miércoles, 27 de noviembre de 2013

ÉTICA, MORAL Y OTROS VALORES - UN CÓDIGO DE HONOR - PROFESIONALES Y AFICIONADOS (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XXII)

    Desde que Bob Dylan cantó por primera vez The times they are a changin, hace ya unas cuantas décadas, la profética canción no ha dejado de cumplirse, porque los tiempos han ido cambiando de forma vertiginosa. La otra mítica canción es de Enrique Santos Discépolo, el tango Cambalache, y nos habló del malvado siglo XX. Pero, después de todo aquello, hemos entrado en el siglo XXI con muy poco aprendido y sumidos en un marasmo de bruscos cambios tecnológicos que comienzan a sobrepasar al vulgar mortal y sólo favorecen a unos cuantos que son lo bastante vanidosos como para, sólo por su propio bienestar, arruinar a una nación, una coalición de países o todo un sistema mundial de relativo bienestar. Pero, todo eso, al correr del tiempo, acabaría siendo una mera mancha en la ya de por si sucia historia de la humanidad, sino fuese porque va acompañado de una pérdida total de los valores. A la vista del panorama que se abre ante mis ojos, no puedo por menos que pensar que, un elevado porcentaje de la población mundial, piensa que la ÉTICA es el nombre de una vecina anciana que vive en el edificio de al lado. Por otra parte, es posible que muchos comiencen a pensar que MORAL es una marca de algún cosmético de última salida al mercado. En lo que respecta a VALORES, se entiende, única y exclusivamente, como beneficios de mercado. Así las cosas, mientras nos llenan la cabeza de pájaros sin alas y de sueños sin paraísos, las nuevas generaciones van creciendo bajo el manto infecto de ideologías carentes del más mínimo código de honor; porque la inmensa mayoría de la gente sigue ciega y no se resigna a entender que, ciertos movimientos y ciertas ideologías tenían su razón de ser en un contexto histórico y una situación determinada –probablemente con gran acierto unas y desacierto otras-, pero, en pleno siglo XXI, la inmensa mayoría de los movimientos de los siglos anteriores carecen de credibilidad y fuerza para cambiar las cosas. Sin embargo, seguimos anclados en las mismas historias, con la salvedad de que ya no es sólo que “El dinero pueda comprarlo todo”; es que “Sin dinero no podéis tener nada”. Ese es al final el mensaje subliminal que va implícito en cada discurso, en cada nueva norma, en cada corriente social propiciada por los que manejan los hilos. Bajo la consigna de “Todo es política”, bulle un nido de gusanos que se alimentan del cadáver putrefacto de lo que en algún tiempo fue el ser humano. Porque “ser humano” se ha convertido en querer a los animalitos y a las flores -que está muy bien y es muy loable- aunque para ello tengas que odiar a un elevado número de tus congéneres. Ser humano es amar a la naturaleza, mientras tus vecinos se mueren de hambre. Y las bocas se llenan diciendo: “Quiero un mundo justo y hermoso”. Pero, el que no piense como yo o me lleve la contraria, será para mí un ser execrable al que tendré derecho a juzgar y ejecutar verbalmente en la plaza pública. Este es el mundo que nos han ido brindando para que nos creyésemos sabedores de algo, líderes y emprendedores. Un mundo tan superficial y arbitrario que hace de cada individuo un juez de los semejantes a los que apenas conoce, o de los que no sienten o piensan como él. Al tiempo que lo hace también víctima de estos mismo individuos. Antes existían delincuentes profesionales que tenían un código de honor, que se ceñían a unas reglas inamovibles. Soy un ladrón, pero no un asesino. Te robaré, pero no peligrará tu integridad física. Hoy, cualquier aprendiz puede quitar la vida a un semejante por el mero deleite de matar o un simple afán de ser portada en los medios de comunicación o protagonista de una miniserie televisiva. Hoy, si eso, te voy matando, y después ya veo si tienes dinero o no. El mundo se ha convertido en un lugar inseguro, donde casi nadie es quien dice ser. A pesar de la consigna “¡Que globales somos!”, el “yo” predomina por encima del “nosotros”. La obra de un artista puede dormir en la sombra mientras este pasa hambre, y sin embargo, cualquier descerebrado puede forrarse colgando un video de unos segundos en la red. Tal vez sea verdad que la ÉTICA se ha convertido en una señora anciana que es un mero elemento decorativo. Tal vez la MORAL se corresponda a una marca de algo último modelo. Es posible que lo único que valga sean esos VALORES mercantiles. ¿Y después? ¿Hasta dónde? ¿Puede el ser humano vivir sin sueños ni ilusiones? ¿La vida tiene tan poco valor como para que, esos mismos que tanto la defienden, pisoteen los más elementales derechos humanos? Demasiadas preguntas. Cuando vivimos en una sociedad en la que los dirigentes políticos y “terratenientes” son la principal imagen en los medios de comunicación y acaparan informativos y tertulias; poco más hay que decir. Recuerdo un tiempo en que las tertulias hablaban de literatura, de cine y cosas de ese tipo y, de vez en cuando, de política. Recuerdo un tiempo donde la ficción era un bálsamo para vivir, y no nos estaban escupiendo en la cara cada día una realidad más amarga. Recuerdo un tiempo en que los malos daban la cara y no se escondían tras un muro llamado democracia. Por lo menos sabíamos a qué atenernos. Hoy no sabemos quién es quién. Todo se ha adulterado y confundido en un cúmulo de informaciones entrelazadas, a cada cual más esperpéntica. Antes en las guerras había treguas, los rivales se enfrentaban en duelo al amanecer, y no en los tribunales, enviando a otros para batirse por ellos. Antes callaban tus palabras a fuerza de represión. Hoy te dicen que eres libre; pero hablas y hablas en un batiburrillo de infinitas informaciones, por lo que tu mensaje queda ahogado en un mundo de cosas superfluas y efectistas. Las cosas empezaron con frases como “Yo no tengo nada contra los homosexuales. Tengo muchos amigos y compañeros gays”. Cuando la escuchaba, siempre pensaba. ¡Cuánto sabe la gente de la vida íntima de sus amigos y compañeros! A mí jamás me ha preocupado la condición sexual de mis amigos o compañeros. De hecho, carezco de información suficiente sobre sus intimidades, a no ser que haya compartido algo íntimo con ellos, para saber lo que son. Si es que en el sexo hay que ser algo. Al igual que tampoco doy explicaciones sobre mí vida íntima, tampoco las reclamo. En principio, creo que sería deseable empezar siendo bisexual, y después, ya veremos. El encasillamiento sexual fue el primer signo de que, aunque muchos pensaron que abría puertas de libertad, algo estaba empezando a resultar extraño. Otra de las frases con la que empezó la cosa fue: “Un hombre de color ha resultado…” ¿Un hombre de color? Por aquel entonces pensaba al oírlo que, desconocía que yo no tuviese color. Es decir, que fuese un hombre descolorido. Sentado a la mesa, comiendo con algún músico de otras latitudes, y hablando de este tema, me decía: ¡Pero qué coño es eso de “de color”! ¡Yo soy negro!
     Esas frases sobre la condición sexual de la persona o el color de su piel, comenzaron a instaurar lo políticamente correcto. Después, había y hay una muy interesante que es: “Cualquier tipo de extremismo es malo”. Entonces, comenzó una progresión de las clases políticas hacia un centro –que nadie sabía ni aún se sabe dónde está- de tal modo que, supuestamente, los de ideas severas en sus formas se suavizaron y los revolucionarios se suavizaron también. Craso error. Mi extremismo será malo, en el caso de que yo sea en algún aspecto extremista, siempre y cuando lo quiera imponer a los demás por la fuerza. Pero, tener ideas definidas y situarse en un lugar, no implica ser demoníaco ni perverso. Después vino la frase definitiva: “Todos tenemos derechos, pero también obligaciones”. Bajo esa consigna, acabamos teniendo un noventa y nueve por ciento de obligaciones, y un uno por ciento de derechos. No me den ustedes tantos derechos, que ya los tengo por el hecho de ser humano como ustedes, y dejen de aplastarme con tantas obligaciones. Así, vivimos unos años masajeados en el aceite de la hipocresía, en un mundo donde todos éramos estupendos, porque la sexualidad era dulce, las pieles tenían colores suaves, la política era un jardín de rosas muy centralizado y los derechos y obligaciones vivían en una supuesta armonía.
    Pero todo era mentira. Porque la sexualidad suele ser salvaje, los seres humanos tenemos infinitos colores de piel, la política es un nido de avispas y vivimos bajo la opresión de mil obligaciones impuestas en pos del bienestar.

Los tiempos siguen cambiando; pero ¿nosotros? ¿Qué ha sido de nosotros?


lunes, 25 de noviembre de 2013

EL PADRINO - DE LO PROFUNDO DEL ALMA HUMANA (UNA VIDA DE CINE - IV)

    Un primer plano nos muestra un anciano con el rostro surcado de infinitas arruga, cabizbajo; no vemos su mirada. Esa mirada que en otro tiempo tanto aterró a sus rivales y también a los seres más cercarnos. Se pone las gafas de sol. La claridad del día soleado le molesta. Después, un plano general en el que encontramos en la parte izquierda de la pantalla al anciano sentado en una silla en el patio de su casa. La cámara está fija. En el centro un pozo que parece contener toda la vida del hombre, con sus terrores más profundos, sus sentimientos más íntimos. De repente, como una marioneta a la que han soltado los hilos, a Michael Corleone le cae una fruta de la mano y se desploma de forma tosca y poco elegante, en una muerte seca y solitaria, nada épica y, me atrevería a decir, poco cinematográfica por ser más cercana a la realidad que a la ficción. Sin histrionismos, ni grandes piruetas de dirección, Coppola consigue uno de los finales más impactantes de la historia del cine; comparable a Los cuatrocientos golpes de Truffaut y unos cuantos más. Tampoco hay muchos finales que nos dejen con esa sensación de desasosiego e inviten a meditar sobre nuestra propia existencia y las consecuencias de nuestros actos. Con la muerte de un anciano finaliza la tercera y última parte de la saga de El Padrino dirigida por Francis Ford Coppola. Pero hay que remontarse más de seis horas atrás para comprender esta muerte tan insulsa, tan poco ortodoxa y, a la vez, tan realista. Regresar al momento en que el padre del mencionado anciano celebra la boda de su hija Connie, interpretada por Talia Shire, hermana de Coppola. Porque, para Victor Corleone, la familia es lo más importante. Analizar en profundidad una de las más grandes epopeyas de la historia del cine sería labor ingente. Pero, si es posible, en algunas pinceladas, dar cuenta del gran acierto que Coppola tuvo en la realización de este film. De la primera película de El Padrino se ha dicho en diversas ocasiones que supuso para su director un esfuerzo y muchos quebraderos de cabeza. Pero no nos olvidemos que en otras obras maestras del cine, como Casablanca, también se han dado infinidad de dificultades que, en ocasiones, incluso han favorecido a consolidar el resultado final de las películas tal y como hoy las conocemos. Los orígenes de El Padrino se remontan a cuando Victor Corleone es un niño que ve en su Sicilia natal como matan a sus padres y hermano. Huye entonces en busca del sueño americano. Allí, en un barrio de emigrantes será un trabajador más. Pero con unas acentuadas cualidades imprescindibles en la vida, que lo diferencian de los demás; observa, aprende y reflexiona. Hasta que, sin quererlo, las circunstancias injustas lo llevan a adoptar ciertas medidas que lo convertirán en lo que posteriormente será el Padrino. En los flash back intercalados en El Padrino II, podemos observar la historia de la transformación de Victor Corleone a través de un joven Robert de Niro extraordinario y contenido. Pero es el gigante de la interpretación Marlon Brando, quien, envuelto en la  semioscuridad de la fotografía de Gordon Willis, es capaz de transmitirnos todo el poder de un hombre seguro de si mismo, sereno, meditabundo. Es la imagen del gran patriarca que abraza bajo su halo a su familia y también a todo el negocio de sus paisanos italianos. Fiel a sus principios y a “los suyos”. Quien se la hace, la paga. Es todo un código de honor el que define la figura de Victor Corleone. Si bien es también el último gran dinosaurio de una estirpe que comienza su declive. De hecho será, el no querer entrar en el negocio de la droga, lo que le traiga funestas consecuencias; hasta el punto de ser acribillado cuando está junto a un puesto de fruta en una escena rodada con gran maestría. 

MARLON BRANDO ES VICTOR CORLEONE EN EL PADRINO



   Tenia 32 años Coppola cuando en 1972 dirigió El Padrino. Además de la genialidad del director y algunos de sus actores, hay dos elementos que dotan a la película de un halo personal que la ha encumbrado a las más altas cotas de la historia del cine. Una es la fotografía del operario jefe Gordon Willis antes mencionado –que ha trabajado entre otros grandes directores con W. Allen en diversas ocasiones- con sus tonalidades amarillentas como de vieja fotografía ajada por la nostalgia del paso del tiempo. Otro de los elementos es la evocadora música de Nino Rota que, con su melancólico vals, nos envuelve en una atmósfera que hace más profunda la visión del film. Fotografía y música, dos elementos tan esenciales en el cine que han sido claves en el caso de El Padrino. En el plano psicológico, Coppola nos muestra, a través de los hijos de Victor Corleone, tres tipos de hombres muy definidos y con claras diferencias entre si. El hermano mayor, Sonny, interpretado por James Caan, se nos presenta como un personaje franco, sin dobleces, enérgico e impetuoso. Ese ímpetu le llevará a una muerte trágica, al más puro estilo Bonny and Clyde de Arthur Penn. El siguiente hermano, Fredo, interpretado por John Cazale, es un cobarde vividor, ajeno a cualquier principio moral. El más joven de los hermanos, Michael, interpretado por Al Pacino, es el más frío y calculador. “Es mi familia, no soy yo”, dice a su novia Kay Adams, interpretada por  Diane Keaton. Y sin embargo, a la muerte de su padre y hermano mayor, acabará haciéndose cargo de la familia; esa que en un principio le parecía ajena es los aspectos más truculentos. Un cuarto hermano, hijo adoptivo de Victor Corleone, interpretado por Robert Duvall, será el asesor en los negocios del patriarca, y enfrentará las situaciones desde un punto de vista bastante indiferente y sereno. En el inicio de la primera película de El Padrino, ese contraste entre la fiesta que tiene lugar en los exteriores de la casa y la sobriedad del despacho de Victor Corleone, ya nos empieza dando pistas del drama profundo que late dentro de la obra. La película se cierra con otra celebración, el bautizo del hijo de Connie. Pero, en este caso, el contraste es si cabe mucho mayor, porque,  mientras se oficia la ceremonia, los jefes de las familias rivales son asesinados por orden de Michael Corleone, en una escalada de violencia que incluye la muerte de su cuñado. Acontecimientos que acabarán pasándole factura. La sed de venganza del hijo menor de Victor y el afán de poder y control, empiezan a manifestarse. En contraposición a su padre, un hombre humilde hecho a sí mismo; Michael es un déspota que quiere controlarlo todo. Pero tiene en su contra el mayor enemigo que un ser humano puede atesorar, el miedo. Un miedo que le lleva a ser inseguro; una inseguridad que acabará haciendo que sólo se mire el ombligo y, en contraposición a su padre, termine perdiendo a su familia. La orden de asesinar a su hermano Fredo es la acción más definitoria. Muerte que le perseguirá toda su vida. Al Pacino, que tuvo que sufrir el desprecio del productor, construye un personaje  que refleja lo que iba a ser su trayectoria profesional como actor. Coppola por su parte, amenazado con ser despedido, cuestionado en la elección de actores, rodando con dos cámaras, improvisando a la hora de la comida la muerte de Victor Corleone mientras juega con su nieto, se dice que incluso llorando sentado en una tumba durante el rodaje del entierro del patriarca porque no puede rodar y montar la película como el quiere; nos da una prueba de tenacidad. Así, cada escena es rodada como si fuese la última, lo que nos muestra una concepción del séptimo arte innovadora en su estructura y montaje para la época, adquiriendo la película una categoría cinematográfica magistral. 


AL PACINO ES MICHAEL CORLEONE EN EL PADRINO


    En 1974, ya con total libertad y el presupuesto duplicado (11 millones de dólares) Coppola rueda el descenso a los infiernos de Michael Corleone, alternándolo en perfecta analepsis con la antes mencionada consolidación en el pasado de su padre Victor como el Padrino. Pero Victor es un hombre que, por su inteligencia y capacidad de adaptación, a su llegada a América se va haciendo a si mismo, también ayudado por el azar que le lleva a impartir justicia matando a un extorsionador que tiene bajo su dominio al barrio.       Mientras, en el presente, Michael es un personaje totalmente diferente a su padre. Michael lo tenía todo, estudios y una carrera militar brillante. Pero el destino hará que salga lo peor de alma humana que yacía escondido en él. Ahora que es el nuevo patriarca, en su torre de marfil se va deshaciendo de enemigos y amigos sin distinción; buscando una seguridad y una calma que nada ni nadie le puede dar, porque los monstruos que lo atormentan subyacen en su interior. Se traslada de Nueva York a Nevada y vive en una gran casa fortificada, perdiendo todo contacto con la realidad y acosado cada vez más por los fantasmas de su pasado y presente. En esta segunda entrega, entra en escena el tema, tan de actualidad, como es la corrupción política y sus relaciones con lo oscuro de la delincuencia. Desaparece lo sagrado que hacia de la mafia una forma de entender los negocios y de El Padrino un hombre intocable. El detonante de la desintegración familiar es el atentado que Michael sufre en su propia casa, en el que casi esta apunto de ser acribillado junto a su mujer. El otro gran momento que marcará los acontecimientos posteriores es el beso de Judas que Michael da a su hermano Fredo antes de dar orden de que sea asesinado.  
    Tendrán que pasar más de tres lustros para que salga a la luz la tercera parte de El Padrino. Parece ser que Coppola tenía intención de tratar el enfrentamiento de Michael con su hermano, el hijo adoptivo de Victor; pero no fue posible porque se dice que Robert Duvall pidió el mismo salario que Al Pacino. Por lo que ese personaje desaparece en esta última entrega, y todo se centra mucho más en la figura de un Michael Corleone prematuramente avejentado y torturado por el pasado, que pretende redimirse siendo bendecido por las altas instancias religiosas e intentando su concesión al comercio legal. Pero son intentos vanos, ya que la película nos descubre que la corrupción afecta a las más altas esferas. Todo está sucio. Quiere saldar cuentas con sus socios, pero, es tal el alto grado de traición e intereses entre sus antiguos cómplices y los banqueros suizos, que se ve incapaz. Ya sólo le quedan su hermana Connie y su hija Sofia. Un nuevo personaje, Vincent, interpretado por Andy Garcia , hijo de su hermano Sonny, parece garantizar la sucesión. Un actor bien elegido para el papel, ya que nos recuerda en su rostro a su tío Michael de joven, pero tiene el temperamento de su padre Sonny. Sin embargo, el mundo ha cambiado. El honor, los códigos éticos más o menos discutibles de la antigua mafia, son vistos como una cosa del pasado. Todo vale en un mundo podrido por la ambición y el poder. Y es Mary, la hija de Michael interpretada por Sofia Coppola, el ojo derecho de su padre, quien muere por los pecados de este. En un final apoteósico, la familia se reúne para ver actuar al hijo de Michael que es cantante de ópera. Con la música de fondo de Cavalleria Rusticana de Pietro Mascagni, se suceden los acontecimientos. En un montaje nuevamente magistral, vemos como los que han traicionado a Michael caen asesinados; pero, al mismo tiempo, en el teatro de la ópera se masca la tragedia porque han contratado un sicario para acabar con la vida de Michael Corleone. Lo cierto es que, en la monumental escalinata que se abre a la entrada del teatro, Mary, la hija de Michael, pierde la vida delante de toda la familia por una bala que iba destinada a él. Todo ha cambiado. El mundo de la corrupción y las intrigas ha alcanzado un grado de sofisticación donde el honor y la palabra de un hombre no tienen valor. Esta última entrega de El Padrino es la apertura de telón a todo lo que hemos visto y estamos viviendo posteriormente. Antes, el mundo de la corrupción nos era mucho más ajeno, porque no teníamos las vías de información necesarias para llegar a él. Hoy podemos constatar que, lo que Coppola nos muestra en El Padrino III no está nada alejado de la realidad. Así, volvemos al punto donde empezó este artículo. Un anciano solo en una silla. Con unos cachorros de perro a su alrededor, expira su último aliento víctima de su propia codicia y sintiendo que se ha alejado de todo aquello que su padre Victor Corleone consiguió con la única arma de la inteligencia.


ROBERT DE NIRO ES VICTOR CORLEONE DE JOVEN EN EL PADRINO


    ¿Por qué nos impacta tanto este final? ¿Por qué nos invita a la reflexión? Creo que en el fondo, porque en nuestra dualidad como seres humanos, no estamos libres de, llevados por las circunstancias, convertirnos en indeseables. Porque la película nos está diciendo que, tarde o temprano, nuestras acciones, de un modo u otro, nos pasan factura y, ante la muerte, estamos solos con nosotros mismos.
        El humano busca la multitud para ahogar su propio drama existencial. Desde los albores de la humanidad, las sociedades se han cubierto por una inmensa capa festiva donde el bullicio hace olvidar por unos instantes que la única realidad es que, al vencer los días, estamos solos ante nuestros fantasmas. El haber vuelto a ver la trilogía de El Padrino de Francis Ford Coppola me ha hecho meditar sobre la naturaleza de los seres humanos. La trayectoria a lo largo de tres generaciones de la familia Corleone se ha mostrado ante mis ojos de un modo muy diferente al de hace años. Las tres películas –que no dejan de ser una sola película dividida en tres partes- trazan todo un estudio psicológico de una familia de emigrantes sicilianos que son llevados por el Sueño Americano hasta las más altas cotas de crueldad. Habría infinidad de aspectos que comentar sobre la obra de Coppola inspirada en la novela de Mario Puzo –autor que trabajo con el director en el guión-, pero en estas líneas me interesa recalcar esa comparación que considero pertinente para entender la existencia llevada a los extremos más duros y crueles. El Padrino Victor Corleone, interpretado por en inconmensurable e inimitable Marlon Brando en su madurez y por un joven Robert de Niro que ya apuntaba maneras en su juventud, es el resultado de un niño que vio como en su Sicilia natal asesinaban a su familia y tuvo que emigrar en las primeras décadas del siglo XX en busca de una nueva vida. La necesidad, en el barrio donde sobrevivió y formó una familia, mientras observaba como las gentes vivían oprimidas por el yugo de unos cuantos delincuentes, le llevó sin pretenderlo a impartir justicia de un modo violento y convertirse en lo que después sería para todos el Padrino. Se hizo a si mismo. En el caso de su hijo, Michael, interpretado por Al Pacino en uno de sus más complicados trabajos, es también el azar el que le lleva, asesinado su hermano mayor, a convertirse en Padrino a la muerte de su padre. Pero Michael Corleone parte de una venganza. Sus manos están manchadas de sangre de un modo muy diferente al que le ocurrió a su padre (Aunque huelga decir que la violencia nunca está justificada) Así, el nuevo Padrino se ve ocupando el puesto de su padre de un modo fortuito. Pasa de ser un estudiante modelo y militar condecorado, a ser un asesino y el jefe absoluto. Pero, a diferencia de su padre, Victor Corleone, Michael vivirá siempre con miedo y siempre arrepentido por las decisiones que su miedo le lleva a tomar.  Toda la trilogía puede conducir a una profunda reflexión. Quizá la más importante es que, conseguir el respeto de la gente no debe hacerse jamás por el camino del miedo. Se tiende a pensar que la gente con mucho miedo es cobarde e inofensiva. Pero, en muchos casos, es un pensamiento errado. El miedo hace a los seres humanos violentos. El perro muerde cuando se siente amenazado. La violencia no es justificable en ningún caso, ni física ni psicológica. Pero, si tiene que suceder, que los códigos empleados no dependan de un cobarde lunático enfermizo, como ha ocurrido en diversas ocasiones en la historia de la humanidad. Francis Ford Coppola nos ha dejado con la trilogía de El Padrino, una obra cinematográfica llena de matices; que abarca desde el concepto de familia, pasando por el de la amistad, por el del ser humano frente a la sociedad y su entorno. Y nos ha hablado de la importancia del respeto a la palabra dada y el honor de las personas. Cosas tan en desuso hoy en día. El ser humano que se manifiesta como es, puede resultarnos despreciable o maravilloso; pero no nos está engañando. Mientras, el que esconde su verdadera naturaleza bajo la máscara de la hipocresía, ese si es un individuo peligroso.
    Para la historia del cine, queda El Padrino; la obra de un entonces joven Coppola que luchó por crear una pintura fílmica que, aunque nos pueda parecer muy ajena a nuestras vidas, nuestros círculos y nuestras familias; no lo es tanto. Por suerte o por desgracia, la grandeza de una vida se mide más por como uno afronta su destino, que por la cantidad de gentes que nos dicen lo maravillosos o patéticos que somos. Porque, al final, cuando caen los días, solos con nuestra conciencia rendimos cuentas ante nosotros mismos. La soledad es la playa en la cual, más tarde o más temprano, tendremos que varar nuestra nave y hacer recuento de lo que ha sido nuestro periplo por la vida. Una playa que nunca nos permitirá volver a zarpar.

FRANCIS FORD COPPOLA CON ALGUNOS DE LOS ACTORES DE EL PADRINO


lunes, 18 de noviembre de 2013

LA RABIA (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XXI)

    Antes de la invención de la vacuna, la rabia era una terrible enfermedad, en ocasiones asociada a posesiones diabólicas y demás misterios. Prácticamente, con los años y los avances médicos, fue erradicada en los países “civilizados”. Pero, hoy, ahora, en pleno siglo XXI, la rabia ha vuelto a extenderse como una plaga. Pero no aquella rabia de visibles síntomas, sino una rabia muy diferente. Es la rabia que genera la impotencia de los pueblos que se sienten oprimidos, engañados, tratados como imbéciles. Hay una rabia latente en los ciudadanos. En algún tiempo, cuando lo políticamente correcto no existía tal y como lo conocemos, los regímenes totalitarios de uno y otro signo se movían a sus anchas. Así, las más extremas ideologías imponían su ley y oprimían al pueblo sin esconderse. Pero ahora no. Estamos asistiendo, sin darnos cuenta o sin querer darnos cuenta, a la consolidación de una sociedad basada en la mentira. Antes nos miraban con seriedad y autoritarismo. Ahora nos miran con una sonrisa y diciéndonos dulces palabras vacías de contenido. Pero nos siguen fastidiando igual. Esto es una democracia. El obrero sigue explotado, pero, eso sí, en vez de con la amenaza del calabozo, con una sonrisa. La estructura social ha llegado a unos grados de estupidez tan impensables e inverosímiles como los de “fumar es muy malo y te mata”; pero nosotros permitimos que se venda eso que te mata y vas a fumar a tu… casa. Eso sí; puedes respirar todo el aire contaminado que quieras, que nuestras industrias seguirán envenenando la atmósfera, ríos y mares. A la hora de conducir, las prohibiciones son cada día más descarriadas. No puede usted tomarse una copa porque es muy malo; pero las carreteras pueden estar llenas de socavones, deficientemente señalizadas y mal peraltadas, que eso no provoca accidentes. Esto es una democracia. Usted es libre. Pero cuando exprese su opinión, hágalo por los cauces legales; es decir, en su casa. Porque el ciudadano de a pie no tiene ninguna posibilidad de subir a la tribuna y decir lo que piensa y que adquiera cierta relevancia a nivel social, como hacen día tras día los gobernantes de este mundo de hipocresía y falacia. Como nos enseñaron que la democracia es el mal menor; resulta que tenemos que aguantar lo que no echen porque somos muy democráticos. A veces me parece estar viviendo una pesadilla. Si fuese político –cosa que jamás llevaría a cabo- no me atrevería ni a esbozar una mínima sonrisa ante el panorama patético y obsceno que estamos viviendo. He acabado pensando que la única diferencia entre una dictadura y una democracia es que, en la primera te decían “esto es así y se acabó”; y en la segunda te dicen “el poder lo tiene el pueblo”, mientras se ríen del pueblo y siguen haciendo lo que les da la gana. Es decir, manda el pueblo, pero el pueblo hará lo que nosotros queramos. Qué triste. Hubo un tiempo en que aún existían utopías. Hubo un tiempo en que creímos ser libres. Tal vez lo soñé. Ahora sólo queda la rabia. Cuando oigo “La ley está para cumplirse”, y veo la gente sin techo con el consiguiente incumplimiento de los artículos de la constitución y los derechos humanos. Cuando oigo “Todos somos iguales ante la ley”; y veo que los que tienen viven a costa de los currantes, vulnerando los respectivos artículos de la leyes básicas que nos hemos dado. En fin, para qué seguir. Sólo rabia se puede sentir. Una rabia para la cual la única vacuna sería erradicar la vanidad, la soberbia de un sistema envilecido y envanecido, que se regocija en su propia prepotencia, aplastando como siempre al pueblo, que tan solo anhela vivir en paz.


viernes, 15 de noviembre de 2013

EL NIÑO QUE SOÑABA CON EL CINE (UNA VIDA DE CINE - III)

    Cuando era niño, en la ciudad de Vigo había más de diez salas de cine. En el barrio del Calvario eran dos, el Avenida y el Palermo, donde pasé gran parte de las horas en mis años de infancia Hace mucho tiempo que la mayoría de los cines de Vigo echaron el cierre. La primera vez que recuerdo haber entrado a un cine, fue con mi madre y tendría alrededor de ocho años. Entonces, eran programas dobles de sesión continua. Lo que, en los dos cines antes mencionados, quería decir que podías ver dos películas y, si te habían gustado, quedarte y repetir el visionado. Todo un lujo para un niño de barrio como era yo. Porque el cine significaba entonces muchas cosas. De aquella primera vez que tengo recuerdo, sólo ha prevalecido en mi mente una de las películas que vi. Era Los crímenes del museo de cera. Probablemente no muy acta para un niño de ocho años. La cara desfigurada del actor Vincent Price entre las sombras, me lleno de terror y fascinación a la vez. Comprendí desde ese instante que todos mis esfuerzos irían encaminados a ver el mayor número de películas posibles. Era un privilegiado que tenía dos cines a escasos cien metros de casa. En una época en la que estábamos acostumbrados a la televisión en blanco y negro, la pantalla de cine plena de color era vida y fantasía. Recuerdo los primeros años de mi vida en tonalidades grises, salvo cuando me sentaba en aquellas butacas de madera, que hoy nos parecerían incómodas, y un mundo de color se abría ante mí. Hasta los grandes clásicos en blanco y negro parecían, y de hecho tenían muchos más matices y luminosidad que la triste pantalla del televisor. Aquellos cines tenían el suelo tapizado por cáscaras de pipas que iban crujiendo mientras el acomodador buscaba un lugar donde ubicarte en la oscuridad de la sala. La fritura de las películas era en ocasiones considerable, y ya formaba parte de la imagen. Mientras que eran frecuentes los apagones porque el proyector fallaba, con el consiguiente pataleo de los asistentes en la sala. Los cines no eran cómodos, las imágenes no tenían la pulcritud que en la actualidad atesoran, el ambiente estaba cargado; pero, todo eso se olvidaba en el momento que aparecían en la pantalla los actores y actrices plenos de magnetismo y carisma. Ir al cine era todo un ritual. Primero uno examinaba detenidamente los fotogramas que estaban en el porche de entrada. A veces durante mucho tiempo. En una ocasión recuerdo que no tenía dinero para entrar a ver las películas y me pasé toda la tarde observando los fotogramas -creo recordar que una era de Tarzán- hasta que el portero me invitó a largarme del umbral del cine si no iba a entrar. Afortunadamente, las más de las veces conseguía el dinero para poder acceder al interior. La taquilla del Palermo tenía cierta presencia, toda de madera. La del Avenida era un ventanuco de dimensiones muy pequeñas por el que sólo se escuchaba la voz y se veía la mano que cogía el dinero y entregaba la entrada. El interior del cine Avenida estaba jalonado a un lado y al otro por los carteles de cine de las películas. Si uno era puntual, podía ver la puerta abierta donde se hallaba el mágico proyector. La entrada del cine Palermo era estrecha en su inicio y a un lado estaba la sala, más pequeña que la del Avenida, pero sin embargo tenía fuera de ella un amplio espacio con paredes llenas de carteles de cine y al final el bar, entonces llamado ambigú, donde uno podía adquirir las chucherías necesarias para cada función. Después de la habitación de mi casa de infancia, el cine ha sido el lugar donde más veces he podido estar solo a la vez que acompañado por un mundo de sueños. Recuerdo fines de semana en que entraba y esperaba de pie a que alguien llegase al punto donde había comenzado a ver la película y dejase libre el asiento. En una de esas ocasiones, cantaba Lee Marvin la Estrella errante en la Leyenda de la ciudad sin nombre. Recuerdo días de semana en los que la sala estaba desierta o apenas ocupada por dos o tres personas. Recuerdo tipos peligrosos, al lado de los que, sabía, no era conveniente sentarse. Recuerdo jóvenes preciosas al lado de las que si aspiraba uno poder llegar a sentarse, a ser posible en la fila de los mancos. Contadas estas cosas hoy, parece que han pasado cientos de años. Pero no es así. Hace muy poco que el cine movía a cientos de personas y las salas se llenaban a rebosar. Ahora uno tiene el cine en el sillón de casa. Bueno, tiene las películas al alcance de la mano, pero no el cine. El cine, como lo conocimos los de mi generación –la última que vivió el auge de la salas de proyección- ya nunca volverá. Me considero afortunado por haber podido vivir esa magia inigualable. El tiempo en que uno se enfrentaba a la pantalla sin saber que iba a ver de repente a un gorila montado en un caballo y a Charlon Heston enjaulado como un animal por los simios. Hoy, cuando afrontamos una película, tenemos tal cantidad de información sobre ella, que el efecto sorpresa ha desaparecido. Si uno salta en la butaca puede ser por exceso de decibelios, no por haber sido sorprendido con algo nuevo. Como en las demás facetas del arte, hemos despojado al cine de sus misterios. Los making of rebelan todo el entramado y el proceso de las producciones. Para un amante del cine como yo, ha sido maravilloso poder ver todas esas cosas, Pero no puedo por menos que reconocer que la excesiva información ha terminado por ahogar al cinematógrafo. No necesité la primera vez que vi Casablanca o ¡Qué Bello es vivir! que nadie me explicase los mensajes que querían transmitir. La genialidad con que habían sido realizadas fue suficiente para mostrarlos, en algunos puntos de manera consciente y en otros de manera inconsciente. Pero en la actualidad todo ha cambiado. En muchos casos para bien. No digo que no. El cine seguirá vivo mientras las últimas generaciones que saboreamos todo lo antes mencionado estemos en la brecha. Pero ¿Después? ¿Podrá sobrevivir como tal? El primer paso para la desaparición del cine se dio cuando comenzaron a dejar de existir las salas como las anteriormente citadas que proyectaban películas de todos los géneros y todas las épocas. Después estaban los grandes cines de la ciudad que traían los estrenos. Pero los pequeños cines de barrio eran fundamentales para mantener la cultura cinematográfica. Es como si en la música, mal llamada clásica, sólo permaneciesen activas las grandes orquestas sinfónicas tocando a los autores contemporáneos, y desapareciesen las orquestas de cámara y otro tipo de formaciones que interpretan a los clásicos y hacen escuela y crean cantera. Esta es la verdadera realidad del porqué de la desaparición del cine como rito de ir a la sala y ver la película en la gran pantalla. En internet triunfan los videos de corta duración –si puede ser menos de un minuto mejor- y los niños y adolescentes ya nada saben en su inmensa mayoría de qué estoy hablando. Para ellos, pedirles que vean Ben Hur o Doctor Zhivago, es como pedirles que vayan a la ópera a escuchar a Wagner o a Verdi. Esta es la realidad. Omito en este último ejemplo el cine de autor, por considerar que en la mayoría de los casos se necesita cierta edad para entenderlo. Y esto no es ser nostálgico, ni mucho menos. Me encantan las nuevas tecnologías. Soy feliz pudiendo ver en mi televisor el cine de hoy y de ayer. Pero eso no me impide ser consciente de la realidad. Los amantes del cine hemos aceptado con resignación el cierre de los templos donde aprendimos a soñar, donde nos hicimos más libres, donde creímos poder alcanzar otros mundos fuera del habitual. Y eso es algo que no ha hecho ningún bien al futuro del séptimo arte. Con total impunidad en la ciudad de Vigo se cerraron, y en muchos casos hasta se echaron abajo, cines que eran como una segunda escuela. En estos instantes en que la cultura esta tan afectada por los problemas que genera el monstruo de la economía, y las escuelas y maestros sufren las carencias, es necesario recordar que la destrucción de los cines no fue una decisión puntual, sino un acto que se fue realizando paulatinamente hasta acabar con las emblemáticas salas. Vigo, la ciudad en la que nací, fue una bella dama llena de hermosas playas y paseos arbolados. Hoy es una ciudad que, en aras de la modernidad, ha destruido un sinfín de construcciones. Entre ellas, los cines que fueron nuestra segunda escuela. Para mí el cine siempre será una gran pantalla, una butaca, un sonido de proyector,  los sueños del niño que hay en mí.

LA MAGIA DEL CINE

jueves, 14 de noviembre de 2013

LOS SEÑORES FEUDALES DEL SIGLO XXI (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XX)

    Es lamentable, pero vivimos en un error permanente. El mismo lenguaje, que tanto ha dado al hombre y la creación, se ha convertido cada vez más en un arma de doble filo. En cuestiones de legalidad y justicia, esa suerte de jeroglífico en el que el lenguaje puede convertirse, nos ha llevado a las más altas cotas de necedad y despropósito. La ley, que en otro tiempo era tajante, cruda e incluso avasalladora con los pueblos (véase el Viejo Oeste) en la actualidad, en los países supuestamente civilizados, se ha convertido en una suerte de despropósito que, no sólo la mayoría de la veces conduce a sentencias injustas y degradantes para las víctimas; sino que además cuesta cantidades ingentes de dinero a las arcas del estado, que, por si queda alguien que no se ha enterado, somos todos. En lo que respecta a la aplicación de la ley, salvo el hecho de que es más lenta, más pomposa y más enrevesada; no ha variado mucho de aquella que en la Edad Media cortaba la mano o colgaba al hambriento que robaba una manzana, pero sin embargo concedía derecho y autoridad a los señores feudales para someter y torturar a los humildes pobladores. Pero, la diferencia más sustancial en todo esto, es que los señores feudales no se escondían bajo la máscara de la hipocresía. Vivían pomposamente en sus castillos y se paseaban con sus corceles haciendo ostentación de sus riquezas y poder. Es decir, se les veía venir. Sin embargo, los nuevos señores feudales del siglo XXI, no tienen nada que ver con aquellos sinceros malvados. Hoy no van a caballo, ni se los puede ver oteando el horizonte en la torre de homenaje de su castillo. Ahora están entre nosotros, nos cuentan que todo es muy democrático, que todos somos iguales ante la ley y el estado, que tenemos una llena de derechos y obligaciones. Eso sí, las obligaciones si no las cumples te crujimos; pero los derechos ya los tendrás si se tercia, y si no aguanta, ¡para eso vivimos en un estado de derecho! Uno, que se jacta de no pertenecer a ninguna corriente política, ni siquiera artística, y siempre ha ido por libre; no puede por menos que denunciar una y otra vez este espectáculo al que asistimos sin capacidad de reacción, adormecidos por el suave canto de la sociedad del bienestar que, dijeron, disfrutábamos. Pero todo fue mentira. Siempre lo ha sido. La historia de la humanidad es el triste paisaje de unos pocos (que cada vez van siendo más al proliferar al abrigo de la democracia y otras palabras muy bien sonantes) como decía, unos pocos que tienen el puño lleno de monedas y de vez en cuando van soltando una para demostrarnos lo bondadosos y buenas personas que son; mientras en la otra mano tienen el puñal con el que clavan una y otra vez la moral y los cimientos de la dignidad humana. Yo, que viví el tiempo de libertad, jamás pensé asistir al espectáculo de la caída de todas las quimeras que forjaron nuestros abuelos y nuestros padres a golpe de sudor y lágrimas. ¿Para qué? Para heredar un mundo en el que ya nada es nuestro; en el que hay que pagar por todo. ¿Quién se cree esta farsa? El día en que los mítines políticos estén vacíos porque las gentes se hayan quedado en sus casas en silencio; el día que la gente vuelva a sentir que vivir es el mar, el cielo y sus estrellas; y no escuchar la verborrea repetitiva de los unos y los otros. El día en que nadie haga caso a sus despropósitos, a su decir aburrido y su acciones vanidosas. Ese día, se producirá la mayor revolución vivida. No habrá bombas, ni balas, ni éxodos. Un silencio profundo recorrerá las ciudades. Y ellos se quedarán en sus tribunas balbuceando a la nada sin saber qué hacer. Patéticos muñecos cuyos hilos seguimos sosteniendo todos opinando a favor y en contra; en definitiva, dándoles la razón y el crédito que no tienen. Entonces, será de nuevo la mirada, el verso, la melodía, la conversación sobre la esencia misma del ser humano, lo que copará la atención de unos pueblos que hoy viven adormecidos por esa insostenible consigna de “Todo es política”. Lo único real es la mano que acaricia, la palabra que consuela, el gesto que ayuda a superar la tristeza del alma o la pobreza. Lo demás son todo fuegos de artificio que tienen como único fin que sigamos mirándolos con la boca abierta y pensemos que el mundo es luchar y enfrentarse para reivindicar esto o lo otro. La vida tiene como única premisa, vivirla. Todo lo demás es vanidad y miseria. El silencio puede ser la más rotunda losa para aquellos que se nutre de la desesperación y el desencanto. No hay nada más poderoso que el silencio de la multitud. Esa es la verdadera lucha. Si seguimos alimentando al “monstruo”, dándoles una categoría que no tienen, acabaran pisándonos muchos más aún. Existió un tiempo en que los artistas, los escritores, eran tenidos en cuenta más que los dirigentes políticos y económicos. El poder, muy a su pesar, jamás estará en sus leyes ni en sus acciones en bolsa. El verdadero poder radica en el arte que prevalecerá sobre sus afanes de grandeza, sobre sus riquezas, sobre lo que un día serán sus mondas calaveras. El verdadero poder es aquel que llega la corazón de los seres humanos y los hace sentir más auténticos y más libres. Porque jamás lograrán esclavizar los sueños.


CONVERSACIONES CON SENIA - IX

    -Hola, Senia.
    -Hola, Julio.
    -Ha llegado el otoño.
    -Te veo triste.
    -Tal vez. No más triste que en otra estación cualquiera.
    -Eres un poeta.
    -¿Y…?
    -Los poetas son gente triste.
    -¿Tú crees eso, Senia?
    -No, no lo creo. Pero mucha gente lo piensa.
    -Piensa que estamos paseando el otoño, pisando sus hojas secas y lamentándonos de nuestros desamores.
   -¿No lo crees, Julio?
   -La gente ya no piensa ni escucha a los poetas, Senia. Esa es la triste realidad.
   -Es una pena, Julio. Parece ser que fue un poeta ciego quien escribió las dos obras que más han influido sobre la literatura universal. El periplo de la Odisea y la épica Ilíada. Fue un poeta, Dante Aliguieri, el que en su época dio un lugar a cada uno en el Paraíso, Purgatorio e Infierno. Y un poeta fue Milton que nos habló del Paraíso Perdido. 
    -Sí, Senia. Pero hace algunas tiempo que, ser poeta, es algo así como ser un hacedor de rimas melancólicas…
    -¿Sabes lo que creo? Que el mundo sería mejor si la gente escuchara más a los poetas.
    -¿A ti te gusta la poesía, Senia?
    -Mucho. Y me gustas tú.
    -Eso está bien. Brillas en el otoño de mi vida…
    -Para, para, para. No te pongas dramático.
    -Contemplando tu sonrisa es muy difícil dejar que la melancolía anide en mí.
    -¿Estás triste por algo, Julio?
    -Este mundo, Senia. Lo de siempre.
    -La noche es tan hermosa. Un poco de meditación bajo este cielo que nos mira, y los humanos serían muy diferentes.
    -Los humanos nunca cambiamos, Senia. Caín y Abel, Rómulo y Remo, Seth y Osiris, Zeus y sus hermanos…
    -El otoño tiene cierto aire romántico. ¿No crees, Julio?
    -Sí, es verdad. Pero no hay sitio para el romanticismo en una sociedad despiadada.
    -Al final, de un modo u otro, la inmensa mayoría queremos ese dulce sabor de una lejana poesía que nos envuelva.
    -Sí, Senia. Una poesía que nos meza en la noche de la soledad cierta que tarde o temprano a todos nos abraza.
    -Tiene vida el otoño, Julio.
    -Sí, tiene vida y sueños flotando sobre su mar de hojas secas.
    -Hojas muertas llenas de vidas. Cada una es una historia.
    -Como tú y como yo, Senia; que seguimos encontrándonos en este punto incierto de la noche más oscura.
    -Y siempre lo haremos.
    -Espero que así sea.
    -Será siempre así, Julio. No lo dudes.

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VARIACIONES SOBRE UN TEMA - EL AMOR - VARIACIÓN Nº 7 - PARÍS

    Vimos el sol enrojecer el cielo sobre la noche parisina. En Place de la Concorde el tiempo se detuvo. Aún suena en mis oídos la eterna canción que el Sena brinda a los amantes. Las calles de París siguen latiendo en el corazón de quien tanto amó su poesía.

FOTO DE JULIO MARIÑAS

miércoles, 13 de noviembre de 2013

VARIACIONES SOBRE UN TEMA - EL AMOR - VARIACIÓN Nº 6 - ROMA

    El Tíber lleva aromas de tus besos. Recorrimos las ruinas del foro, y al anochecer alzamos los ojos para observar las bandadas de estorninos en el cielo, que ayudaban a la oscuridad en su ardua labor de vencer la luz del día. Y en la Fontana de Trevi, abrigamos el sueño de volver un día, cuando la vida fuese algo más leve.

FOTO REALIZADA POR JULIO MARIÑAS

VARIACIONES SOBRE UN TEMA - EL AMOR - VARIACIÓN Nº 5 - LISBOA

    Hay un fado que recorre Lisboa en la sentida noche portuguesa. Nuestras miradas siguen brillando en ese Mar de la Paja, en el Barrio de Alfama y nuestros sueños; mientras un verso de Pessoa de desliza en la profunda canción del tiempo sosegado.

PINTURA DE JULIO MARIÑAS

martes, 12 de noviembre de 2013

RECUPERAR EL SILENCIO (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XIX)

    Que un escritor y compositor reivindique el silencio como medio de expresión  tal vez pueda parecer un contrasentido. Pero en lo profundo de este alegato hay mucho de verdad. Porque el ser humano, en un elevado porcentaje de casos, ha renunciado definitivamente a ese paraíso, casi desconocido para los nacidos en las últimas décadas, que ha sido y sigue siendo el silencio. Tal vez porque venimos del silencio del útero materno y caminamos inexorablemente hacia el silencio de la tumba, la evolución o involución de la sociedad, según se mire, ha ido creando todo un mundo de estridentes y ruidosas metrópolis donde el ruido es un bien codiciado por la mayoría; acaso como cortina para tapar la realidad que asola a cada persona. Cuando era un chaval y regresaba de tocar en alguna actuación a altas horas de la madrugada, al abandonar a mis colegas y entrar en el portal del edificio donde entonces vivía con mis padres y hermanos, comenzaba a percibir esa sensación de vacío. Por aquel entonces, a partir de las once de la noche no funcionaba el ascensor, y tenía que subir hasta el tercer piso por las escaleras. Observaba las puertas, todo era silencio; entraba en el piso intentando no hacer ruido, oscuridad y silencio invadían el ambiente. La sensación de vacío en la madrugada, después de haber estado en el bullicio de la fiesta y recibir el aplauso del público, era tan intenso que sobrecogía. Muchas personas ajenas al mundo del espectáculo suelen pensar que los artistas viven en un continuo torbellino sonoro. Y en parte es cierto. Pero hay una soledad en la que reina el silencio antes y, sobre todo, después de cada actuación. Si uno no la canaliza bien, puede acabar siendo insoportable. Por eso es muy comprensible la necesidad que grandes cantantes o actores tienen del escenario. Además de estas apreciaciones a nivel físico y psicológico, hay otra función que hace el silencio. Es la base del arte. La pausa más breve o más larga entre los versos de un poema, entre la frase de un actor y su réplica. Y si hablamos de la música, el silencio lo es todo. Sin él no existiría el ritmo, pilar esencial de la estructura de cualquier construcción musical. A nivel emocional, ya lo dijo el poeta Arturo Graf, “Haz silencio a tu alrededor, si quieres oír cantar tu alma”. El silencio propicia el encuentro con nuestro “Yo” más profundo; nos invita a la meditación y la reflexión. En este siglo XXI, en pleno auge de los medios de comunicación, donde todos “decimos”; se hace necesaria una reivindicación como esta. Qué sería del cine sin los momentos en que los actores abandonan la palabra y sólo miran. El silencio es la puerta que nos abre la actitud para la escucha. Y escuchando aprendemos. Hay infinidad de silencios. Hay un silencio pesado como una losa. Es el de los cementerios cuando uno los recorre en soledad en los días grises de otoño. Hay silencios livianos y reconfortantes cuando después de la pasión los cuerpos yacen abrazados entre las sábanas. Hay silencios hirientes, como los del adiós que surge después del tiempo de esplendor. Hay tantos silencios como situaciones. Pero no debemos vincular el silencio a la dejadez. Todo lo contrario. Cultivar el silencio, comprenderlo en nosotros y en los demás, es una labor tanto o más ardua que buscar palabras inteligentes, bellas o conmovedoras. El silencio interior es lo que vendrá después de escribir estas líneas, lo que vendrá después de leer estas líneas. El ejercicio de intentar por unos instantes detener el fragor del mundo y observar la vida desde el silencio, nos hará, sin lugar a dudas, encontrar nuevas perspectivas y formas de percibir lo que nos rodea. Es muy necesario reivindicar el silencio como la base sobre la que se asienta todo lo contrario o diferente a él. Por eso, ya dejo de escribir. Que se haga el silencio.


viernes, 8 de noviembre de 2013

HOMENAJE AL LIBRO (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XVIII)

    Sobre el anaquel sereno. Sólo habla cuando le preguntan. Si extiendes la mano y lo abres con cariño, pronto el silencio se torna sonido, fluyen las palabras, las frases cadenciosas, tal vez ilustraciones. Y así, el libro nos va llevando a mundos hasta entonces desconocidos, historias reales o ficticias, ajenas en su argumento a la vida del autor o plasmadoras de las vivencias del mismo. El libro es el amigo que puede enseñar sin tener voz, llevarnos a lugares desconocidos sin movernos de nuestro asiento. Hay libros grandiosos, con letras doradas en sus portadas y bellas ilustraciones en su interior. Hay libros humildes, heridos por la polilla y marcados por la humedad de oscuras habitaciones. Pero la mayor parte de ellos albergan en su interior, en mayor o menor medida, algo interesante. Una enseñanza, una referencia, una inspiración, un sentimiento, un esbozo de vida. Cuando nos preguntamos: “¿Cuál es el mayor invento de la historia?” Deberíamos contestarnos: “Sin duda alguna, el libro en sus diversas formas”. Desde los primeros papiros hasta hoy, la historia de la humanidad no habría sido igual sin el libro. El descubrimiento, que no invento, que fue el fuego; alrededor del cual se contaban historias, ha dado mucho al ser humano. Pero los antiguos homínidos acabaron siendo sapiens de verdad, alcanzaron “el doctorado”, cuando su saber comenzó a circular de mano en mano. El libro ha sido consejero de grandes estrategas, medida de reflexiones de ilustres pensadores, consuelo de angustiados solitarios en horas muertas y vencidas. El ritual de la búsqueda entre los anaqueles de la biblioteca, el abrazo de nuestras manos en sus solapas, el tacto de sus hojas en nuestros dedos, el olor de sus páginas que guardan celosas pensamientos de otros tiempos, otras vidas, otros mundos. Todo conforma un insustituible rito de culturización, donde el afán por saber nos llama. Cuando uno recorre las páginas de un libro, abandona su “yo”, y se entrega al recorrido de lo que las palabras vertidas en el papel le proponen. Un buen libro es una cura de humildad para comprender lo grande que puede ser un alma humana y a las cotas de imaginación, reflexión y sensibilidad a las que puede llegar. Un libro es el mejor epitafio y testamento que un escritor puede dejar para la posteridad. No dejemos que los libros duerman jamás el sueño de los justos. En ellos está lo que ha sido, lo que es y lo que será todo el pensamiento de los seres humanos que los han escrito, los han elaborado, los han leído y los han reflexionado. Porque un libro es el elemento material más cercano a lo vivo. Tiene el alma de su autor. Por eso la historia está jalonada por corrientes totalitaristas que han adoptado como primera medida la quema de libros. Porque en el libro reside y late la esencia del intelecto y el alma de todo aquello que llamamos humano. Cuando ya no podamos correr por los verdes prados, nadar en las agitadas aguas, amar con pasión, ni siquiera caminar por los senderos al lado del río; siempre tendremos la oportunidad de, con nuestras manos temblorosas, abrir un libro y volver a elevarnos muy lejos del presente; a la niñez, la juventud, la época de sueños e ilusiones. Así, con un libro entre las manos, podremos volver a sentir la pasión que sólo puede darnos, el tacto de sus páginas en nuestras manos ya cansadas.

MANOS DE JULIO MARIÑAS

jueves, 7 de noviembre de 2013

EL REGRESO (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XVII)

     Regresó del abismo. Del lugar donde la negrura tiene su reino y el silencio señorea el espacio. Lo hizo cansado por años de caída libre en los que intentó agarrarse a las lisas paredes del desencanto. Volvió con la barba entrecana y cansado por el tiempo de incertidumbre y angustia. Regresó del abismo y buscó la luz en un mundo oscuro, la comprensión en un mundo sordo, el amor en un mundo de vanidad y mediocres. Regresó del abismo, y jamás se perdonó el haberlo conseguido.


FOTO DE JULIO MARIÑAS


VARIACIONES SOBRE UN TEMA - EL AMOR - VARIACIÓN Nº 4 - AMANECERÁ

    Amanecerá, y tu pelo negro estará revuelto sobre la almohada. Despertaremos lentamente a un nuevo día. Me mirarás otra vez, como en las lejanas mañanas de los tiempos en que tu vida y la mía aún no se habían fundido en el ritmo salvaje de las horas de invierno.
    Amanecerá, y abrirás los ojos, mientras a tus labios, perfilados y tiernos, asomará  una sonrisa; remanso de paz en la nueva mañana. Y nos amaremos de nuevo con el ímpetu que da sentirse deseados y libres.
    Amanecerá, y mientras bailamos la danza del amor entre las sábanas, estaremos ajenos al mundo y sus misterios.
    Amanecerá, como cuando la vida nos regaló la juventud y el tiempo; como cuando teníamos la tierna incertidumbre de no saber ser uno.

    Amanecerá, y nuestros cuerpos de fuego recibirán el alba con la pasión que sólo pueden albergar aquellos que han probado el vigoroso néctar del amor sin credos, ni banderas, ni tierras que nos aten al vanidoso mundo de los vivos.