lunes, 30 de diciembre de 2013

LA GRANDIOSA SOMBRA DE SÓCRATES

    En el año 399 a.C. el filósofo Sócrates daba una lección al mundo al morir por sus ideas. En la actualidad, matar por las ideas se ha convertido en algo habitual. Hay algunas figuras que han pasado a la historia y se han hecho míticas por morir por sus ideas. Pero casi nadie, cuando se habla de libertad y democracia, se acuerda del hombre que dio toda una lección de integridad y valentía, al ingerir la cicuta que le había preparado el estado ”democrático” griego, como castigo por sublevar a los jóvenes y por no renunciar a sus principios delante del tribunal que lo juzgo. Lo cierto es que Sócrates era un personaje molesto para el poder imperante en la democracia griega. Y lo era, básicamente, porque enseñaba a la gente, y sobre todo a los jóvenes, a reflexionar, a pensar, a tener conciencia de sí mismos y de sus actos; a cuestionar las reglas impuestas a los ciudadanos. Sócrates era, en definitiva, un hombre que amaba la libertad por encima de cualquier otro  interés. Por eso su figura no interesa al poder. Es preferible un líder carismático que mueva a las masas y establezca corrientes que se puedan englobar en unas reglas, normas o mandatos. Lo que se trata es de encauzar a la masa. Sócrates fue condenado a muerte porque estaba abriendo las mentes de demasiados jóvenes a un pensamiento libre. Eso es de lo que adolece la inmensa mayoría de la gente, los jóvenes y también los adultos en la actualidad. Todos sus movimientos acaban desembocando en un ideario político o de otra índole. No existe un punto común de librepensadores que sea ecléctico y diverso, pero que, a su vez, pueda encauzar sus ideas y hacerlas cundir en la sociedad. No es extraño que a los gobernantes de cualquier signo les preocupe poco los movimientos que surgen, ya que saben que son fácilmente controlables. Pero un hombre como Sócrates,  unos jóvenes con una ética y moral diversa pero confluente en la búsqueda de la verdad y la libertad; eso sí les podría poner muy nerviosos. Entre otras cosas, porque estoy casi seguro que, en un elevado porcentaje, la mayoría de los gobernantes serían incapaces de mantener un debate fluido si se saliese del A-B-C que tienen aprendido. Al final, los hombres pasan; pero sus ideas viven en los que les suceden. Sócrates, sin dejar nada escrito, inspiró a Platón un gran número de sus obras. Aristóteles siguió la estela de Platón, elaborando todo un pensamiento diferente.  Y así ha ido sucediéndose, hasta que la filosofía –Qué recuerdo, significa “Amor por saber”- quedó relegada a una asignatura, a una carrera. Pero la filosofía es algo más que eso. Es todo un mundo donde las ideas y los conceptos toman forma y se expanden, contribuyendo a  hacer del ser humano un animal pensante. Veo innumerables reproducciones gráficas de grandes hombres que lucharon por sus ideas. Pero hay uno que, por decirlo de algún modo, se movió demasiado y no sale en “la foto”. Se llamaba Sócrates, dedicó su vida a pensar y fue condenado a morir por sus ideas contrarias al poder establecido que, recuerdo, al igual que hoy en día, se llamaba democracia. Espero que la muerte de Sócrates no haya sido en vano y, en algún momento, sobre todo la juventud, vuelva a beber de las fuentes de la filosofía más pura; y surja una generación libre de ataduras políticas, religiosas y sociales.


  
FOTO DE JULIO MARIÑAS

jueves, 26 de diciembre de 2013

DE VIAJES Y LUGARES SENTIDOS - III - MUXÍA

    Parece que el destino caprichoso está empeñado, de un modo u otro, en ir reduciendo a cenizas los más emblemáticos símbolos de Galicia. Esos lugares que he recorrido lleno de vigor, que transmiten al caminante una fuerza que va más allá de lo imaginable, lugares en los que uno se carga de energía; en los últimos tiempos están sufriendo el castigo implacable del fuego. Desde las Fragas do Eume, vergel incomparable que fue pasto de las llamas; pasando por el mítico y enigmático Monte Pindo, donde desde su cumbre en el alto de La Moa, a 627 de altura, se puede divisar a un lado las playas de Carnota y al otro Finisterre; hasta llegar ahora al Santuario de Muxía que ha sido herido fatalmente por un rayo. Dentro del drama que supone la pérdida del interior del Santuario de A Virxe da Barca de origen barroco, por lo menos, el fuego implacable no ha podido destruir todo lo que rodea el templo. Porque esa zona de costa de Muxía está llena de míticas piedras que nos hablan de leyendas e historias fascinantes.  Parece ser que las llamas han hecho desaparecer el retablo Mayor del siglo XVII dedicado a la Virgen de la Barca del artista compostelano Miguel de Romay, al igual que los retablos laterales. Es lamentable que el azar sea tan caprichoso. Muxía es uno de esos lugares de Galicia que, cuando uno los  visita, es imposible no sentir las energías telúricas que lo invaden. Es un recorrido fascinante contemplar la "Pedra de Abalar", la "Pedra dos Cadrís" y otras, junto a un mar que, muchas veces descarga su fuerza contra la costa, en un espectáculo indescriptible, de una belleza arrebatadora. Ante hechos tal aleatorios como el ocurrido con la caída del rayo, uno vuelve a reflexionar sobre lo efímero de la naturaleza humana, sobre lo sutil que es la línea que separa la grandeza de la nada. Uno siente de nuevo que la vida de los humanos pende siempre de un imperceptible hilo extremadamente fino, sensible de romperse en cualquier instante. Pero pasaran los días, pasaremos nosotros, y esta Galicia ancestral volverá a regenerarse y seguirá latiendo con la fuerza que le da esa costa quebrada y jalonada por playas mansas, acantilados tempestuosos y el aliento salvaje de la naturaleza que supura por cada poro de esta tierra tan enigmática y hermosa.    

FOTO DE JULIO MARIÑAS - MUXÍA

miércoles, 25 de diciembre de 2013

EN LA NOCHE - V - POR AMOR

    En la noche, ante un silencio opresor y descarnado, observo reflejadas en la pared las difusas sombras de los dos cuando aún éramos. Amar es un verbo que nadie sabe conjugar correctamente; porque en realidad no tiene tiempo, ni espacio, ni siquiera dimensión. Porque es mucho más y muchos menos que un simple verbo. ¿Dónde aprendemos a amar? En una escuela sin pupitres, en una clase sin profesor ni compañeros, desierta, vacía de referencias donde poder asirse y reflexionar. Por amor hemos vertido lágrimas que jamás han llegado a tocar el suelo. Por amor inventamos la quimera del tú y el yo en una eternidad creada a nuestra medida. Por amor, aún siguen temblando en la pared las siluetas de lo que fuimos un día; en el tiempo de caminar los senderos que sólo se muestran a los amantes, y que siempre terminan allí, en un mar tempestuoso, vertiginoso abismo de lo frágil y lo imposiblemente bello.

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martes, 24 de diciembre de 2013

EN LA NOCHE - IV - ¿RECUERDAS LA NAVIDAD AQUELLA?

    ¿Recuerdas la Navidad aquella? Caminábamos las calles bulliciosas mientras anochecía. Lo hacíamos entre la multitud y las luces que sobre nuestras cabezas brillaban su mensaje con insistencia feroz “Tenéis que ser felices. Es Navidad”. Éramos jóvenes y teníamos la insolencia que da el vigor de los años sin freno. ¿Lo recuerdas? Seguro que sí. Un día todo se apagó, sin apenas darnos cuenta. Queda ya tan lejano. La familia alrededor de la mesa, cuando aún la muerte implacable no había quebrado la vida de muchos de ellos. Eran los tiempos de creer en el espíritu que a todos nos elevaba para cantar y reír, besar y abrazar; porque la vida aún no había marcado a fuego nuestras almas. ¿Recuerdas la Navidad aquella? La ciudad era un brutal mosaico de gentes que iban y venían. Como en esas películas americanas donde todo es tan radiante y generoso. Y nosotros recorríamos las calles, protagonistas de una historia de amor que, ni aquellos que nos esperaban en nuestras respectivas casas para celebrar las fiestas, conocían. Para qué contarlo. Han pasado muchas Navidades desde entonces. Ese es el secreto que tenemos tú y yo. Agarrados entre la multitud nos olvidamos de todo, lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo; renegamos de cualquier vínculo con la ciudad que hervía de espíritu navideño. Y buscamos ese rincón que sólo conocen los amantes ebrios de fusionarse y aislarse de todo aquello que no sea su pasión. Después regrese al hogar familiar, a reír y cantar con los míos. Pero, en cada risa sentí el amargo poso de la certeza que jamás volvería a encontrarte; en cada brindis recordé el sabor de tus labios de fuego. ¿Recuerdas la Navidad aquella? Estoy seguro que sí. Éramos jóvenes e insolentes. Sobre nosotros, por unos instantes, sopló el aliento salvaje de aquellos que han conocido el Paraíso.

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lunes, 23 de diciembre de 2013

EN LA NOCHE - III - OLA SALVAJE

    Sobre la ola salvaje de un mar de incertidumbres nos amamos cuando éramos dueños del tiempo y las esferas. Y la vida cayó vencida, antes de que las horas dictaran la sentencia más severa del adiós.

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viernes, 20 de diciembre de 2013

EN LA NOCHE - II - LA MUJER DEL MALECÓN

    Desde la ventana observo como la noche abraza las casas y árboles cercanos. Debe seguir rugiendo el  mar contra el malecón de nuestro desencanto. Nuestra historia quedó retenida en un muelle de brumas que jamás se disipan. Por ellas transitan los heridos de amor. En noches como esta, tomo el abrigo y me pongo el sombrero, para acercarme a la orilla de las aguas sonoras. Al final del malecón, entre la niebla, aún llora una mujer por ser esclava en un mundo insensible a sus lágrimas calladas que van cayendo al mar de sus angustias. Permanezco en silencio. No me atrevo a mirarla. Probablemente sus ojos sean como esos cielos limpios y serenos que ella puede surcar sin que nadie intente aprisionar su vuelo.




jueves, 19 de diciembre de 2013

EN LA NOCHE - I - CUERPOS AUSENTES

    Visión extraña esa del Tú y el Yo desaparecidos del lecho en la penumbra de la habitación cuando la madrugada ya ha cuajado en el ánimo y las perversiones cumplidas han dejado el amargo poso del fulgor desvanecido mientras el contorno creado por los cuerpos en las sábanas cobra una plasticidad inusual evocadora de las sensaciones que aún flotan en la espesa irrealidad que abraza la noche. 


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lunes, 16 de diciembre de 2013

SALTAR SIN RED

   
FOTO DE JULIO MARIÑAS




    Saltar sin red. En definitiva es lo que hace el creador que es fiel a sus principios y finales. Lejos del aplauso del público, en su reducto, frente al papel en blanco o el pentagrama vacío. Así, el escritor y el compositor construye todo un mundo en la sombra. Indiferente a las modas, a los arbitrarios designios del mercado. Una y otra vez su cuerpo golpea contra el suelo. Pero se levanta y vuelve de nuevo a saltar sin red. Porque sabe que el tiempo es un juez inquebrantable que nada ni nadie puede comprar. Saltar sin red. Eso es lo que hace el creador consciente de sus orígenes, de su esencia, de todo lo vivido, de todo lo amado, de todo lo perdido. Es una voz que el viento lleva por el inmenso mar hacia los confines donde habitan los grandes soñadores. La vida y el trabajo del escritor y compositor se confunden y fusionan; son indisolubles. Porque el arte lo es todo para él. Salta sin red una y otra vez. Aun sabiendo que la sociedad que lo rodea no escuchará el crujir de sus huesos, a no ser que sus libros sean éxitos de ventas y decoren las estanterías de las grandes superficies, o sus obras suenen en los grandes teatros y salas de concierto interpretadas por renombrados intérpretes y orquestas. Él seguirá saltando sin red, porque, aunque su cuerpo sea mortal, sabe que su obra perdurará en el tiempo. Saltar sin red. Eso es lo que hace el escritor y compositor, aunque sus bolsillos estén vacíos, aunque el cuerpo se quiebre en cada verso o cada melodía. Porque ha elegido el camino más solitario y tenebroso. Aquel que conduce a una larga agonía existencial, para forjar a golpe de insomnio sus pensamientos, sus ideas, sus sentimientos; y plasmarlos en sus obras. Mientras el mundo mira hacia otro lado; más liviano, menos comprometedor, más llevadero; el creador salta sin red consciente del suicidio que significa no pertenecer al selecto grupo de los elegidos por el mercado para entretener a las gentes. Seguirá saltando sin red, hasta que un día, en uno de esos saltos, se eleve y vuele por encima de todo lo sufrido, mientras sus obras se mecen en la eternidad junto a los grandes creadores de la historia. 

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sábado, 14 de diciembre de 2013

POEMAS DE JUVENTUD - Selección de poemas del libro “EL MAR, TÚ Y YO” – de Julio Mariñas – II




EL POETA FIEL DEL DESCONSUELO


Yo no quiero ser cárcel de tu alma,
ni trampa que aprisione el libre vuelo
de juventud que irradia tu hermosura.

Soy sólo el poeta fiel del desconsuelo
que eternamente vierte con su pluma
la cruel y triste voz que clama al cielo.

Más siempre sufriré esta condena;
y el día que me falte tu mirada
y se agote el papel de poesía,
lo que yo siento escribiré en la arena,
 cuando la noche amarga cubra al día.


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viernes, 13 de diciembre de 2013

POEMAS DE JUVENTUD - Selección de poemas del libro “EL MAR, TÚ Y YO” – de Julio Mariñas – I



Ya no sé cómo ha caído el día
mientras el mar refleja nuestros sueños;
en la playa, solos y tan pequeños,
olvidando todo aquello que me hería.

Te contemplo tan tierna y hechizante
que cautivas todos mis sentimientos.
Quiero hacer siempre eternos los momentos
que pases junto a mí, estrella errante.

Y alzarnos entre las verdes olas
con las manos asidas fuertemente;
olvidados del tiempo y de la gente,
para escuchar cantar las caracolas.


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miércoles, 4 de diciembre de 2013

DE VIAJES Y LUGARES SENTIDOS - II - GALICIA Y EL MAR

    He tenido el privilegio de nacer en un lugar bañado por el mar. Las aguas que besan las costas de mi tierra gallega son como un espejo en el que se refleja el alma de esta tierra marinera. El mar es como un caleidoscopio. Ante su contemplación, el pensamiento puede fundirse con las aguas hasta alcanzar las más altas cotas de reflexión o de emotividad. Porque en el fluir constante de ese mar subyace todo un mundo de historias fascinantes, hermosas, nostálgicas, dramáticas, desgarradoras. Solamente aquellos que hemos crecido sumergiendo nuestros cuerpos en las frías aguas que besan las quebradas costas de Galicia, sabemos de esos misterios. En los días de temporal brama el mar, y no existe sonido comparable a ese rugir de espuma y sal. El corazón se expande cuando el viento del Norte golpea el rostro y los ojos se humedecen evocando pasiones y desencuentros. En los cálidos atardeceres, cuando el sol muere lentamente en el horizonte difuminando su manto de luz sobre las aguas calmas, regresan al pensamiento los tiempos de pasados esplendores, de adioses lejanos perdidos para siempre en la línea mortal del horizonte abrasado por el rojizo cielo que diluye su vigor pausado ante las aguas. Los que hemos nacido junto al mar, sabemos que, si nos sentamos en las rocas cuando las olas nos ofrecen su danza mágica, acabaremos por oír los lejanos cantos de sirenas, el gutural coro de caracolas surgido de los fondos marinos. Las costas gallegas guardan en sus aguas todas aquellas lágrimas de los que un día partieron en busca de nuevos horizontes soñando con volver. El mar que baña Galicia es una prolongación de nosotros, los que hemos crecido al abrigo de sus calmas y de sus tempestades.


DE VIAJES Y LUGARES SENTIDOS - I - VIGO Y EL MAR

    Navegué las aguas de tu Ría, de Vigo a San Simón, Pomtesampaio, Cangas, Moaña, Las Islas Cíes. Era un niño que vio elevarse los pilares del Puente de Rande desde el mar. Contemplé como las dunas que eran el paso entre el bosque de pinos y la playa de Samil desaparecían. Y en Vigo fueron cerrando cada vez más al mar los pocos lugares donde aún se podía reconocer en ella una ciudad costera. Hoy, la ciudad en la que nací es una metrópolis cuyos habitantes apenas pueden ver las aguas que bañan sus costas y mucho menos tocarlas. El noventa y mucho por ciento de la costa que besa la ciudad es un inmenso almacén que no pertenece a los vigueses. Si Vigo hubiese crecido hacia el interior, respetando su costa, probablemente hoy sería la ciudad más bella del mundo. Hace veinte años que escribí un artículo titulado “Vigo, la bella dama herida de muerte”. Hoy, después de dos décadas de aquellas letras, la herida mortal sigue supurando cada vez más. Del Vigo de mi infancia ya sólo quedan los atardeceres en que el sol sigue muriendo en el horizonte en un sinfín de colores, mientras el rumor de las aguas acaricia los recuerdos.


VARIACIONES SOBRE UN TEMA - EL DESTINO Y LOS SUEÑOS - VARIACIÓN Nº 3

    Cuando el barco cansado se deja arrastrar por el ritmo del mar y sus misterios, de pie, en la proa, mi vista se pierde en la lejanía, mientras dejo que el viento del Norte abrase mi rostro. Busco una vez más donde la soledad se llena con todo lo vivido, con lo que tanto he amado; y escucho sin perder la razón, los cantos de sirenas, la eterna melodía de los que vagan sin rumbo por los mares. No hay respuestas. Tampoco preguntas. Sólo sentir y seguir soñando.


VARIACIONES SOBRE UN TEMA - EL DESTINO Y LOS SUEÑOS - VARIACIÓN Nº 2

    Te busqué en mis recuerdos. Y después me busqué en nosotros cuando aún éramos. Hasta que acabé buscando la sombra de nuestros cuerpos en la arena, en las aguas, en la lejana Isla Perdida que no figura en ningún mapa. Después de mil naufragios, aún sigo navegando, con la esperanza de encontrar aquel que fui cuando la vida brindaba el dulce canto de las horas sin dueño.


martes, 3 de diciembre de 2013

VARIACIONES SOBRE UN TEMA - EL DESTINO Y LOS SUEÑOS - VARIACIÓN Nº 1

    Poder atrapar los momentos. Impedir que el viento los lleve lejos hasta que acaben convirtiéndose en un recuerdo difuso en nuestra memoria. 
    ¿Existe ese lugar donde es posible encontrar de nuevo aquello que era lo más parecido a la felicidad? 
    Somos esclavos de nuestros sueños. Perseguimos quimeras. Es el único privilegio que nadie puede arrebatarnos.




LA ISLA PERDIDA
Letra, música y orquestación de Julio Mariñas

Una gaviota celosa
Surca las aguas del mar,
Lleva en su vuelo una pena
Y no la puede olvidar.

En la proa un viejo marino
Siempre la mira pasar,
Piensa en los tiempos hermosos
Y se humedece su mirar.

¡Cuantas ilusiones se llevó la mar!
¡Crujen las cuadernas! ¡Arrecia el temporal!
Y el viejo barco sobre el ancho mar
Va trazando estelas que se pierden ya.

Hay un Isla Perdida,
Está en el medio del mar;
Donde van los que no vuelven,
Donde el vivo nunca va.

El marinero sereno
Pone proa a ese lugar,
A estribor lleva las penas
Y a babor la soledad.

¡Cuantas ilusiones se llevó la mar!
¡Crujen las cuadernas! ¡Arrecia el temporal!
Y el viejo barco sobre el ancho mar

Va trazando estelas que se pierden ya.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

ÉTICA, MORAL Y OTROS VALORES - UN CÓDIGO DE HONOR - PROFESIONALES Y AFICIONADOS (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XXII)

    Desde que Bob Dylan cantó por primera vez The times they are a changin, hace ya unas cuantas décadas, la profética canción no ha dejado de cumplirse, porque los tiempos han ido cambiando de forma vertiginosa. La otra mítica canción es de Enrique Santos Discépolo, el tango Cambalache, y nos habló del malvado siglo XX. Pero, después de todo aquello, hemos entrado en el siglo XXI con muy poco aprendido y sumidos en un marasmo de bruscos cambios tecnológicos que comienzan a sobrepasar al vulgar mortal y sólo favorecen a unos cuantos que son lo bastante vanidosos como para, sólo por su propio bienestar, arruinar a una nación, una coalición de países o todo un sistema mundial de relativo bienestar. Pero, todo eso, al correr del tiempo, acabaría siendo una mera mancha en la ya de por si sucia historia de la humanidad, sino fuese porque va acompañado de una pérdida total de los valores. A la vista del panorama que se abre ante mis ojos, no puedo por menos que pensar que, un elevado porcentaje de la población mundial, piensa que la ÉTICA es el nombre de una vecina anciana que vive en el edificio de al lado. Por otra parte, es posible que muchos comiencen a pensar que MORAL es una marca de algún cosmético de última salida al mercado. En lo que respecta a VALORES, se entiende, única y exclusivamente, como beneficios de mercado. Así las cosas, mientras nos llenan la cabeza de pájaros sin alas y de sueños sin paraísos, las nuevas generaciones van creciendo bajo el manto infecto de ideologías carentes del más mínimo código de honor; porque la inmensa mayoría de la gente sigue ciega y no se resigna a entender que, ciertos movimientos y ciertas ideologías tenían su razón de ser en un contexto histórico y una situación determinada –probablemente con gran acierto unas y desacierto otras-, pero, en pleno siglo XXI, la inmensa mayoría de los movimientos de los siglos anteriores carecen de credibilidad y fuerza para cambiar las cosas. Sin embargo, seguimos anclados en las mismas historias, con la salvedad de que ya no es sólo que “El dinero pueda comprarlo todo”; es que “Sin dinero no podéis tener nada”. Ese es al final el mensaje subliminal que va implícito en cada discurso, en cada nueva norma, en cada corriente social propiciada por los que manejan los hilos. Bajo la consigna de “Todo es política”, bulle un nido de gusanos que se alimentan del cadáver putrefacto de lo que en algún tiempo fue el ser humano. Porque “ser humano” se ha convertido en querer a los animalitos y a las flores -que está muy bien y es muy loable- aunque para ello tengas que odiar a un elevado número de tus congéneres. Ser humano es amar a la naturaleza, mientras tus vecinos se mueren de hambre. Y las bocas se llenan diciendo: “Quiero un mundo justo y hermoso”. Pero, el que no piense como yo o me lleve la contraria, será para mí un ser execrable al que tendré derecho a juzgar y ejecutar verbalmente en la plaza pública. Este es el mundo que nos han ido brindando para que nos creyésemos sabedores de algo, líderes y emprendedores. Un mundo tan superficial y arbitrario que hace de cada individuo un juez de los semejantes a los que apenas conoce, o de los que no sienten o piensan como él. Al tiempo que lo hace también víctima de estos mismo individuos. Antes existían delincuentes profesionales que tenían un código de honor, que se ceñían a unas reglas inamovibles. Soy un ladrón, pero no un asesino. Te robaré, pero no peligrará tu integridad física. Hoy, cualquier aprendiz puede quitar la vida a un semejante por el mero deleite de matar o un simple afán de ser portada en los medios de comunicación o protagonista de una miniserie televisiva. Hoy, si eso, te voy matando, y después ya veo si tienes dinero o no. El mundo se ha convertido en un lugar inseguro, donde casi nadie es quien dice ser. A pesar de la consigna “¡Que globales somos!”, el “yo” predomina por encima del “nosotros”. La obra de un artista puede dormir en la sombra mientras este pasa hambre, y sin embargo, cualquier descerebrado puede forrarse colgando un video de unos segundos en la red. Tal vez sea verdad que la ÉTICA se ha convertido en una señora anciana que es un mero elemento decorativo. Tal vez la MORAL se corresponda a una marca de algo último modelo. Es posible que lo único que valga sean esos VALORES mercantiles. ¿Y después? ¿Hasta dónde? ¿Puede el ser humano vivir sin sueños ni ilusiones? ¿La vida tiene tan poco valor como para que, esos mismos que tanto la defienden, pisoteen los más elementales derechos humanos? Demasiadas preguntas. Cuando vivimos en una sociedad en la que los dirigentes políticos y “terratenientes” son la principal imagen en los medios de comunicación y acaparan informativos y tertulias; poco más hay que decir. Recuerdo un tiempo en que las tertulias hablaban de literatura, de cine y cosas de ese tipo y, de vez en cuando, de política. Recuerdo un tiempo donde la ficción era un bálsamo para vivir, y no nos estaban escupiendo en la cara cada día una realidad más amarga. Recuerdo un tiempo en que los malos daban la cara y no se escondían tras un muro llamado democracia. Por lo menos sabíamos a qué atenernos. Hoy no sabemos quién es quién. Todo se ha adulterado y confundido en un cúmulo de informaciones entrelazadas, a cada cual más esperpéntica. Antes en las guerras había treguas, los rivales se enfrentaban en duelo al amanecer, y no en los tribunales, enviando a otros para batirse por ellos. Antes callaban tus palabras a fuerza de represión. Hoy te dicen que eres libre; pero hablas y hablas en un batiburrillo de infinitas informaciones, por lo que tu mensaje queda ahogado en un mundo de cosas superfluas y efectistas. Las cosas empezaron con frases como “Yo no tengo nada contra los homosexuales. Tengo muchos amigos y compañeros gays”. Cuando la escuchaba, siempre pensaba. ¡Cuánto sabe la gente de la vida íntima de sus amigos y compañeros! A mí jamás me ha preocupado la condición sexual de mis amigos o compañeros. De hecho, carezco de información suficiente sobre sus intimidades, a no ser que haya compartido algo íntimo con ellos, para saber lo que son. Si es que en el sexo hay que ser algo. Al igual que tampoco doy explicaciones sobre mí vida íntima, tampoco las reclamo. En principio, creo que sería deseable empezar siendo bisexual, y después, ya veremos. El encasillamiento sexual fue el primer signo de que, aunque muchos pensaron que abría puertas de libertad, algo estaba empezando a resultar extraño. Otra de las frases con la que empezó la cosa fue: “Un hombre de color ha resultado…” ¿Un hombre de color? Por aquel entonces pensaba al oírlo que, desconocía que yo no tuviese color. Es decir, que fuese un hombre descolorido. Sentado a la mesa, comiendo con algún músico de otras latitudes, y hablando de este tema, me decía: ¡Pero qué coño es eso de “de color”! ¡Yo soy negro!
     Esas frases sobre la condición sexual de la persona o el color de su piel, comenzaron a instaurar lo políticamente correcto. Después, había y hay una muy interesante que es: “Cualquier tipo de extremismo es malo”. Entonces, comenzó una progresión de las clases políticas hacia un centro –que nadie sabía ni aún se sabe dónde está- de tal modo que, supuestamente, los de ideas severas en sus formas se suavizaron y los revolucionarios se suavizaron también. Craso error. Mi extremismo será malo, en el caso de que yo sea en algún aspecto extremista, siempre y cuando lo quiera imponer a los demás por la fuerza. Pero, tener ideas definidas y situarse en un lugar, no implica ser demoníaco ni perverso. Después vino la frase definitiva: “Todos tenemos derechos, pero también obligaciones”. Bajo esa consigna, acabamos teniendo un noventa y nueve por ciento de obligaciones, y un uno por ciento de derechos. No me den ustedes tantos derechos, que ya los tengo por el hecho de ser humano como ustedes, y dejen de aplastarme con tantas obligaciones. Así, vivimos unos años masajeados en el aceite de la hipocresía, en un mundo donde todos éramos estupendos, porque la sexualidad era dulce, las pieles tenían colores suaves, la política era un jardín de rosas muy centralizado y los derechos y obligaciones vivían en una supuesta armonía.
    Pero todo era mentira. Porque la sexualidad suele ser salvaje, los seres humanos tenemos infinitos colores de piel, la política es un nido de avispas y vivimos bajo la opresión de mil obligaciones impuestas en pos del bienestar.

Los tiempos siguen cambiando; pero ¿nosotros? ¿Qué ha sido de nosotros?


lunes, 25 de noviembre de 2013

EL PADRINO - DE LO PROFUNDO DEL ALMA HUMANA (UNA VIDA DE CINE - IV)

    Un primer plano nos muestra un anciano con el rostro surcado de infinitas arruga, cabizbajo; no vemos su mirada. Esa mirada que en otro tiempo tanto aterró a sus rivales y también a los seres más cercarnos. Se pone las gafas de sol. La claridad del día soleado le molesta. Después, un plano general en el que encontramos en la parte izquierda de la pantalla al anciano sentado en una silla en el patio de su casa. La cámara está fija. En el centro un pozo que parece contener toda la vida del hombre, con sus terrores más profundos, sus sentimientos más íntimos. De repente, como una marioneta a la que han soltado los hilos, a Michael Corleone le cae una fruta de la mano y se desploma de forma tosca y poco elegante, en una muerte seca y solitaria, nada épica y, me atrevería a decir, poco cinematográfica por ser más cercana a la realidad que a la ficción. Sin histrionismos, ni grandes piruetas de dirección, Coppola consigue uno de los finales más impactantes de la historia del cine; comparable a Los cuatrocientos golpes de Truffaut y unos cuantos más. Tampoco hay muchos finales que nos dejen con esa sensación de desasosiego e inviten a meditar sobre nuestra propia existencia y las consecuencias de nuestros actos. Con la muerte de un anciano finaliza la tercera y última parte de la saga de El Padrino dirigida por Francis Ford Coppola. Pero hay que remontarse más de seis horas atrás para comprender esta muerte tan insulsa, tan poco ortodoxa y, a la vez, tan realista. Regresar al momento en que el padre del mencionado anciano celebra la boda de su hija Connie, interpretada por Talia Shire, hermana de Coppola. Porque, para Victor Corleone, la familia es lo más importante. Analizar en profundidad una de las más grandes epopeyas de la historia del cine sería labor ingente. Pero, si es posible, en algunas pinceladas, dar cuenta del gran acierto que Coppola tuvo en la realización de este film. De la primera película de El Padrino se ha dicho en diversas ocasiones que supuso para su director un esfuerzo y muchos quebraderos de cabeza. Pero no nos olvidemos que en otras obras maestras del cine, como Casablanca, también se han dado infinidad de dificultades que, en ocasiones, incluso han favorecido a consolidar el resultado final de las películas tal y como hoy las conocemos. Los orígenes de El Padrino se remontan a cuando Victor Corleone es un niño que ve en su Sicilia natal como matan a sus padres y hermano. Huye entonces en busca del sueño americano. Allí, en un barrio de emigrantes será un trabajador más. Pero con unas acentuadas cualidades imprescindibles en la vida, que lo diferencian de los demás; observa, aprende y reflexiona. Hasta que, sin quererlo, las circunstancias injustas lo llevan a adoptar ciertas medidas que lo convertirán en lo que posteriormente será el Padrino. En los flash back intercalados en El Padrino II, podemos observar la historia de la transformación de Victor Corleone a través de un joven Robert de Niro extraordinario y contenido. Pero es el gigante de la interpretación Marlon Brando, quien, envuelto en la  semioscuridad de la fotografía de Gordon Willis, es capaz de transmitirnos todo el poder de un hombre seguro de si mismo, sereno, meditabundo. Es la imagen del gran patriarca que abraza bajo su halo a su familia y también a todo el negocio de sus paisanos italianos. Fiel a sus principios y a “los suyos”. Quien se la hace, la paga. Es todo un código de honor el que define la figura de Victor Corleone. Si bien es también el último gran dinosaurio de una estirpe que comienza su declive. De hecho será, el no querer entrar en el negocio de la droga, lo que le traiga funestas consecuencias; hasta el punto de ser acribillado cuando está junto a un puesto de fruta en una escena rodada con gran maestría. 

MARLON BRANDO ES VICTOR CORLEONE EN EL PADRINO



   Tenia 32 años Coppola cuando en 1972 dirigió El Padrino. Además de la genialidad del director y algunos de sus actores, hay dos elementos que dotan a la película de un halo personal que la ha encumbrado a las más altas cotas de la historia del cine. Una es la fotografía del operario jefe Gordon Willis antes mencionado –que ha trabajado entre otros grandes directores con W. Allen en diversas ocasiones- con sus tonalidades amarillentas como de vieja fotografía ajada por la nostalgia del paso del tiempo. Otro de los elementos es la evocadora música de Nino Rota que, con su melancólico vals, nos envuelve en una atmósfera que hace más profunda la visión del film. Fotografía y música, dos elementos tan esenciales en el cine que han sido claves en el caso de El Padrino. En el plano psicológico, Coppola nos muestra, a través de los hijos de Victor Corleone, tres tipos de hombres muy definidos y con claras diferencias entre si. El hermano mayor, Sonny, interpretado por James Caan, se nos presenta como un personaje franco, sin dobleces, enérgico e impetuoso. Ese ímpetu le llevará a una muerte trágica, al más puro estilo Bonny and Clyde de Arthur Penn. El siguiente hermano, Fredo, interpretado por John Cazale, es un cobarde vividor, ajeno a cualquier principio moral. El más joven de los hermanos, Michael, interpretado por Al Pacino, es el más frío y calculador. “Es mi familia, no soy yo”, dice a su novia Kay Adams, interpretada por  Diane Keaton. Y sin embargo, a la muerte de su padre y hermano mayor, acabará haciéndose cargo de la familia; esa que en un principio le parecía ajena es los aspectos más truculentos. Un cuarto hermano, hijo adoptivo de Victor Corleone, interpretado por Robert Duvall, será el asesor en los negocios del patriarca, y enfrentará las situaciones desde un punto de vista bastante indiferente y sereno. En el inicio de la primera película de El Padrino, ese contraste entre la fiesta que tiene lugar en los exteriores de la casa y la sobriedad del despacho de Victor Corleone, ya nos empieza dando pistas del drama profundo que late dentro de la obra. La película se cierra con otra celebración, el bautizo del hijo de Connie. Pero, en este caso, el contraste es si cabe mucho mayor, porque,  mientras se oficia la ceremonia, los jefes de las familias rivales son asesinados por orden de Michael Corleone, en una escalada de violencia que incluye la muerte de su cuñado. Acontecimientos que acabarán pasándole factura. La sed de venganza del hijo menor de Victor y el afán de poder y control, empiezan a manifestarse. En contraposición a su padre, un hombre humilde hecho a sí mismo; Michael es un déspota que quiere controlarlo todo. Pero tiene en su contra el mayor enemigo que un ser humano puede atesorar, el miedo. Un miedo que le lleva a ser inseguro; una inseguridad que acabará haciendo que sólo se mire el ombligo y, en contraposición a su padre, termine perdiendo a su familia. La orden de asesinar a su hermano Fredo es la acción más definitoria. Muerte que le perseguirá toda su vida. Al Pacino, que tuvo que sufrir el desprecio del productor, construye un personaje  que refleja lo que iba a ser su trayectoria profesional como actor. Coppola por su parte, amenazado con ser despedido, cuestionado en la elección de actores, rodando con dos cámaras, improvisando a la hora de la comida la muerte de Victor Corleone mientras juega con su nieto, se dice que incluso llorando sentado en una tumba durante el rodaje del entierro del patriarca porque no puede rodar y montar la película como el quiere; nos da una prueba de tenacidad. Así, cada escena es rodada como si fuese la última, lo que nos muestra una concepción del séptimo arte innovadora en su estructura y montaje para la época, adquiriendo la película una categoría cinematográfica magistral. 


AL PACINO ES MICHAEL CORLEONE EN EL PADRINO


    En 1974, ya con total libertad y el presupuesto duplicado (11 millones de dólares) Coppola rueda el descenso a los infiernos de Michael Corleone, alternándolo en perfecta analepsis con la antes mencionada consolidación en el pasado de su padre Victor como el Padrino. Pero Victor es un hombre que, por su inteligencia y capacidad de adaptación, a su llegada a América se va haciendo a si mismo, también ayudado por el azar que le lleva a impartir justicia matando a un extorsionador que tiene bajo su dominio al barrio.       Mientras, en el presente, Michael es un personaje totalmente diferente a su padre. Michael lo tenía todo, estudios y una carrera militar brillante. Pero el destino hará que salga lo peor de alma humana que yacía escondido en él. Ahora que es el nuevo patriarca, en su torre de marfil se va deshaciendo de enemigos y amigos sin distinción; buscando una seguridad y una calma que nada ni nadie le puede dar, porque los monstruos que lo atormentan subyacen en su interior. Se traslada de Nueva York a Nevada y vive en una gran casa fortificada, perdiendo todo contacto con la realidad y acosado cada vez más por los fantasmas de su pasado y presente. En esta segunda entrega, entra en escena el tema, tan de actualidad, como es la corrupción política y sus relaciones con lo oscuro de la delincuencia. Desaparece lo sagrado que hacia de la mafia una forma de entender los negocios y de El Padrino un hombre intocable. El detonante de la desintegración familiar es el atentado que Michael sufre en su propia casa, en el que casi esta apunto de ser acribillado junto a su mujer. El otro gran momento que marcará los acontecimientos posteriores es el beso de Judas que Michael da a su hermano Fredo antes de dar orden de que sea asesinado.  
    Tendrán que pasar más de tres lustros para que salga a la luz la tercera parte de El Padrino. Parece ser que Coppola tenía intención de tratar el enfrentamiento de Michael con su hermano, el hijo adoptivo de Victor; pero no fue posible porque se dice que Robert Duvall pidió el mismo salario que Al Pacino. Por lo que ese personaje desaparece en esta última entrega, y todo se centra mucho más en la figura de un Michael Corleone prematuramente avejentado y torturado por el pasado, que pretende redimirse siendo bendecido por las altas instancias religiosas e intentando su concesión al comercio legal. Pero son intentos vanos, ya que la película nos descubre que la corrupción afecta a las más altas esferas. Todo está sucio. Quiere saldar cuentas con sus socios, pero, es tal el alto grado de traición e intereses entre sus antiguos cómplices y los banqueros suizos, que se ve incapaz. Ya sólo le quedan su hermana Connie y su hija Sofia. Un nuevo personaje, Vincent, interpretado por Andy Garcia , hijo de su hermano Sonny, parece garantizar la sucesión. Un actor bien elegido para el papel, ya que nos recuerda en su rostro a su tío Michael de joven, pero tiene el temperamento de su padre Sonny. Sin embargo, el mundo ha cambiado. El honor, los códigos éticos más o menos discutibles de la antigua mafia, son vistos como una cosa del pasado. Todo vale en un mundo podrido por la ambición y el poder. Y es Mary, la hija de Michael interpretada por Sofia Coppola, el ojo derecho de su padre, quien muere por los pecados de este. En un final apoteósico, la familia se reúne para ver actuar al hijo de Michael que es cantante de ópera. Con la música de fondo de Cavalleria Rusticana de Pietro Mascagni, se suceden los acontecimientos. En un montaje nuevamente magistral, vemos como los que han traicionado a Michael caen asesinados; pero, al mismo tiempo, en el teatro de la ópera se masca la tragedia porque han contratado un sicario para acabar con la vida de Michael Corleone. Lo cierto es que, en la monumental escalinata que se abre a la entrada del teatro, Mary, la hija de Michael, pierde la vida delante de toda la familia por una bala que iba destinada a él. Todo ha cambiado. El mundo de la corrupción y las intrigas ha alcanzado un grado de sofisticación donde el honor y la palabra de un hombre no tienen valor. Esta última entrega de El Padrino es la apertura de telón a todo lo que hemos visto y estamos viviendo posteriormente. Antes, el mundo de la corrupción nos era mucho más ajeno, porque no teníamos las vías de información necesarias para llegar a él. Hoy podemos constatar que, lo que Coppola nos muestra en El Padrino III no está nada alejado de la realidad. Así, volvemos al punto donde empezó este artículo. Un anciano solo en una silla. Con unos cachorros de perro a su alrededor, expira su último aliento víctima de su propia codicia y sintiendo que se ha alejado de todo aquello que su padre Victor Corleone consiguió con la única arma de la inteligencia.


ROBERT DE NIRO ES VICTOR CORLEONE DE JOVEN EN EL PADRINO


    ¿Por qué nos impacta tanto este final? ¿Por qué nos invita a la reflexión? Creo que en el fondo, porque en nuestra dualidad como seres humanos, no estamos libres de, llevados por las circunstancias, convertirnos en indeseables. Porque la película nos está diciendo que, tarde o temprano, nuestras acciones, de un modo u otro, nos pasan factura y, ante la muerte, estamos solos con nosotros mismos.
        El humano busca la multitud para ahogar su propio drama existencial. Desde los albores de la humanidad, las sociedades se han cubierto por una inmensa capa festiva donde el bullicio hace olvidar por unos instantes que la única realidad es que, al vencer los días, estamos solos ante nuestros fantasmas. El haber vuelto a ver la trilogía de El Padrino de Francis Ford Coppola me ha hecho meditar sobre la naturaleza de los seres humanos. La trayectoria a lo largo de tres generaciones de la familia Corleone se ha mostrado ante mis ojos de un modo muy diferente al de hace años. Las tres películas –que no dejan de ser una sola película dividida en tres partes- trazan todo un estudio psicológico de una familia de emigrantes sicilianos que son llevados por el Sueño Americano hasta las más altas cotas de crueldad. Habría infinidad de aspectos que comentar sobre la obra de Coppola inspirada en la novela de Mario Puzo –autor que trabajo con el director en el guión-, pero en estas líneas me interesa recalcar esa comparación que considero pertinente para entender la existencia llevada a los extremos más duros y crueles. El Padrino Victor Corleone, interpretado por en inconmensurable e inimitable Marlon Brando en su madurez y por un joven Robert de Niro que ya apuntaba maneras en su juventud, es el resultado de un niño que vio como en su Sicilia natal asesinaban a su familia y tuvo que emigrar en las primeras décadas del siglo XX en busca de una nueva vida. La necesidad, en el barrio donde sobrevivió y formó una familia, mientras observaba como las gentes vivían oprimidas por el yugo de unos cuantos delincuentes, le llevó sin pretenderlo a impartir justicia de un modo violento y convertirse en lo que después sería para todos el Padrino. Se hizo a si mismo. En el caso de su hijo, Michael, interpretado por Al Pacino en uno de sus más complicados trabajos, es también el azar el que le lleva, asesinado su hermano mayor, a convertirse en Padrino a la muerte de su padre. Pero Michael Corleone parte de una venganza. Sus manos están manchadas de sangre de un modo muy diferente al que le ocurrió a su padre (Aunque huelga decir que la violencia nunca está justificada) Así, el nuevo Padrino se ve ocupando el puesto de su padre de un modo fortuito. Pasa de ser un estudiante modelo y militar condecorado, a ser un asesino y el jefe absoluto. Pero, a diferencia de su padre, Victor Corleone, Michael vivirá siempre con miedo y siempre arrepentido por las decisiones que su miedo le lleva a tomar.  Toda la trilogía puede conducir a una profunda reflexión. Quizá la más importante es que, conseguir el respeto de la gente no debe hacerse jamás por el camino del miedo. Se tiende a pensar que la gente con mucho miedo es cobarde e inofensiva. Pero, en muchos casos, es un pensamiento errado. El miedo hace a los seres humanos violentos. El perro muerde cuando se siente amenazado. La violencia no es justificable en ningún caso, ni física ni psicológica. Pero, si tiene que suceder, que los códigos empleados no dependan de un cobarde lunático enfermizo, como ha ocurrido en diversas ocasiones en la historia de la humanidad. Francis Ford Coppola nos ha dejado con la trilogía de El Padrino, una obra cinematográfica llena de matices; que abarca desde el concepto de familia, pasando por el de la amistad, por el del ser humano frente a la sociedad y su entorno. Y nos ha hablado de la importancia del respeto a la palabra dada y el honor de las personas. Cosas tan en desuso hoy en día. El ser humano que se manifiesta como es, puede resultarnos despreciable o maravilloso; pero no nos está engañando. Mientras, el que esconde su verdadera naturaleza bajo la máscara de la hipocresía, ese si es un individuo peligroso.
    Para la historia del cine, queda El Padrino; la obra de un entonces joven Coppola que luchó por crear una pintura fílmica que, aunque nos pueda parecer muy ajena a nuestras vidas, nuestros círculos y nuestras familias; no lo es tanto. Por suerte o por desgracia, la grandeza de una vida se mide más por como uno afronta su destino, que por la cantidad de gentes que nos dicen lo maravillosos o patéticos que somos. Porque, al final, cuando caen los días, solos con nuestra conciencia rendimos cuentas ante nosotros mismos. La soledad es la playa en la cual, más tarde o más temprano, tendremos que varar nuestra nave y hacer recuento de lo que ha sido nuestro periplo por la vida. Una playa que nunca nos permitirá volver a zarpar.

FRANCIS FORD COPPOLA CON ALGUNOS DE LOS ACTORES DE EL PADRINO


lunes, 18 de noviembre de 2013

LA RABIA (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XXI)

    Antes de la invención de la vacuna, la rabia era una terrible enfermedad, en ocasiones asociada a posesiones diabólicas y demás misterios. Prácticamente, con los años y los avances médicos, fue erradicada en los países “civilizados”. Pero, hoy, ahora, en pleno siglo XXI, la rabia ha vuelto a extenderse como una plaga. Pero no aquella rabia de visibles síntomas, sino una rabia muy diferente. Es la rabia que genera la impotencia de los pueblos que se sienten oprimidos, engañados, tratados como imbéciles. Hay una rabia latente en los ciudadanos. En algún tiempo, cuando lo políticamente correcto no existía tal y como lo conocemos, los regímenes totalitarios de uno y otro signo se movían a sus anchas. Así, las más extremas ideologías imponían su ley y oprimían al pueblo sin esconderse. Pero ahora no. Estamos asistiendo, sin darnos cuenta o sin querer darnos cuenta, a la consolidación de una sociedad basada en la mentira. Antes nos miraban con seriedad y autoritarismo. Ahora nos miran con una sonrisa y diciéndonos dulces palabras vacías de contenido. Pero nos siguen fastidiando igual. Esto es una democracia. El obrero sigue explotado, pero, eso sí, en vez de con la amenaza del calabozo, con una sonrisa. La estructura social ha llegado a unos grados de estupidez tan impensables e inverosímiles como los de “fumar es muy malo y te mata”; pero nosotros permitimos que se venda eso que te mata y vas a fumar a tu… casa. Eso sí; puedes respirar todo el aire contaminado que quieras, que nuestras industrias seguirán envenenando la atmósfera, ríos y mares. A la hora de conducir, las prohibiciones son cada día más descarriadas. No puede usted tomarse una copa porque es muy malo; pero las carreteras pueden estar llenas de socavones, deficientemente señalizadas y mal peraltadas, que eso no provoca accidentes. Esto es una democracia. Usted es libre. Pero cuando exprese su opinión, hágalo por los cauces legales; es decir, en su casa. Porque el ciudadano de a pie no tiene ninguna posibilidad de subir a la tribuna y decir lo que piensa y que adquiera cierta relevancia a nivel social, como hacen día tras día los gobernantes de este mundo de hipocresía y falacia. Como nos enseñaron que la democracia es el mal menor; resulta que tenemos que aguantar lo que no echen porque somos muy democráticos. A veces me parece estar viviendo una pesadilla. Si fuese político –cosa que jamás llevaría a cabo- no me atrevería ni a esbozar una mínima sonrisa ante el panorama patético y obsceno que estamos viviendo. He acabado pensando que la única diferencia entre una dictadura y una democracia es que, en la primera te decían “esto es así y se acabó”; y en la segunda te dicen “el poder lo tiene el pueblo”, mientras se ríen del pueblo y siguen haciendo lo que les da la gana. Es decir, manda el pueblo, pero el pueblo hará lo que nosotros queramos. Qué triste. Hubo un tiempo en que aún existían utopías. Hubo un tiempo en que creímos ser libres. Tal vez lo soñé. Ahora sólo queda la rabia. Cuando oigo “La ley está para cumplirse”, y veo la gente sin techo con el consiguiente incumplimiento de los artículos de la constitución y los derechos humanos. Cuando oigo “Todos somos iguales ante la ley”; y veo que los que tienen viven a costa de los currantes, vulnerando los respectivos artículos de la leyes básicas que nos hemos dado. En fin, para qué seguir. Sólo rabia se puede sentir. Una rabia para la cual la única vacuna sería erradicar la vanidad, la soberbia de un sistema envilecido y envanecido, que se regocija en su propia prepotencia, aplastando como siempre al pueblo, que tan solo anhela vivir en paz.


viernes, 15 de noviembre de 2013

EL NIÑO QUE SOÑABA CON EL CINE (UNA VIDA DE CINE - III)

    Cuando era niño, en la ciudad de Vigo había más de diez salas de cine. En el barrio del Calvario eran dos, el Avenida y el Palermo, donde pasé gran parte de las horas en mis años de infancia Hace mucho tiempo que la mayoría de los cines de Vigo echaron el cierre. La primera vez que recuerdo haber entrado a un cine, fue con mi madre y tendría alrededor de ocho años. Entonces, eran programas dobles de sesión continua. Lo que, en los dos cines antes mencionados, quería decir que podías ver dos películas y, si te habían gustado, quedarte y repetir el visionado. Todo un lujo para un niño de barrio como era yo. Porque el cine significaba entonces muchas cosas. De aquella primera vez que tengo recuerdo, sólo ha prevalecido en mi mente una de las películas que vi. Era Los crímenes del museo de cera. Probablemente no muy acta para un niño de ocho años. La cara desfigurada del actor Vincent Price entre las sombras, me lleno de terror y fascinación a la vez. Comprendí desde ese instante que todos mis esfuerzos irían encaminados a ver el mayor número de películas posibles. Era un privilegiado que tenía dos cines a escasos cien metros de casa. En una época en la que estábamos acostumbrados a la televisión en blanco y negro, la pantalla de cine plena de color era vida y fantasía. Recuerdo los primeros años de mi vida en tonalidades grises, salvo cuando me sentaba en aquellas butacas de madera, que hoy nos parecerían incómodas, y un mundo de color se abría ante mí. Hasta los grandes clásicos en blanco y negro parecían, y de hecho tenían muchos más matices y luminosidad que la triste pantalla del televisor. Aquellos cines tenían el suelo tapizado por cáscaras de pipas que iban crujiendo mientras el acomodador buscaba un lugar donde ubicarte en la oscuridad de la sala. La fritura de las películas era en ocasiones considerable, y ya formaba parte de la imagen. Mientras que eran frecuentes los apagones porque el proyector fallaba, con el consiguiente pataleo de los asistentes en la sala. Los cines no eran cómodos, las imágenes no tenían la pulcritud que en la actualidad atesoran, el ambiente estaba cargado; pero, todo eso se olvidaba en el momento que aparecían en la pantalla los actores y actrices plenos de magnetismo y carisma. Ir al cine era todo un ritual. Primero uno examinaba detenidamente los fotogramas que estaban en el porche de entrada. A veces durante mucho tiempo. En una ocasión recuerdo que no tenía dinero para entrar a ver las películas y me pasé toda la tarde observando los fotogramas -creo recordar que una era de Tarzán- hasta que el portero me invitó a largarme del umbral del cine si no iba a entrar. Afortunadamente, las más de las veces conseguía el dinero para poder acceder al interior. La taquilla del Palermo tenía cierta presencia, toda de madera. La del Avenida era un ventanuco de dimensiones muy pequeñas por el que sólo se escuchaba la voz y se veía la mano que cogía el dinero y entregaba la entrada. El interior del cine Avenida estaba jalonado a un lado y al otro por los carteles de cine de las películas. Si uno era puntual, podía ver la puerta abierta donde se hallaba el mágico proyector. La entrada del cine Palermo era estrecha en su inicio y a un lado estaba la sala, más pequeña que la del Avenida, pero sin embargo tenía fuera de ella un amplio espacio con paredes llenas de carteles de cine y al final el bar, entonces llamado ambigú, donde uno podía adquirir las chucherías necesarias para cada función. Después de la habitación de mi casa de infancia, el cine ha sido el lugar donde más veces he podido estar solo a la vez que acompañado por un mundo de sueños. Recuerdo fines de semana en que entraba y esperaba de pie a que alguien llegase al punto donde había comenzado a ver la película y dejase libre el asiento. En una de esas ocasiones, cantaba Lee Marvin la Estrella errante en la Leyenda de la ciudad sin nombre. Recuerdo días de semana en los que la sala estaba desierta o apenas ocupada por dos o tres personas. Recuerdo tipos peligrosos, al lado de los que, sabía, no era conveniente sentarse. Recuerdo jóvenes preciosas al lado de las que si aspiraba uno poder llegar a sentarse, a ser posible en la fila de los mancos. Contadas estas cosas hoy, parece que han pasado cientos de años. Pero no es así. Hace muy poco que el cine movía a cientos de personas y las salas se llenaban a rebosar. Ahora uno tiene el cine en el sillón de casa. Bueno, tiene las películas al alcance de la mano, pero no el cine. El cine, como lo conocimos los de mi generación –la última que vivió el auge de la salas de proyección- ya nunca volverá. Me considero afortunado por haber podido vivir esa magia inigualable. El tiempo en que uno se enfrentaba a la pantalla sin saber que iba a ver de repente a un gorila montado en un caballo y a Charlon Heston enjaulado como un animal por los simios. Hoy, cuando afrontamos una película, tenemos tal cantidad de información sobre ella, que el efecto sorpresa ha desaparecido. Si uno salta en la butaca puede ser por exceso de decibelios, no por haber sido sorprendido con algo nuevo. Como en las demás facetas del arte, hemos despojado al cine de sus misterios. Los making of rebelan todo el entramado y el proceso de las producciones. Para un amante del cine como yo, ha sido maravilloso poder ver todas esas cosas, Pero no puedo por menos que reconocer que la excesiva información ha terminado por ahogar al cinematógrafo. No necesité la primera vez que vi Casablanca o ¡Qué Bello es vivir! que nadie me explicase los mensajes que querían transmitir. La genialidad con que habían sido realizadas fue suficiente para mostrarlos, en algunos puntos de manera consciente y en otros de manera inconsciente. Pero en la actualidad todo ha cambiado. En muchos casos para bien. No digo que no. El cine seguirá vivo mientras las últimas generaciones que saboreamos todo lo antes mencionado estemos en la brecha. Pero ¿Después? ¿Podrá sobrevivir como tal? El primer paso para la desaparición del cine se dio cuando comenzaron a dejar de existir las salas como las anteriormente citadas que proyectaban películas de todos los géneros y todas las épocas. Después estaban los grandes cines de la ciudad que traían los estrenos. Pero los pequeños cines de barrio eran fundamentales para mantener la cultura cinematográfica. Es como si en la música, mal llamada clásica, sólo permaneciesen activas las grandes orquestas sinfónicas tocando a los autores contemporáneos, y desapareciesen las orquestas de cámara y otro tipo de formaciones que interpretan a los clásicos y hacen escuela y crean cantera. Esta es la verdadera realidad del porqué de la desaparición del cine como rito de ir a la sala y ver la película en la gran pantalla. En internet triunfan los videos de corta duración –si puede ser menos de un minuto mejor- y los niños y adolescentes ya nada saben en su inmensa mayoría de qué estoy hablando. Para ellos, pedirles que vean Ben Hur o Doctor Zhivago, es como pedirles que vayan a la ópera a escuchar a Wagner o a Verdi. Esta es la realidad. Omito en este último ejemplo el cine de autor, por considerar que en la mayoría de los casos se necesita cierta edad para entenderlo. Y esto no es ser nostálgico, ni mucho menos. Me encantan las nuevas tecnologías. Soy feliz pudiendo ver en mi televisor el cine de hoy y de ayer. Pero eso no me impide ser consciente de la realidad. Los amantes del cine hemos aceptado con resignación el cierre de los templos donde aprendimos a soñar, donde nos hicimos más libres, donde creímos poder alcanzar otros mundos fuera del habitual. Y eso es algo que no ha hecho ningún bien al futuro del séptimo arte. Con total impunidad en la ciudad de Vigo se cerraron, y en muchos casos hasta se echaron abajo, cines que eran como una segunda escuela. En estos instantes en que la cultura esta tan afectada por los problemas que genera el monstruo de la economía, y las escuelas y maestros sufren las carencias, es necesario recordar que la destrucción de los cines no fue una decisión puntual, sino un acto que se fue realizando paulatinamente hasta acabar con las emblemáticas salas. Vigo, la ciudad en la que nací, fue una bella dama llena de hermosas playas y paseos arbolados. Hoy es una ciudad que, en aras de la modernidad, ha destruido un sinfín de construcciones. Entre ellas, los cines que fueron nuestra segunda escuela. Para mí el cine siempre será una gran pantalla, una butaca, un sonido de proyector,  los sueños del niño que hay en mí.

LA MAGIA DEL CINE

jueves, 14 de noviembre de 2013

LOS SEÑORES FEUDALES DEL SIGLO XXI (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XX)

    Es lamentable, pero vivimos en un error permanente. El mismo lenguaje, que tanto ha dado al hombre y la creación, se ha convertido cada vez más en un arma de doble filo. En cuestiones de legalidad y justicia, esa suerte de jeroglífico en el que el lenguaje puede convertirse, nos ha llevado a las más altas cotas de necedad y despropósito. La ley, que en otro tiempo era tajante, cruda e incluso avasalladora con los pueblos (véase el Viejo Oeste) en la actualidad, en los países supuestamente civilizados, se ha convertido en una suerte de despropósito que, no sólo la mayoría de la veces conduce a sentencias injustas y degradantes para las víctimas; sino que además cuesta cantidades ingentes de dinero a las arcas del estado, que, por si queda alguien que no se ha enterado, somos todos. En lo que respecta a la aplicación de la ley, salvo el hecho de que es más lenta, más pomposa y más enrevesada; no ha variado mucho de aquella que en la Edad Media cortaba la mano o colgaba al hambriento que robaba una manzana, pero sin embargo concedía derecho y autoridad a los señores feudales para someter y torturar a los humildes pobladores. Pero, la diferencia más sustancial en todo esto, es que los señores feudales no se escondían bajo la máscara de la hipocresía. Vivían pomposamente en sus castillos y se paseaban con sus corceles haciendo ostentación de sus riquezas y poder. Es decir, se les veía venir. Sin embargo, los nuevos señores feudales del siglo XXI, no tienen nada que ver con aquellos sinceros malvados. Hoy no van a caballo, ni se los puede ver oteando el horizonte en la torre de homenaje de su castillo. Ahora están entre nosotros, nos cuentan que todo es muy democrático, que todos somos iguales ante la ley y el estado, que tenemos una llena de derechos y obligaciones. Eso sí, las obligaciones si no las cumples te crujimos; pero los derechos ya los tendrás si se tercia, y si no aguanta, ¡para eso vivimos en un estado de derecho! Uno, que se jacta de no pertenecer a ninguna corriente política, ni siquiera artística, y siempre ha ido por libre; no puede por menos que denunciar una y otra vez este espectáculo al que asistimos sin capacidad de reacción, adormecidos por el suave canto de la sociedad del bienestar que, dijeron, disfrutábamos. Pero todo fue mentira. Siempre lo ha sido. La historia de la humanidad es el triste paisaje de unos pocos (que cada vez van siendo más al proliferar al abrigo de la democracia y otras palabras muy bien sonantes) como decía, unos pocos que tienen el puño lleno de monedas y de vez en cuando van soltando una para demostrarnos lo bondadosos y buenas personas que son; mientras en la otra mano tienen el puñal con el que clavan una y otra vez la moral y los cimientos de la dignidad humana. Yo, que viví el tiempo de libertad, jamás pensé asistir al espectáculo de la caída de todas las quimeras que forjaron nuestros abuelos y nuestros padres a golpe de sudor y lágrimas. ¿Para qué? Para heredar un mundo en el que ya nada es nuestro; en el que hay que pagar por todo. ¿Quién se cree esta farsa? El día en que los mítines políticos estén vacíos porque las gentes se hayan quedado en sus casas en silencio; el día que la gente vuelva a sentir que vivir es el mar, el cielo y sus estrellas; y no escuchar la verborrea repetitiva de los unos y los otros. El día en que nadie haga caso a sus despropósitos, a su decir aburrido y su acciones vanidosas. Ese día, se producirá la mayor revolución vivida. No habrá bombas, ni balas, ni éxodos. Un silencio profundo recorrerá las ciudades. Y ellos se quedarán en sus tribunas balbuceando a la nada sin saber qué hacer. Patéticos muñecos cuyos hilos seguimos sosteniendo todos opinando a favor y en contra; en definitiva, dándoles la razón y el crédito que no tienen. Entonces, será de nuevo la mirada, el verso, la melodía, la conversación sobre la esencia misma del ser humano, lo que copará la atención de unos pueblos que hoy viven adormecidos por esa insostenible consigna de “Todo es política”. Lo único real es la mano que acaricia, la palabra que consuela, el gesto que ayuda a superar la tristeza del alma o la pobreza. Lo demás son todo fuegos de artificio que tienen como único fin que sigamos mirándolos con la boca abierta y pensemos que el mundo es luchar y enfrentarse para reivindicar esto o lo otro. La vida tiene como única premisa, vivirla. Todo lo demás es vanidad y miseria. El silencio puede ser la más rotunda losa para aquellos que se nutre de la desesperación y el desencanto. No hay nada más poderoso que el silencio de la multitud. Esa es la verdadera lucha. Si seguimos alimentando al “monstruo”, dándoles una categoría que no tienen, acabaran pisándonos muchos más aún. Existió un tiempo en que los artistas, los escritores, eran tenidos en cuenta más que los dirigentes políticos y económicos. El poder, muy a su pesar, jamás estará en sus leyes ni en sus acciones en bolsa. El verdadero poder radica en el arte que prevalecerá sobre sus afanes de grandeza, sobre sus riquezas, sobre lo que un día serán sus mondas calaveras. El verdadero poder es aquel que llega la corazón de los seres humanos y los hace sentir más auténticos y más libres. Porque jamás lograrán esclavizar los sueños.


CONVERSACIONES CON SENIA - IX

    -Hola, Senia.
    -Hola, Julio.
    -Ha llegado el otoño.
    -Te veo triste.
    -Tal vez. No más triste que en otra estación cualquiera.
    -Eres un poeta.
    -¿Y…?
    -Los poetas son gente triste.
    -¿Tú crees eso, Senia?
    -No, no lo creo. Pero mucha gente lo piensa.
    -Piensa que estamos paseando el otoño, pisando sus hojas secas y lamentándonos de nuestros desamores.
   -¿No lo crees, Julio?
   -La gente ya no piensa ni escucha a los poetas, Senia. Esa es la triste realidad.
   -Es una pena, Julio. Parece ser que fue un poeta ciego quien escribió las dos obras que más han influido sobre la literatura universal. El periplo de la Odisea y la épica Ilíada. Fue un poeta, Dante Aliguieri, el que en su época dio un lugar a cada uno en el Paraíso, Purgatorio e Infierno. Y un poeta fue Milton que nos habló del Paraíso Perdido. 
    -Sí, Senia. Pero hace algunas tiempo que, ser poeta, es algo así como ser un hacedor de rimas melancólicas…
    -¿Sabes lo que creo? Que el mundo sería mejor si la gente escuchara más a los poetas.
    -¿A ti te gusta la poesía, Senia?
    -Mucho. Y me gustas tú.
    -Eso está bien. Brillas en el otoño de mi vida…
    -Para, para, para. No te pongas dramático.
    -Contemplando tu sonrisa es muy difícil dejar que la melancolía anide en mí.
    -¿Estás triste por algo, Julio?
    -Este mundo, Senia. Lo de siempre.
    -La noche es tan hermosa. Un poco de meditación bajo este cielo que nos mira, y los humanos serían muy diferentes.
    -Los humanos nunca cambiamos, Senia. Caín y Abel, Rómulo y Remo, Seth y Osiris, Zeus y sus hermanos…
    -El otoño tiene cierto aire romántico. ¿No crees, Julio?
    -Sí, es verdad. Pero no hay sitio para el romanticismo en una sociedad despiadada.
    -Al final, de un modo u otro, la inmensa mayoría queremos ese dulce sabor de una lejana poesía que nos envuelva.
    -Sí, Senia. Una poesía que nos meza en la noche de la soledad cierta que tarde o temprano a todos nos abraza.
    -Tiene vida el otoño, Julio.
    -Sí, tiene vida y sueños flotando sobre su mar de hojas secas.
    -Hojas muertas llenas de vidas. Cada una es una historia.
    -Como tú y como yo, Senia; que seguimos encontrándonos en este punto incierto de la noche más oscura.
    -Y siempre lo haremos.
    -Espero que así sea.
    -Será siempre así, Julio. No lo dudes.

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