martes, 24 de enero de 2012

LOS DÍAS SIN SUEÑO

    Hay días en los que la espesura envuelve el alma y los albatros viajeros surcan el cielo con el esplendor de otros tiempos que jamás volverán. Las calles de las ciudades son como un espejo que nos devuelve el triste rostro de una humanidad ajena a los verdes prados y las cristalinas aguas. El mundo se desmorona en cada vértice olvidado de estrechos callejones sin salida, habitados por todos aquellos que ya no pueden ir a ninguna parte.

Una calle de una ciudad cualquiera.

Y subo escaleras de eternas espirales que no tienen fin. Veo labios que me hablan en un rumor dulce que acaricia mis oídos. La vida es una almadía que poco a poco va perdiendo sus gastados troncos. Mientras, unos ríen en su absurda comedia de poder y gloria. Mientras, los poetas cantan la eterna melodía del olvido.


Escaleras de espirales eternas.

martes, 17 de enero de 2012

EL CAMINANTE. LA AVENTURA DE VIAJAR.

   
Amanecer en Venecia.


    Personas versadas en la materia han establecido con frecuencia una diferencia considerable entre el hecho de viajar o hacer turismo. Así, el turista queda más o menos definido como una persona que visita los lugares ateniéndose a unas rutas establecidas a priori y que suelen ser las zonas más destacadas desde el punto de vista de su espectacularidad, simbolismo o historia. Por su lado, el viajero es definido como alguien que busca la aventura, el descubrimiento insólito y los lugares menos transitados. Aún aceptando estas dos divisiones entre turista y viajero, y creyendo que tanto una como otra son válidas y enriquecedoras; me inclino a pensar que la cuestión no está tanto en los lugares, sino en el momento y la situación. 
     Nadie puede negar que es toda una experiencia contemplar por vez primera el Coliseo en Roma, la Plaza San Marcos en Venecia, la Torre Eiffel en París, el Big Ben en Londres, la Torre de Belén en Lisboa, el Templo de Devod en Madrid o la Sagrada Familia en Barcelona. Pero, cuando pienso en cualquiera de estas ciudades, lo que viene a mi memoria no son esos monumentos o lugares. Por el contrario, recuerdo de Roma el frío amanecer caminando por la Via Appia Antica rumbo a las Catacumbas de San Calixto o las bandadas de estorninos trazando formas en el cielo de la ciudad; de Venecia un amanecer luminoso, el paseo por la playa solitaria del Lido o el anochecer navegando por el canal; de París el eterno brillo de las aguas del Sena, el ocaso en la Place Concorde o un solitario Montmartre a primera hora de la mañana; de Londres la comida en la terraza de un pequeño bar o el Támesis sombrío; de Lisboa la silenciosa contemplación del Mar de Paja o el paseo por sus empinadas calles; de Madrid los desayunos con churros en la Plaza Mayor o la misteriosa tarde solitaria de agosto amenazante de tormenta a los pies del Ángel caído; de Barcelona unas ramblas desiertas a primera hora de la mañana. Por todas estas cosas, los lugares que visitamos tienen la magia del momento, de la situación, de la búsqueda de la verdadera esencia.

Amanecer camino de las Catacumbas de San Calixto. Roma




    Así como, la mejor manera de conocer un lugar es ver nacer y morir el día sobre él. El amanecer tiene la ventaja de mostrarnos una ciudad o pueblo sin turistas, sin apenas gentes, en muchas ocasiones desierta. El anochecer tiene la magia de ocultar todo lo grandioso y poner a nuestro alcance las pequeñas cosas que encierran las luces de las ciudades. Por eso prefiero el término caminante para definir una forma de viajar que, sin despreciar ciertos atractivos turísticos y ciertas aventuras algo arriesgadas, busca el encuentro con la esencia única del lugar. Con frecuencia, eludo utilizar ningún medio de transporte en las grandes ciudades que visito. Aunque los he probado todos, considero que sólo caminando las calles de una población, puede uno llegar a empaparse de su esencia verdadera. No es tan arriesgado como hacer alpinismo, ni tan cómodo como seguir a los lentos grupos de turistas; pero es un buen ejercicio para el cuerpo y la mente. Camino la ciudad, piso sus calles, contemplo sus lugares, observo a sus gentes; la descubro en cada amplia avenida, en cada rincón. Esta es la verdadera filosofía del caminante. Ser un caminante es la mejor forma de conocer; una práctica para la vida, que no deja de ser eso, un constante caminar por las ilusiones, los sueños, los recuerdos.


Ocaso en Place Concorde. París



   Los años van dando una serenidad que hacen de la mesura una virtud; pero procuro mantener este estilo de viaje que considero la mejor forma de aprender y aprehender todo lo que nos ofrecen los lugares que visitamos. Sólo de ese modo he podido contemplar en más de una ocasión lo que al ojo del turista informado se le escapa o al ojo del intrépido aventurero le es ajeno. Caminar es una catarsis que nos lleva al final de cada jornada con la sensación de haber conseguido captar la esencia de los lugares que hemos recorrido. Ser un caminante es la mejor receta para la maravillosa aventura que es viajar.


Ramblas de Barcelona, desiertas a primera hora de la mañana.