lunes, 23 de junio de 2014

RELATOS ROTOS - I -LA ANCIANA Y LOS ÁNGULOS

    La veo encorvada sentada en la vieja silla de madera cercana a la ventana; la mirada perdida de esos ojos lánguidos y ojerosos parece viajar en el tiempo a otros lugares. Los niños que juegan en la calle la observan con extrañeza. Sus mentes tempranas no vislumbran más allá cuando ven una anciana junto a la ventana. Pero todos hemos sido jóvenes alguna vez. Ella también. En la solitaria habitación donde pasa las horas, los ángulos oscuros se han roto convirtiendo sus vértices en abismos sin final en los que giran las eternas preguntas sin respuesta. ¿Por qué existimos? ¿Quiénes somos? ¿Tiene algún sentido la vida? La toquilla sobre los hombros apenas es un leve abrigo para el frío que dan los tiempos de ausencia sobre el cuerpo gastado. Y las manos castigadas por la artritis son aberrantes cubiertas de lo que fueron los delicados dedos de juventud con los que sentía el tacto de la fresca hierba en los prados de antaño. Han pasado tantos años. Aquella anciana se fue un día mientras dormía. Después regresé a la casa de infancia; ruinosa, desolado cadáver de mis primeros años de vida. El tiempo es un caos incierto que va cubriendo lo vivido de una pátina de nostalgia y sueños. Años después, al abrir la losa, su cuerpo de aspecto incorrupto se desintegró instantáneamente al contacto con el aire. Nada regresa. Todo se diluye en la noche de los tiempos. Los ángulos quebrados crujen en las noches de insomnio, en esquinas de cuartos tan solo vivos ya en la memoria. La anciana en su vieja silla de madera nunca me contó historias; o tal vez no las recuerdo. Yo tenía la vivacidad de los primeros años y ella el peso de la vida sobre su piel cubierta de eczema y el encorvado gesto. Hoy todo suena tan lejano; como aquellas melodías radiofónicas que nunca regresaron a pesar de que las buscamos en los días y las noches por las rutas de la vida. Sobre la mesilla gastada, un montón de pipas peladas conforman una imagen surrealista de infancia; semillas de las horas en que vivir aún era un proyecto sin barreras. O al menos eso pensaba entonces. 




sábado, 14 de junio de 2014

DE OTROS VERANOS

    Son las doce del mediodía y regreso de la playa. Me gusta ir muy temprano, cuando la arena es una gran extensión sin manchas de veraneantes. Mientras conduzco, suena Hotel, dulce hotel de Joaquín Sabina, lo que me retrotrae más de un cuarto de siglo hacia atrás en el tiempo. Cazador furtivo intentando seducir el azar que me llevase hacia aquellas habitaciones tan anónimas, modestas en sus prestaciones, pero desde las que sí era posible ver romper las olas contra el malecón besando una nuca. Hoy, en mi memoria, esos cuartos siempre aparecen solitarios, antiguos en su poco mobiliario. Pero en aquellos tiempos eran radiantes porque la juventud lo iluminaba todo. No obstante, mientras el aire cálido que entra por la ventanilla del coche me envuelve en los recuerdos trayendo aromas de juventud, siento que soy afortunado por haber logrado no caer en la trampa de esos amores domésticos con muebles de skay y poder seguir albergando la llama del deseo. Los humanos tenemos la insana costumbre de convertirnos en un espejismo de todo aquello que la juventud nos brindó o, en el peor de los casos, pretender seguir siendo aquellos jóvenes intrépidos y sólo logrando una caricatura de los tiempos de esplendor. ¿Dónde habita el ser humano? Tal vez en un hogar consolidado y rutinario. Acaso en un tiempo pasado que intenta recuperar de forma ridícula y bochornosa. Probablemente los humanos habitamos en todos aquellos lugares donde hemos ido dejando trozos de corazón. Conduzco lentamente y una sensación de bienestar me hace volar a otros tiempos. Siento que he vivido, que cada instante que ahora disfruto está formado por cada instante de aquellas vivencias. Saboreo el paseo en coche de regreso a casa ajeno al tráfico, al mundo triste por banalidades, al mundo indiferente ante dramas humanos. Pero nada importa en esta mañana de sábado cálida y amable. Sólo que aún estoy, que sobreviví a las pasiones arrebatadoras, a las noches en vela anhelando amores imposibles, a los amores consumados de se extinguieron. Y ahora, con la tranquilidad que da haber vivido, recuerdo todo aquello con una leve sonrisa de satisfacción y de serenidad. Puedo hacerlo porque aún me sigue quemando esa llama cada vez que te veo. Y la vida es para mí en esta mañana de junio, una habitación serena que siempre, siempre, mira la inmensidad de un mar aún repleto de sueños.

FOTO DE JULIO MARIÑAS

jueves, 5 de junio de 2014

EL ARTE, LA SOCIEDAD Y EL YO

    Como en un carnaval hipócrita y falaz, la sociedad se estructura cada vez más compartimentada en modelos definidos de ideologías, de grupos, de movimientos. El individuo, consciente o inconscientemente, busca su grupo. Aquel que le va a ratificar más en sus ideas preconcebidas o aquel que está más acorde con sus intereses. Así, los supuestos líderes, no tienen más que mover los hilos y, los unos y los otros y los de más allá, bailan la canción del desconcierto. Pero ¿dónde queda El Yo? Si algo me han enseñado los años, es que no todo es blanco o negro, derecho o izquierdo, grande o pequeño. Porque entre cada extremo hay un intermedio, y entre ese intermedio y cada extremo hay otros intermedios; así hasta el infinito. La gran mentira es el rebaño homogéneo  que sólo favorece los intereses de unos pocos. Hay tantas ideologías como seres humanos. ¿Por qué intentar fusionarlas? Al abrigo de ideas de consolidación, sectarias, de grupo; se va conformando una sociedad intolerante; cuando cada sector cree poseer la verdad por encima de los intereses de quien no piensa como ellos; incluso en ocasiones a lo largo de la historia de la humanidad, por encima de la vida de quien no piensa como ellos. Si existe la más remota solución, esa reside en una sobredosis de cultura. Pero no una cultura academicista; una cultura vivencial, filosófica. Al individuo no hay que enseñarle datos o normas; hay que enseñarle a pensar. Un pensamiento desde su punto de vista y otro desde la proyección de su punto de vista en los demás. Una gran mayoría de la sociedad se ha convertido en una gran masa de seres que, sea cual sea su edad, parecen haberse quedado en una pubertad mental; como aquella edad en la que buscaban un grupo o pandilla para reafirmarse en su rebeldía y encontrar protección. La realidad es que, eso está muy bien a los quince años. Pero, cuando los mayores adoptan esa actitud, dan muestras de una patética debilidad mental. Y mientras los medios nutren su programación dando protagonismo a los políticos, los detesten o los amen, y de ese modo encumbrándolos y convirtiéndolos en lo único importante;  ya nadie habla de los poetas, los compositores, los pintores, los escritores. Es posible escuchar la frase de un dirigente político cuarenta veces repetida en pocos días; pero es imposible escuchar los versos o las frases de un genial poeta o escritor. ¿Está sucediendo o es una pesadilla? Me parece bien que hablen ustedes de como los políticos ahogan la cultura. Pero, si quieren hacer algo, empiecen por programar en sus televisiones conciertos, debates literarios, documentales de historia y arte, etc. ¿Quién ahoga la cultura? ¿No seremos todos? “Aquel que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. La cultura se ahoga si los ciudadanos no tienen acceso a ella. Y, lo queramos o no, la televisión sigue siendo el medio más influyente para llevar al ciudadano la cultura. Al abrigo de “Todo es política”, se nos ha llenado el plasma con la cara de siempre los mismo. Los que nos gobiernan, los que nos gobernaron y los que nos gobernarán. Además de la cara de todos los difundidores de opinión de diverso signo que se han convertido en los grandes abanderados de las diferentes corrientes. Sería conveniente empezar a poner la cara y los cuadros de Picasso o Dalí, la música de Verdi o Mozart, las trayectorias literarias de Valle-Inclán o Cortazar, etc. Sin olvidar a los posibles genios actuales. Entonces si podríamos empezar a quejarnos del daño, que es real, causado a la cultura. Porque, ahora, la cultura en la televisión se reduce a un porcentaje ínfimo; y en muchas cadenas inexistente. La historia de la humanidad no sólo es la historia de los conflictos bélicos, que también, es la historia de los grandes genios que son los verdaderos artífices de la diferencia entre un simple homínido y ellos. Sólo un conocimiento amplio del ser humano puede darnos una perspectiva propia. Y, con ella, la capacidad de dilucidar lo que queremos o no. El ser humano vive afincado en un miedo irracional e inconsciente a todo aquello que escapa a las doctrinas impuestas por las diferentes corrientes de opinión. Pero hay algo más. No todo es blanco y negro. La vida está llena de matices que convierten al ser humano en un complejo laberinto. Querer reducir todo en grupos estancos, no hace más que alentar el desprecio, la intolerancia y el odio a lo diferente. Al tiempo que provoca en el propio individuo la frustración de no sentirse único. Cuando es todo lo contrario. Esto cobra máxima fuerza y dramatismo en las relaciones sentimentales, que la ignorancia e inmadurez en muchos casos hace que acaben siendo una situación de querer imponer al otro nuestras convicciones y costumbres. Cuando es todo lo contrario. Soy único. Por eso tengo la capacidad de saber con claridad que te amo. Eres única. Por eso tengo la capacidad de amarte como eres. Todo lo demás vuelve a ser, al igual que en el caso de las relaciones sociales, una lucha fruto de la ignorancia en vez de una pasión fruto de las diferentes identidades de los amantes. Nos han engañado, nos siguen engañando. Sólo el conocimiento de nosotros mismos nos puede dar la libertad. Por eso, ¿qué estamos legando a nuestros niños y jóvenes cuando la televisión es en muchos casos una pira donde se prepara la hoguera para ajusticiar con la palabra a unos y a otros? El panorama actual no dista en exceso del de hace cientos de años, cuando en la Edad Media el reo recorría las empedradas calles mientras era vejado y agredido por la plebe, para después ser quemado en la plaza pública para regocijo de una masa enardecida ansiosa de sangre. Sólo que ahora se hace con mucha más sutileza, con hipócrita elegancia. Antes era “Mando yo y viviréis arrodillados”. Ahora es “Mandamos nosotros y vosotros sois muy libres mientras hagáis, digáis y penséis como el sistema instaurado a nivel global sugiere y dicta”. De todo esto, por lo que a mí me toca, lo más sangrante y patético es la silente condena al ostracismo que sufrimos los que nos dedicamos al arte como forma de vida. Es cierto que la quema de libros ya no se practica. No es necesaria. Con hacer que la banalidad y lo superfluo triunfe por encima de lo profundo y hermoso, ya es suficiente. Porque la escritura y la música que invita a pensar no interesa a todos aquellos que siguen queriendo ver en los pueblos, masas de gentes ignorantes y adoctrinadas. Pero no es cierto. Hasta en las personas con menos recursos, late un afán por saber, por querer encontrarse a sí mismos. Mientras todo un sistema siga alentando a los grandes embaucadores con su constante publicidad, seguiremos generando seres sin criterio, movidos tan solo por el desprecio hacia los otros que no comulgan con sus ideas. Los que tenemos cierta edad y poco que perder, ya no nos dejamos subyugar con los cantos de sirena. Pero las generaciones venideras, encargadas de continuar sosteniendo esta sociedad ficticia ¿qué referencias tendrán para sus acciones? Cuando observo al niño que fui, cuando recuerdo al joven que vivió en mí, cada vez siento más serenidad y orgullo, porque, en memoria de ellos, no me he dejado sobornar por la mentira de un mundo ensoberbecido y mediocre. Mi experiencia me ha llevado a creer siempre en el individuo como ente único; jamás en el individuo social. Este último, siempre acaba envuelto en un afán de protagonismo patético y agresivo, que le lleva a crear sociedades como la actual. Menos mal que nos queda el arte. No sólo el creado por el hombre, también el de la naturaleza, que no cuesta dinero ni está grabado con impuestos. Contemplar las estrellas y el mar mientras sentimos lo diminutos e insignificantes que somos a pesar de nuestros penosos afanes de grandeza, es una cura de humildad. Todo pasará, y al final quedará la esencia de lo que aportamos a un mundo que podía ser bello, si la vanidad humana no lo emponzoñase cada día con su veneno de altivez y soberbia. Pasaran las épocas. Pero los versos del poeta seguirán cantando para la eternidad sobre las cenizas de sus imperios. Porque sólo aquello que eleva al hombre a las esferas permanece para siempre en el corazón de todas las almas y los sueños.

FOTO DE JULIO MARIÑAS

EL ÚLTIMO ALIENTO (EN LA NOCHE - XI)

    A cualquier hora, en cualquier lugar, inesperadamente, con sutileza, tal vez con brusquedad, bajo la noche sin luna, cuando el sol esté brillando, al abrigo del lecho, en el bullicio de la urbe, frente al mar de los sueños, descendiendo las cumbres del desencanto, ascendiendo por senderos mágicos; de un modo u otro, llegará. Posará su firme y huesuda mano sobre mí y, al hacerlo, todo lo vivido se disipará envuelto en la bruma del último ocaso. Quedarán mis escritos hieráticos y mudos sobre los anaqueles, solemnes los pentagramas con mi música guardarán respetuoso silencio. Y libros a medio leer esperarán en vano mi mano ansiosa sobre sus páginas. Encapuchada con su negro sayal invadirá mi yo sin compasión. El filo de su guadaña brillará amenazante disuadiendo de cualquier esperanza. Y la clepsidra que contaba mis días quedará sin el líquido elemento. Todo lo que creí mío se dispersará en otras manos, otros ojos, otros sueños; o simplemente sufrirá mi ausencia involuntaria. El otoño volverá de nuevo jugando con las hojas vencidas del recuerdo, mientras papeles a medio escribir serán llevados por el frío viento del Norte a los Lugares Olvidados por los Dioses. La melodía que juntos compartimos sonará cada vez más lejana hasta diluirse en la suave brisa de los días. Y todo lo que soy residirá en una efímera lágrima apenas esbozada en la cruel primavera ajena a mis angustias. Girará el planeta sobre el leve recuerdo de mis noches. Las calles donde sentí el aliento salvaje de los dorados días, darán asilo a otras gentes  y sus historias. Y los besos que di no tendrán dueño, ni los abrazos podrán asir el cuerpo amigo. Todo será vacío en las esferas del infinito manto del universo ignoto. Y seguirá la vida con su canción sin tonalidad ni modalidad plausible. Incierta melodía que baila con la muerte en una danza eterna sobre la noche de los tiempos.

FOTO DE JULIO MARIÑAS