lunes, 29 de octubre de 2012

EL TIEMPO


    Las sombras de las ramas arbóreas se entrelazan en el suelo, como en un intento vano de atrapar las huellas de aquellos que lo han pisado. El anciano cargando todo su tiempo sobre el recio bastón, los enamorados que parecen flotar en su paseo, los niños que han correteado alborotados y sueñan con estrellas que los adultos ya no alcanzamos a vislumbrar, mientras el tiovivo gira. Estatuas de hombres que han hecho historia custodian silenciosas los rincones. Existe tanta vida en las cosas que creemos muertas. Sólo la pervivencia de lo intangible habla a los seres humanos del tiempo que han mecido en sus manos  sin ser conscientes de ello.

FOTO DE JULIO MARIÑAS
   BURGOS

viernes, 26 de octubre de 2012

CUANDO EL DÍA COMIENZA A DECLINAR - ESPEJOS


    Cuando el día comienza a declinar y la arena de la playa es un mosaico de indescifrables pisadas, anónimos rastros, huellas sin pretensiones de nada más que andar bajo un cielo que siempre acaba por volver a derramar su azul después de jornadas desasosegante y grises; vuelvo a contemplar el mar. Ese gigante que sigue albergando el misterioso llanto de las sirenas que embriagan con sus ecos de antiguas ilusiones. Y no existe pintor que pueda igualar la gama de tonalidades que el cielo viste sobre la Ría de Vigo. A escasos metros de una ciudad que ha crecido deforme y pugna por reventar -como toda metrópolis bien educada del siglo XXI- se puede contemplar la quietud, el leve arrullo del mar y un horizonte que no tiene edad.
    La civilización de la comunicación. Hablan tanto. Y pensar que nunca les he creído. Si supieran que diminutos los veo en sus tronos de poder efímero. Son las hojas podridas de un otoño que se pierde en la noche de los tiempos. Desde aquellas luchas fraticidas entre Caín y Abel, entre Rómulo y Remo, entre Set y Osiris; todo se ha sofisticado mucho; pero nada ha cambiado demasiado. Como en una espiral de infinitos desengaños, el artista sigue buscando la inspiración en el mar, en el cielo, en la profundidad de una mirada. En definitiva, en las cosas sencillas. Ajeno a los discursos que hablan de buenos y malos, de ricos y pobres.
    La grandeza de un ser humano sólo puede ser medida por uno mismo. Cuando se mira al espejo y ve el rostro cansado de aquel que ha vivido, pero aún sabe que, en esa imagen que devuelve el espejo, queda, en el peor de los casos, una atisbo de aquel niño que fue, de aquel joven que fue.
    Pero el mundo está lleno de espejos rotos. En las noches de vigilia, los veo flotar en aguas siniestras, cuando el mar no admite intrusiones; en los ríos silentes que deslizan sus castigados cauces por las laderas del desencanto.
    Hablan tanto. Y, a fuerza de mirarse el ombligo y no la cara, se han convertido en caricaturas siniestras que, si no fuese por el terrible daño que están causando a tanta gente, serían dignos de exponer en “la plaza pública” para regocijo de los que nunca hemos tenido el afán de poder como meta.
    Además ¿qué es el poder? La triste historia de hombres que se creyeron grandes y acabaron siendo víctimas de su propia codicia.
    Detrás de sus manidos discursos, de sus sonrisas condescendientes, se oculta la triste historia de infelices histriones que tienen su agenda llena de mil cosas inservibles, superfluas, insignificantes.
    Nadie tiene la clave para esta espiral de despropósitos. Pero sería bueno volver a los espejos. Tal vez a los espejos naturales. Esos que tanto saben y ordenan, libres de sus elegantes trajes a medida, desnudos; que bajasen a la orilla del mar, a la orilla del río. Que observaran con detenimiento su imagen reflejada en las aguas. Verían una imagen monstruosa, imposible de soportar.
     Pero, la naturaleza es demasiado benevolente. Ni el mar destrozaría sus cuerpos contra las rocas, ni el río los arrastraría hacia las vertiginosas cataratas.
    Cuando el día comienza a declinar y la arena de la playa es un mosaico de indescifrables pisadas, anónimos rastros, huellas sin pretensiones de nada más que andar; el silencio es el mejor alivio para curar las heridas que provoca el vivir en un mundo que rigen humanos que ya nunca podrán encontrar en la imagen que le devuelve el espejo, aquel niño que fueron.
    Miro el horizonte y sé que, más allá, donde la vista no alcanza, pero si el corazón; sigue navegando Ulises en un eterno periplo en busca de su Itaca soñada, soñada, soñada…

FOTO REALIZADA POR JULIO MARIÑAS

viernes, 19 de octubre de 2012

LA OTRA CARA DEL SER HUMANO




Disparidad de formas, de conceptos, de versos inconclusos.
¿Hasta cuando la eterna mentira globalmente aceptada?
¿Hasta cuando los inertes cuerpos inocentes entre los escombros de la ambición humana?
¿Por qué rebaños de humanos siguen a pastores que predican bienestar por encima del tú, del yo, del nosotros?
Observo mi rostro en el espejo de las horas vividas, y me devuelve una imagen siniestra, desconocida.
Kafkiano producto que pugna por salir de mi interior, ante una sociedad que se abraza en su torre de oro fabricada por millones de cadáveres, millones de almas que nunca llegarán a crecer para poder saber de conceptos, ni del bien ni del mal.
Consciente de esta imagen feroz que me habita, suspiro aliviado porque aún no han podido arrancarme la pasión por sentir, la pasión por pensar en un mundo donde habiten mujeres y hombres libres. Seres humanos que sólo piensen en la belleza del sutil canto que susurran las estrellas.





viernes, 5 de octubre de 2012

ATARDECER EN VIGO

    Huyendo del bullicio y el desenfreno de la despiadada ciudad, 

es posible captar instantáneas como esta. 

La Ría de Vigo entregada al mágico espectáculo de la soledad 

donde aún juegan los sueños que nunca mueren.


FOTO REALIZADA POR JULIO MARIÑAS

lunes, 1 de octubre de 2012

SIENTO EL DOLOR


    Siento el dolor. Está cerca, muy cerca, demasiado cerca. Este triste inicio de siglo XXI que me ha tocado vivir, está confirmando mis sospechas de la naturaleza cruel del ser humano. Porque la naturaleza es cruel en su ciclo de vida y muerte; pero el homo sapiens tuvo una oportunidad –no me importa si otorgada como dicen unos o por méritos propios como dicen otros-; tuvo la oportunidad de racionalizar su agresividad, su impulso salvaje; y crear una tierra semejante a ese Paraíso Perdido tan soñado. Pero no lo hizo. Malgastó su mayor capacidad craneal y, a cambio de esporádicos períodos de serenidad donde no había cabida para lo salvaje, escribió la historia con sangre de sus semejantes. Aprendió a reír, pero, a día de hoy, una gran mayoría de personas sólo saben reír y se felices a costa del llanto y la infelicidad de los demás. El ser humano se jacta de dominar el fuego, pero quema los montes; se vanagloria de inventar la rueda, pero mata a sus semejantes en el asfalto; se enorgullece de haber llegado a la luna, pero desconoce lo que sienten y padecen los que están a escasos metros de él. Siento el dolor. Está cerca, muy cerca, demasiado cerca. A cambió de perder su condición salvaje, el homo sapiens fue construyendo una corona de vanidad y prepotencia que lo llevará al abismo más lamentable. Nunca he creído en ellos. Ni en los unos ni en los otros, ni en los de más allá. Sólo en la sonrisa de un niño, en la mirada de la amada o en el abrazo del amigo. Ha quedado tan lejos la inocencia de aquellos primeros homínidos que, al abrigo de las cavernas o recorriendo tierras inciertas, sólo pretendía sobrevivir. Siento el dolor. En algún tiempo de mi adolescencia creí que los poetas, los artistas, podíamos cambiar el mundo y llenarlo de belleza. Lo soñé muchas noches. Cuando las noches morían en amaneceres radiantes. Pero eso es otra historia. Ahora sólo hay vanidad y dolor. La vanagloria del poderoso, la humillación del oprimido. No se puede quitar la dignidad a los seres humanos que quieren ser dignos, no se pueden ahogar las esperanzas de futuro de indefensos niños, no se puede estar tan ciegos ante la Torre de Babel que, a lo largo de los siglos, hemos erigido embriagados de soberbia y prepotencia. La vida es tan sencilla. Se reduce a querer y ser querido. Sólo eso. Lo demás es una absurda comedia que siempre termina en el mismo drama. El circo –con perdón para el circo de verdad, el auténtico- sigue en su espiral de números y falacias. Viendo que aún existe gente que sigue y aplaude a unos y a otros, creo que el hombre es el más imbécil de los animales. La Torre ha caído. Caminamos entre sus escombros. ¿No los veis? Tienen sus elegantes trajes llenos de polvo que es una mezcla de sufrimiento humano y dolor ajeno. Siento el dolor. Está cerca, muy cerca, demasiado cerca. Las balas acaban siempre impactando en algún lugar. Por desgracia, muchas veces en una vida humana. Se han inventado armas que pueden arrasar ciudades enteras. Pero no se ha inventado el arma que pueda destruir el arte, la magia de la creación, del verso que vibra sobre un mundo enfermo de vanidad. Así, el poeta –libre de credos, de políticas, de ideologías- expresa como siente el dolor. Un dolor que no tiene cura. El dolor de pertenecer a una especie profundamente cruel que sigue pisando los restos de su caída torre, sin percatarse de que, algún día, esos despojos serán su tumba.

Nacimos sin nada y pudimos tenerlo todo.