lunes, 7 de julio de 2014

RELATOS ROTOS - IV - EL DESCONOCIDO

    Llegó una fría mañana de otoño quebrando con su paso lento y cansado algunas de las hojas secas del camino. Las gentes lo miraban extrañadas y hacían el silencio a su paso. Entró en el bar de Natalia con gesto inexpresivo y la boca entreabierta -apenas perceptible a causa de la poblada barba- por un cansancio acumulado durante años.
    -¿Qué va a tomar?
    -No tengo dinero –su voz sonó hueca y rasgada, susurrante.
    -Pues empezamos bien.
    -Yo te pago lo que tome –dijo un anciano enjuto sin levantar la vista del vaso de vino; como si en el rojo líquido residiera el misterio de la vida aún sin resolver.
    - Estás muy generoso hoy, Anselmo.
    Ya has oído, forastero.
    -Un bocadillo de lo que sea y un café con leche bien caliente.
    -¿Queso?
    -Queso está bien.
    Aunque la primera impresión fue que podía estar hambriento, no lo  parecía a juzgar por la lentitud con que comía. Lo hacía con pausa, saboreando cada bocado. A pesar de su corpulencia, el abrigo le quedaba grande y apenas asomaban unas manos fuertes por las mangas.
   -Gracias –dijo dirigiendo una mirada al anciano; y después se fue.
    -¡Joder, Anselmo, en mi vida me había ocurrido una cosa igual! ¿Has visto que tío más raro?
    -Es lo que tiene no haber salido nunca del pueblo, Natalia. No te preocupes, tienes sólo cuarenta años. Aún te pueden ocurrir muchas cosas.
    Pensó seguir caminando y abandonar el pueblo; pero el fuerte viento que se levantó repentinamente le hizo pensárselo mejor. La marquesina de una parada de autobús lo protegió levemente del temporal.
    Mientras, en el bar, Natalia recibía otra visita. Del coche que aparcó justo delante del local descendieron dos hombres jóvenes enguantados e impecablemente vestidos con trajes negros; sobre los cuello cisne, unas mandíbulas cuadradas y caras de pocos amigos.
    -Buscamos a un hombre que no es de este pueblo.
    -Ya. ¿Y…?
    -Un hombre que camina cuarenta kilómetros hasta el pueblo más cercano, forzosamente tiene que llegar a un bar para reponer fuerzas.
    -No entiendo muy bien la historia que me está contando.
    -¿Tú has visto algo, viejo?
    -No me gustan los cuervos. ¡Croa, Croa!
    En un gesto ágil, uno de los hombres se aproximó a Anselmo cogiéndolo del cuello. El vaso de vino rodó por la mesa hasta estrellarse contra el suelo.
    Pero algo interrumpió su acción. La poderosa y cansada silueta del desconocido se alzaba en el umbral de la puerta del bar.
    Después se pelearon con violencia.
    Mientras el más bajo y corpulento soltaba el cuello del anciano, el más alto y ágil, abalanzándose sobre el desconocido, intentó derribarlo con una patada lateral. Una leve rotación de torso con el mínimo esfuerzo, le basto al desconocido para quedar fuera del alcance del pie del agresor que acabó rompiendo el cristal de la puerta de entrada al bar y clavándoselo. Un contundente golpe de codo descendente sobre la rodilla de la pierna estirada quebró la extremidad haciendo proferir al hombre gritos de dolor. Mientras, el otro individuo se abalanzó sobre el desconocido impactando su cabeza contra el pecho y consiguiendo que los dos cayesen sobre una mesa. El desconocido, con el mismo impulso generado por el movimiento de levantarse, lanzó un crochet de corta distancia que impactó en la mandíbula del segundo atacante a medio levantar, dejándolo fuera de combate.
    Todo sucedió tan rápido, que Natalia y Anselmo no habían tenido tiempo de moverse de sus respectivos sitios. Desconcertados, observaron la escena con cierta intranquilidad.
    -Lo siento.
    -Tendré que llamar a la policía.
    -Sí, debe hacerlo. Son peligrosos.
    -¿Y usted?
   -Me voy. Gracias por todo.
    Mientras Natalia llamaba por teléfono y Anselmo volvía a servirse otro vaso de vino para sumergir de nuevo su cansada mirada en el líquido elemento, el desconocido abandonó el lugar. Fuera, el temporal había amainado. Mientras las gentes del pueblo se agolpaban a las puertas del bar de Natalia y los policías hacían acto de presencia, se fue por el sendero que lleva al bosque, pisando esta vez el barro formado por la lluvia, para perderse entre los árboles.

    Si alguien hubiese podido verlo, no observaría nada a su alrededor. Pero seguro que una miríada de fantasmas y sombras lo seguían silentes, unos más cerca, otros más alejados. Tal vez para volver a manifestarse algunos de ellos cuando el solitario caminante llegase a un nuevo lugar habitado y, por unos instantes, hiciese algo tan humano como alimentarse para no desfallecer definitivamente. Pero mientras, prosiguió su marcha por el bosque cada vez más espeso e incierto.


miércoles, 2 de julio de 2014

RELATOS ROTOS - III - PARA CUANDO LLEGUE EL INVIERNO

    Estaban sentados en aquel cuarto oscuro, tétrico a pesar de la luz de estío que entraba por la ventana iluminando parte de la habitación. ¿Has acabado los deberes? Pregunta sin dejar de calcetar. No, aún no. ¿Entonces qué haces leyendo ese libro? Es el que me regaló papá. Déjame ver. Tu padre no entiende que sólo tienes diez años. Entonces, Raúl calla. Sabe que comienza el largo parlamento de su madre. Esa señora de no más de cuarenta años con el pelo entrecanado recogido en un moño, prematuramente envejecida. Ahora luce el sol ahí fuera, Raúl. Pero no será por mucho tiempo. Siempre llega el otoño, y después el invierno; y, para cuando llegue el invierno, uno debe estar preparado. Raúl escucha con resignación las lentas y sentenciosas palabras de su madre, deseando que acabe para poder volver a la lectura. Ahí llega tu padre. Pedro, pequeño pero corpulento, entra con una sonrisa y da una palmada en la espalda de Raúl. Sin darle tiempo a saludar, Clara lo increpa con irónica suavidad. El niño no ha acabado los deberes y ya está leyendo ese libro que le regalaste. Bueno, Clara, hay mucho verano… Menos de lo que parece. Dejas tu silla y nos acercamos a la playa. Ni lo sueñes. Tengo que acabar este jersey antes de que llegue el invierno. Tu madre siempre igual. Así que ya has empezado a leer el libro que te regalé. ¿Qué tal? Sólo llevo veinte páginas. Me gusta, porque es bonito pensar en un lugar donde nunca llega el invierno y siempre hace buen tiempo. ¿Puede existir un lugar así? ¡Cómo va a existir un lugar así, hijo! En vez de leer fantasías deberías procurar estudiar lo que te mandan en el colegio. Será mejor que vayas con tus tíos a la playa. Está claro que tu madre no está de humor para salir. Vale, adiós. Raúl besa a sus padres y se va camino de la casa de sus primos que está a pocos metros de la suya. Cuando el niño abandona la habitación, el ambiente se hace más denso todavía. Pedro, de pie a escasos metros de Clara, cruza su mirada con la de ella. Siempre llega el invierno, Pedro. Tú más que nadie deberías de saberlo. No sé por qué le metes al niño ilusiones baldías en la cabeza. Tal vez porque yo aún creo que es posible vivir en una eterna primavera. Responde Pedro sin demasiada convicción. Siempre has sido un soñador. Mírate. ¿Qué eres? Un poeta fracasado. Lo que más me duele, Clara, es haber fracasado con esta relación que un día fue hermosa. ¿Fue hermosa? No lo recuerdo, querido esposo. Nosotros ya no tenemos solución. Tú ya no tienes remedio. Pero no conviertas a nuestro hijo en un iluso soñador como su padre. Pedro deja la habitación cabizbajo, aunque se detiene en el umbral de la puerta ante las últimas palabras de Clara. ¿Lo recuerdas, Pedro? La mirada de la mujer es dura y cruel. ¿Qué tengo que recordar? Que siempre hay que estar preparado para cuando llegue el invierno.


martes, 1 de julio de 2014

RELATOS ROTOS - II - RITMOS PERSISTENTES

    Los amantes están sentados en el banco del parque, la cabeza del amante en el pecho de la amada escucha los latidos del corazón. Mientras la ternura envuelve a los jóvenes enamorados, hay otros ritmos persistentes que agreden el oído en habitaciones de hospital, porque son de corazones ya gastados, ahí, en el final, cuando todo está decidido; aunque insultante la calle sigue bullendo de sueños, ilusiones e intensidad; ajenos los viandantes a los dramas gestados en cuartos asépticos. Todo está mucho más cercano de lo que imaginamos. Fluye el tiempo en el reloj de pared, sonoro tic-tac quebrador del silencio y la oscuridad de los hogares vacíos, abandonados por sus habitantes aún a su pesar, rumbo a esperanzas hospitalarias, cuando la vida ya no es tan nuestra y late en las manos de otros. Siguen habitando en su paz los amantes del parque aprovechando el sol de primavera. Ha sus oídos llega el persistente ritmo del redoble de un tambor, seco, expeditivo, dando paso a la marcha fúnebre que ambienta la procesión, negras vestimentas detrás del féretro. Ya todo se ha consumado. Los pájaros insultantes cantan en las ramas de los árboles que alivian con su sombra el discurrir de los asistentes al paso del ataúd. Los amantes abandonan el parque y se dirigen al malecón cercano. Bate el mar con suavidad en las pétreas escaleras vestidas de algas, verde tupido, rítmica espuma con aromas de libertad. Los golpes acompasados de unos remos distraen a los jóvenes de sus besos. Ahora es el tiempo. Pero un día ese mar será gris, llegarán las tormentas. No muy lejos, las palas de los enterradores cierran la tapa del nicho con mecánica indiferencia. Una historia termina. El cielo ha comenzado a oscurecerse con unas nubes amenazantes. La lluvia apenas esbozada es suficiente para que una gota rítmica y persistente comience a caer sobre un libro abierto olvidado por algún asistente al sepelio, o por algún amante despechado, o por el mismo destino, para que sus hojas acaben empapándose del triste paso de los días cautivos por los ritmos incesantes de la vida. De la vida, y la muerte.