lunes, 15 de diciembre de 2014

TAL VEZ LA VIDA - II

    El tiempo ha pasado veloz sobre los días de sol, allí, en las montañas que arañan con su perfil el alba radiante y el ocaso sentido; veloz por la noche de claro de luna, cuando sobre las aguas serenas, amores furtivos hicieron nido desafiando al espacio y sus misterios insondables. No cesa el tic tac contabilizador de horas vivas y muertas; referente para el humano advertido; a pesar de esa relatividad que conjuga tiempo y espacio, dejando la puerta abierta a diversos interrogantes sobre ese cosmos ignoto y desafiante. Entender que sólo existe aquí y ahora, y ya acaba de pasar; que cada sutil movimiento; un parpadeo, una sonrisa, hasta la efímera brisa de la infancia; va añadiendo, sin remisión, tiempo sobre nuestra existencia; es el concepto más útil para vivir. El error más hiriente de todo esto de la historia del hombre, es haber construido una existencia material, un entramado social, un pensamiento global e individual, como si la vida de cada humano sobre la faz de la tierra fuese eterna, como si el homo sapiens tuviese garantizada la infinitud de su especie. Ese concepto erróneo ha llevado a los hombres a banalizar su modo de vida como si les sobrasen las horas, a preocuparse de lo irrelevante en vez de vivir con la intensidad necesaria y lógica  ante la finitud de la existencia. El tiempo ha pasado veloz, y lo sigue haciendo. Desde mi rincón contemplo a las aves que surcan el cielo, los veleros que estelan las aguas antes de perderse en el horizonte. Pienso en la placidez de este instante en el que soy consciente de lo irrepetible de cada acontecimiento y en lo mágico de vivir.

FOTO DE JULIO MARIÑAS

viernes, 5 de diciembre de 2014

TAL VEZ LA VIDA - I

    Intrincado laberinto donde circunspecto el humano transita sin perspectiva ni ángulos perfilados. En su retina poliédricas imágenes asoman, fulgor de ocaso, tapiz de horizonte argénteo y quieto. Un aroma de fango ahíto de cadáveres sin nombre se mezcla con la fragancia eterna de juventud y olvido. Por sinuosos corredores vagan los ecos atonales, disonantes, quebrados, de las voces antiguas; cruel plegaria. Y el hombre percibe ese sabor de besos desmayados y sexos acabados en la noche de los tiempos. Sus dedos resbalan por las ásperas paredes de complejos pasadizos. Ítaca está cada vez más lejos. La bruma de las horas la perdió en la noche de novilunio cuando el buque majestuoso de los sueños surcaba mares ignotos, piélagos que hablan de la soledad y el tiempo. Bajo el pragmatismo contemporáneo de la urbe enajenada, duerme la voz del poeta; letargo hacia un abismo sin fin, profundidad de un firmamento en continuo devenir hacia la nada. Mientras surca una lágrima la eterna y fugaz existencia del hombre, emerge del vacío aquella melodía del renacer ansiado, en un profundo llanto, descarnado y perpetuo. Mácula que orla la existencia y los sueños.


FOTO DE JULIO MARIÑAS

viernes, 7 de noviembre de 2014

CONVERSACIONES CON SENIA - X

    Hace tiempo que no bajo al río. Prefiero el otoño para hacerlo. En verano está demasiado frecuentado. Esta noche es posible que esté ella en sus orillas. Ya la estoy viendo. Lleva un vestido blanco de gasa que la brisa nocturna mueve suavemente.
    -Hola, Senia.
    -Hola.
    -Hace tiempo que no nos veíamos.
    -Algún tiempo.
    Apenas veo su cara. Mira hacia otro lado, como queriendo ocultar algo.
    -¿Oyes, Julio?
    -¿El qué?
    -Los cantos de poetas.
    -Vagamente. No puedo distinguir sus palabras.
    Entonces, Senia canta susurrando con la voz más dulce que jamás he oído.
   
Vuelas tiempo, vuelas,
A las tierras lejanas
Donde habitan los versos
Que un día llevó el viento.

Vuelas, tiempo, vuelas,
A las blancas mañanas
Donde rotas pasiones
Dieron su último aliento.

    -Es muy hermoso, Senia. Nostálgico.
    -Sería hermoso, si fuese verdad.
    -¿Verdad? No te entiendo, Senia.
    -No son poetas los que cantan.
    -¿Quiénes son?
    -Los monstruos del desencanto. Sus voces vienen de las lejanas tierras donde nunca amanece. Son como los cantos de sirena. Su belleza es un engaño para los sentidos.
    -¿Tienen nombres?
    -Son los Hijos del Tiempo Quebrado. No debería haberlos escuchado. Es mejor que te vayas, Julio.
    -¿Por qué?
    Poso mi mano sobre el hombro de Senia. Cuando se gira con delicadeza, su cara es la de una anciana con el rostro surcado por infinitas y profundas arrugas; con los ojos hundidos entre tanta degradación y la boca reseca.
    -¡Vete, Julio, vete!

    Me alejo sin volver la vista atrás con su anciana voz resonando en mis oídos. Dice en un eco cada vez más lejano “Tiempo, tiempo, tiempo, tiempo…”

DIBUJO DE JULIO MARIÑAS

AL CORRER DE LOS AÑOS (EN LA NOCHE - XII)

    Al correr de los años, envueltos en un sutil manto de horas entregadas, se ha ido desgranando la vida y sus misterios. Nunca estuvimos tan cerca del abismo, como cuando descubrimos que las gaviotas que surcaban el horizonte en los atardeceres rojos no iban a ninguna parte. Ahora, en las aguas calmas del ocaso, flotan los cadáveres de los instantes desvanecidos al paso de los días. Los verdes campos están secos en el espejo de la cruel memoria. Sin remisión, en las sombras se esconde el tenebroso canto de ancestrales sirenas que habitan las islas no encontradas en los mapas. Si navegáis los mares cercanos a ellas, no os dejéis hechizar por sus cantos, ni por su aparente belleza. Tras los bellos rostros y las sensuales formas, esconden afilados dientes y corvas garras negras que arrancarían vuestras entrañas hiriendo el interior más profundo. Al correr de los años el espejo se torna revelador implacable. Su faz empañada apenas sí deja vislumbrar el rostro cansado y pensativo. Las gotas que resbalan por su lisa superficie se interponen entre nosotros y nuestro reflejo. Son lágrimas vacías, insípidas, olvidadas en el discurrir de los días. En las noches solitarias, las sombras dibujan frías siluetas en las paredes, sobre los muebles, al abrigo de puertas entreabiertas, en las habitaciones abandonadas. Y en el amanecer, hay un viejo sabor a sueños cumplidos diluidos en el despertar de un nuevo día que nos abre a nuevos enigmas al correr de los años.



CAE EL POETA (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XXXVII)

    Cae el poeta. Sus rodillas golpean el suelo áspero y cubierto de hojarasca del viejo cementerio. Entre las tumbas silentes, llora el olvido de su obra. Aquellos versos inspirados que acompañaron las noches de vigilia al brotar de su pluma. Alrededor del camposanto, la ciudad dormita agónica con respiración entrecortada, ahíta de soberbia y mediocridad. El mundo gira indiferente al canto del poeta. Tal vez, pasado el tiempo, como en tantas otras ocasiones a lo largo de la historia, las gentes lavarán sus conciencias editando los versos del poeta en cuidadas ediciones póstumas. Lo harán cuando no sea más que mondos huesos o polvo en cualquier tumba. Ahora no quieren que la inmensa sombra que proyectan sus palabras pueda hacerles meditar o mueva conciencias. Es necesario el triunfo de lo superficial para que el ser humano pueda justificar tanta miseria, tanta mediocridad, tanta injusticia. Cae el poeta y, arrodillado entre las tumbas, sonríe aliviado porque sus alas de sueños pueden llevarlo a lugares que la inmensa mayoría de los mortales jamás podrán ni siquiera rozar con sus pensamientos Porque la caída del poeta es la confirmación de su grandeza. Es la prueba irrefutable de que la senda que transita es lo más alejado de una sociedad cruel y enferma.

PINTURA DE JULIO MARIÑAS

ESPECTROS - V

    Están allí; en el rincón oscuro a donde siempre has temido ir. Pero tarde o temprano lo harás. Todos lo hacemos. Guturales y estridentes sonidos entrelazados profieren sus gargantas. Están ahí, en las sombras más ignotas.


ESPECTROS - IV

    Los veo pasear. Creen estar vivos. Su aspecto es saludable. Tal vez por eso no quiere ver la realidad frente al espejo. Su hedor putrefacto los delata. Apestan a vileza y tiranía.



ESPECTROS - III

    Lívida, marmóreo el rostro; allí en lo alto de la mansión entre roquedales; asoma su tez macilenta al amplio cristal, silenciosa y enigmática. Su mirada firme no parpadea. Tiene en su semblante toda la decepción de la muerte temprana, la cruel desolación del no haber vivido.


ESPECTROS - II

    Arrastran sus cadenas hiriendo el silencio de la noche de luna nueva. Allí, cuando la oscuridad es más patente. Como en un rugido que araña las calles de la ciudad dormida. Metal pesado de sueños incumplidos y decepciones. Son entes poderosos condenados al sufrimiento eterno de llevar consigo la pesada carga de lo incierto.

DIBUJO DE JULIO MARIÑAS

sábado, 18 de octubre de 2014

ROSTROS (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XXXVI)

    Siempre han estado presentes en la historia de la humanidad. La vanidad, el egoísmo, la avaricia, el desprecio de aquellos que se creen superiores a sus semejantes, la indiferencia del que vive en el bienestar hacia aquellos que sufren y padecen. Lo que distingue la época que vivimos de las anteriores es que, ahora más que nunca, esas personas tienen rostros. Las vemos a diario en los medios de información audiovisuales o escritos. Ahora, la podredumbre que el ser humano atesora tiene nombres y apellidos. Al igual que vemos la mirada perdida en los niños muertos de hambre, también vemos el gesto mezquino de aquel que roba, oprime o mata y destruye la vida de los demás directa o indirectamente, sin preocuparse por nada que no sea su ego inflado hasta el paroxismo. Siempre ha existido la soberbia del ser humano. Pero antes sólo nos llegaba el olor; ahora nos llegan las continuas imágenes que muestran la faz podrida de muchos homo urbanus. A pesar de todo, aunque para muchos no sea un consuelo, es cierto que “no es feliz el que más tiene, sino aquel que menos necesita”. El afán de posesión no sólo está en esos hombres que tantos titulares ocupan. Es inherente al ser humano. Historias, leyendas y mitos, han venido dando una visión muy certera de la condición humana. Caín mató a su hermano Abel cuando los hombres aún no tenían grandes fortunas ni mansiones deslumbrantes.
    Los rostros de las gentes dicen tanto. Hablan de una fachada arrogante tras la que pretenden esconder el miedo que anida en su interior. Miedo a perder su status social y el dominio sobre lo que consideran suyo. Confieso que en algún tiempo esos rostros me provocaron indignación, asco o pena. Hoy ya no me dicen nada. Creen tener el mundo a sus pies, cuando sus pies están llenos de lodo. Creen ser dueños de su vida, cuando sólo la muerte dicta la irrevocable sentencia sobre la existencia. Esa Muerte que es un juez al que no se puede sobornar ni apartar de su puesto eterno.
    Se suele pensar que es preocupante que alguien pierda la razón. Pero lo verdaderamente preocupante es que los seres humanos pierdan la humildad o nunca la hayan tenido. Porque sólo ella nos da la capacidad de reconocer nuestros errores y pedir perdón ante nosotros mismos y  nuestros semejantes. Sólo ella nos da la capacidad de comprender lo poco que sabemos y así nos permite aprender algo cada día. Porque la humildad es la gran olvidada en este siglo XXI que tanto pavonea la difusión de unos y otros valores. Nos han contado que tenemos que ser muchas cosas, y una gran mayoría se lo han creído. No existe peor caricatura del ser humano que una persona llena de sí misma. Veo rostros que desfilan ante mí. Sólo ellos parecen estar en posesión de una supuesta verdad única. Todo lo saben, todo lo entienden, todo lo tienen. Creen que nada necesitan. Es posible que no necesiten nada material. Pero si una cura de humildad para volver a ser humanos.

    Todo es tan difuso para el que medita. Mientras, a su alrededor, la inmensa mayoría de humanos parecen tener claras sus ideas, sus formas de vivir, sus palabras. Así la civilización va generando un monstruo de rostro deforme y viscoso que habita detrás de una fachada de supuesta corrección y estabilidad. Un rostro que, a su pesar, vive en las noches, tras los espejos, en sus soledades, allí donde ni la riqueza ni el poder sirven para nada. Allí donde el destino implacable dice: “Soy el pútrido rostro de tu Yo más profundo”.


jueves, 2 de octubre de 2014

TU PRIMAVERA EN MI OTOÑO - A MI SOBRINO MARIO

La infancia que atesoras se dibuja ante mí como un sueño. Tus tres primaveras se reflejan diáfanas en mis ojos ya cansados de tanto contemplar risas y llantos. Reside en tus tiernas maneras ese sabor a lejanos tiempos en que la vida me acogía generosa al abrigo de unos brazos maternales. Por el pasillo de entonces los recuerdos transitan como zombis extraviados. Sus ojos brillan en la oscuridad sedientos de los tiempos donde vivir era una aventura insolente y temeraria. Cuando ríes, el niño de antaño late en mi pecho como queriendo aflorar en vano en una búsqueda del tiempo perdido estéril y sólo posible ante un Proust evocador. Cuando lloras, las lágrimas recorren silentes los recónditos lugares de mi alma donde habitan los llantos que derramé y que por mi derramaron. Brillan tus tres primaveras de vida en este ocaso mágico de otoño, mientras el sol ahoga en el mar un nuevo día. Parece que mañana despertaré en la lejana infancia contemplando el rostro de mi madre y subiré la cuesta que llevaba a la escuela; una vez más, como otro día cualquiera. Porque, sobrino, si alguna definición es posible para explicar mínimamente lo que es la vida, tal vez lo más acertado sea decir “Algunas mañanas de esperanza, los caminos que recorrimos sin llegar nunca a nuestros destino y unos cuantos ocasos que pugnan por ser definitivos”. Pero en ti hoy, como en las más bellas historias iniciadas, late el mágico mundo de los sueños; nubes blancas, cielos azules y mares calmos; la historia de una vida que se asoma al umbral de un nuevo horizonte por conquistar; en un eterno vals que abraza el universo.


sábado, 6 de septiembre de 2014

PRESENTIR EL OTOÑO (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XXXV)

    Desde el balcón observo una luna que pugna por crecer. Y viajo con mi mente al tiempo de otros ocasos veraniegos. Como aquel en que llegó el primer adiós. Lo hizo con esa indiferencia propia de los que saben de la finitud y otros desvaríos. La playa, vergel de húmedos besos y bronceadas pieles encontradas, tornó la percepción que hasta entonces teníamos de ella, para convertirse en arenal desértico y áspero. De eso hace muchos veranos. Tantos, que ya apenas recuerdo con nitidez tu inquieta mirada de sirena varada entre las rocas cuando te encontré desorientada, pero tierna y seductora. La vida del hombre tiene la cruel costumbre de ir desvaneciendo y espesando en la niebla de la memoria hasta las cosas más hermosas. Lo vivido se va alojando en recónditos lugares de nuestro pensamiento como un poso silente, para emerger en noches como esta bajo el amparo de una creciente luna enigmática, centinela de un planeta tierra alocado y ajeno al encanto de un firmamento ignoto. Es noche cerrada. En estos momentos, aquella playa que hoy recuerdo debe estar solitaria al abrigo de la oscuridad. Pero yo, aún puedo evocar tus delicados pies hundiéndose en la arena cuando caminabas delante de mí. Después te girabas y el suave viento estival movía levemente tus cabellos aún húmedos, mientras tus ojos me hablaban del deseo y, al tiempo, de la fugacidad de aquel verano hoy ya perdido. Tarde o temprano, el otoño siempre llega. Las secas hojas del parque son los cadáveres de mil historias vencidas. Entre ellas, probablemente, estuvimos tú y yo. ¿Dónde residirán ahora esos breves instantes del verano perdido? Acaso en el surco que el tiempo va dejando en los rostros, o en la luna que quieta e indiferente hoy nos mira. El olvido es un niño caprichoso, y a veces se va, dando paso al recuerdo de instantes que creíamos perdidos. Desde mi balcón, mientras miro al cielo una vez más, presintiendo el otoño. Abajo, la tierra bulle de sinrazón y tedio. Vanidades y absurdos intereses danzan su mediocridad. No es extraño que prefiera el claro influjo de la inmensidad que me ofrece el universo infinito. En alas de los sueños, consigo volar sobre un mundo material y mezquino. Volverá a salir el sol y la playa nuevamente será testigo de nuevas historias. Pero nosotros ya no regresaremos, porque el tiempo no vuelve. De todo aquello, sólo queda un profundo otoño presentido.

FOTO REALIZADA POR JULIO MARIÑAS

martes, 2 de septiembre de 2014

VED ESA ESTRELLA

    Ved esa estrella. Su luz sigue brillando a pesar de que ha muerto hace muchos años. Esa relatividad existencial hace al hombre tan pequeño, que parece imposible la vigencia de tanta soberbia y vanidad enseñoreando su insignificante planeta. Tal vez ese conocimiento de finitud es lo que convierte al homo sapiens, en muchas ocasiones, en un repugnante ser lleno de violencia, odio y desprecio a todo que no sea su “Yo”. Así, despropósito tras despropósito, masacre tras masacre; va llenando, en muchos casos, su existencia de cadáveres, en ocasiones físicos y en ocasiones psicológicos, y decorando con ellos, de un modo siniestro, la superficie de un planeta que lleva mucho tiempo herido de muerte. Acaso desde que el ser humano se estimó lo suficientemente poderoso como para destruir la hermosa vida que alberga la tierra. Las grandes corrientes de pensamiento político y religioso se han ido transformando paulatinamente en hervideros de humanos llenos de razón unos frente a otros. Lo que los grandes escritores dejaron en sus libros para la historia, se tergiversa e interpreta de modo torticero en beneficio de una u otra idea. El objetivo de una vida digna comienza a pasar por vulnerar los derechos del prójimo. El mayor delito del sapiens es la pretensión fanática de que todo el mundo piense como él, y elevar eso a ley universal, por encima de la dignidad de los diferentes. Querer aplastar cualquier idea o forma de vida individual en aras de una supuesta globalidad benefactora quedará para la historia como una de las mayores atrocidades perpetrada por un sistema envenenado en sus raíces más hondas. La historia de la humanidad ha sido siempre el relato de una lucha constante entre pueblos, gobiernos y líderes. La voz de los poetas se ha alzado entre los restos de sangrientas batallas para lanzar su mensaje y perpetuar la conciencia de los que sufren en la eternidad. Hoy, todo ha cambiado y la imagen llega a nuestros hogares con nitidez. Ya no podemos decir que desconocemos el signo de la barbarie humana. Pero en la vorágine del fanatismo, en los cómodos hoteles del mundo civilizado, parece no importar demasiado a los grandes, los cadáveres de niños inocentes entre los escombros, ni las miradas de los ancianos que ven su vida, ya hecha, desvanecerse en guerras fraticidas. Si bien todo supuesto tiene su antagónico; cabría esperar que el amor tuviese en el odio un antagónico menos desproporcionado. La ética y la moral de los seres humanos en general es tan débil y absurda, que una gran orgía de placer a nivel mundial, seguro que movilizaría mucho más a los que mueven los hilos y les haría apresurarse a dicta leyes restrictivas; que las constantes masacres a las que asistimos día a día en el planeta. Aún siendo sabedor de que la crueldad es inherente al ser humano, no puedo por menos que seguir conmoviéndome ante la total pasividad con la que los homo sapiens actuales aceptamos asistir resignados a una degradación cada vez mayor de las sociedades que, en pleno siglo XXI, parecen seguir revolviéndose sobre si mismas para emprender un camino que sólo lleva a cometer los mismos errores de tiempos pasados. La tierra puede parecernos grande; pero el universo lo es mucho más. Sólo mirando más allá, en ese firmamento repleto de enigmas, es posible tomar conciencia de la pequeñez que nos asiste. Así, cuando volvamos la mirada hacia los que nos rodean, veremos la insignificancia de los que se consideran poderosos y la grandeza de los que son humildes. Desde el día que un homínido quedó fascinado ante el crepitar de un fuego generado por su propio intelecto hasta hoy, lo único que ha cambiado es que, sabedores del nuestro recorrido histórico, tenemos conciencia de los actos que realizamos y promovemos. Ya no podemos decir que no sabemos las consecuencias que trae el adoctrinamiento de masas y el empecinamiento de querer imponer nuestros modelos vitales a todos como única verdad universal. Por eso ahora somos mucho más culpables de lo que sucede. Pese a todo, nos siguen vendiendo la falacia de una felicidad promovida por los unos, los otros y los demás allá; movilizando a las masas ante supuestos ideales en los que nunca han creído ni creerán, mientras llenan sus bolsillos con más dinero del que podrían disfrutar en diez vidas. Cuando, la eventual felicidad, en el supuesto de existir, radica en nuestro interior más profundo. Muy lejos de los billetes en curso, muy lejos de las grandes pompas y concentraciones, muy lejos de todo aquello llamado globalidad. Porque, ya lo dijo el poeta: “Si quieres oír cantar tu alma, haz silencio a tu alrededor” (Arturo Graf) La oigo, está cantando. Es un canto suave, leve, sin pretensiones; parece decir: Sueña, porque en el mundo de los sueños nadie podrá profanar tu esencia más auténtica. Lejos, sigue rugiendo el león de la sinrazón, ensoberbecidos en su patética fachada de palabras huecas. Mientras sueño, una estrella fugaz se precipita en la noche. Pido un deseo. No se puede revelar. Soñar no paga impuestos… Por el momento.


lunes, 7 de julio de 2014

RELATOS ROTOS - IV - EL DESCONOCIDO

    Llegó una fría mañana de otoño quebrando con su paso lento y cansado algunas de las hojas secas del camino. Las gentes lo miraban extrañadas y hacían el silencio a su paso. Entró en el bar de Natalia con gesto inexpresivo y la boca entreabierta -apenas perceptible a causa de la poblada barba- por un cansancio acumulado durante años.
    -¿Qué va a tomar?
    -No tengo dinero –su voz sonó hueca y rasgada, susurrante.
    -Pues empezamos bien.
    -Yo te pago lo que tome –dijo un anciano enjuto sin levantar la vista del vaso de vino; como si en el rojo líquido residiera el misterio de la vida aún sin resolver.
    - Estás muy generoso hoy, Anselmo.
    Ya has oído, forastero.
    -Un bocadillo de lo que sea y un café con leche bien caliente.
    -¿Queso?
    -Queso está bien.
    Aunque la primera impresión fue que podía estar hambriento, no lo  parecía a juzgar por la lentitud con que comía. Lo hacía con pausa, saboreando cada bocado. A pesar de su corpulencia, el abrigo le quedaba grande y apenas asomaban unas manos fuertes por las mangas.
   -Gracias –dijo dirigiendo una mirada al anciano; y después se fue.
    -¡Joder, Anselmo, en mi vida me había ocurrido una cosa igual! ¿Has visto que tío más raro?
    -Es lo que tiene no haber salido nunca del pueblo, Natalia. No te preocupes, tienes sólo cuarenta años. Aún te pueden ocurrir muchas cosas.
    Pensó seguir caminando y abandonar el pueblo; pero el fuerte viento que se levantó repentinamente le hizo pensárselo mejor. La marquesina de una parada de autobús lo protegió levemente del temporal.
    Mientras, en el bar, Natalia recibía otra visita. Del coche que aparcó justo delante del local descendieron dos hombres jóvenes enguantados e impecablemente vestidos con trajes negros; sobre los cuello cisne, unas mandíbulas cuadradas y caras de pocos amigos.
    -Buscamos a un hombre que no es de este pueblo.
    -Ya. ¿Y…?
    -Un hombre que camina cuarenta kilómetros hasta el pueblo más cercano, forzosamente tiene que llegar a un bar para reponer fuerzas.
    -No entiendo muy bien la historia que me está contando.
    -¿Tú has visto algo, viejo?
    -No me gustan los cuervos. ¡Croa, Croa!
    En un gesto ágil, uno de los hombres se aproximó a Anselmo cogiéndolo del cuello. El vaso de vino rodó por la mesa hasta estrellarse contra el suelo.
    Pero algo interrumpió su acción. La poderosa y cansada silueta del desconocido se alzaba en el umbral de la puerta del bar.
    Después se pelearon con violencia.
    Mientras el más bajo y corpulento soltaba el cuello del anciano, el más alto y ágil, abalanzándose sobre el desconocido, intentó derribarlo con una patada lateral. Una leve rotación de torso con el mínimo esfuerzo, le basto al desconocido para quedar fuera del alcance del pie del agresor que acabó rompiendo el cristal de la puerta de entrada al bar y clavándoselo. Un contundente golpe de codo descendente sobre la rodilla de la pierna estirada quebró la extremidad haciendo proferir al hombre gritos de dolor. Mientras, el otro individuo se abalanzó sobre el desconocido impactando su cabeza contra el pecho y consiguiendo que los dos cayesen sobre una mesa. El desconocido, con el mismo impulso generado por el movimiento de levantarse, lanzó un crochet de corta distancia que impactó en la mandíbula del segundo atacante a medio levantar, dejándolo fuera de combate.
    Todo sucedió tan rápido, que Natalia y Anselmo no habían tenido tiempo de moverse de sus respectivos sitios. Desconcertados, observaron la escena con cierta intranquilidad.
    -Lo siento.
    -Tendré que llamar a la policía.
    -Sí, debe hacerlo. Son peligrosos.
    -¿Y usted?
   -Me voy. Gracias por todo.
    Mientras Natalia llamaba por teléfono y Anselmo volvía a servirse otro vaso de vino para sumergir de nuevo su cansada mirada en el líquido elemento, el desconocido abandonó el lugar. Fuera, el temporal había amainado. Mientras las gentes del pueblo se agolpaban a las puertas del bar de Natalia y los policías hacían acto de presencia, se fue por el sendero que lleva al bosque, pisando esta vez el barro formado por la lluvia, para perderse entre los árboles.

    Si alguien hubiese podido verlo, no observaría nada a su alrededor. Pero seguro que una miríada de fantasmas y sombras lo seguían silentes, unos más cerca, otros más alejados. Tal vez para volver a manifestarse algunos de ellos cuando el solitario caminante llegase a un nuevo lugar habitado y, por unos instantes, hiciese algo tan humano como alimentarse para no desfallecer definitivamente. Pero mientras, prosiguió su marcha por el bosque cada vez más espeso e incierto.


miércoles, 2 de julio de 2014

RELATOS ROTOS - III - PARA CUANDO LLEGUE EL INVIERNO

    Estaban sentados en aquel cuarto oscuro, tétrico a pesar de la luz de estío que entraba por la ventana iluminando parte de la habitación. ¿Has acabado los deberes? Pregunta sin dejar de calcetar. No, aún no. ¿Entonces qué haces leyendo ese libro? Es el que me regaló papá. Déjame ver. Tu padre no entiende que sólo tienes diez años. Entonces, Raúl calla. Sabe que comienza el largo parlamento de su madre. Esa señora de no más de cuarenta años con el pelo entrecanado recogido en un moño, prematuramente envejecida. Ahora luce el sol ahí fuera, Raúl. Pero no será por mucho tiempo. Siempre llega el otoño, y después el invierno; y, para cuando llegue el invierno, uno debe estar preparado. Raúl escucha con resignación las lentas y sentenciosas palabras de su madre, deseando que acabe para poder volver a la lectura. Ahí llega tu padre. Pedro, pequeño pero corpulento, entra con una sonrisa y da una palmada en la espalda de Raúl. Sin darle tiempo a saludar, Clara lo increpa con irónica suavidad. El niño no ha acabado los deberes y ya está leyendo ese libro que le regalaste. Bueno, Clara, hay mucho verano… Menos de lo que parece. Dejas tu silla y nos acercamos a la playa. Ni lo sueñes. Tengo que acabar este jersey antes de que llegue el invierno. Tu madre siempre igual. Así que ya has empezado a leer el libro que te regalé. ¿Qué tal? Sólo llevo veinte páginas. Me gusta, porque es bonito pensar en un lugar donde nunca llega el invierno y siempre hace buen tiempo. ¿Puede existir un lugar así? ¡Cómo va a existir un lugar así, hijo! En vez de leer fantasías deberías procurar estudiar lo que te mandan en el colegio. Será mejor que vayas con tus tíos a la playa. Está claro que tu madre no está de humor para salir. Vale, adiós. Raúl besa a sus padres y se va camino de la casa de sus primos que está a pocos metros de la suya. Cuando el niño abandona la habitación, el ambiente se hace más denso todavía. Pedro, de pie a escasos metros de Clara, cruza su mirada con la de ella. Siempre llega el invierno, Pedro. Tú más que nadie deberías de saberlo. No sé por qué le metes al niño ilusiones baldías en la cabeza. Tal vez porque yo aún creo que es posible vivir en una eterna primavera. Responde Pedro sin demasiada convicción. Siempre has sido un soñador. Mírate. ¿Qué eres? Un poeta fracasado. Lo que más me duele, Clara, es haber fracasado con esta relación que un día fue hermosa. ¿Fue hermosa? No lo recuerdo, querido esposo. Nosotros ya no tenemos solución. Tú ya no tienes remedio. Pero no conviertas a nuestro hijo en un iluso soñador como su padre. Pedro deja la habitación cabizbajo, aunque se detiene en el umbral de la puerta ante las últimas palabras de Clara. ¿Lo recuerdas, Pedro? La mirada de la mujer es dura y cruel. ¿Qué tengo que recordar? Que siempre hay que estar preparado para cuando llegue el invierno.


martes, 1 de julio de 2014

RELATOS ROTOS - II - RITMOS PERSISTENTES

    Los amantes están sentados en el banco del parque, la cabeza del amante en el pecho de la amada escucha los latidos del corazón. Mientras la ternura envuelve a los jóvenes enamorados, hay otros ritmos persistentes que agreden el oído en habitaciones de hospital, porque son de corazones ya gastados, ahí, en el final, cuando todo está decidido; aunque insultante la calle sigue bullendo de sueños, ilusiones e intensidad; ajenos los viandantes a los dramas gestados en cuartos asépticos. Todo está mucho más cercano de lo que imaginamos. Fluye el tiempo en el reloj de pared, sonoro tic-tac quebrador del silencio y la oscuridad de los hogares vacíos, abandonados por sus habitantes aún a su pesar, rumbo a esperanzas hospitalarias, cuando la vida ya no es tan nuestra y late en las manos de otros. Siguen habitando en su paz los amantes del parque aprovechando el sol de primavera. Ha sus oídos llega el persistente ritmo del redoble de un tambor, seco, expeditivo, dando paso a la marcha fúnebre que ambienta la procesión, negras vestimentas detrás del féretro. Ya todo se ha consumado. Los pájaros insultantes cantan en las ramas de los árboles que alivian con su sombra el discurrir de los asistentes al paso del ataúd. Los amantes abandonan el parque y se dirigen al malecón cercano. Bate el mar con suavidad en las pétreas escaleras vestidas de algas, verde tupido, rítmica espuma con aromas de libertad. Los golpes acompasados de unos remos distraen a los jóvenes de sus besos. Ahora es el tiempo. Pero un día ese mar será gris, llegarán las tormentas. No muy lejos, las palas de los enterradores cierran la tapa del nicho con mecánica indiferencia. Una historia termina. El cielo ha comenzado a oscurecerse con unas nubes amenazantes. La lluvia apenas esbozada es suficiente para que una gota rítmica y persistente comience a caer sobre un libro abierto olvidado por algún asistente al sepelio, o por algún amante despechado, o por el mismo destino, para que sus hojas acaben empapándose del triste paso de los días cautivos por los ritmos incesantes de la vida. De la vida, y la muerte.        


lunes, 23 de junio de 2014

RELATOS ROTOS - I -LA ANCIANA Y LOS ÁNGULOS

    La veo encorvada sentada en la vieja silla de madera cercana a la ventana; la mirada perdida de esos ojos lánguidos y ojerosos parece viajar en el tiempo a otros lugares. Los niños que juegan en la calle la observan con extrañeza. Sus mentes tempranas no vislumbran más allá cuando ven una anciana junto a la ventana. Pero todos hemos sido jóvenes alguna vez. Ella también. En la solitaria habitación donde pasa las horas, los ángulos oscuros se han roto convirtiendo sus vértices en abismos sin final en los que giran las eternas preguntas sin respuesta. ¿Por qué existimos? ¿Quiénes somos? ¿Tiene algún sentido la vida? La toquilla sobre los hombros apenas es un leve abrigo para el frío que dan los tiempos de ausencia sobre el cuerpo gastado. Y las manos castigadas por la artritis son aberrantes cubiertas de lo que fueron los delicados dedos de juventud con los que sentía el tacto de la fresca hierba en los prados de antaño. Han pasado tantos años. Aquella anciana se fue un día mientras dormía. Después regresé a la casa de infancia; ruinosa, desolado cadáver de mis primeros años de vida. El tiempo es un caos incierto que va cubriendo lo vivido de una pátina de nostalgia y sueños. Años después, al abrir la losa, su cuerpo de aspecto incorrupto se desintegró instantáneamente al contacto con el aire. Nada regresa. Todo se diluye en la noche de los tiempos. Los ángulos quebrados crujen en las noches de insomnio, en esquinas de cuartos tan solo vivos ya en la memoria. La anciana en su vieja silla de madera nunca me contó historias; o tal vez no las recuerdo. Yo tenía la vivacidad de los primeros años y ella el peso de la vida sobre su piel cubierta de eczema y el encorvado gesto. Hoy todo suena tan lejano; como aquellas melodías radiofónicas que nunca regresaron a pesar de que las buscamos en los días y las noches por las rutas de la vida. Sobre la mesilla gastada, un montón de pipas peladas conforman una imagen surrealista de infancia; semillas de las horas en que vivir aún era un proyecto sin barreras. O al menos eso pensaba entonces. 




sábado, 14 de junio de 2014

DE OTROS VERANOS

    Son las doce del mediodía y regreso de la playa. Me gusta ir muy temprano, cuando la arena es una gran extensión sin manchas de veraneantes. Mientras conduzco, suena Hotel, dulce hotel de Joaquín Sabina, lo que me retrotrae más de un cuarto de siglo hacia atrás en el tiempo. Cazador furtivo intentando seducir el azar que me llevase hacia aquellas habitaciones tan anónimas, modestas en sus prestaciones, pero desde las que sí era posible ver romper las olas contra el malecón besando una nuca. Hoy, en mi memoria, esos cuartos siempre aparecen solitarios, antiguos en su poco mobiliario. Pero en aquellos tiempos eran radiantes porque la juventud lo iluminaba todo. No obstante, mientras el aire cálido que entra por la ventanilla del coche me envuelve en los recuerdos trayendo aromas de juventud, siento que soy afortunado por haber logrado no caer en la trampa de esos amores domésticos con muebles de skay y poder seguir albergando la llama del deseo. Los humanos tenemos la insana costumbre de convertirnos en un espejismo de todo aquello que la juventud nos brindó o, en el peor de los casos, pretender seguir siendo aquellos jóvenes intrépidos y sólo logrando una caricatura de los tiempos de esplendor. ¿Dónde habita el ser humano? Tal vez en un hogar consolidado y rutinario. Acaso en un tiempo pasado que intenta recuperar de forma ridícula y bochornosa. Probablemente los humanos habitamos en todos aquellos lugares donde hemos ido dejando trozos de corazón. Conduzco lentamente y una sensación de bienestar me hace volar a otros tiempos. Siento que he vivido, que cada instante que ahora disfruto está formado por cada instante de aquellas vivencias. Saboreo el paseo en coche de regreso a casa ajeno al tráfico, al mundo triste por banalidades, al mundo indiferente ante dramas humanos. Pero nada importa en esta mañana de sábado cálida y amable. Sólo que aún estoy, que sobreviví a las pasiones arrebatadoras, a las noches en vela anhelando amores imposibles, a los amores consumados de se extinguieron. Y ahora, con la tranquilidad que da haber vivido, recuerdo todo aquello con una leve sonrisa de satisfacción y de serenidad. Puedo hacerlo porque aún me sigue quemando esa llama cada vez que te veo. Y la vida es para mí en esta mañana de junio, una habitación serena que siempre, siempre, mira la inmensidad de un mar aún repleto de sueños.

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jueves, 5 de junio de 2014

EL ARTE, LA SOCIEDAD Y EL YO

    Como en un carnaval hipócrita y falaz, la sociedad se estructura cada vez más compartimentada en modelos definidos de ideologías, de grupos, de movimientos. El individuo, consciente o inconscientemente, busca su grupo. Aquel que le va a ratificar más en sus ideas preconcebidas o aquel que está más acorde con sus intereses. Así, los supuestos líderes, no tienen más que mover los hilos y, los unos y los otros y los de más allá, bailan la canción del desconcierto. Pero ¿dónde queda El Yo? Si algo me han enseñado los años, es que no todo es blanco o negro, derecho o izquierdo, grande o pequeño. Porque entre cada extremo hay un intermedio, y entre ese intermedio y cada extremo hay otros intermedios; así hasta el infinito. La gran mentira es el rebaño homogéneo  que sólo favorece los intereses de unos pocos. Hay tantas ideologías como seres humanos. ¿Por qué intentar fusionarlas? Al abrigo de ideas de consolidación, sectarias, de grupo; se va conformando una sociedad intolerante; cuando cada sector cree poseer la verdad por encima de los intereses de quien no piensa como ellos; incluso en ocasiones a lo largo de la historia de la humanidad, por encima de la vida de quien no piensa como ellos. Si existe la más remota solución, esa reside en una sobredosis de cultura. Pero no una cultura academicista; una cultura vivencial, filosófica. Al individuo no hay que enseñarle datos o normas; hay que enseñarle a pensar. Un pensamiento desde su punto de vista y otro desde la proyección de su punto de vista en los demás. Una gran mayoría de la sociedad se ha convertido en una gran masa de seres que, sea cual sea su edad, parecen haberse quedado en una pubertad mental; como aquella edad en la que buscaban un grupo o pandilla para reafirmarse en su rebeldía y encontrar protección. La realidad es que, eso está muy bien a los quince años. Pero, cuando los mayores adoptan esa actitud, dan muestras de una patética debilidad mental. Y mientras los medios nutren su programación dando protagonismo a los políticos, los detesten o los amen, y de ese modo encumbrándolos y convirtiéndolos en lo único importante;  ya nadie habla de los poetas, los compositores, los pintores, los escritores. Es posible escuchar la frase de un dirigente político cuarenta veces repetida en pocos días; pero es imposible escuchar los versos o las frases de un genial poeta o escritor. ¿Está sucediendo o es una pesadilla? Me parece bien que hablen ustedes de como los políticos ahogan la cultura. Pero, si quieren hacer algo, empiecen por programar en sus televisiones conciertos, debates literarios, documentales de historia y arte, etc. ¿Quién ahoga la cultura? ¿No seremos todos? “Aquel que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. La cultura se ahoga si los ciudadanos no tienen acceso a ella. Y, lo queramos o no, la televisión sigue siendo el medio más influyente para llevar al ciudadano la cultura. Al abrigo de “Todo es política”, se nos ha llenado el plasma con la cara de siempre los mismo. Los que nos gobiernan, los que nos gobernaron y los que nos gobernarán. Además de la cara de todos los difundidores de opinión de diverso signo que se han convertido en los grandes abanderados de las diferentes corrientes. Sería conveniente empezar a poner la cara y los cuadros de Picasso o Dalí, la música de Verdi o Mozart, las trayectorias literarias de Valle-Inclán o Cortazar, etc. Sin olvidar a los posibles genios actuales. Entonces si podríamos empezar a quejarnos del daño, que es real, causado a la cultura. Porque, ahora, la cultura en la televisión se reduce a un porcentaje ínfimo; y en muchas cadenas inexistente. La historia de la humanidad no sólo es la historia de los conflictos bélicos, que también, es la historia de los grandes genios que son los verdaderos artífices de la diferencia entre un simple homínido y ellos. Sólo un conocimiento amplio del ser humano puede darnos una perspectiva propia. Y, con ella, la capacidad de dilucidar lo que queremos o no. El ser humano vive afincado en un miedo irracional e inconsciente a todo aquello que escapa a las doctrinas impuestas por las diferentes corrientes de opinión. Pero hay algo más. No todo es blanco y negro. La vida está llena de matices que convierten al ser humano en un complejo laberinto. Querer reducir todo en grupos estancos, no hace más que alentar el desprecio, la intolerancia y el odio a lo diferente. Al tiempo que provoca en el propio individuo la frustración de no sentirse único. Cuando es todo lo contrario. Esto cobra máxima fuerza y dramatismo en las relaciones sentimentales, que la ignorancia e inmadurez en muchos casos hace que acaben siendo una situación de querer imponer al otro nuestras convicciones y costumbres. Cuando es todo lo contrario. Soy único. Por eso tengo la capacidad de saber con claridad que te amo. Eres única. Por eso tengo la capacidad de amarte como eres. Todo lo demás vuelve a ser, al igual que en el caso de las relaciones sociales, una lucha fruto de la ignorancia en vez de una pasión fruto de las diferentes identidades de los amantes. Nos han engañado, nos siguen engañando. Sólo el conocimiento de nosotros mismos nos puede dar la libertad. Por eso, ¿qué estamos legando a nuestros niños y jóvenes cuando la televisión es en muchos casos una pira donde se prepara la hoguera para ajusticiar con la palabra a unos y a otros? El panorama actual no dista en exceso del de hace cientos de años, cuando en la Edad Media el reo recorría las empedradas calles mientras era vejado y agredido por la plebe, para después ser quemado en la plaza pública para regocijo de una masa enardecida ansiosa de sangre. Sólo que ahora se hace con mucha más sutileza, con hipócrita elegancia. Antes era “Mando yo y viviréis arrodillados”. Ahora es “Mandamos nosotros y vosotros sois muy libres mientras hagáis, digáis y penséis como el sistema instaurado a nivel global sugiere y dicta”. De todo esto, por lo que a mí me toca, lo más sangrante y patético es la silente condena al ostracismo que sufrimos los que nos dedicamos al arte como forma de vida. Es cierto que la quema de libros ya no se practica. No es necesaria. Con hacer que la banalidad y lo superfluo triunfe por encima de lo profundo y hermoso, ya es suficiente. Porque la escritura y la música que invita a pensar no interesa a todos aquellos que siguen queriendo ver en los pueblos, masas de gentes ignorantes y adoctrinadas. Pero no es cierto. Hasta en las personas con menos recursos, late un afán por saber, por querer encontrarse a sí mismos. Mientras todo un sistema siga alentando a los grandes embaucadores con su constante publicidad, seguiremos generando seres sin criterio, movidos tan solo por el desprecio hacia los otros que no comulgan con sus ideas. Los que tenemos cierta edad y poco que perder, ya no nos dejamos subyugar con los cantos de sirena. Pero las generaciones venideras, encargadas de continuar sosteniendo esta sociedad ficticia ¿qué referencias tendrán para sus acciones? Cuando observo al niño que fui, cuando recuerdo al joven que vivió en mí, cada vez siento más serenidad y orgullo, porque, en memoria de ellos, no me he dejado sobornar por la mentira de un mundo ensoberbecido y mediocre. Mi experiencia me ha llevado a creer siempre en el individuo como ente único; jamás en el individuo social. Este último, siempre acaba envuelto en un afán de protagonismo patético y agresivo, que le lleva a crear sociedades como la actual. Menos mal que nos queda el arte. No sólo el creado por el hombre, también el de la naturaleza, que no cuesta dinero ni está grabado con impuestos. Contemplar las estrellas y el mar mientras sentimos lo diminutos e insignificantes que somos a pesar de nuestros penosos afanes de grandeza, es una cura de humildad. Todo pasará, y al final quedará la esencia de lo que aportamos a un mundo que podía ser bello, si la vanidad humana no lo emponzoñase cada día con su veneno de altivez y soberbia. Pasaran las épocas. Pero los versos del poeta seguirán cantando para la eternidad sobre las cenizas de sus imperios. Porque sólo aquello que eleva al hombre a las esferas permanece para siempre en el corazón de todas las almas y los sueños.

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EL ÚLTIMO ALIENTO (EN LA NOCHE - XI)

    A cualquier hora, en cualquier lugar, inesperadamente, con sutileza, tal vez con brusquedad, bajo la noche sin luna, cuando el sol esté brillando, al abrigo del lecho, en el bullicio de la urbe, frente al mar de los sueños, descendiendo las cumbres del desencanto, ascendiendo por senderos mágicos; de un modo u otro, llegará. Posará su firme y huesuda mano sobre mí y, al hacerlo, todo lo vivido se disipará envuelto en la bruma del último ocaso. Quedarán mis escritos hieráticos y mudos sobre los anaqueles, solemnes los pentagramas con mi música guardarán respetuoso silencio. Y libros a medio leer esperarán en vano mi mano ansiosa sobre sus páginas. Encapuchada con su negro sayal invadirá mi yo sin compasión. El filo de su guadaña brillará amenazante disuadiendo de cualquier esperanza. Y la clepsidra que contaba mis días quedará sin el líquido elemento. Todo lo que creí mío se dispersará en otras manos, otros ojos, otros sueños; o simplemente sufrirá mi ausencia involuntaria. El otoño volverá de nuevo jugando con las hojas vencidas del recuerdo, mientras papeles a medio escribir serán llevados por el frío viento del Norte a los Lugares Olvidados por los Dioses. La melodía que juntos compartimos sonará cada vez más lejana hasta diluirse en la suave brisa de los días. Y todo lo que soy residirá en una efímera lágrima apenas esbozada en la cruel primavera ajena a mis angustias. Girará el planeta sobre el leve recuerdo de mis noches. Las calles donde sentí el aliento salvaje de los dorados días, darán asilo a otras gentes  y sus historias. Y los besos que di no tendrán dueño, ni los abrazos podrán asir el cuerpo amigo. Todo será vacío en las esferas del infinito manto del universo ignoto. Y seguirá la vida con su canción sin tonalidad ni modalidad plausible. Incierta melodía que baila con la muerte en una danza eterna sobre la noche de los tiempos.

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jueves, 29 de mayo de 2014

EL POETA Y LOS BUITRES (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XXXIV)

     He visto a los buitres merodeando alrededor del cuerpo agonizante de los sueños. Sus largos cuellos y sus peladas cabezas impregnadas en sangre entraban y salían de las entrañas de la víctima. Volverán las mareas vivas y espumosas olas descargarán su ira en el litoral de invierno desierto de esperanzas. Arrastrará el mar los restos de aquello que pensamos eterno. Porque la vida es sólo un verso inconcluso en la arena de los días. Si el poeta sigue condenado al abandono, mientras los buitres se reparten el festín ¿qué podemos esperar del ser humano? Por cada noche de vigilia creativa, allí donde el alma se encuentra con el abismo, existe una herida brutal que sigue abierta al despuntar el alba. Los recios picos de los buitres la socaban con su abanico de vanidades y crueldades. El arte al borde del abismo intenta agarrarse en un último esfuerzo, mientras de él cuelgan asidos los falsos creadores, los ingeniosos constructores de supuestas ideas innovadoras y globalizadoras de masas, todo aquello que hace superficial la esencia del sentir. En pos de la solidaridad y la igualdad se ha ido construyendo un mundo de generalidades, donde ser diferente es un insulto a la escasa inteligencia de los que caminan juntos en esta fría y mecánica sociedad. Así, mientras el mundo ríe, el poeta llora. No por la ausencia de reconocimiento, sino por la triste indiferencia de un mundo que prefiere no oír hablar al corazón, mientras deja que la vida pase leve, insignificante, imperceptible; en lugar de sentirla intensa y reveladora. A orillas del río que lleva en su corriente aquello que nunca ha sido, observo las quebradas montaña donde los buitres hacen sus nidos. Creen ser los señores de la cumbres, pero desde aquí abajo los veo diminutos, insignificantes, unos meros carroñeros perdidos en la vorágine de un mundo que premia la superficialidad y desprecia lo sentido. ¡Comed, pequeñas criaturas! ¡Empapaos con la sangre de los sueños! Cuando los restos de vuestras fechorías no sean más que polvo, los versos del poeta cantaran para la eternidad en el rincón donde habita lo querido; donde habita aquello que no se adquiere con dinero, con influencias, con violencia. Tarde o temprano, acabamos frente al espejo en soledad. Mientras el poeta observará su rostro castigado por los años  de intensas vivencias; los buitres sólo verán los fantasmas de aquellos que sufrieron por culpa de su vanidosa ambición. No hay nada peor que temerse a uno mismo. Entonces, sin apenas fuerza, ahítos de ya no tener nada que devorar a su alrededor, se picarán el vientre en un impulso instintivo de seguir engullendo más y más, hasta desgarrarse y masacrarse a sí mismos. Mientras, en el rincón olvidado, el poeta seguirá tranquilo evocando sueños, ajeno al drama de los carroñeros y su mundo triste y nimio.

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miércoles, 7 de mayo de 2014

OBSERVO EL MUNDO (REFLEXIONES DE UN POETA EN LA SOMBRA - XXXIII)

 

   Observo el mundo. A mi alrededor flotan los silencios que produce el desencanto. Veo rostros que son máscaras que albergan un interior vacío de conceptos profundos. Los pasos que hemos dado en la arena de los días acaban siempre siendo borrados sutilmente, sin remisión. No queda nada allí donde el mar custodió los sueños. Así se escribe la existencia, con gruesas pinceladas, sutiles sfumatos; tenebrismo de los atardeceres que vivimos en rincones olvidados. A veces regresan con los vientos del Norte las lejanas melodías de tiempos felices; tornan frías, disonantes espectros de sal y bruma. Observo el mundo. Y el mundo sigue ajeno a la profundidad del verso derramado a golpes de pasiones y sueños.



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martes, 29 de abril de 2014

ENTRE LA LUZ Y LA SOMBRA DE LOS DÍAS - CAPÍTULO V - LAS HORAS QUIETAS

    Tic, tac, tic, tac. El péndulo inflexible oscila protegido por la caja del reloj de pie. “Hace tiempo que debería haberme desecho de ese artefacto”. Piensa en la oscuridad del cuarto, aún vestido sobre la cama sin deshacer. La nocturnidad siempre ha sido cobijo de la reflexión. Una caverna dio a Platón muchas de las claves de su filosofía. ¿Es la oscuridad el hábitat natural del hombre pensante? Probablemente fue al abrigo de las cuevas donde el homo primitivo, alrededor del fuego, comenzó a hacer volar la imaginación y reflexionar sobre lo divino y lo humano. Manchas negras y ocres en perdidos rincones de olvidadas grutas; uros y otros animales plasmados por nuestros ancestros para exorcizar sus fantasmas, para propiciar la caza. Pensamiento en el futuro. Inicio de la conformación de un pensamiento dependiente del porvenir, tendente al olvido del presente, nostálgico del pasado. Siempre ha dormido muy poco. Sus pensamientos se debaten implacables entre la razón más pura y los sentimientos más profundos. Siente haber vivido dos vidas, la habitual y una nocturna, interior, personal e intransferible, tal vez con grandes dosis de egoísmo, o no. Todo es susceptible de interpretación. Pero ¿quién puede determinar el límite entre lo normal y lo patológico? Envejecimiento, oxidación celular irreversible. La mente permanece joven, pero el cuerpo se deteriora sin remisión. Necesidad de antagónicos. Sin la finitud no existiría su concepto antagónico. “La eternidad es el consuelo de los hombres” Piensa y siente el frío del vacío que impone la soledad. Un día todo acabó. En otros tiempos, parecía que la felicidad no tenía fin. Engañándose a sí mismo, construyó los sueños más dispares. Nunca está el hombre más cerca de esa eternidad como cuando liba el néctar de la pasión. Pero ahora ella ya no está. Intenta recordar en qué momento la perdió. Los recuerdos se confunden. A fuerza de pensar, evoca cosas que probablemente nunca fueron del modo en que se presentan en sus pensamientos, y ha olvidado o desfigurado a fuerza de rememorarlas, otras muchas que pasaron. El pensamiento es indomable. Al final, el dolor es personal e intransferible. Nadie puede ayudarnos ante nuestros dramas personales. Él lo sabe. Lo supo desde muy joven. Sólo le queda el consuelo de haber vivido. “No todos pueden decirlo”. Piensa mientras intenta que el sueño le venza. El sueño y él siempre han sido enemigos. Las personas amigas del sueño siempre le han parecido unos afortunados. Para ser amigo del sueño, hay que ser enemigo de la vigilia. Entiende el sueño como ensayo diario que los hombres hacen a fin de prepararse para el sueño eterno. Siempre ha considerado que no necesita ensayar. Prefiere entrar en el mundo de los muertos lo más puro posible en cuanto a su experiencia de yacer en el lecho. “Menos mal que mi sobrina me ha secado” “No me apetece volver al hospital” La última vez, fue cuando se intentó suicidar. Pero de eso hace mucho. Lo recuerda con nitidez. Estaba casi desvanecido en la bañera de aguas rojas al entrar la asistenta que venía una vez por semana para hacer limpieza general. Sólo tuvo tiempo a decir: “Me equivoque de día”. Después, habitó la nada durante un lapsus temporal indeterminado. No sabe cuánto. No ha querido saberlo. ¿Para qué? “¿Qué importa el tiempo que pasemos en la inconsciencia?” “Sólo los momentos de vigor son importantes”.  Un perro ladra en la noche. En el silencio de la calle, su ladrido cobra cierta relevancia. Es como un escueto y ahogado llanto. El llanto de los que ya no pueden hablar. Él hombre, tendido en el lecho, sigue pensando en la oscuridad hasta que el sueño le vence.

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lunes, 28 de abril de 2014

ENTRE LA LUZ Y LA SOMBRA DE LOS DÍAS - CAPÍTULO IV - LOS CUIDADOS

    -Estás empapado. Acabarás cogiendo una pulmonía.
    El hombre esboza una media sonrisa apenas perceptible mientras mantiene la vista baja. La sobrina seca su cuerpo maduro, cuyos músculos parecen aún conservar el vestigio de los tiempos de esplendor, como si no se resignasen a morir del todo.
    -Ni que fueses un anciano desvalido. Haces cosas que no acabo de entender.
    El hombre alza la vista. Sus ojos verdes aún conservan cierto aire de picardía y el brillo de las cosas vividas. Piensa que es la intensidad de la existencia lo que ha forjado su prematuro envejecimiento. La profundidad de lo experimentado acaba con las energías de cualquier ser humano, por muy vigoroso que este sea.
    -Gracias por los cuidados. Pero no son necesarios. ¿No tienes clase?
    -¿Clase? Soy tu sobrina, cómo no voy a tener clase.
    -No seas irónica.
    -Ahora voy.
    -Tus padres deben estar preocupados. Llevas aquí dos días.
    -Ya les he dicho que estaba en tu casa. Pero no cambies de tema. Deja de hacerte la víctima y despierta, tío.
    -Por eso, porque estás con tu tío loco deben estar preocupados.
    -Sabes que te aprecian.
    -Sí, lejos. A la gente con un status pretendidamente sólido no le interesa ningún elemento que pueda alterar su vida reglada; aunque sea de la familia.
    -No será para tanto. Siempre que hablan de ti, lo hacen con preocupación.
    -La gente como tus padres, sobrina, no tienen más preocupación que los índices bursátiles y cómo le ira la próxima partida de pádel.
    -Qué incisivo eres.
    -Yo no te he llamado.
    -Ya lo sé. Apuesto que, si no te hubiese encontrado por la calle, aún estarías con la misma ropa tomando una copa en el sillón.
    -Como me conoces.
    -Tío, es hora de que descanses.
    -No dices que no soy viejo.
    -Tú me entiendes. Deja ya de soñar. Para eso sí que estás mayorcito.
    -Eres una joven muy práctica.
    -Qué raro que no digas como mis padres “Los jóvenes de ahora…”
    -No creo que todos los jóvenes sean igual en cosas concretas. Pero la juventud siempre es igual en su insolencia, su ensoñación, su forma de ser despreciativa y  también en la forma práctica e irreflexiva de afrontar la vida. Puede tener un sinfín de adjetivos.
     -¿Y tú qué eres?
     -Un hombre cansado.
    -¡Ya empezamos! ¡Me voy a estudiar!
    La joven se va. El hombre se viste con parsimonia sin reparar en su marcha.
    Después avanza hacia el amplio ventanal del salón. Observa a las gentes, ajenas a su historia, en su ir y venir constante. Se dirige al mueble bar y sirve una copa; después destapa el viejo tocadiscos y selecciona uno de los muchos discos del estante. Al discurrir de la aguja sobre la superficie del disco, alguien canta.

Si las horas te duermen el alma
Al caer de la noche estrellada,
Nunca olvides aquella balada
Que bailamos en la noche calma.

Y si el viento del Norte te hiere
Con el rostro de la perdición,
Nunca olvides que yo estaré siempre
En la vieja y callada estación.

    “Te has convertido en un estúpido solitario” Se dice a si mismo resignado. Observa de nuevo la calle. La música tiene la característica incuestionable de profundizar en cualquier imagen que llegue a nuestros ojos. Convierte las escenas en más intensas, más hirientes, más terroríficas, más cómicas. “¡Ah! La música” Exclama en su interior mientras lleva la copa a los labios. “Debe estar nevando en París” “Cómo olvidar París” Regresan a su mente las imágenes decadentes del abandonado local que en otro tiempo fue refugio de jóvenes inquietos. Y esa imagen de ella. Lo único que los años no han podido desgastar; ni siquiera velar. La luz que emanaba, sus sensualidad insolente, la mirada lúbrica e intensa. “¿Por qué el tiempo tienen la extraña manía de no detenerse?” “Sólo en nuestra memoria hace algunas veces un alto para deleitarnos y torturarnos a la vez” “¡Qué cruel! ¡Qué jodidamente cruel es el tiempo!”.

    Y la noche va descendiendo lentamente sobre la ciudad marchita y lejana para él.   


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sábado, 26 de abril de 2014

ENTRE LA LUZ Y SOMBRA DE LOS DÍAS - CAPITULO III - BEN WEBSTER

     Camina las calles húmedas, densas en su sobriedad. Su paso, ralentizado por la pesadumbre de la evidencia, desacompasado, apenas sostiene su cuerpo encorvado. Busca el pequeño bar. Aquel donde solían pasar las veladas el grupo de amigos. Allí la vio por primera vez. Sonaba el saxo tenor de Ben Webster, aterciopelado, moribundo, profundo, envolvente, dulce, embriagador, candente, experimentado, solitario; el humo de los cigarros se entrelazaba y ascendía hacia el techo del pequeño local. Fuera, los gatos hurgaban en las basuras y algún mendigo tambaleaba su pena por los oscuros callejones del barrio antiguo. Y Webster era la melodía hecha pasión y desencanto. Pero entonces él era un joven apenas sin espejos; tan solo aquellos que hablaban de otros paraísos y sensaciones. Ella tomaba algo en la marmórea barra. Con un sutil movimiento de muñeca llevó el vaso a los delicados y perfilados labios para beber. Así la vio por primera vez, mientras el saxo tenor de Ben daba al aire melodías de ensueño. Bella imagen que se da sólo una vez en la vida, como si la perfección romántica de verdad existiera; música de jazz, atmósfera nocturna y belleza animal femenina; todo en uno, envidia de cualquier genial director cinematográfico. La vida a veces, sólo a veces, supera a la más hermosa historia que la imaginación pueda crear. Pero la fugacidad es hermana de sangre de la existencia, y ahora, él camina ausente por las solitarias calles en busca de aquel viejo local. Mientras la lluvia se adueña más de la ciudad, por fin consigue llegar al estrecho callejón. En el umbral del angosto sendero urbano, aún hay gatos hurgando en la basura que se asustan al ver la delgada silueta de hombre y huyen profanando el silencio con ruido de metálicas tapas recostadas en el adoquinado suelo. Un mendigo despierta de su etílico sueño y lo mira contrariado. Saca de su roído abrigo un pequeño transistor y mueve el dial ansioso. Suena Ben Webster nuevamente, como entonces, sólo que mucho más lejano. El perseguidor de sueños alza la vista del mendigo y observa la fachada del viejo local ruinosa e hiriente. Nunca está tan cerca el hombre de la muerte, como cuando intenta regresar al pasado de antiguos esplendores. Una mueca siniestra parece lanzar la desvencijada puerta. Frasea Ben Webster en el aire húmedo y tedioso de la tarde. Empuja la puerta y ante él se abren los restos del local; tapiz de polvo sobre las sillas, las mesas; la marmórea barra ya no brilla, semeja un sepulcro olvidado. Se recrimina a sí mismo el haber buscado la lobreguez del desencanto, la hiriente imagen de la evidente huella del tiempo sobre los días. El saxo tenor de Webster resuena en su mente y parece invadir con su calma profunda todo el local. Hay lágrimas que nos debemos a nosotros mismos. Sólo así podemos, de algún modo, sobrellevar la angustia de la ausencia que se agarra a nuestro pecho desgarrando el infinito aroma de lo amado. Camina hacia atrás, como temiendo dar la espalda a tanta historia. Entonces la evoca mirando con sus ojos almendra de reojo hacia él y esbozando una leve sonrisa. Era el principio de todo. Después la vida sería como aquella melodía que arropó su primer encuentro, ese decir del saxo de Ben Webster, siempre sereno desembocando en el aliento, impulsando cada nota de su melodía con el nudo de las penas que habitaban en su garganta. Cuando sale del local, el mendigo lo ignora y los gatos han vuelto a hurgar en la basura, ausentes a su dolor y a todo lo que late en el callejón olvidado. Sigue lloviendo sobre la ciudad. Tiene las ropas empapadas. La metrópolis bulle estruendosa, sus luces y el trasiego de gentes y vehículos son un insulto a su soledad, a la esencia más pura del hombre. Ignorado en su condición de haber vivido, cabizbajo siente la cruel condena de saber que los fantasmas de los tiempos felices jamás dejan de vagar por los rincones del alma. Así, la vida sigue en su insulsa farsa de vanidad y soberbia, mientras él calla su pena en la lluviosa tarde de un otoño ya vencido.



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ENTRE LA LUZ Y SOMBRA DE LOS DÍAS - CAPITULO II - LO QUE DEJAMOS

    -¿En qué piensas? –ella es morena, el pelo ondulado cae sobre sus hombros, sus ojos color almendra escrutan a su pareja.
    -En lo que dejamos atrás –él es de complexión atlética, con el pelo ondulado cayendo por su espalda y los ojos verdes de mirada perdida.
    -¿Te arrepientes?
    -Sabes que no.
    -Ahora hay un nuevo sueño.
    -¿Cuántos sueños hay que sacrificar por él?
    -Imagino que muchos.
    Y la vida se oprime contra los cristales del cuarto de un viejo hotel en alguna pequeña ciudad.
    Ella posa la mejilla en su hombro. Desde la ventana ven a los niños jugar en el pequeño patio, ausentes de su aventura.
    -¿Tú crees que llegaremos lejos?
    -Tanto como la intensidad de nuestros anhelos.
    -Eres tan inteligente como bella. Si un día flaqueo, recuérdame estos instantes.
    -No lo dudes; lo haré.
    Y los jóvenes se aman sobre el lecho donde la noche ha vestido su fuego; de nuevo, con la misma intensidad. Hasta que, extenuados, quedan dormidos sobre las sábanas.

    Cuando despierta, se incorpora y se sienta en la cama. La soleada mañana ya no existe. Todo es oscuridad. Con su mano, limpia una parte del empañado cristal de la ventana; pega la cara a él, e intenta ver el exterior. Todo es negrura. Ni una sombra en la ciudad. Cuando vuelve la vista al interior de la habitación descubre que la cama está vacía. Sobrecogido, busca en vano entre las sombras un atisbo de rastro femenino. Llama su atención la luz del baño encendida. Avanza hacia el cuarto con ansiedad. Ella no está. Sólo alcanza a ver en el sucio y agrietado espejo su rostro envejecido, surcado por infinitas arrugas, máscara cruel del tiempo, del tiempo ya vencido.

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