lunes, 21 de diciembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XXX



     La literatura tiene algo de siniestro. Todo arte es una forma de jugar a ser un dios, bien benefactor bien maléfico. Todo está admitido en la palabra escrita generadora de historias. Desde la escritura se puede ensalzar al más ínfimo y patético de los seres humanos, o despreciar  y ningunear al más grande de los hombres. Esa es la grandeza y la miseria de la literatura. Las gentes de mi generación tuvimos que aprender con gran dolor que no siempre la literatura, el cine o el teatro, eran camino artísticos de paz y luminiscencia, que había senderos tétricos, siniestros; finales que nunca nadie nos había enseñado. Cuando apenas comenzaba a leer, tenía el extraño hábito de acercar mis pasos al pequeño mueble de madera de mi abuelo donde, entre otros libros, había un ejemplar de la biblia. Un día me atreví a abrir aquel arcano ejemplar de hojas finas con bordes rojos y tapas negras. Fue por el Apocalipsis y, puso ante mis ojos, mientras torpemente leía sus líneas, un escenario de terror y desconsuelo que marcaría para siempre mi forma de ver el mundo.
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    -¡Con el hijo de la Señora Asunción! Ese ejecutivo repulsivo e impresentable.
    -Es lo que hay, querido. Tranquilo, Doctor, procuraremos que no se enteren en tu gremio.
    -¡Deja de decir estupideces!
    -Tenía que decírtelo. Ahora que va a vender el Olivar que tienen en el sur, ha dicho que me dedicará más tiempo y podremos viajar.
    -¿El Olivar? ¿Viajar? ¡Estás loca!
    -¡Sí, por él! Y divorciarnos puede ser muy tedioso. Así que te recomiendo  que dejes estar las cosas.
    -¿Un olivar?
    -Muy cerca de donde tú y tus amigos de tertulia ibais a tomar el ciervo y el jabalí con castañas en la temporada de caza.
    -¿En la Posada del Griego?
    -¡Eso! A doscientos metros comienza una extensión de olivos que era de la Señora Asunción y ha heredado su hijo. Ya está cerrado el trato. Se vende en dos semanas. Van a montar una urbanización. ¡Qué pena de olivos! Te veo trastornado. Parece que te ha afectado más la venta del olivar que mi infidelidad. Tranquilo. No creo que le afecte a la Posada del Griego.
    -¡Estás loca! Me voy.
    -Bueno. Cuando regreses ya no estaré. Este fin de semana nos vamos de viaje.
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    El progreso, el progreso. Ha cambiado el paisaje de la tierra. Apartamentos a pie de mar, molinos de viento en las montañas, grandes muelles deportivos sobre las aguas litorales; todo un mosaico de avances tecnológicos. ¿Ha sido proporcional el daño al avance del bienestar? El progreso es una burbuja frágil e inestable que en cualquier momento puede estallar dejando un sinfín de cadáveres. De hecho, ya hay muchos fiambres en el camino. Infinidad de construcciones sin finalizar, cuyas oquedades parecen ojos vacíos llenos de tétricos presagios. Ruinas de guerras donde la vegetación retoma su feudo construyendo un paisaje holocaustico. Todo por el progreso. Es en los amplios y cómodos despachos donde se decide como arrasar con los últimos vestigios de naturaleza. Al homo urbanitas parece molestarle todo aquello que le recuerda su animalidad primigenia, la esencial, la más pura. Pero la agresividad y violencia generada por el mundo artificial que ha creado, lejos de desagradarle, le reconforta.
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        La Señora Asunción jamás hubiese vendido el olivar herencia de sus padres, herencia de sus abuelos, herencia de sus tatarabuelos; el olivar cuyo origen se remonta a Al-Andalus, a los tiempos de la Córdoba califal. Muchos de esos olivos seguramente serían traídos a España por manos árabes y crecerían al abrigo y al desamparo de amores y batallas. Pero, los árboles sólo hablan a quien está dispuesto a escuchar el amor de sus ramas movidas por el viento, a leer sus heridos troncos centenarios. Y el hombre moderno está cada vez menos dispuesto a leer nada que no sea los índices de la bolsa o los últimos sucesos luctuosos en la prensa. El progreso es una palabra envenenada que guarda en su esencia la gran mentira de la modernidad socializadora, homogénea, de pensamiento único. Todo lo que está alejado del verdadero origen de homo sapiens.

viernes, 18 de diciembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XXIX



    -Se acuerdan de la idea que tuvimos hace algún tiempo. Pues aquí tienen la maleta de la que les hable. Metamos en esta maleta algo de cada uno de nosotros que haya sido fundamental en nuestra existencia.  
    -¿De dónde ha sacado esa maleta, Doctor?
    -Era de mi bisabuelo, Señor Director.
    -Fue muy viajero su bisabuelo.
    -Mucho, Poeta. Dicen que recorrió tres veces el mundo.
    -¿Tres veces?
    -Sí, Abogado; tres veces.
    -Un aventurero.
    - Mi bisabuelo odiaba esa palabra. Prefería que lo llamaran observador de la vida.
    -Demasiado larga.
    -Cierto, Poeta.
    -Observiajador, podría valer.
    -¡Qué horror, Señor Director!
    -La lengua nunca ha sido mi fuerte.
    -Ni la invención.
    -Por una vez estoy de acuerdo con usted, Abogado.  
    -Bueno, veo que la broma de las pasada tertulias, se la ha tomado en serio, Doctor.
    -¿Qué se creía, Abogado?
    -Y pretende que traigamos algo para meter en esa maleta.
    -Vamos, Poeta. Hablamos de lo más importante como elemento material que englobe su verdadero sentimiento de existir. O un secreto inconfesable.
    -Creo, Doctor, que está siendo demasiado exigente.
    -Es posible.
    -Yo propongo el mismo concepto, pero de un instante, un momento. Algo de lo que nos podamos despegar, aunque sea importante.
    -Estoy de acuerdo, Señor Director; pero que esto no haga que se convierta en algo banal.
    -¡Ofende nuestra amistad!
    -No pretendía. Bueno, señores, lo dicho. Esta maleta, que ha viajado todo el mundo, pasará a ser el lugar donde guardaremos nuestro secreto más inconfesable.

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    Los objetos siguen existiendo y teniendo vida mucho después de la muerte  de sus supuestos poseedores. El dilema, más que el Ser o no ser Shakesperiano, es el Tener y no tener de Lubitsch. Aunque es un dilema insulso, porque la realidad es, que nada tenemos. Creemos poseer cosas, incluso personas; pero lo efímero de la existencia, acaba haciéndonos comprender que nada es nuestro. Ni siquiera el valor  más preciado que es la vida nos pertenece, por su finitud, por su volubilidad, por lo inestable de toda existencia. El hombre busca aire y acaba siempre golpeándose contra los cristales; unos ventanales húmedos, tras los que sólo hay lluvia y desencanto. Así se construyen las quimeras con polvo de olvido y desaliento. Esperar, siempre esperar una mañana que jamás llega porque no existe; porque es el hoy. Añoran, añorar un pasado inaprensible, porque ya fue y nunca volverá. Algunos humanos miran al cielo y quieren ver hermosas barbas blancas en las nubes algodonosas, ojos reveladores en el arco iris fugaz e incierto. Pero todo es humo, fantasía que crea un sol que nos alimenta y un día nos extinguirá. Mientras, el universo es negro y ominoso, profundo e indescifrable. Por eso, cualquier aventura humana es ínfima, banal, imperceptible ante la inmensidad del cosmos que, a medida que se expande, más constriñe nuestros sueños. Hasta en los astros ha pretendido ver el hombre escrito su futuro; como si los astros limitasen su existencia a la visión del hombre y, más allá, donde tal vez también habite la música de las esferas, no hubiese otras perspectivas, otras realidades.

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    El crujir de la tierra seca cuando una pala orada su cuerpo tiene algo de tétrico y solemne. Resuena una y otra vez ese rasgar de arenas gruesas en la nocturnidad del páramo custodiado por un ejército de gruesos olivos centenarios. La escena, sin sus protagonistas quererlo, adquiriere algo de solemne y el ambiente cobra un halo existencial. Antes de la modernidad de los simétricos nichos, antes de los panteones majestuosos; durante siglos los seres humanos enterraron a sus muertos con esta simple acción de abrir en la piel de la tierra que los vio nacer un agujero y depositar los cuerpos en su interior. Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris. Ahora, el hombre parece no querer recordar que pertenece a la tierra. En un nuevo alarde de vanidad a lavado la cara de la muerte con frías ceremonias más cercanas a una reunión de ejecutivos que un verdadero duelo. El hálito final, confinado, las más de las veces, a un aséptico recinto hospitalario, ha perdido toda su épica, todo su misterio. Ya nadie quiere ver a la muerte de cerca. Preferimos que un doctor circunspecto nos cuente el tránsito de nuestros seres queridos, a enfrentarnos cara a cara con la visión del paso final. Una pala sigue penetrando en el agujero cada vez más profundo. Los cuatro hombres no hablan. Su única compañía es una maleta. Acaban de comer en la Posada del Griego esa carne de caza con castañas que tanto les gusta. Cuando el agujero está listo, depositan la maleta en él y lo tapan convenientemente. La noche está tranquila; con una calma que adorna un firmamento en el que puden observarse más que nunca infinitas estrellas.

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     Fue antes de la llegada de un joven a su círculo de tertulia, que los cuatro amigos depositaron cada uno un objeto en la maleta. Después, la enterraron en un olivar del interior alejado de la ciudad. Lo hicieron al tiempo que se preguntaban en silencio que sentido tenía todo aquello. Las cosas, la mayoría de las veces, no tienen por qué tener un sentido. Simplemente son. A dos metros bajo tierra, la maleta del bisabuelo del Doctor quedó enterrada con un pedazo de la vida de aquellos hombres.

lunes, 30 de noviembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XXVIII



    Con esa característica de mostrarnos siempre la misma cara, la luna tiene algo íntimo y evocador. Esta que ahora contemplo es de idéntico aspecto a la de aquella noche lejana cuando me perdí en el bosque. Era un adolescente inquieto que siempre tenía predilección por lugares solitarios. Habíamos acampado nuestras tiendas junto al lago en una zona poco frecuentada por los turistas. Fue un fin de semana inolvidable. La noche que decidí alejarme del campamento para caminar bajo la luna llena, puso una nota de inquietud en aquel verano que siempre recuerdo con agrado. No había recorrido más de doscientos metros cuando los sonidos nocturnos comenzaron a cobrar una presencia inusitada. Aquí y allá surgían sin previo aviso; el ulular de los búhos, el sutil movimiento de una rama desplazada al emprender el vuelo una lechuza, los ruidos provocados por los roedores al moverse inquietos entre la hojarasca. Fueron sensaciones encontradas de una placidez tenebrosa. Hasta ese preciso instante, había sentido la soledad de un modo muy diferente. La soledad nocturna de infancia. Aquella que asoma cuando nuestra madre apaga la luz después de haber depositado un beso tierno y una caricia protectora en nuestra mejilla; antesala del vacío del cuarto a oscuras. Pero es una soledad emocional, porque sabemos que tras la luz del pasillo, aún seguirá despierta nuestra madre acabando de arreglar la cocina antes de irse a la cama o con nuestro padre viendo la televisión. La soledad de sentirse aislado añadida a la curiosidad por la prohibición de ver cine a ciertas horas de la noche, me llevaba entonces a emprender la aventura sigilosa de abandonar el lecho y arrastrarme con extrema delicadeza por el oscuro y largo pasillo, al final del cual se vislumbraba, como una luz al final del túnel, la luminosidad que desprendía la pantalla en blanco y negro del televisor. Muchas películas vi en aquellas circunstancias clandestinas. Lo que sigo sin saber aún hoy en día, era si mis padres en algún momento fueron conocedores de aquella actitud rebelde con respecto a sus normas nocturnas. Otra soledad infantil es la de sentirse aislado o rechazado cuando los que consideramos compañeros de recreo nos apartan de sus juegos. Experimentamos un aislamiento relativo, ya que siempre hay otras opciones que podemos tomar para encontrar compañía y diversión, aunque nosotros deseemos la que nos ha sido negada. Por eso, estas soledades de infancia, no llegaban a ser completas, ya que el aislamiento físico no era total al existir un punto de enlace en mayor o menor medida. Sin embargo, aquella noche en el bosque del lago, la soledad cobró un carácter total al hacerse, no sólo anímica, sino también física. Sentí entonces lo vulnerable  de mi condición humana ante la naturaleza. Un ruido más violento de los que hasta el momento percibía me sobresaltó. Creí ver un zorro deslizándose entre los arbustos. La sensación de pequeñez se hizo mayor cuando alcé la vista y con dificultad contemplé las altas copas de los árboles en la noche de plenilunio, majestuosamente estirando sus ramas hacia el cielo en busca del único haz de luz. El cúmulo de sensaciones fue tornándose cada vez más hipnótico; hasta el punto de que, a pesar de mi desasosiego, el impulso de regresar al campamento no cobró más intensidad que la que provocaba el seguir recibiendo el hechizo del paraje. Continué caminando y, por unos instantes, me sentí perdido. A mis oídos llegaron unas voces. A medida que avanzaba hacia su procedencia, pude ver entre los arbustos una luz que emanaba de un fuego. La imagen que observé con dificultad ha quedado para siempre grabada en mi memoria. Alrededor de una hoguera danzaban sombras y cantos étnicos quebraban la noche. Aún hoy, sigo sin recordar como volví al campamento; ni nada que no sea la imagen de una escena extraña a mi mundo y la sensación de soledad total; tal vez lo más pareció a la que siente el ser humano en el instante final de su existencia; una mezcla de inquietud y serenidad difícil de expresar en el reducido lenguaje de los humanos.  

lunes, 2 de noviembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XXVII





    Camino el pasillo polvoriento. Nada que ver con la planta inferior de la casa. Olor a humedad y desamparo. Penumbra áspera. Las ratas transitan nerviosas rozando sus peludos cuerpos con los rodapiés. Arañas petrificadas sobre telas de siempre levemente balanceadas por la brisa que entra por pequeñas ventanas sin vestir. Frío y resignada pesadumbre imprime el entorno hostil. Después de la pulcritud y ostentación del gran salón de la planta inferior, este mundo lóbrego y desamparado provoca en mí un rotundo estado de ansiedad. De repente, un gran temblor lo sacude todo con fuerza inusitada y el ruido ensordecedor del trueno retumba en mis tímpanos. He llegado al pequeño cuarto del ático sin apenas percatarme. Por la claraboya se deja ver la titilante luminiscencia de los rayos que sin duda estarán decorando la negrura del firmamento en esta noche larga y premonitoria. Mi tío era un hombre de pocas palabras. El rey del monosílabo. En raras ocasiones habría la boca para articular más de dos seguidas. Pero, cuando lo hacía, era casi siempre en noches de tormenta. Probablemente se sintiese más inspirado. Acaso los rayos y truenos abriesen su cerrado carácter. Yo no tenía más de ocho años la primera vez que escuche de sus labios la historia. Estaba sentado con mis padres y hermanos al calor del fuego hogareño. Nunca un relato fue tan sobrecogedor para mí. Las caras de mis familiares mientras mi tío narraba los hechos se han quedado tan grabadas en mi memoria como sus palabras. “Habíamos recogido las redes y enfilamos proa hacia la costa donde se apreciaban las luces de la ciudad en la noche más oscura que un marinero pueda imaginar. La mar estaba en calma; con una calma tensa de misterio y densidad. De pronto, súbitamente, estalló la tormenta. Fue entonces cuando los destellos provocados por los rayos rompieron la oscuridad y mis compañeros y yo pudimos ver con brevedad reiterada unos barcos dispersos a no más de treinta metros de nuestra popa. Las aguas comenzaron a encresparse y nuestra embarcación pronto se vio atrapada en medio de una galerna. Cada vez que los rayos iluminaban el cielo, podíamos contemplar la negrura de las aguas agitadas que hacían aparecer y desaparecer aquellas fantasmales naves de nuestra visión. En situaciones así, pierde uno la noción del tiempo. La tempestad fue breve; aunque a los que íbamos en la pequeña embarcación de pesca nos pareciese una eternidad. Cuando las aguas se calmaron, por fortuna para nosotros, descubrimos que habíamos sido alejados varias millas de la costa. Si no hubiese sido así, nuestro pequeño barco se habría estrellado contra los farallones cercanos a los acantilados. Pusimos de nuevo rumbo a puerto en un mar calmo. Entonces, a menos de tres millas de la costa, a babor, vimos entre los farallones basálticos los barcos en los que esta vez pudimos distinguir espectros de marineros de pie sobre la cubierta, observándonos impasibles. Algunos sujetaban candiles encendidos que desprendían una luz macilenta. En nuestro barco nadie habló; ninguno de nosotros se atrevió a pronunciar palabra. Entonces, el silencio fue siendo invadido lentamente por una sutil melodía. Parecía que aquellos fantasmas entonaban un canto a boca cerrada; letanía que impregnaba cada vez más la atmósfera con una profundidad inusitada como surgida de las siniestras zonas abisales. A medida que nos alejamos de los acantilados, con el puerto cada vez más cerca, acabó diluyéndose en la noche. No tuve miedo. Era un sentimiento más profundo y extraño. Como una mezcla entre incertidumbre, nostalgia y ansiedad. Llegamos a puerto y regresamos a nuestras casas. Los cinco hombres que íbamos en la embarcación nunca se lo contamos a nadie, ni hablamos de aquel hecho entre nosotros. Cuando dejé de salir a la mar y pude dedicarme con más intensidad a mi pasión por la lectura, la visión de aquella noche regresaba con frecuencia a mi mente en muchos de los textos que leía; a veces bastaba una breve reseña a naufragios u otras circunstancias marinas, para que esto sucediese. Por eso, acabe por decidirme a investigar todo lo relacionado con aquella zona de farallones cercanos a los acantilados. Referencias a naufragios en la zona había muchas, pero ninguna mención sobre acontecimientos similares a los vividos aquella noche; ni siquiera en los libros de misterios relacionados con el mar y los marinos. Pasaron algunos años dedicados a estas pesquisas, hasta que, poco a poco se fue disipando la idea inicial y abandoné de algún modo la búsqueda de referencias; aunque no del todo. Dos o tres años después de haber dejado la investigación, llegó a mis manos un viejo libro del siglo XVII, polvoriento, olvidado en un oscuro rincón de una pequeña biblioteca regentada por una anciana centenaria. El tomo llevaba el título de Guardianes de los acantilados. Era un texto adornado con profusas ilustraciones, dibujos a plumilla y grabados en su mayoría, e incluso tenía algunos desplegables con esquemas y mapas diversos; alternaban estos con breves relatos sobre, lo que decían ser, testimonios reales, y todo versaba sobre los farallones de lo que llamaban los Acantilados del Espanto. Fue una breve reseña de apenas cincuenta líneas donde leí la descripción de una aparición muy similar a la que, junto con mis compañeros de pesca, había sufrido años atrás. Los espectros aparecidos eran, según el texto, Los Olvidados del Mar; todas aquellas personas que habían naufragado en la zona y jamás se habían podido recuperar sus cuerpos. Parece ser que, en aquel lugar, ya en el siglo XVII, época complicada para tener datos fidedignos sobres estas cuestiones, se habían registrado hasta el momento de la publicación del libro más de tres mil naufragios, con la desaparición de más de diez mil marinos. Una cifra increíble y estremecedora. Con una inquietante y temerosa curiosidad, regresé al malecón después de muchos años y conseguí convencer a un viejo marino que me conocía desde niño para que me dejase su embarcación. Así, en una noche sin luna de aguas quietas enfilé la proa al lugar. Tuve cuidado de no acercarme a menos de una milla de los farallones que quedaban a estribor de mi nave. Detuve la navegación y, sentándome, encendí una pipa. Todo era negrura. El silencio estaba decorado con un breve rumor que sentí claramente como las aguas filtrándose por los roquedales de los farallones. El misterio del mar en toda su profundidad se hizo patente. De repente, sin retumbar de trueno, los rayos decoraron el cielo haciendo que pudiese contemplar de modo intermitente en décimas de segundo los farallones y los acantilados. Pero nada más apareció en aquel tenebroso escenario. Nunca volví a sentir esa sensación tan espesa de vacío rotundo, incontestable, devorador de toda la esencia, instigador de perderse en la nada. El hombre necesita tanto entender, buscar una explicación a todo aquello que se escapa a su intelecto. Viré la nave enfilando proa a puerto con la incertidumbre de aquel que nada sabe, con la tristeza de haber comprendido que la vida tiene infinitos rincones que nunca alcanzamos a descubrir a lo largo de nuestra existencia. Rincones que se mezclan con la muerte, con el vacío insondable que nos rodea sin remedio”.
    Así era mi tío. Un hombre irrepetible. Envuelto en mis pensamientos, no me he percatado. Ha cesado la tormenta. De nuevo todo es silencio. En el pequeño cuarto del ático está la maleta, ahora bajo la penosa luz amarillenta de una bombilla de escaso voltaje cubierta de polvo afincado desde hace mucho en su redondez. Estoy a escasos centímetros de la maleta. Alzo mi vista y la noche ha dejado de ser negra, para decorarse con una luna llena señora del firmamento nebuloso, custodiada por oscuras nubes que acarician con suavidad su rostro. Aquí estoy, solo; con una maleta y la luna.

martes, 27 de octubre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XXVI




   Subo lentamente las escaleras que llevan al piso superior donde, al final de un estrecho pasillo, se accede al desván. Desde aquí veo en la parte baja el imponente salón con su recia mesa de maderas nobles, refugio de los cuatro cadáveres hieráticos, tal vez ajenos a este ahora. También puedo observar como en una de las paredes cuelga una pintura al óleo que representa la muerte de Julio César; en el centro la estatua de Pompeyo, delante de la cual se está perpetrando el magnicidio en una escena de gran violencia plasmada con gruesas y bruscas pinceladas; ya ha recibido algunas de las veintitrés puñaladas que acabarían con su vida y los blancos ropajes de Julio César están teñidos de un rojo profundo e intenso de sangre; a pesar de ello, en su rostro crispado, aunque sus ojos tienen el brillo de la muerte, hay un gesto de desafío hacia sus asesinos y hacia el propio destino, acentuado por unos antebrazos musculados que, a pesar de sus cincuenta y seis años, aun conservan el vigor de los tiempos pasados; en sus extremos se abren las huesudas manos en señal de repulsa ante sus agresores, como queriendo agarrarse a una eternidad histórica que estaba fraguándose en esos precisos instantes; toda la escena está enmarcada en una rica arquitectura de columnas y capiteles más esplendorosa y recargada que la de la época a la que pertenece la escena, en un anacronismo que enriquece la situación; el óleo es una obra maestra de un autor desconocido, un artista que ha quedado oculto a los ojos de la historia de la pintura; uno de tantos. César el dictador, César el poderoso guerrero, César el audaz orador, César el despiadado adversario, César el relevante escritor, César el benévolo con sus enemigos derrotados. Hay tantos césares para la historia; ¿Cuál ha sido el auténtico o los auténticos? ¿Tal vez todos? ¿Acaso ninguno? El tiempo impregna a muchos personajes con una pátina de grandiosidad que subyuga e invita a la reflexión. Tal vez también cada uno de nosotros deberíamos tener esa oportunidad de observar nuestras vidas y nuestra personalidad bajo el prisma que ofrece el paso de los siglos. Sería interesante. Es una pena que nuestra visión, ante la brevedad de la existencia, sea tan sesgada y poco fiable. Muy cerca del cuadro de considerables dimensiones, hay uno mucho más pequeño que llama mi atención. Es la inigualable visión de Piranesi de unas ruinas romanas. Como la mayor parte de la obra del autor, muestra una imagen agreste, indómita, de construcciones abandonadas a la vegetación invasora; pero dotadas de un halo de misterioso romanticismo evocador. El declive de un gran imperio late en cada detalle. El esplendor es como todo, efímero. Quién le iba a decir al longevo Octavio Augusto que, aquella ciudad de ladrillo que era Roma y el convirtió en marmórea, algún día yacería derrotada y el mundo no temblaría ante sus legiones. El tiempo tiene esa pertinaz costumbre de ir desgastando todo hasta dejar tan solo vestigios o sombras de aquellas cosas que un día fueron soberbias y grandiosas. Pese a todo, Roma sigue siendo un lugar impregnado de historia. Un viejo hotel cercano a Estación Termini fue mi refugio cuando llegué a la ciudad. La sobriedad de la habitación acentuó la pena que albergaba entonces en mi interior. Desde el Puente, contemplando el Castillo de Sant'Angelo, no pude evitar escuchar, junto al rumor del Tíber, el adiós a la vida de un Cavaradossi sentenciado. Entonces yo también creía estar llegando al final. Pero aún me quedaba mucho por vivir. Intenté partir antes de lo previsto de Roma, sin saber muy bien por qué; aun siendo consciente de que cualquier intento de regresar era inútil en aquella historia; pero no había billetes. Así transcurrieron unos días en los que respiré el aroma felliniano  de la Fontana de Trevi, la acogedora brisa del Monte Palatino o el húmedo desasosiego de las Catacumbas. De regreso a casa, la imagen del túmulo de tierra donde unas flores recordaban a Julio César, volvía a mi mente una y otra vez, como si allí, en el corazón del antiguo Foro, también yo hubiese enterrado una historia perdida.



lunes, 26 de octubre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XXV - EL ADIÓS A LA VIDA DEL SEÑOR DIRECTOR




El adiós a la vida del señor director
(Del triunfo y el fracaso)

    Acaba el concierto; con paso elegante, después de saludar correspondiendo a los aplausos del público, el Señor Director abandona el escenario; cae el telón; ya en el camerino, con posterioridad a recibir las felicitaciones de unos y otros, se desprende de su traje, enfunda su ropa de calle y cubriéndose con un abrigo abandona el teatro; al salir, el frío intenso de la noche invernal golpea su cara; a medida que deja la avenida principal y toma las calles menos transitadas, el silencio en sus oídos cobra un protagonismo inusitado, como si después del polifónico maremágnum orquestal, de los aplausos de un público entregado, la ausencia de fuertes sonoridades convirtiese el silencio en algo hiriente y, de algún modo, sonoro; con una sorda sonoridad, algo difícil de explicar, pero que la mayoría de los profesionales que se han subido a un escenario ante el público conocen; un vacío pesado invade ese silencio que parece asolar las entrañas del cerebro. Una vez en casa, el Señor Director, ante el gran silencio del hogar, percibe con más fuerza la sensación de desolación; camina el pasillo oscuro, desde la puerta entreabierta del dormitorio comprueba que su mujer se ha quedado dormida con la luz de la mesilla encendida y un libro entre las manos. El Señor Director, por unos breves instantes, sustituye la terrible sensación de vacío por la ternura que le inspira la escena. Después, en el salón, mientras enciende un cigarro y se pone un whisky, contempla las exuberantes luces de la metrópolis. Evoca en este instante de soledad suprema, la primera impresión musical que tuvo de niño y motivó su dedicación a la música.  Fue en la primavera de sus ocho años. Había ido con sus padres a pasar unos días con los abuelos maternos. El pueblo tenía una iglesia de dimensiones considerables. Atardecía cuando, camino de casa, escuchó los dulces sonidos de unos instrumentos de cuerda procedentes del interior del templo. Se asomó tímidamente y quedó absorto, transportado por la belleza de la música del Aria de la Suite número 3 de Bach.  Desconocía la obra, al músico barroco y jamás había visto en vivo la interpretación de una orquesta de cuerdas. Desde aquel instante, nunca volvería a ser el mismo. La música lo atrapó y comenzó una exitosa carrera. Pero, lo que no sabía aquel niño de ocho años, era que, toda la belleza de aquel instante nada tendría que ver con su trayectoria vital; que la vida en muchas ocasiones es dura y desgarradora, que el éxito público tiene poca importancia ante la amargura de una vida llena de sinsabores personales. Despertando de sus pensamientos, apura el whisky, contempla de nuevo las luces de la metrópolis tras el amplio ventanal; y las sigue contemplando, cuando abre la ventana y salta al vacío de la noche aciaga.

viernes, 23 de octubre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XXIV - LA AGONÍA DEL DOCTOR





La agonía del DOCTOR
(DE LA CRUELDAD Y EL DESAMOR)
    -Pensabas que no te ibas a morir nunca, viejo imbécil. Pues, ya lo ves, estás en las últimas.
    -Estúpida mujer. No sé cómo no me divorcié de ti.
    -¡Ja! Pobrecito. Voy a ser una viuda muy solicitada.
    -Eras una joven preciosa y sencilla cuando nos conocimos. Mira en que te has convertido. Esos amigos tuyos. Política y más política.
    -Estás jodidamente agonizante y aún tienes veneno en esa lengua. Siempre me gustó la política. ¿Sabes por qué?
    -Sí, lo sé muy bien. Porque la política es el sucedáneo de arte que consiste en hacer que las gentes y los pueblos se enfrenten entre sí, mientras unos cuantos desde sus cómodos sillones se hacen ricos a costa de los trabajadores. Y tú te has convertido en uno de esos cuantos, que, por cierto, cada vez son más cuantos; aunque siempre muchos menos que la inmensa mayoría de la gente que pasa penurias.
   -¡Púdrete! A ti lo único que te ha interesado es tu medicina y las tertulias junto a esos atípicos individuos con los que no hacías nada más que hablar de lo divino y lo humano para huir de esa muerte que ahora te ronda sin remedio.
    -¡Pues déjame morir en paz! Ya no importa nada.
    -Además, ¿qué mierda hablas de los políticos? Si la inmensa mayoría de la masa es voluble y maleable, y unos discursos debidamente preparados convencen a los ciudadanos de esto o aquello ¿qué culpa tenemos los políticos?
    -Al lema de “Todo es política”, la gente como tú fragua sistemas de enseñanza para crear individuos mecanizados hasta en las asignaturas supuestamente más humanas. Todo un entramado para evitar que piensen y reflexionen. ¡Putos desalmados!
    -Mira que rollo me sueltas ahora que estás moribundo. Tú, que tantas vidas has salvado, no puedes hacer nada por darte unos añitos más. ¡Oh, qué pena! Se me rompe el alma.
    -Siempre has sido fría y calculadora. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que, en estos últimos meses que la enfermedad me ha minado, no has tenido al menos la bondad de disimular un poco y comportarte como un ser humano.
    -¿Ser humano? ¡No me hagas reír! La vida es para disfrutarla, y no para tantas éticas y moralinas.
    -Sí, para ti creer en la solidaridad es un esfuerzo demasiado inútil. ¡Maldito mundo!
    -Desengáñate, Doctor; nunca te ha gustado el mundo, ni sus gentes, ni nada de lo que la sociedad ha otorgado al ser humano y lo diferencia de las otras especies…
    -¿Sociedad? Es la cueva para mujeres y hombres sin escrúpulos como tú. No sé por qué no has acabado antes conmigo. Nunca me has amado.
    -En eso estas acertado. Bueno, al principio era divertido.
    -Tú eres incapaz de amar a nada ni a nadie que no sea tu propio ego lleno de soberbia y vanidad. En ti está claro el patrón de lo que es la evolución del ser humano; un cerebro analítico sin sentimientos.
     -Bueno, toda tu palabrería ya no vale de nada. Te mueres, y yo estoy más viva que nunca. Puedes descansar tranquilo. No pienso llevarte flores.
    -No quiero tus agasajos de viuda dolorida después de muerto. Vive, pero piensa que, tarde o temprano, salvo que tengas la suerte de morir repentinamente, vas a encontrarte cara a cara con la evidencia de que estas acabada y la vida te abandona. Entonces, ya de nada valdrá tu ideario político, ni tus colegas de partido podrán ayudarte cuando estés frente a la muerte. Mirarás atrás, y todos los placeres te parecerán un sueño; estarás vacía y derrotada. Recuerda esto cuando llegue ese momento.
    -Después de un discurso tan flojo; me voy al mitin de verdad.
    -Vete.
    Un violento portazo cierra la escena. El Doctor en su lecho se apaga irritado por la forma en que vive sus últimos instantes, solo, desencantado del mundo y sus gentes. Después de haber salvado tantas vidas; junto a su cama no hay nadie. La soledad todo lo invade mientras sus sentidos lo abandonan lentamente.

jueves, 22 de octubre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XXIII - LOS ÚLTIMOS INSTANTES EN LA VIDA DE UN ABOGADO




Los últimos instantes en la vida de un abogado
(DEL ADIÓS Y LA NOSTALGIA)
 
    -Ahora que estoy aquí, postrado en esta cama; cuando la esperanza es un concepto inútil para mí y las fuerzas me abandona sin remedio; parece que los sentidos se agudizan para evocar…
    -No debes hablar mucho. Te fatigas demasiado.
    -No sé si es la observación más adecuada para un moribundo.
    - Perdona.
    -No te preocupes. Lo entiendo. Pero, ¿sabes?, es curioso como los recuerdos se agolpan con suavidad inusitada dentro de mí. Me veo caminando las viejas calles de la ciudad; con nitidez observo las fachadas negras de los antiguos edificios castigados por el tiempo; sobre las balconadas descansan serenas las palomas ajenas al abandono de las viejas construcciones. Me invade entonces una profunda nostalgia. Ya ves. Te parecerá una tontería.
    -Me parece profundo y desasosegante.
    -No te preocupes. Yo veo el cine abandonado con nostalgia y emoción placentera a la vez.  Triste por contemplar lo que un día fue el refugio donde se fraguaron mis sueños de infancia y adolescencia. Pero, al mismo tiempo, emocionado al evocar con diáfana claridad lo feliz que fui en esa sala hoy desierta y polvorienta. Pero estaba hablándote de esos edificios abandonados. Parecen dormidos, aletargados. Son como inmensas cajas donde aún dormitan las vivencias que allí tuvieron seres humanos como tú y como yo. Muchos estaban llenos de ilusiones; muchos sufrirían entre esas paredes que hoy poseen en su interior el vacío más lleno que podamos imaginar. Es tan efímera la existencia. Si cuando comenzamos a tener consciencia de nuestra finitud, lo pensásemos concienzudamente, quedaríamos aterrados.
    -Debes descansar.
    -¿Qué son sesenta, setenta, ochenta años? Nada. Pasan volando como un suspiro. Y después, el vacío. ¡Ah, cómo me gustaría tener fe! La fe da una esperanza. ¿No crees, amor?
    -Nadie sabe.
    -Es cierto; nadie sabe.
    Cuantos casos sin resolver quedarán en el bufete de abogados.
    -Eso es lo menos importante.
    -Sí, es cierto.
    -Cuando la vida nos sonríe, nos preocupamos de cosas tan banales. Cualquier eventualidad ínfima es magnificada.
    -Tienes razón. Es como si los seres humanos fuésemos incapaces de asimilar y aprehender los escasos momentos de felicidad.
    -Como si tuviésemos miedo de ser felices; porque en nuestro interior somos sabedores de que esos instantes de esplendor son apenas un suspiro.
     -Esplendor en la hierba.
     -Sí, me llevaste a verla al viejo cine que siempre ponía películas antiguas.
     -Lo recuerdas. El viejo cine de barrio. Yo sólo quería sentirte cerca.
     -Eras un romántico. A cuántas habrías llevado ya…
     -No te voy a decir que fueses la primera; pero sí la más especial. La que ha soportado todos estos años de inmersión en procesos judiciales eternos… Cada vez que lo pienso… ¡Cuánto tiempo perdido! Pero ahora ya no se puede volver atrás.
    -Tal vez la vida sea más larga de lo que pensamos y un estado de continua felicidad la haría insoportable.
    -Es un buen razonamiento para consolarse. Pero en estos instantes me vale de poco.
    -No vale de nada.   
    -Estás muy hermosa esta mañana.
    -Ha salido el sol.
    -Sí, ha salido el sol; pero no consigo ver su luz. La vista se me nubla… todo es tinieblas… Una negrura profunda me invade… La vida se apaga en mí… Ya nunca volveré a vivir todas… esas cosas… que tanto disfruté… Todo… es... calma… y… desconsuelo.

miércoles, 21 de octubre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA – XXII - CUANDO EL POETA SE VA




CUANDO EL POETA SE VA
(Del amor y la ausencia)
    Como un verso truncado, súbitamente la tinta detenida sobre el papel amarillento; así quedaron la últimas palabras vertidas por el Poeta antes de su adiós. Ella regresa a casa después del duelo contenido para enfrentarse al vacío que deja el amante ausente. Un reloj de pared rompe el silencio de la estancia en penumbra. Los muertos tienen la fea costumbre de partir sin equipaje, y dejan sus cosas tal como las vivieron en el último instante de ser usadas. En la mesilla hay un libro que jamás volverá a sentir las manos del ausente. Ella lo abre por donde iba el Poeta en su lectura. “…Y vio los mares rugir embravecidos desde la proa del recio navío. El mascarón hierático se dejaba golpear por la espuma rabiosa. Entonces lloró, y sus lágrimas se mezclaron con las salinas aguas; lloró por estar tan lejos de casa, de los verdes prados de infancia, de los arroyos acariciantes de juventud; lloró porque su vida ya nunca volvería a ser la misma…”
    Las delicadas manos femeninas dejan con suavidad el libro sobre la mesilla, como sintiendo abandonarlo de nuevo a su soledad. Después se descalza y, aquellos pies que tanto excitaron al Poeta en sus horas de turbia pasión, recorren pausados el pasillo hasta llegar al salón. Allí, en el rincón más oscuro, junto a la chimenea, un sillón cercano a una mesita redonda hace que la mujer perciba de nuevo la evidencia del tiempo detenido en el cigarro yacente a medio consumir sobre el cenicero y el vaso de tubo, digamos que casi medio lleno, para ser optimistas, entre tanto vacío. El Poeta se ha ido. Ella cree escuchar su voz en el silencio hiriente; ahora que ya nunca volverá a decirle palabras de amor. En los últimos tiempos siempre le recriminó que la tuviese algo abandonada por sus compañeros de tertulia. Ahora, daría lo que fuese por unos pocos minutos escuchando aquella voz levemente grave y profunda, pero con un cierto tono juvenil. En la soledad de lo que fue el hogar de la pareja, contempla desolada aquello que vieron también los ojos de su amor que, con su ausencia, ha hecho, si cabe, más patente su presencia en cada objeto, cada fotografía, cada instante. La mujer sabe que los versos de su amor son inmortales; pero, su verdadera esencia morirá el día que ella también deje de existir. El Poeta era mucho más que su poesía. Como  ser humano, su intimidad más auténtica late en el fondo de la amada como una llama inextinguible hasta el final de su existencia.