miércoles, 19 de septiembre de 2012

LAS MANOS


    
MANOS DEL AUTOR.

    Las manos creadoras. Aquellas que han tomado el bolígrafo o la pluma para dar forma a frases inspiradas. Manos con dedos cuyas yemas se han posado con insistencia, primero en máquinas de escribir pequeñas y acogedoras, después eléctricas; para, finalmente acabar aceptando el teclado del ordenador. Manos que han cogido el lápiz para esbozar paisajes, cuerpos desnudos o rincones sin nombre. Manos que se han manchado dando forma al barro entregado a inspiradoras formas. Manos que han tomado el buril para rasgar la madera silente, buscando en ella cuerpos recordados. Manos que han tapado el rostro de su dueño para calmar el llanto por la pérdida de los seres queridos. Manos que han agarrado al enemigo y golpeado su cuerpo en aceptado y singular combate. Manos que, mucho más que el rostro, son el espejo del alma de artista, del creador. Porque la cara asiste estática al discurrir de los días. Pero las manos abrazan en el encuentro y dicen adiós en la despedida. Las manos acarician con ternura y descubren las formas de los cuerpos entregados. Las manos agarran con fuerza, arañan y buscan el néctar de los dioses en los cuerpos que apasionados se entregan al delirio. Las manos, mucho más que los rostros, nos pueden decir “Ven”; nos pueden abrir la puerta que largo tiempo estaba cerrada. Las manos creadoras intentan cada día descubrir el misterio del arte y del amor.

lunes, 17 de septiembre de 2012

CÁRCEL DE LIBERTAD Y FELICIDAD

    
    Un elevado número de corrientes intelectuales y filosóficas han clamado por la libertad como indiscutible panacea para los males que ayer, hoy y siempre, ha sufrido el ser humano. Es hermoso, hasta enriquecedor pensar en la posible nobleza de todas estas acciones, todos estos proyectos de un ser humano libre y feliz. El único problema es, que todas parten de una premisa, a mi juicio, terriblemente falsa. Es el pensar que la libertad y la felicidad existen. Probablemente, el personaje que más cercano estuvo a esa libertad y felicidad, fue el filósofo griego Diógenes de Sínope, que vivió entre los años 412 y 323 a.C. Este si que era un verdadero rebelde y denunciador de la sociedad que le tocó vivir. Sociedad que, por cierto, fue la que vio nacer eso que tanto nos llena ahora la boca, la democracia. Aunque, tanto la de entonces como la de ahora, tendrían mucho que revisar en lo que respecta al bienestar de sus ciudadanos. Pero ese no es el tema, que me desvío. Pues resulta, que el tal Diógenes, partiendo de la creencia de que sus contemporáneos basaban más sus vidas en lo que socialmente se consideraba malo, que en lo que realmente estaba mal; defendía la búsqueda de esa felicidad practicando una vida autosuficiente. Esto le llevó a dormir en la calle y tener por hogar una tinaja. La figura de este cínico –término que ha llegado a nuestros días desvirtuado y hoy hace referencia a una persona que tiene una actitud sarcástica y burlona- siempre me ha parecido de las más interesantes; no sólo de la historia de la filosofía, sino de la historia de la humanidad. Su vida está salpicada de anécdotas que son toda una enseñanza. Fundamentalmente porque pensó como vivió, o si se quiere, vivió como pensó. Eso es una rareza entonces, y hoy en día mucho más. Estamos cansados de asistir desde hace décadas al espectáculo de, como una gente dice una cosa y obra de forma totalmente contraria. Pero vuelvo a Diógenes, que es mucho más interesante que cualquier otro individuo del panorama actual. Basta para dar una idea de los principios de este filósofo callejero, el recordar la conocida anécdota que habla de cuando Alejandro Magno quiso conocerlo. Aquel hombre, conquistador de bastos territorios, poderoso como nadie en la tierra, hizo la pregunta que cualquier hombre poderoso de hoy en día, sea político o de otra índole, haría por alguien que admirase: ¿Puedo hacer algo por ti? Pero Diógenes, al hombre más poderoso de la tierra entonces, sólo le respondió “que se apartara porque le estaba tapando el sol”. Frase clave y sentenciosa. Espejo de cómo el poder tapa la luz a los necesitados, como impide ver la realidad y la belleza de las cosas sencillas, como intenta hacernos creer que necesitamos más de lo que necesitamos, que debemos aspirar a más de lo que aspiramos; en resumen, que debemos depender de ellos para nuestra felicidad. Diógenes tenía las ideas muy claras. Tan claras que, cuando le preguntaron por qué la gente daba limosna a los pobres y no a los filósofos, contesto que “Porque que la gente piensan que pueden llegar a ser pobres, pero nunca a ser filósofos”. Una excelente forma de decir que obramos siempre de acuerdo a nuestro beneficio sin pensar en lo demás. Precursor de esta actitud cínica fue Antístenes, uno de los filósofos más relevantes de su época, discípulo directo de Sócrates. Parece ser que Diógenes quiso ser su discípulo, pero él no quería discípulos. El mencionado Antístenes, además de estar presente en la muerte de Sócrates, mientras discutían sobre la inmortalidad del alma y esperaban a que llegara el momento de beber el veneno que le causaría la muerte (¡Casi nada!) nos dejo para la posteridad unas cuantas perlas que hablan de su claridad ante los conceptos de felicidad y libertad que nos ocupan. Como decir que “la virtud del hombre y de la mujer son la misma” Increíble frase en una sociedad como la griega en que las mujeres seguían relegadas y carecían de muchos derechos fundamentales. Lamentablemente, a pesar de la máscara que la sociedad actual ha puesto a muchos de esos derechos, aún sigue la mujer teniendo que luchar por cosas muy básicas que una sociedad regida por hombres sigue empeñada en no otorgarle. Pero me escapo del tema. Eso sería tema para otro artículo que es posible algún día escriba. Estábamos con Antístenes que ha dejado para la historia una de mis frases favoritas porque hace siempre meditar sobre la futilidad de la vida. Decía que “por todo equipaje deberíamos llevar sólo aquello que, en caso de naufragio, pudiésemos nadar con él”. Sentencia que con el tiempo dio lugar a la excelente frase “Tienes sólo aquello que no puedas perder en un naufragio”. Tal vez, si el mundo hubiese seguido a los cínicos sería un caos; tal vez, un caos maravilloso. Nunca lo sabremos. Hoy todos queremos nadar, pero guardamos la ropa. La famosa sentencia que el actor Humphrey Bogart dice como Rick Blaine en la película Casablanca, “Yo no me juego el cuello por nadie”, sigue al orden del día. Diógenes se lanzó a una vida que hoy podríamos ver como mísera, probablemente primero pensando en si mismo, sin duda alguna. Pero su gesto ha sido toda una declaración de intenciones ante una sociedad ficticia. El problema radica en el concepto de las palabras que, por mucho que nos empeñemos, no son algo inamovible y con una definición concreta. A las pruebas me remito. Hablar de democracia hoy y hablar de democracia en Atenas hace unos miles de años, no tiene nada que ver. El concepto genérico que la palabra entraña, es decir, el aceptado socialmente por la mayoría, sería el primer significado. Pero después está el concepto que la palabra tiene para cada individuo. La idea que uno puede tener de amor, no tiene por que ser igual a la de otros; ni siquiera a la de la persona a quien uno ama. La idea de libertad que uno tiene, puede estar a millones de años luz que la de las personas que lo rodean. Ese es el verdadero problema a la hora de la consecución de metas, a la hora de buscar puntos de encuentro para una sociedad mejor, para un mundo mejor. Así las cosas, vuelvo al planteamiento inicial que mucho se dice: ¿Existe la verdadera felicidad, la verdadera libertad? Como Diógenes de Sínope, pienso que cada uno debería buscar la suya. Si alguien no se siente libre, como puede predicar libertad o crear leyes que hagan sentir a los seres humanos más libres. Si uno no es feliz; como puede exigir que los demás sean felices o le den esa felicidad que no tiene. Volviendo a Antístenes, creo importante recordar lo que contestó cuando le preguntaron qué era lo mejor para los hombres. Dijo: "Morir felices". Y encierra mucha verdad esa sentencia. Sólo al final, cuando uno va teniendo más muerte que vida cara al futuro, es cuando todo aquello que vivimos se va desmenuzando en cada mirada, en cada sonrisa, en cada frase, en cada pensamiento. Probablemente no existe la libertad y la felicidad tal y como nos la han querido vender. Pero estoy seguro que, cuando sueño, cuando escribo, cuando invento melodías; estoy muy cerca de ellas. Miro hacia atrás y veo la vida como pequeños suspiros desperdigados por un camino, a veces árido otras florido; y pienso ¡Que lejos estoy de todos aquellos que siguen subiendo la eterna montaña! La misma a la que los dioses habían condenado a Sísifo a empujar sin cesar una roca hasta su cima. Se ven tan ridículos. Suben y suben. Creen que han llegado a la cumbre, pero la piedra tarde o temprano vuelve a caer por su propio peso y, con ella, sus afanes de grandeza, su vanidad, sus falsas esperanzas de poder efímero. Cuando veo al ser humano tan disfrazado; pienso en aquel Diógenes de Sínope, desnudo ante el mundo, sin más fuerza que su pensamiento y sus ideas. Capaz de decirle a Alejandro Magno, el hombre más poderoso de la tierra, “Quiero que te apartes porque me tapas el sol”. Si, nos están tapando el sol desde hace mucho. En aras de las indefinibles e indeterminadas y tan personales palabras de libertad y felicidad, nos llevan siglos ocultando un sol que no es patrimonio de los que dirigen los países. Un sol del que somos merecedores por el solo hecho de ser humanos y estar vivos. Es tan pequeñito el hombre ante ese sol que todo lo inunda. Si en la inmensidad de universo alguien pudiese verlos, pensaría estar asistiendo a una representación de marionetas. Unas marionetas que, lamentablemente no hacen reír a los niños. Porque están rompiendo su futuro, el bienestar de una vida que está empezando a caminar. Todo se lo perdonaré; hasta las más crueles mentiras. Pero el que no piensen que, en esta espiral de sinrazón hay pequeñas criaturas que no saben de déficit, ni de primas, ni de crisis; eso no lo puedo perdonar. Hace mucho que pasa. Los niños mueren sin remedio en países oprimidos por intereses petrolíferos y de otra índole. A veces me pregunto como podemos dormir tranquilos. Qué suerte de mecanismo no nos mantiene para siempre despiertos ante una crueldad que jalona todo un siglo XX en el que, supuestamente, nos hemos hecho más civilizados, más cultos y más “modernos”. Ahora, como una maldición sin nombre, la avaricia y el caos se siguen extendiendo en el siglo XXI, como una plaga silente, suben por los pies, nos abrazan y se enroscan en nuestro cuello. He comenzado hablando de felicidad y libertad. He acabado hablando de niños inocentes. Tal vez, porque parece un insulto hablar de felicidad y libertad, cuando vivo en un mundo envuelto y apresado por mil cadenas que conforman cada vez más una maraña de cárceles donde todos habitamos sin remisión. Como en un kafkiano proceso que, hace apenas treinta años sería inimaginable; la hipocresía se ha adueñado de una tierra gris y expoliada, en pos de esa libertad y esa felicidad de la que yo, ya no puedo seguir hablando sin sentir vergüenza. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

RINCÓN DE GALICIA

    A pocos metros del hogar es posible tomar instantáneas como este rincón sereno de Galicia. Verde que ningún progreso ha podido extinguir y sigue brotando en cada esquina, para sorpresa de mis ojos que, sin cansarse, tanto han contemplado la tierra que me vio nacer.

FOTO DE JULIO MARIÑAS

viernes, 14 de septiembre de 2012

O.K. CORRAL - DUELO INTERPRETATIVO PARA LA HISTORIA DEL CINE



    Al menos una vez a la semana, como mínimo, intento volver a los clásicos; sean literarios, musicales, cinematográficos o de otra índole. Hace unos días que he vuelto a ver una vez más el inigualable wester  Duelo en O.K. Corral; que en España vino a llamarse Duelo de titanes. Ni los que nos dedicamos, con mayor o menor fortuna, a esto del arte en cualquiera de sus formas, sabemos donde está la clave de la obra maestra. Uno experimenta, busca, se empapa de conocimientos, intenta y, en ocasiones, como la película que nos ocupa, surge algo magistral. Porque, Duelo en O.K. Corral, queriéndolo o sin querer, está llena de alegorías, de matices, de épica, de disección psicológica de los personajes. Basada en un hecho histórico que ocurrió en un 26 de octubre de 1881 detrás de un corral en Tombstone, Arizona; las versiones cinematográficas han sido muchas y variadas. Destacando entre ellas una de John Ford titulada My darling Clementin, en España Pasión de los fuertes.




    Lo cierto es que, el cine ha sabido hacer de un acontecimiento puntual –se dice que el tiroteo duró 30 segundos- toda una epopeya, sublimación del bien y del mal, drama del Viejo Oeste para la leyenda. Y es la película Duelo en O.K. Corral, realizada por John Sturges en 1957, la más clara muestra de ese espíritu cinematográfico hoy imposible de encontrar en el panorama actual. Un Wester al más puro estilo, pero con cierto aire decadente. Con todos los elementos de las películas de vaqueros pero, a la vez, un trasfondo humano que invita a la meditación. A todo ello ayuda la combinación de una excelente fotografía de Charles Lang Jr. y la banda sonora de Dimitri Tiomkin, con la canción Gunfight at the OK corral, que sigue sonando en nuestros oídos después de finalizar la película. 





    La película de Sturges es la prueba más palpable de que, la clave no esta en lo que uno cuenta, sino en como lo cuenta; la visión que puede dar el creador mediante la expresión de su obra de cualquier acontecimiento real o imaginario. Sería interminable hablar con detenimiento del reparto salpicado de aciertos. Rhonda Fleming y Jo Van Fleet son las dos actrices que dan credibilidad a sus personajes. Una con su serena dignidad –que no pierde ni entre rejas en la cárcel- en el papel de Laura Denbow, y la otra con su desgarrada pasión interpretando a Kate Fisher. John Ireland en el papel del pistolero mercenario Johnny Ringo, tiene el porte suficiente para hacerse digno rival de Doc. Un Lee Van Cleef, que aparece solamente en los primeros instantes de la acción, con su aviesa mirada, entrando con sus dos colegas en el salón al inicio de la película, ya nos da el pulso de lo que vamos a presenciar. 
     



   Y en plena juventud, Dennis Hopper como hermano pequeño torturado de los Clayton. Pero lo incuestionable es que la película no hubiese sido igual sin la presencia de Burt Lancaster en el papel de Wyatt Earp y Kirk Douglas en el de John "Doc" Holliday. Estos dos gigantes interpretativos en la plenitud de sus carreras; estrellas de Hollywod, al tiempo que grandes actores; dotan de una épica y un romanticismo legendario a los personajes que dan vida. 





    Pero es esa dualidad que muestra la película, esa ambigua y fina línea que separa el bien del mal; lo que da a los dos protagonistas una relevancia que va mucho más allá de ser unos vaqueros del Viejo Oeste. Earp representa la justicia instituida con normas y leyes muy definidas. Doc representa la libertad absoluta, sin ataduras ni barreras. Parece que ninguna de las dos opciones es la acertada. Tal vez no exista una tercera opción. Lo de “En el término medio está la virtud” se ve muy relativizado cuando los acontecimientos imponen elegir. Pero, aunque pueda sonar tópico y tradicionalista, por encima de sus personalidades perfectamente definidas, Earp y Doc atesoran unos valores que para ellos son inamovibles, y van mucho más allá de su actitud ante hechos puntuales. Tales que, incluso a su pesar, creen en la amistad, creen en la familia, creen que hay cosas por las que merece la pena morir; porque al vivir sin ellas, los principios sobre los que se asienta una vida se desmoronan como un castillo de naipes. John "Doc" Holliday (Kirk Douglas) descastado y rechazado por la sociedad, hasta tiene un momento de regreso a sus raíces cuando abre su reloj de cadena y observa el retrato de sus padres y la dedicatoria que estos grabaron en él cuando se hizo dentista.  Wyatt Earp (Burt Lancaster) a pesar de rechazar el estilo de Doc, no puede ignorar su amistad, porque sabe que en el interior del acabado pistolero late un hombre leal y de palabra. Burt Lancaster nos ofrece en esta interpretación una media sonrisa tranquilizadora; muy alejada de la sonrisa falsa, irónica y sarcástica de El fuego y la palabra. Es la seguridad de un hombre que cree en la justicia imperante; hasta que ve como uno de sus hermanos, el más joven, poco después de mantener una charla con él  sobre sus proyectos de futuro, es abatido por las pistolas en las calles de Tombstone mientras hace la ronda nocturna en su lugar. Wyatt Earp, arrodillado, toma el cadáver de su hermano y, en una emoción contenida y estática, construye una suerte de piedad inimaginable en el Lejano Oeste. Doc, por su parte, asiste respetuoso al dolor contenido de su amigo. No hay frases grandilocuentes, ni reflexiones con hermosos artificios literarios. Los adustos gestos de los dos monstruos de la interpretación lo dicen todo. Esto es el cine.




    La esperanza en la juventud sigue vigente en el otro joven de la familia rival, los Clayton, el mencionado Dennis Hopper. Borracho por las calles del pueblo, es llevado por Earp a casa. Un Burt Lancaster que parece deslizarse con lenta elegancia por las polvorientas calles durante toda la película, entra en la casa de sus enemigos para llevar al joven borracho. Sólo la madre en el interior. Otro momento cinematográfico único e irrepetible. Burt Lancaster, en el interior de la casa en el umbral de la puerta, de espaldas a la cámara, cara a la madre del joven, se quita el sombrero con un gesto de paz, lenta, cortésmente, como acariciando el aire, en señal de respeto ante la canosa mujer. Toda una composición sin parangón que dura unos segundos pero dice mucho del talante del personaje Wyatt Earp. El consejo que le da al muchacho sentado frente a él, es toda una lección de vida. “Siempre hay quien desenfunde más rápido que tú. Y cuanto más uses la pistola, antes encontrarás a ese hombre”. Así intenta explicar Earp al joven, que con la vida no se puede jugar siempre, porque acaba pasando factura.



    Si la gestualidad  es fundamental en la película; tampoco está exenta de diálogos que invitan a la reflexión y van definiendo a los personajes. Uno es la sentencia que  John "Doc" Holliday (Kirk Douglas) emite en una de sus muchas discusiones con Kate Fisher (Jo Van Fleet). “Se trata de ética. Es algo que alguien como tú no podría entender”. También es el personaje de Kirk Douglas, quien dice otra de las frases a tener en cuenta. Sucede cuando está junto al fuego en medio de la nada nocturna y Earp (Burt Lancaster) se preocupa por su salud. Doc responde: No dejaré que me mate lentamente. Lo único que me asusta es morir en la cama. No quiero irme  apagando. Y es el mismo Doc, en otra escena, el que dice a Earp: “Tú y yo nos parecemos mucho. Ambos vivimos con una pistola. La única diferencia es la estrella”. El guionista Leon Uris, dejó para el personaje de Doc las mejores sentencias. La situación de dependencia que tienen él y  Kate Fisher (Jo Van Fleet) ante la adversidad, hace que sus escenas sean tensas. Pero, como dice Doc, “No es culpa tuya. No es culpa mía. No es culpa de nadie. Así es la vida”. El desencadenante de esa escena es una anterior en la que, delante de Kate, Ringo (John Ireland) en la pequeña habitación donde ella había pasado la noche con él, reta a Doc, se burla y lo humilla tirándole la bebida a la cara. Doc permite la humillación pensando en su amigo Earp y lo poco que merece la pena un hombre como Ringo.




    La presencia y personalidad de Wyatt Earp (Burt Lascaster) queda patente en la escena en que un numeroso grupo de pistoleros ha tomado el salón. Cuando Earp hace acto de presencia, cesa la música, todo se detiene; es entonces cuando sólo un actor del carácter y la profundidad de Burt Lancaster puede hacer creíble ese momento. La diferencia más palpable entre Earp y Doc, es que el primero tiene un motivo por el que vivir, está enamorado y cree en la posibilidad de una vida mejor. Mientras que Doc sabe que tiene sus horas contadas y su destino es una muerte cercana. En un atisbo de lucidez, Doc intenta aconsejar a Earp. Pero este le responde: “A la mierda la lógica. Es mi hermano quien yace ahí”. Es ese el punto de inflexión donde la trama adquiere un carácter diferente. Lo que hasta el momento había sido algo profesional por parte de Earp; ahora se ha convertido en algo personal. Algunas escenas después, vemos a Burt Lancaster como nunca antes lo habíamos visto en una película. Tiene miedo, pero no por su vida; sino por la de los suyos, porque los crímenes cometidos queden impunes. Va a la habitación de Doc, que yace moribundo en la cama, y lo zarandea. “Te necesito, Doc. No me defraudes”. Y Doc no le defraudará al día siguiente en el famoso duelo.








    Duelo en OK Corral, tiene todo lo que tienen que tener una película de vaqueros. Polvo, pistoleros que se buscan y un paisaje árido de calles ásperas y árboles grandiosos que extienden sus largas ramas hacia el cielo, fotografiados con maestría por Charles Lang Jr.. Pero Sturges consigue convertir una simple película de vaqueros, en todo un canto al honor. Pero no ese honor firme y anclado en convicciones impuestas. Un honor que nace del interior de sus protagonistas principales, de sus sentimientos más puros y simples. Podría verse como la historia de una venganza. Podría parecer que tiene un final feliz. Pero no es así. Earp tira su placa sobre el cadáver de un adolescente al que su testarudez por permanecer aferrado a premisas erróneas lo ha llevado a la muerte. Lo hace en un gesto que nos habla de lo inútil de la violencia, el rencor y la venganza. Doc vuelve a ser el jugador y bebedor empedernido que tiene los días contados. Pero los dos afrontan su destino con la serenidad de que han obrado de acuerdo a lo que su corazón les dictaba. Tal vez erróneamente –no soy yo quien para juzgarlo-, pero llevados por sentimientos puros. Por encima de las leyes impuestas a los hombres, por encima de sus vidas. Confieso que estos dos actores han sido siempre mi debilidad. A pesar de sus personalidades poderosas, han sabido interpretar papeles muy diferentes a lo largo de su carrera. 




    Duelo en OK Corral tiene dos elementos fundamentales que podemos llamar pasivos pero determinantes. Uno es la banda sonora y la canción de Dimitri Tiomkin interpretada por Frankie Laine, y otro, el omnipresente cementerio de Boot Hill, que nos está recordando la imposibilidad de luchar contra el destino.
    El director John Sturges daría a la historia del cine películas como, otro clásico del western titulado, El último tren a Gun Hill; la original Conspiración de silencio; y las famosas Los siete magníficos -western crepuscular, versión de Los siete samuráis de Akira Kurosawa- y La gran evasión.
    Hablar de las carreras de Burt Lascaster y Kirk Douglas sería interminable. Ahora toca quedarnos con ese recuerdo de Earp y Doc en Duelo en OK Corral; y la eterna e incomprensible magia del cine. Aquellos que tuvimos la suerte de ver la mayoría de estas maravillosas obras en la gran pantalla cuando éramos niños, guardamos toda la esencia de un tiempo en que es gesto, la palabra, la imagen y la música; no eran una ensalada de conceptos presumiblemente muy innovadores que pretendían buscar una originalidad artificial. El cine y el arte eran, en un porcentaje mucho mayor que hoy en día, auténticos; porque la gente contaba las cosas sin demasiada pompa ni artificio. El genio era genio. Primero, porque así había nacido; y segundo, porque se había formado desarrollándose en determinada faceta artística. No por una suerte de fanfarria y publicidad absurda donde todo esta mezclado y ya no hay límites entre la creación y la simple consecución de metas que no llevan a ninguna parte, ni dicen nada, ni hablan al corazón. Cuando digo hablar al corazón, no me refiero a un simple despertar en el público de llantos o carcajadas; sino en dejar en las personas un poso de reflexión sensitiva. Por pequeño que sea. Donde exista esto; estará el arte. Y la película Duelo en O.K. Corral, queriendo o sin querer, sumerge al espectador en la historia que cuenta, y nos deja, al finalizar, una sensación emocional de haber asistido a algo mágico. Es el cine.






martes, 11 de septiembre de 2012

PLAYA DE SAN LORENZO EN GIJÓN

ATARDECER EN LA PLAYA DE SAN LORENZO EN GIJÓN - FOTO DE JULIO MARIÑAS

    

    El alba y el ocaso en los lugares que uno visita, nunca engañan. Es como los primeros pasos y los últimos en la vida de los seres humanos, que son los más auténticos. Porque cuando amanece en una nueva vida todo son ilusiones y esperanzas; porque cuando anochece en una vida gastada todo son recuerdos y adioses.
    Apenas despuntaba septiembre cuando me acerqué al paseo que abraza la playa de San Lorenzo para ser recibido por un agitado mar de sensaciones en el ocaso del día. Mar Cantábrico que se asoma al mismo centro de la ciudad de Gijón. Ese Gijón que un espléndido Antonio Ferrandis recorría en los primeros instantes de la película de José Luis Garcí, Volver a empezar, interpretando a un reconocido escritor que visitaba su tierra natal para, antes de morir, reencontrarse con sus raíces, con su esencia primigenia. Esa película que nos dejó para la historia el Duelo de Titanes interpretativo entre el mencionado Antonio Ferrandis y José Bódalo, en la escena en que este último recibe de su amigo la triste noticia de un final inminente. Si que es grande el cine. Y son grandes algunos de nuestros actores que merece la pena mostrar a las nuevas generaciones. Porque, como muchos otros, Antonio Ferrandis y José Bódalo, aunque obtuvieron el reconocimiento por la omnipresente televisión, fueron unos gigantes de la interpretación curtidos en largos años de escena teatral.
    Pero estaba hablando de ocasos y amaneceres, y sin querer, he acabado donde muchas veces, en el cine y esas otras cosas del arte que tanto me gustan.
    Apenas despuntaba septiembre cuando me acerqué al paseo que abraza la playa de San Lorenzo para ser recibido por un mar calmo, espejo de un sol cegador en el amanecer del día. Siempre lo he pensado: “Para conocer un lugar, contempla el día morir en su relieve y contempla el día nacer sobre sus formas”. El destino me ha dado esa suerte, y la ciudad de Gijón, como otros lugares, me brindó un atardecer y un amanecer imborrables.
    Los fuertes vientos del noroeste soplando sobre el mar cantábrico en el atardecer de la playa de San Lorenzo, destilaban la última esencia traída desde sus orígenes en los mares del Norte. Y una vez más la meditación para volver a concluir que, el ser humano es una estrella insignificante en la inmensidad del cielo.    

AMANECER EN GIJÓN - FOTO DE JULIO MARIÑAS

lunes, 10 de septiembre de 2012

EL ÁRBOL


    Hierático, creciendo lentamente, soportando en silencio los más calurosos días de estío, las más frías noches invernales. Su tronco es lo más cercano a un corazón cargado de experiencias, de sensaciones, de vivencias cobijadas en el fondo del alma. Si todo lo vivido se pudiese fotografiar, probablemente no sería un halo de luz radiante; sino algo muy parecido a un tronco arbóreo centenario en donde el tiempo ha ido perfilando, dando y quitando, hiriendo y acariciando, con su paso lento e inexorable. Pretendemos mostrar nuestra cara más amable, nuestra llamada “mejor” imagen. Pero, tal vez sería mucho mejor mostrar nuestro interior, con las cicatrices, los sueños, las derrotas, las victorias, lo querido, lo deseado. Al principio probablemente nos causaría asombro; incluso terror. Pero pronto nos habituaríamos, y el acto de mostrarnos tal cual somos nos haría más libres, más auténticos, más… humanos tal vez no sea la palabra adecuada; más arbóreos. Exhibiendo una frondosa copa de cosas bellas y un robusto tronco de cosas ásperas; pero, en el fondo, con la hermosura que da la autenticidad de lo natural. De mayor quiero ser árbol. Un robusto árbol de tronco poderoso. Ser apoyo y alivio para los débiles y cansados. Porque, en muchas ocasiones, la contemplación de la naturaleza nos revela muchas más cosas que lo que pueda expresar el lenguaje humano. No ha existido poeta capaz de mostrar la esencia del esplendor que sigue habitando en pequeños rincones. La mayoría de las veces, fuera de la gran urbe, lejos de todo y de todos. Allí, en un rincón cualquiera donde nos podemos encontrar con nosotros mismos sin que nadie perturbe nuestra verdad.