martes, 29 de octubre de 2013

VARIACIONES SOBRE UN TEMA - EL AMOR - VARIACIÓN Nº 3

    Versos derramados boca a boca. Poetas de la noche sin fronteras; tú y yo, flotando sobre las hojas de otoños ya lejanos. Quien ha amado tanto, no teme a la vida y sus misterios.

FOTO DE JULIO MARIÑAS

VARIACIONES SOBRE UN TEMA - EL AMOR - VARIACIÓN Nº 2

    Sincopados, sobre la sutil línea que separa el tú y el yo; caminamos descalzos; porque la levedad que da el amor nos permitía saltar de nenúfar en nenúfar, de sueño en sueño. Guardianes del portón que aislaba lo nuestro de todo lo demás. Cubiertos por el manto azul del cielo nítido de estío.

FOTO REALIZADA POR JULIO MARIÑAS

sábado, 19 de octubre de 2013

VARIACIONES SOBRE UN TEMA - EL AMOR - VARIACIÓN Nº 1

 Enfrentados al incierto signo del destino. 
Cara y cruz de una misma moneda 
lanzada al aire hace ya tiempo. 
Cuando los prados vestían 
verdes mantos de frescor y locura. 
Una lucha sin tregua. 
Inofensiva danza de amantes enajenados 
por las horas desnudas a nuestros pies postradas. 

FOTO REALIZADA POR JULIO MARIÑAS

SIN MIEDO (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XVI)

    Un día llegará. No lo dudo. Sin llamar. Como una leve brisa en frío invierno. Subirá por la escalera que lleva hasta mis sueños, y quebrará el último peldaño que he pisado. Entonces, con la serenidad que da el haber vivido, miraré tranquilo a sus vacías y oscuras cuencas que me reclamarán para su abismo. Un día llegará con esa risa amplia asomando entre sombras. Y mientras cruzo en ancho mar que separa la vida de lo desconocido, miraré desde la barca la estela dejada en las aguas donde flotaran los recuerdos más queridos. Entonces, sonreiré pleno de libertad porque he vivido.



FOTO DE JULIO MARIÑAS


LAS HORAS DE AYER (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XV)

    ¿Recuerdas los momentos en que los verbos sólo tenían un tiempo? Fueron las horas de ayer, donde bebimos, arrullados por la inigualable melodía de la juventud, del dulce néctar que para los amantes reservan los seres que habitan más allá del tiempo. Aún recuerdo tu rostro en el cálido verano, y esos cuerpos entregados a la feroz batalla. Era la poesía hecha carne. Abrasados los dos por un mismo fuego. Eran las horas de ayer, que hoy apenas se adivinan en los cuerpos curtidos por mil batallas, en los rostros castigados por los vientos de otoño, en las miradas cansadas al correr de los años. Fuimos un verso profundo y desgarrado que habitará por siempre en esas horas ya pasadas.

FOTO REALIZADA POR JULIO MARIÑAS

jueves, 17 de octubre de 2013

CON NOCTURNIDAD Y ALEVOSÍA (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XIV)

    La noche tiene invisibles tentáculos cuyo hábitat ideal para su propagación es el silencio y la oscuridad. Cuando la mayoría del mundo duerme, mientras en la cama abrazo pensamientos, esos tentáculos silentes rodean con extrema delicadeza mi pecho, el cuello, la cabeza. Pronto comienzo a sentir una ligera sensación de ahogo. Poco a poco se hace más intensa, tornándose angustiosa. En ocasiones llega a ser agónica. Es el abrazo invisible que, como Hidra de Lerna que según la mitología podía tener de tres a miles de cabezas, cuanto más intento liberarme, semejan multiplicarse en la oscura noche en apariencia tranquila. Todo ocurre en silencio. Como si en realidad no sucediese nada. Unas cadenas invisibles se empeñan una y otra vez en apresar los pensamientos, la razón; en esa noche tan homogénea que, como la fosa o el nicho, enfrentados a la soledad, a todos hace iguales.

DIBUJO POR ORDENADOR DE JULIO MARIÑAS

lunes, 14 de octubre de 2013

EL TIEMPO Y SUS ABISMOS (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XIII)

    Decir “Tiempo” se ha convertido en toda un declaración de principios. Esa palabra a la que la Real Academia Española dedica en su diccionario el espacio correspondiente a algo más de una página y da de ella veintiuna definiciones, se ha convertido, en sus diversas vertientes, en un concepto que atesora desde la más bella expresión hasta la más terrorífica manifestación. A pesar de los esfuerzos por buscar una definición correcta y de que, sin el concepto tiempo, la civilización actual, tal y como la conocemos hoy, no existiría; el tiempo sigue siendo un concepto difuso. Es irónico pensar que, la cosa más medida y encuadrada, la más evidente desde nuestro punto de vista, sea a la vez la más ambigua. El tiempo ha servido y sirve al ser humano para darle una perspectiva de su evolución a lo largo de miles de años; además de ubicarnos a diario en el lugar oportuno en los diferentes momentos del día. Alrededor del tiempo se han generado tres grandes conceptos bajo la denominación de pasado, presente y futuro. Lo que es similar a decir que, gracias al concepto tiempo tenemos pasado y creemos saber de dónde venimos, somos conscientes de la transitoriedad del presente, y podemos plantearnos metas o proyectos para el futuro. Así, mecido en la palabra tiempo, el humano, hoy más que nunca, establece sus esquemas mentales de acuerdo a las bases del pasado y los proyectos del futuro, descuidando la única realidad mínimamente probada que es el presente. En ocasiones, tal vez con razón, los hombres nos creemos esclavos de muchas cosas. Tales como el sistema imperante, los vínculos laborales, etc. Pero, en realidad, la verdadera esclavitud del hombre es el tiempo que, como un invisible manto, gravita sobre nuestras vidas. Porque ninguna de esas cosas que nos esclavizan existirían sin el concepto tiempo que rige sus esquemas. Si el ser humano fuese eterno, el concepto de tiempo carecería de interés. Tal vez por eso, acaso sería una medida a considerar el desterrar del sistema establecido el concepto temporal, para dar  el primer paso hacia la libertad. Alrededor del tiempo y gracias a él, han tomado forma los ciclos vitales. La niñez, la juventud, la madurez, la senectud. Cuatro columnas que sostienen el concepto de trayectoria vital, como si de una verdad absoluta se tratase. Pero ¿quién puede determinar con rotundidad donde empiezan y acaban cada una de estas columnas? Transgredir el hecho de prolongar o acortar alguna de las cuatro puede traer consigo nefastas consecuencias a nivel social. Por ejemplo, prolongar la juventud haría que dicha columna se alargase más que las demás y descompensase los conceptos preestablecidos. La escolarización es el primer corte que arranca al homínido “civilizado” del lazo materno imponiéndole un horario y sentenciando su vida alrededor del concepto tiempo. El final de los estudios y el comienzo de la actividad laboral quiebra los vínculos que hasta ese instante el joven mantenía con su predisposición a descubrir y aprender. Los ejemplos serían ilimitados. Lo cierto es que nadie ha podido demostrar la existencia del futuro, ya que el hecho de que sea pensado no quiere decir que tenga lugar. Por el contrario, si bien la existencia del pasado parece ser que es más fácilmente demostrable a través de los vestigios dejados, eso no es condición que pruebe su realidad temporal; sólo material. Por lo tanto, quedaría el presente. Un presente que se antoja harto difícil también de demostrar, puesto que, en el preciso instante que estoy escribiendo estas líneas, el “llamado presente” se va diluyendo y desapareciendo como tal concepto. Llegados a este punto, sería factible pensar más en la inexistencia del tiempo que en su realidad. Comprendo que esto supondría para el ser humano toda una reestructuración vital y social. Sería la caída de todos los sistemas, casi todas las teorías y, por lo tanto, de todos los modos de vida que priman en las sociedades actuales.
    Pero tomemos la primera definición que la Real Academia da de la palabra tiempo. Duración de las cosas sujetas a mudanza. Me pregunto ¿Existe algo que no esté sujeto a mudanza? La experiencia nos dice que todo, en mayor o menor medida, cambia. Por lo tanto, cuando menos, no hay nada que esté libre de dicha “mudanza”. Ya cinco seis siglos antes del nacimiento de Cristo, el filósofo griego Heráclito de Éfeso, al que apodaban “El Oscuro”, llegó a la conclusión de que todo fluye, todo cambia y nada permanece. Famosa es su sentencia que dice “No podemos bañarnos dos veces en el mismo río”.  Si bien, la experiencia vital parece confirmar la certeza de esa sentencia; ya que ni las aguas del río, ni nosotros seríamos los mismos; el propio Heráclito se aferró al tiempo para decir que la tensión entre contrarios da lugar al conflicto, a la guerra; lo que envuelve la existencia del hombre en una lucha de contrarios que acaba dando lugar a un eterno retorno. Para ese devenir perpetuo y la lucha de los opuestos, buscó el filósofo un logos, una razón universal que lo rigiera. Así llega Heráclito a la doctrina cosmológica del eterno retorno con esa transformación universal que contiene dos etapas que se suceden cíclicamente. Si partimos de la premisa del cambio y lo aceptamos como tal, pero después caemos en un bucle de eterno volver, parece que, al tiempo que estamos aceptando la variabilidad de las cosas, también pretendemos enmarcarlas en un ciclo inalterable regido por una ley universal. ¿Qué lugar le damos entonces al tiempo en estas dos vertientes enunciadas por Heráclito? Tal vez la inexistencia del mismo.
    Otra de las definiciones del diccionario de la Real Academia es la de Edad de las cosas desde que empezaron a existir. Si la primera definición nos planteaba problemas, esta otra los acrecienta al inspirarnos diversas preguntas. ¿Cuándo empieza una cosa a existir? Desde un punto de vista humano, algo comenzará a existir desde el momento en que tenemos conocimiento de ello. Pero el no tener conocimiento de algo, no implica que esa cosa no existiese mucho antes de ser apercibida por nosotros. Entendiendo el término apercibir desde el punto de vista filosófico, que hace alusión a percibir algo relacionándolo con lo ya conocido anteriormente. Es decir, tenemos el concepto lluvia. Pero la primera vez que conscientemente observamos caer la lluvia no se corresponde a la edad en que la lluvia comenzó a existir. De hecho, nadie puede determinar con exactitud temporal en que momento comenzó la lluvia su existencia. Esta definición de Edad de las cosas desde que empezaron a existir, no lleva a otra pregunta mucho más compleja. ¿Qué entendemos por existencia? La Real Academia lo define como Tener una cosa ser real y verdadero. Tener vida. Haber, estar o hallarse. En la primera definición nos encontramos, a mi juicio, con la mayor controversia que puede hallar el ser humano en sus reflexiones. ¿Qué es lo real y verdadero? Este mismo artículo surge por el hecho de plantearse si el tiempo existe o no. Por lo tanto, si existir está en la veracidad de algo ¿cómo podemos determinar que el tiempo sea la edad desde que las cosas empezaron a existir, si ni siquiera sabemos determinar la existencia de innumerables cosas que damos por hechas y aceptadas? La segunda definición de existencia está sujeta también a innumerables controversias, porque ni la ciencia ni la filosofía ni la religión han podido determinar con exactitud el preciso instante en el que algo tiene vida o deja de tenerla. Por lo tanto, hablar del concepto tiempo con relación a la cualidad de tener vida sería con unos límites muy difusos e inexactos. Finalmente, la última definición de Haber, estar o hallarse; no lleva irremediablemente a la pregunta de ¿Haber, estar o hallarse como hecho físico, mental o conceptual? Así, nuevamente la palabra tiempo sufre un nuevo revés; no sólo por su concepto en sí; sino porque todos las palabras sobre las que este pretende explicarse –existencia, edad, mudanza- se tornan difusas en sus propias definiciones y conceptos.
    Lo cierto es que el tiempo ha dado a la literatura grandes frases. Porque la conciencia y consciencia de su paso ha condicionado toda la existencia humana. “Coged las rosas mientras podáis veloz el tiempo vuela. La misma flor que hoy admiráis, mañana estará muerta...” decía Walt Whitman en el siglo XIX. Por su parte, el genial Charles Chaplin decía: “El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto”. Esto último del final perfecto ya sería más discutible. Pero, en la reflexión del tiempo como existencia, me quedaría con el anónimo que sentencia: “No es el tiempo el que pasa, pasamos todos nosotros”. En lo que respeta a restar importancia al término en sí y tomarlo con filosofía, fue el compositor Hector Berlioz quien enunció “Se dice que el tiempo es un gran maestro; lo malo es que va matando a sus discípulos”. Pero es el filósofo Descartes quien dejó bien claro la insignificancia de nuestras reflexiones sobre el tiempo cuando dijo “Sería absurdo que nosotros, que somos finitos, tratásemos de determinar las cosas infinitas”. La lista de frase se hace interminable. Quizá pueda haber una clave cuando el filósofo Sartre dice en su libro La Nausea, “Nada ha cambiado y sin embargo todo existe de otra manera”. A partir de esta frase podríamos entrar en la ya muy hablada teoría de la relatividad y  también en la teoría de los planos temporales. Pero esto sería demasiado denso para el que aquí escribe, que está muy lejos de ciencias y entramados numéricos.
    Lo único cierto es que el concepto tiempo sigue rigiendo nuestras sociedades supuestamente civilizadas de un modo feroz y aplastante. Librarse de él, debería ser la meta esencial del individuo que quiera sentir la libertad en su rostro y la autenticidad de ser.

FOTO DE JULIO MARIÑAS






LA CULTURA Y EL PODER (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XII)

    Un amplio sector de la sociedad está sorprendido por la repercusión que la crisis está teniendo en la cultura. No deja de ser curioso que nos extrañemos de esa circunstancia. A poco que uno repase la historia de la humanidad –no hace falta ser un experto en la materia- nos damos cuenta de que cultura y poder han estado siempre vinculados por una extraña cadena que, según conveniencia de los que manejan los hilos, puede ser pesada y fuerte para unos o endeble y gelatinosa para otros. De cualquier modo, a “los que mandan” nunca les ha interesado que el pueblo tenga acceso a la cultura como expresión de emociones y como manifestación de saber milenario. Esto se debe, como es lógico, a que el ser humano que acumula saber y tiene acceso a diferentes manifestaciones culturales, adquiere diversas perspectivas de los acontecimientos que suceden a su alrededor y aprende a pensar. Cuando el hombre piensa, cuando los pueblos piensan, se mueven. Saber es estar en continuo estado de inquietud por descubrir, por renovarse, por realizarse. Y a los órdenes establecidos no les gusta el movimiento. Ya que sólo el estatismo es favorable a la política que siempre se rige de acuerdo a unos cánones inamovibles en sus diferentes vertientes y signos. Cuando en ocasiones he expresado la opinión de que mi arte no tiene una determinada ideología y que el artista, como tal, no debiera tenerla; algunas personas se han sorprendido. Como ser humano, todo artista tiene derecho a manifestar su ideología. Pero no creo que el arte, per se, deba ser un vehículo ideológico políticamente hablando. Es más, a lo largo de la historia, muchas tendencias políticas, de algún modo, se han “apropiado” de escritores, compositores, pintores y demás; que en su vida no fueron militantes ni siquiera simpatizantes de dichas tendencias; y en ocasiones de ninguna. Otra cosa muy distinta es que, como artista, como creador, uno se adhiera a causas sociales que considera pueden servir para mejorar la situación de los desfavorecidos, para reivindicar derechos humanos y otro tipo de movimientos. Pero siempre, con independencia del color al que esas posibles causas que uno considera justas puedan estar vinculadas en un determinado momento de la historia. El motivo que me ha llevado siempre a mantener esa actitud parte de dos premisas fundamentales. La primera es que el artista debe ser independiente para poder crear con libertad. Por lo tanto, si está inscrito a una determinada corriente política –como artista, no como persona, sigo aclarando- su arte, de un modo u otro, siempre estará condicionado. Cuando alguien sale a cantar en un gran teatro, tiene que pensar en la globalidad de su arte, y no si en la primera fila hay cuatro o cinco mandatarios execrables o bondadosos; porque entonces su interpretación se convertiría en una pantomima vinculada a unos individuos en concreto que, malos o buenos, no merecen tan alta atención; ya que es el público en general al que va dirigido el sentimiento de lo interpretado. La segunda premisa es que nunca he creído demasiado en los sistemas políticos que se han dado a lo largo de la historia de la humanidad. Tampoco sé si existe un sistema ideal. Lo que sí sé es que, la acepción dada a la palabra democracia como “gobierno del pueblo”, siempre ha sido una gran falacia. El pueblo sólo ha gobernado esporádicamente cuando ha cortado cabezas y con nefastas consecuencias, por lo que se ha podido ver en lo que siguió a la emblemática Revolución Francesa. Comenzaron cortando la cabeza de los opresores y acabaron cortándose la cabeza unos a otros.
    Aunque ahora apartado de los escenarios, durante varias décadas los disfruté como clarinetista y corista primero, después como director de bandas y coros. A lo largo de todos esos años, con frecuencia estuve al lado de políticos locales o regionales. Cuando esto sucedía, siempre tuve presente la figura de Mozart y la de Beethoven. La historia de sus vidas gravitaba sobre mi como un ejemplo, no sólo musical, sino humano. Si tenemos en cuenta que tenía ocho años la primera vez que me subí a un escenario y diecisiete la primera vez que dirigí una agrupación musical; la presencia constante de estas dos figuras en mi mente me sirvió de gran ayuda para no perder el norte. Mozart fue uno de los primeros músicos que, aunque por la época que le tocó vivir no pudo eludir siempre los caprichos de los poderosos, si se cachondeó de ellos y abrió la brecha para la independencia de los compositores, que hasta entonces, como el excelente y nada mediocre Salieri, habían estado supeditados a los caprichos de los grandes. Beethoven rompió definitivamente con la esclavitud del compositor y se erigió en dueño de su propia música y también de sus fantasmas. Soy de los que piensan que nadie debe crearnos las pesadillas. Si alguien lo hace, que seamos nosotros mismos. Mozart y Beethoven no sólo revolucionaron la música, sino que, al correr del tiempo, se han convertido en artistas revolucionarios a nivel social.
    En pleno siglo XXI, aunque pueda parecer increíble, sigue primando un sistema en el que muchos pequeños eventos culturales que se dan en diversos puntos de las ciudades y pueblos son tratados como vehículos de propaganda y elementos para amenizar actos políticos encubiertos. Es una forma en que los aspirantes a gobernar o los que gobiernan tienen de estar en campaña política perpetua. ¿Por qué nuestro nivel cultural en muchos aspectos sigue siendo el que es? Porque las estructuras del sistema social no están encaminadas a la formación de gente que sepa cantar o tocar un instrumento, recitar versos o representar a un personaje, a crear verdaderos amantes del arte y artistas; sino a crear un sinfín de formaciones culturales que, aunque no tengan excesivo nivel, sirven para “rellenar” el espacio que va de una mínima acción política a otra. En mi época sobre los escenarios, afortunadamente supe mantenerme al margen de todo aquello que, de un modo sutil –Faltaría más. Estamos en “democracia”- en algún momento pudieron querer “imponerme”. También he de decir, para ser honesto, que siempre tuve junto a mí, tanto en los compañeros como en los encargados de llevar los lugares en que desarrolle mi labor de director, a gentes honestas y comprensivas con mi trabajo. En mi vertiente de compositor y escritor, jamás pensé en utilizar mi posición musical en un momento determinado para buscar “los cauces necesarios” para que saliese a la luz mi obra. Tal vez por eso -o porque es muy mala, que también cabe esa posibilidad- más del noventa y nueve por ciento de mi obra –óperas, novelas, relatos, obras de teatro, etc.- siguen durmiendo el sueño de los justos en los anaqueles de mi biblioteca.
    Hoy, la cultura en España vive ahogada. Para los que mueven los hilos cualquier excusa es buena para crear estatismo e ignorancia. Panem et circenses, pan y circo; ya lo dijo el poeta Juvenal en el siglo II a.C. en referencia a la política aplicada por los dirigentes romanos con el pueblo. Eso es lo que mis ojos han seguido contemplando a lo largo de mi dilatada experiencia.
   El problema, aunque se está focalizando con razón en ello, no sólo radica en si la gente puede pagar la entrada al teatro, a la ópera, al concierto o al cine –que también- sino en cómo se van a formar nuevos autores, músicos, directores, literatos y demás, si la inversión en todo ello es cada vez más escasa. Querer ver en una manifestación artística un mero entretenimiento – que si lo es y debe ser- es reducir el arte a una farsa sin sustancia. El arte es la expresión de los sentimientos, aquello que hace al ser humano sentir que es algo más que carne y huesos. Un país en el que los informativos dedican en cincuenta por ciento de su tiempo a la política y los sucesos escabrosos, el veinticinco por ciento al futbol, un veinticuatro por ciento al tiempo que va a hacer y un uno por ciento a la cultura; es un país enfermo de sensibilidad y está creando una sociedad banal y vacía.
    Hace tiempo que nos han embaucado en una rueda de imágenes rápidas, mensajes efectistas, cantidades ingentes de datos y cifras; para que pensemos que estamos muy informados. Pero es todo lo contrario. Lo importante es tener tiempo para pensar. Eso es lo que, en una vorágine de velocidad y datos, nos quieren quitar. Es necesario detenerse a pensar. Analizar pausadamente. Ser selectivo. Porque esta es la sociedad que estamos brindando a los niños que serán los adultos de mañana.
    La Guerra Fría no fue nada comparado con esta Guerra Gélida que, sin percatarnos, estamos atravesando. No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír. Existen cauces legales, existen cauces políticos, existen mecanismos sociales. Todo eso nos dicen. Pero, en realidad, no existe más que la vanidad de los que tienen el poder y la desesperación de los que son oprimidos. La historia del hombre se ha hecho siempre con sangre. Pensamos que el suelo que pisamos está lleno de cadáveres de gentes que murieron por sus ideas políticas. Tal vez en algunos casos sea así. Pero yo creo que el suelo que pisamos está lleno de cadáveres de gentes que sólo querían vivir en paz y tener libertad de pensamiento; que, aunque parezca igual, es algo sustancialmente muy diferente.
    Al final, aquel que era el que llevaba todas las collejas en clase, hoy viste traje y corbata y es llamado señor. La mosquita muerta que parecía no haber roto un plato en su vida, hoy lleva traje chaqueta y ha aprendido a mirar por encima del hombro a los demás. Y así, podría seguir enumerando, sin señalar a nadie, a cantidad de individuos. Esto empezó por lo políticamente correcto y ha acabado por lo correcto políticamente dependiendo de cómo sople el viento. Y los que llevan las bofetadas siempre son los mismos.

    Probablemente no exista un sistema social ideal. Nunca he creído en el hombre social. Esto de que, el ser humano es bueno por naturaleza, me suena a música celestial. Puedo creer en la bondad, la honestidad de una mujer o un hombre individualmente. Pero nunca en la convicción de un grupo de individuos movidos por ideas comunes. Porque eso siempre acaba llevando al camino de “Quiero que pienses como nosotros”. Es decir, al pensamiento único. Cada ser humano es único. Por lo tanto hay tantos pensamientos como seres humanos. Tal vez la clave pueda estar en sentir más y pensar menos. Pero claro, con sentimientos no se fraguan fortunas ni se alcanza la gloria del poder. Por cierto, ¿alguien sabe para qué sirve el poder? He hecho toda mi vida lo que he querido. Jamás he sido rico. Nunca he tenido que pisar a nadie para conseguir mis deseos y me siento tan importante como esos que amasan más billetes de los que podrán gastar en diez vidas. ¿Qué es la política? Lo más indefinible que pueda existir. ¿Qué es la cultura? Todo aquello que nos enseña a ser más humanos, más nosotros mismos, que nos acerca a los demás y nos une. La cultura no son sólo las grandes manifestaciones artísticas más relevantes. Son las tradiciones, los deportes minoritarios también, las labores realizadas de un modo artesanal en los pueblos que se han ido dejando morir. La cultura es un concepto demasiado amplio para que pueda ser extinguido por ninguna política. Porque, hasta en una manada de lobos existe una política ya que hay un orden jerárquico. Pero no existe una cultura. Porque el arte es lo que nos diferencia de los animales. Algunos políticos acaban dejando a su paso campos llenos de cruces de “hombres caídos por la patria”. Los artistas acaban dejando a su paso lienzos llenos de vida, páginas plenas de sentimientos, músicas llenas de sueños. Esa es la gran diferencia. Si hay algo que la vanidad del hombre no puede soportar, es no ser eterno. Así, algunos políticos hacen cualquier cosa para buscar esa “eternidad”. Pero, con mucha suerte, acaban siendo una reseña en algún libro de historia. Mientras que los verdaderos artistas, de Altamira a Picasso, de Homero a Kafka, de Mozart a Schönberg, desde Méliès a Kubrick; acaban llenando páginas y páginas y, sobre todo, calando en el corazón de las gentes generación tras generación. La cultura y el poder nunca podrán ir unidos. Porque el poder es algo efímero y la cultura es eterna. No ha habido poderoso que no haya acabado cayendo. Pero el artista que llega a la cumbre, nunca deja de hacer latir con su obra el corazón de las gentes.

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viernes, 11 de octubre de 2013

DECIR ADIÓS (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XI)



    Decir adiós con el rostros ajado por las horas de placeres prohibidos y amargos desencantos. Como un barco al que han soltado amarras y se desliza solitario y callado por las aguas, sin  capitán, sin timonel, ni marineros; uno se va alejando de aquella orilla que en otro tiempo fue la entrada al paraíso, y hoy sólo es un malecón desierto de maderas gastadas e invadidas por la broma. La vida en sus inicios es buscar, encontrar, recibir. Después, sutilmente se va llenando de adioses. Algunos inesperados, otros presentidos, otros deseados. Así, eternos caminantes, vamos dejando huellas en el sendero incierto de los días vencidos, con la esperanza puesta en nuevos horizontes. 

FOTO DE JULIO MARIÑAS