.
Consciente de esta imagen feroz que me habita, suspiro aliviado porque aún no han podido arrancarme la pasión por sentir, la pasión por pensar en un mundo donde habiten mujeres y hombres libres. Seres humanos que sólo piensen en la belleza del sutil canto que susurran las estrellas.





viernes, 5 de octubre de 2012

ATARDECER EN VIGO

    Huyendo del bullicio y el desenfreno de la despiadada ciudad, 

es posible captar instantáneas como esta. 

La Ría de Vigo entregada al mágico espectáculo de la soledad 

donde aún juegan los sueños que nunca mueren.


FOTO REALIZADA POR JULIO MARIÑAS

lunes, 1 de octubre de 2012

SIENTO EL DOLOR


    Siento el dolor. Está cerca, muy cerca, demasiado cerca. Este triste inicio de siglo XXI que me ha tocado vivir, está confirmando mis sospechas de la naturaleza cruel del ser humano. Porque la naturaleza es cruel en su ciclo de vida y muerte; pero el homo sapiens tuvo una oportunidad –no me importa si otorgada como dicen unos o por méritos propios como dicen otros-; tuvo la oportunidad de racionalizar su agresividad, su impulso salvaje; y crear una tierra semejante a ese Paraíso Perdido tan soñado. Pero no lo hizo. Malgastó su mayor capacidad craneal y, a cambio de esporádicos períodos de serenidad donde no había cabida para lo salvaje, escribió la historia con sangre de sus semejantes. Aprendió a reír, pero, a día de hoy, una gran mayoría de personas sólo saben reír y se felices a costa del llanto y la infelicidad de los demás. El ser humano se jacta de dominar el fuego, pero quema los montes; se vanagloria de inventar la rueda, pero mata a sus semejantes en el asfalto; se enorgullece de haber llegado a la luna, pero desconoce lo que sienten y padecen los que están a escasos metros de él. Siento el dolor. Está cerca, muy cerca, demasiado cerca. A cambió de perder su condición salvaje, el homo sapiens fue construyendo una corona de vanidad y prepotencia que lo llevará al abismo más lamentable. Nunca he creído en ellos. Ni en los unos ni en los otros, ni en los de más allá. Sólo en la sonrisa de un niño, en la mirada de la amada o en el abrazo del amigo. Ha quedado tan lejos la inocencia de aquellos primeros homínidos que, al abrigo de las cavernas o recorriendo tierras inciertas, sólo pretendía sobrevivir. Siento el dolor. En algún tiempo de mi adolescencia creí que los poetas, los artistas, podíamos cambiar el mundo y llenarlo de belleza. Lo soñé muchas noches. Cuando las noches morían en amaneceres radiantes. Pero eso es otra historia. Ahora sólo hay vanidad y dolor. La vanagloria del poderoso, la humillación del oprimido. No se puede quitar la dignidad a los seres humanos que quieren ser dignos, no se pueden ahogar las esperanzas de futuro de indefensos niños, no se puede estar tan ciegos ante la Torre de Babel que, a lo largo de los siglos, hemos erigido embriagados de soberbia y prepotencia. La vida es tan sencilla. Se reduce a querer y ser querido. Sólo eso. Lo demás es una absurda comedia que siempre termina en el mismo drama. El circo –con perdón para el circo de verdad, el auténtico- sigue en su espiral de números y falacias. Viendo que aún existe gente que sigue y aplaude a unos y a otros, creo que el hombre es el más imbécil de los animales. La Torre ha caído. Caminamos entre sus escombros. ¿No los veis? Tienen sus elegantes trajes llenos de polvo que es una mezcla de sufrimiento humano y dolor ajeno. Siento el dolor. Está cerca, muy cerca, demasiado cerca. Las balas acaban siempre impactando en algún lugar. Por desgracia, muchas veces en una vida humana. Se han inventado armas que pueden arrasar ciudades enteras. Pero no se ha inventado el arma que pueda destruir el arte, la magia de la creación, del verso que vibra sobre un mundo enfermo de vanidad. Así, el poeta –libre de credos, de políticas, de ideologías- expresa como siente el dolor. Un dolor que no tiene cura. El dolor de pertenecer a una especie profundamente cruel que sigue pisando los restos de su caída torre, sin percatarse de que, algún día, esos despojos serán su tumba.

Nacimos sin nada y pudimos tenerlo todo.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

LAS MANOS


    
MANOS DEL AUTOR.

    Las manos creadoras. Aquellas que han tomado el bolígrafo o la pluma para dar forma a frases inspiradas. Manos con dedos cuyas yemas se han posado con insistencia, primero en máquinas de escribir pequeñas y acogedoras, después eléctricas; para, finalmente acabar aceptando el teclado del ordenador. Manos que han cogido el lápiz para esbozar paisajes, cuerpos desnudos o rincones sin nombre. Manos que se han manchado dando forma al barro entregado a inspiradoras formas. Manos que han tomado el buril para rasgar la madera silente, buscando en ella cuerpos recordados. Manos que han tapado el rostro de su dueño para calmar el llanto por la pérdida de los seres queridos. Manos que han agarrado al enemigo y golpeado su cuerpo en aceptado y singular combate. Manos que, mucho más que el rostro, son el espejo del alma de artista, del creador. Porque la cara asiste estática al discurrir de los días. Pero las manos abrazan en el encuentro y dicen adiós en la despedida. Las manos acarician con ternura y descubren las formas de los cuerpos entregados. Las manos agarran con fuerza, arañan y buscan el néctar de los dioses en los cuerpos que apasionados se entregan al delirio. Las manos, mucho más que los rostros, nos pueden decir “Ven”; nos pueden abrir la puerta que largo tiempo estaba cerrada. Las manos creadoras intentan cada día descubrir el misterio del arte y del amor.

lunes, 17 de septiembre de 2012

CÁRCEL DE LIBERTAD Y FELICIDAD

    
    Un elevado número de corrientes intelectuales y filosóficas han clamado por la libertad como indiscutible panacea para los males que ayer, hoy y siempre, ha sufrido el ser humano. Es hermoso, hasta enriquecedor pensar en la posible nobleza de todas estas acciones, todos estos proyectos de un ser humano libre y feliz. El único problema es, que todas parten de una premisa, a mi juicio, terriblemente falsa. Es el pensar que la libertad y la felicidad existen. Probablemente, el personaje que más cercano estuvo a esa libertad y felicidad, fue el filósofo griego Diógenes de Sínope, que vivió entre los años 412 y 323 a.C. Este si que era un verdadero rebelde y denunciador de la sociedad que le tocó vivir. Sociedad que, por cierto, fue la que vio nacer eso que tanto nos llena ahora la boca, la democracia. Aunque, tanto la de entonces como la de ahora, tendrían mucho que revisar en lo que respecta al bienestar de sus ciudadanos. Pero ese no es el tema, que me desvío. Pues resulta, que el tal Diógenes, partiendo de la creencia de que sus contemporáneos basaban más sus vidas en lo que socialmente se consideraba malo, que en lo que realmente estaba mal; defendía la búsqueda de esa felicidad practicando una vida autosuficiente. Esto le llevó a dormir en la calle y tener por hogar una tinaja. La figura de este cínico –término que ha llegado a nuestros días desvirtuado y hoy hace referencia a una persona que tiene una actitud sarcástica y burlona- siempre me ha parecido de las más interesantes; no sólo de la historia de la filosofía, sino de la historia de la humanidad. Su vida está salpicada de anécdotas que son toda una enseñanza. Fundamentalmente porque pensó como vivió, o si se quiere, vivió como pensó. Eso es una rareza entonces, y hoy en día mucho más. Estamos cansados de asistir desde hace décadas al espectáculo de, como una gente dice una cosa y obra de forma totalmente contraria. Pero vuelvo a Diógenes, que es mucho más interesante que cualquier otro individuo del panorama actual. Basta para dar una idea de los principios de este filósofo callejero, el recordar la conocida anécdota que habla de cuando Alejandro Magno quiso conocerlo. Aquel hombre, conquistador de bastos territorios, poderoso como nadie en la tierra, hizo la pregunta que cualquier hombre poderoso de hoy en día, sea político o de otra índole, haría por alguien que admirase: ¿Puedo hacer algo por ti? Pero Diógenes, al hombre más poderoso de la tierra entonces, sólo le respondió “que se apartara porque le estaba tapando el sol”. Frase clave y sentenciosa. Espejo de cómo el poder tapa la luz a los necesitados, como impide ver la realidad y la belleza de las cosas sencillas, como intenta hacernos creer que necesitamos más de lo que necesitamos, que debemos aspirar a más de lo que aspiramos; en resumen, que debemos depender de ellos para nuestra felicidad. Diógenes tenía las ideas muy claras. Tan claras que, cuando le preguntaron por qué la gente daba limosna a los pobres y no a los filósofos, contesto que “Porque que la gente piensan que pueden llegar a ser pobres, pero nunca a ser filósofos”. Una excelente forma de decir que obramos siempre de acuerdo a nuestro beneficio sin pensar en lo demás. Precursor de esta actitud cínica fue Antístenes, uno de los filósofos más relevantes de su época, discípulo directo de Sócrates. Parece ser que Diógenes quiso ser su discípulo, pero él no quería discípulos. El mencionado Antístenes, además de estar presente en la muerte de Sócrates, mientras discutían sobre la inmortalidad del alma y esperaban a que llegara el momento de beber el veneno que le causaría la muerte (¡Casi nada!) nos dejo para la posteridad unas cuantas perlas que hablan de su claridad ante los conceptos de felicidad y libertad que nos ocupan. Como decir que “la virtud del hombre y de la mujer son la misma” Increíble frase en una sociedad como la griega en que las mujeres seguían relegadas y carecían de muchos derechos fundamentales. Lamentablemente, a pesar de la máscara que la sociedad actual ha puesto a muchos de esos derechos, aún sigue la mujer teniendo que luchar por cosas muy básicas que una sociedad regida por hombres sigue empeñada en no otorgarle. Pero me escapo del tema. Eso sería tema para otro artículo que es posible algún día escriba. Estábamos con Antístenes que ha dejado para la historia una de mis frases favoritas porque hace siempre meditar sobre la futilidad de la vida. Decía que “por todo equipaje deberíamos llevar sólo aquello que, en caso de naufragio, pudiésemos nadar con él”. Sentencia que con el tiempo dio lugar a la excelente frase “Tienes sólo aquello que no puedas perder en un naufragio”. Tal vez, si el mundo hubiese seguido a los cínicos sería un caos; tal vez, un caos maravilloso. Nunca lo sabremos. Hoy todos queremos nadar, pero guardamos la ropa. La famosa sentencia que el actor Humphrey Bogart dice como Rick Blaine en la película Casablanca, “Yo no me juego el cuello por nadie”, sigue al orden del día. Diógenes se lanzó a una vida que hoy podríamos ver como mísera, probablemente primero pensando en si mismo, sin duda alguna. Pero su gesto ha sido toda una declaración de intenciones ante una sociedad ficticia. El problema radica en el concepto de las palabras que, por mucho que nos empeñemos, no son algo inamovible y con una definición concreta. A las pruebas me remito. Hablar de democracia hoy y hablar de democracia en Atenas hace unos miles de años, no tiene nada que ver. El concepto genérico que la palabra entraña, es decir, el aceptado socialmente por la mayoría, sería el primer significado. Pero después está el concepto que la palabra tiene para cada individuo. La idea que uno puede tener de amor, no tiene por que ser igual a la de otros; ni siquiera a la de la persona a quien uno ama. La idea de libertad que uno tiene, puede estar a millones de años luz que la de las personas que lo rodean. Ese es el verdadero problema a la hora de la consecución de metas, a la hora de buscar puntos de encuentro para una sociedad mejor, para un mundo mejor. Así las cosas, vuelvo al planteamiento inicial que mucho se dice: ¿Existe la verdadera felicidad, la verdadera libertad? Como Diógenes de Sínope, pienso que cada uno debería buscar la suya. Si alguien no se siente libre, como puede predicar libertad o crear leyes que hagan sentir a los seres humanos más libres. Si uno no es feliz; como puede exigir que los demás sean felices o le den esa felicidad que no tiene. Volviendo a Antístenes, creo importante recordar lo que contestó cuando le preguntaron qué era lo mejor para los hombres. Dijo: "Morir felices". Y encierra mucha verdad esa sentencia. Sólo al final, cuando uno va teniendo más muerte que vida cara al futuro, es cuando todo aquello que vivimos se va desmenuzando en cada mirada, en cada sonrisa, en cada frase, en cada pensamiento. Probablemente no existe la libertad y la felicidad tal y como nos la han querido vender. Pero estoy seguro que, cuando sueño, cuando escribo, cuando invento melodías; estoy muy cerca de ellas. Miro hacia atrás y veo la vida como pequeños suspiros desperdigados por un camino, a veces árido otras florido; y pienso ¡Que lejos estoy de todos aquellos que siguen subiendo la eterna montaña! La misma a la que los dioses habían condenado a Sísifo a empujar sin cesar una roca hasta su cima. Se ven tan ridículos. Suben y suben. Creen que han llegado a la cumbre, pero la piedra tarde o temprano vuelve a caer por su propio peso y, con ella, sus afanes de grandeza, su vanidad, sus falsas esperanzas de poder efímero. Cuando veo al ser humano tan disfrazado; pienso en aquel Diógenes de Sínope, desnudo ante el mundo, sin más fuerza que su pensamiento y sus ideas. Capaz de decirle a Alejandro Magno, el hombre más poderoso de la tierra, “Quiero que te apartes porque me tapas el sol”. Si, nos están tapando el sol desde hace mucho. En aras de las indefinibles e indeterminadas y tan personales palabras de libertad y felicidad, nos llevan siglos ocultando un sol que no es patrimonio de los que dirigen los países. Un sol del que somos merecedores por el solo hecho de ser humanos y estar vivos. Es tan pequeñito el hombre ante ese sol que todo lo inunda. Si en la inmensidad de universo alguien pudiese verlos, pensaría estar asistiendo a una representación de marionetas. Unas marionetas que, lamentablemente no hacen reír a los niños. Porque están rompiendo su futuro, el bienestar de una vida que está empezando a caminar. Todo se lo perdonaré; hasta las más crueles mentiras. Pero el que no piensen que, en esta espiral de sinrazón hay pequeñas criaturas que no saben de déficit, ni de primas, ni de crisis; eso no lo puedo perdonar. Hace mucho que pasa. Los niños mueren sin remedio en países oprimidos por intereses petrolíferos y de otra índole. A veces me pregunto como podemos dormir tranquilos. Qué suerte de mecanismo no nos mantiene para siempre despiertos ante una crueldad que jalona todo un siglo XX en el que, supuestamente, nos hemos hecho más civilizados, más cultos y más “modernos”. Ahora, como una maldición sin nombre, la avaricia y el caos se siguen extendiendo en el siglo XXI, como una plaga silente, suben por los pies, nos abrazan y se enroscan en nuestro cuello. He comenzado hablando de felicidad y libertad. He acabado hablando de niños inocentes. Tal vez, porque parece un insulto hablar de felicidad y libertad, cuando vivo en un mundo envuelto y apresado por mil cadenas que conforman cada vez más una maraña de cárceles donde todos habitamos sin remisión. Como en un kafkiano proceso que, hace apenas treinta años sería inimaginable; la hipocresía se ha adueñado de una tierra gris y expoliada, en pos de esa libertad y esa felicidad de la que yo, ya no puedo seguir hablando sin sentir vergüenza. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

RINCÓN DE GALICIA

    A pocos metros del hogar es posible tomar instantáneas como este rincón sereno de Galicia. Verde que ningún progreso ha podido extinguir y sigue brotando en cada esquina, para sorpresa de mis ojos que, sin cansarse, tanto han contemplado la tierra que me vio nacer.

FOTO DE JULIO MARIÑAS

viernes, 14 de septiembre de 2012

O.K. CORRAL - DUELO INTERPRETATIVO PARA LA HISTORIA DEL CINE



    Al menos una vez a la semana, como mínimo, intento volver a los clásicos; sean literarios, musicales, cinematográficos o de otra índole. Hace unos días que he vuelto a ver una vez más el inigualable wester  Duelo en O.K. Corral; que en España vino a llamarse Duelo de titanes. Ni los que nos dedicamos, con mayor o menor fortuna, a esto del arte en cualquiera de sus formas, sabemos donde está la clave de la obra maestra. Uno experimenta, busca, se empapa de conocimientos, intenta y, en ocasiones, como la película que nos ocupa, surge algo magistral. Porque, Duelo en O.K. Corral, queriéndolo o sin querer, está llena de alegorías, de matices, de épica, de disección psicológica de los personajes. Basada en un hecho histórico que ocurrió en un 26 de octubre de 1881 detrás de un corral en Tombstone, Arizona; las versiones cinematográficas han sido muchas y variadas. Destacando entre ellas una de John Ford titulada My darling Clementin, en España Pasión de los fuertes.




    Lo cierto es que, el cine ha sabido hacer de un acontecimiento puntual –se dice que el tiroteo duró 30 segundos- toda una epopeya, sublimación del bien y del mal, drama del Viejo Oeste para la leyenda. Y es la película Duelo en O.K. Corral, realizada por John Sturges en 1957, la más clara muestra de ese espíritu cinematográfico hoy imposible de encontrar en el panorama actual. Un Wester al más puro estilo, pero con cierto aire decadente. Con todos los elementos de las películas de vaqueros pero, a la vez, un trasfondo humano que invita a la meditación. A todo ello ayuda la combinación de una excelente fotografía de Charles Lang Jr. y la banda sonora de Dimitri Tiomkin, con la canción Gunfight at the OK corral, que sigue sonando en nuestros oídos después de finalizar la película. 





    La película de Sturges es la prueba más palpable de que, la clave no esta en lo que uno cuenta, sino en como lo cuenta; la visión que puede dar el creador mediante la expresión de su obra de cualquier acontecimiento real o imaginario. Sería interminable hablar con detenimiento del reparto salpicado de aciertos. Rhonda Fleming y Jo Van Fleet son las dos actrices que dan credibilidad a sus personajes. Una con su serena dignidad –que no pierde ni entre rejas en la cárcel- en el papel de Laura Denbow, y la otra con su desgarrada pasión interpretando a Kate Fisher. John Ireland en el papel del pistolero mercenario Johnny Ringo, tiene el porte suficiente para hacerse digno rival de Doc. Un Lee Van Cleef, que aparece solamente en los primeros instantes de la acción, con su aviesa mirada, entrando con sus dos colegas en el salón al inicio de la película, ya nos da el pulso de lo que vamos a presenciar. 
     



   Y en plena juventud, Dennis Hopper como hermano pequeño torturado de los Clayton. Pero lo incuestionable es que la película no hubiese sido igual sin la presencia de Burt Lancaster en el papel de Wyatt Earp y Kirk Douglas en el de John "Doc" Holliday. Estos dos gigantes interpretativos en la plenitud de sus carreras; estrellas de Hollywod, al tiempo que grandes actores; dotan de una épica y un romanticismo legendario a los personajes que dan vida. 





    Pero es esa dualidad que muestra la película, esa ambigua y fina línea que separa el bien del mal; lo que da a los dos protagonistas una relevancia que va mucho más allá de ser unos vaqueros del Viejo Oeste. Earp representa la justicia instituida con normas y leyes muy definidas. Doc representa la libertad absoluta, sin ataduras ni barreras. Parece que ninguna de las dos opciones es la acertada. Tal vez no exista una tercera opción. Lo de “En el término medio está la virtud” se ve muy relativizado cuando los acontecimientos imponen elegir. Pero, aunque pueda sonar tópico y tradicionalista, por encima de sus personalidades perfectamente definidas, Earp y Doc atesoran unos valores que para ellos son inamovibles, y van mucho más allá de su actitud ante hechos puntuales. Tales que, incluso a su pesar, creen en la amistad, creen en la familia, creen que hay cosas por las que merece la pena morir; porque al vivir sin ellas, los principios sobre los que se asienta una vida se desmoronan como un castillo de naipes. John "Doc" Holliday (Kirk Douglas) descastado y rechazado por la sociedad, hasta tiene un momento de regreso a sus raíces cuando abre su reloj de cadena y observa el retrato de sus padres y la dedicatoria que estos grabaron en él cuando se hizo dentista.  Wyatt Earp (Burt Lancaster) a pesar de rechazar el estilo de Doc, no puede ignorar su amistad, porque sabe que en el interior del acabado pistolero late un hombre leal y de palabra. Burt Lancaster nos ofrece en esta interpretación una media sonrisa tranquilizadora; muy alejada de la sonrisa falsa, irónica y sarcástica de El fuego y la palabra. Es la seguridad de un hombre que cree en la justicia imperante; hasta que ve como uno de sus hermanos, el más joven, poco después de mantener una charla con él  sobre sus proyectos de futuro, es abatido por las pistolas en las calles de Tombstone mientras hace la ronda nocturna en su lugar. Wyatt Earp, arrodillado, toma el cadáver de su hermano y, en una emoción contenida y estática, construye una suerte de piedad inimaginable en el Lejano Oeste. Doc, por su parte, asiste respetuoso al dolor contenido de su amigo. No hay frases grandilocuentes, ni reflexiones con hermosos artificios literarios. Los adustos gestos de los dos monstruos de la interpretación lo dicen todo. Esto es el cine.




    La esperanza en la juventud sigue vigente en el otro joven de la familia rival, los Clayton, el mencionado Dennis Hopper. Borracho por las calles del pueblo, es llevado por Earp a casa. Un Burt Lancaster que parece deslizarse con lenta elegancia por las polvorientas calles durante toda la película, entra en la casa de sus enemigos para llevar al joven borracho. Sólo la madre en el interior. Otro momento cinematográfico único e irrepetible. Burt Lancaster, en el interior de la casa en el umbral de la puerta, de espaldas a la cámara, cara a la madre del joven, se quita el sombrero con un gesto de paz, lenta, cortésmente, como acariciando el aire, en señal de respeto ante la canosa mujer. Toda una composición sin parangón que dura unos segundos pero dice mucho del talante del personaje Wyatt Earp. El consejo que le da al muchacho sentado frente a él, es toda una lección de vida. “Siempre hay quien desenfunde más rápido que tú. Y cuanto más uses la pistola, antes encontrarás a ese hombre”. Así intenta explicar Earp al joven, que con la vida no se puede jugar siempre, porque acaba pasando factura.



    Si la gestualidad  es fundamental en la película; tampoco está exenta de diálogos que invitan a la reflexión y van definiendo a los personajes. Uno es la sentencia que  John "Doc" Holliday (Kirk Douglas) emite en una de sus muchas discusiones con Kate Fisher (Jo Van Fleet). “Se trata de ética. Es algo que alguien como tú no podría entender”. También es el personaje de Kirk Douglas, quien dice otra de las frases a tener en cuenta. Sucede cuando está junto al fuego en medio de la nada nocturna y Earp (Burt Lancaster) se preocupa por su salud. Doc responde: No dejaré que me mate lentamente. Lo único que me asusta es morir en la cama. No quiero irme  apagando. Y es el mismo Doc, en otra escena, el que dice a Earp: “Tú y yo nos parecemos mucho. Ambos vivimos con una pistola. La única diferencia es la estrella”. El guionista Leon Uris, dejó para el personaje de Doc las mejores sentencias. La situación de dependencia que tienen él y  Kate Fisher (Jo Van Fleet) ante la adversidad, hace que sus escenas sean tensas. Pero, como dice Doc, “No es culpa tuya. No es culpa mía. No es culpa de nadie. Así es la vida”. El desencadenante de esa escena es una anterior en la que, delante de Kate, Ringo (John Ireland) en la pequeña habitación donde ella había pasado la noche con él, reta a Doc, se burla y lo humilla tirándole la bebida a la cara. Doc permite la humillación pensando en su amigo Earp y lo poco que merece la pena un hombre como Ringo.




    La presencia y personalidad de Wyatt Earp (Burt Lascaster) queda patente en la escena en que un numeroso grupo de pistoleros ha tomado el salón. Cuando Earp hace acto de presencia, cesa la música, todo se detiene; es entonces cuando sólo un actor del carácter y la profundidad de Burt Lancaster puede hacer creíble ese momento. La diferencia más palpable entre Earp y Doc, es que el primero tiene un motivo por el que vivir, está enamorado y cree en la posibilidad de una vida mejor. Mientras que Doc sabe que tiene sus horas contadas y su destino es una muerte cercana. En un atisbo de lucidez, Doc intenta aconsejar a Earp. Pero este le responde: “A la mierda la lógica. Es mi hermano quien yace ahí”. Es ese el punto de inflexión donde la trama adquiere un carácter diferente. Lo que hasta el momento había sido algo profesional por parte de Earp; ahora se ha convertido en algo personal. Algunas escenas después, vemos a Burt Lancaster como nunca antes lo habíamos visto en una película. Tiene miedo, pero no por su vida; sino por la de los suyos, porque los crímenes cometidos queden impunes. Va a la habitación de Doc, que yace moribundo en la cama, y lo zarandea. “Te necesito, Doc. No me defraudes”. Y Doc no le defraudará al día siguiente en el famoso duelo.








    Duelo en OK Corral, tiene todo lo que tienen que tener una película de vaqueros. Polvo, pistoleros que se buscan y un paisaje árido de calles ásperas y árboles grandiosos que extienden sus largas ramas hacia el cielo, fotografiados con maestría por Charles Lang Jr.. Pero Sturges consigue convertir una simple película de vaqueros, en todo un canto al honor. Pero no ese honor firme y anclado en convicciones impuestas. Un honor que nace del interior de sus protagonistas principales, de sus sentimientos más puros y simples. Podría verse como la historia de una venganza. Podría parecer que tiene un final feliz. Pero no es así. Earp tira su placa sobre el cadáver de un adolescente al que su testarudez por permanecer aferrado a premisas erróneas lo ha llevado a la muerte. Lo hace en un gesto que nos habla de lo inútil de la violencia, el rencor y la venganza. Doc vuelve a ser el jugador y bebedor empedernido que tiene los días contados. Pero los dos afrontan su destino con la serenidad de que han obrado de acuerdo a lo que su corazón les dictaba. Tal vez erróneamente –no soy yo quien para juzgarlo-, pero llevados por sentimientos puros. Por encima de las leyes impuestas a los hombres, por encima de sus vidas. Confieso que estos dos actores han sido siempre mi debilidad. A pesar de sus personalidades poderosas, han sabido interpretar papeles muy diferentes a lo largo de su carrera. 




    Duelo en OK Corral tiene dos elementos fundamentales que podemos llamar pasivos pero determinantes. Uno es la banda sonora y la canción de Dimitri Tiomkin interpretada por Frankie Laine, y otro, el omnipresente cementerio de Boot Hill, que nos está recordando la imposibilidad de luchar contra el destino.
    El director John Sturges daría a la historia del cine películas como, otro clásico del western titulado, El último tren a Gun Hill; la original Conspiración de silencio; y las famosas Los siete magníficos -western crepuscular, versión de Los siete samuráis de Akira Kurosawa- y La gran evasión.
    Hablar de las carreras de Burt Lascaster y Kirk Douglas sería interminable. Ahora toca quedarnos con ese recuerdo de Earp y Doc en Duelo en OK Corral; y la eterna e incomprensible magia del cine. Aquellos que tuvimos la suerte de ver la mayoría de estas maravillosas obras en la gran pantalla cuando éramos niños, guardamos toda la esencia de un tiempo en que es gesto, la palabra, la imagen y la música; no eran una ensalada de conceptos presumiblemente muy innovadores que pretendían buscar una originalidad artificial. El cine y el arte eran, en un porcentaje mucho mayor que hoy en día, auténticos; porque la gente contaba las cosas sin demasiada pompa ni artificio. El genio era genio. Primero, porque así había nacido; y segundo, porque se había formado desarrollándose en determinada faceta artística. No por una suerte de fanfarria y publicidad absurda donde todo esta mezclado y ya no hay límites entre la creación y la simple consecución de metas que no llevan a ninguna parte, ni dicen nada, ni hablan al corazón. Cuando digo hablar al corazón, no me refiero a un simple despertar en el público de llantos o carcajadas; sino en dejar en las personas un poso de reflexión sensitiva. Por pequeño que sea. Donde exista esto; estará el arte. Y la película Duelo en O.K. Corral, queriendo o sin querer, sumerge al espectador en la historia que cuenta, y nos deja, al finalizar, una sensación emocional de haber asistido a algo mágico. Es el cine.