jueves, 5 de marzo de 2015

UNA RUTA

    Trazar una elipse helicoidal hacia el sustrato ferruginoso de dodecafonismo más rotundo con pinceladas de azul ultramar sobre el blanco lienzo del espejismo kafkiano para alcanzar los extractos poliédricos del tú y el yo sumidos en la idiosincrasia banal del tiempo azaroso derramado en las agrietadas tierras donde late candente el fuego hiriente y abrasador del concepto amor sin mácula ni estrías para acabar abrazando el silencio brutal sobre unas líneas derramadas en un papel en blanco ya manchado.



ATARDECER

     En una eternidad vacía y rota, inmenso piélago de nada y desconcierto, allí donde gravitan las esferas, flota el viento que azota las áridas llanuras del pensamiento. Lleva consigo el quejumbroso canto de las misteriosas jóvenes que habitan los frondosos bosques donde juega el tiempo. A la vuelta del camino, una tarde, cuando el sol moría en las montañas, escuché sus envolventes melodías en el sendero que conduce al solitario páramo salpicado de cipreses cuyas copas se muestran petrificadas en sinuosas formas de agónicos contornos. Desde entonces, las lágrimas que de mis ojos brotaron, han quedado suspendidas en el tiempo y, cada atardecer, cuando  un nuevo solo mueve en el horizonte, escucho esos lejanos cantos que abrazan el alma y sus misterios.


CARTA A LOS OLVIDADOS

    Un impulso inexplicable me lleva a escribir estas líneas. Unas letras que no llegarán a la mayoría de vosotros, a los que van destinadas. Pero el corazón no es racional, por suerte o por desgracia. Sólo quiero deciros que existe otro reloj que marca el tiempo y sus misterios. Ese reloj es ajeno al dolor, al fracaso, al abandono, al desprecio. Late en vuestro interior con regularidad impecable. Escucharlo es un ejercicio de sensatez. Así, se hará el silencio a nuestro alrededor, y dejaremos de escuchar la vil charlatanería de los entendidos en tantas materias banales para la verdadera esencia de la vida.




LA CALAVERA

    Las cuencas vacías donde habita la hoguera; pozos sin fondo que hablan de su imposibilidad de ver más allá del mundo de los vivos. El mondo cráneo como un fragmento planetario árido, barrido por los elementos. Y esa risa, imposible de ocultar, que ofrece la dentadura. Todo en ella es vacío. Recordatorio incuestionable. Memento mori. La calavera no llora. Ese es el signo más diáfano de la pérdida de su humanidad. En ella, la existencia se ha disipado ad eternum sin remisión. Billetes y monedas ya no sirven para rellenarla y conseguir darle una apariencia humana. Para ella, el dinero ha perdido el supuesto valor que tuvo en vida. Irónico espejo la calvaria que muestra al humano la realidad más tétrica y sincera. Reposa en el interior del féretro roto por la humedad del nicho. A ella ya no le inquieta la oscuridad y el silencio. Los insectos habitan en sus oquedades y pasean por sus formas sin perturbarla. Mientras, las vacías cuencas persisten en mostrársenos como ventanas hacia la vida.


DE LA MÚSICA Y LAS EDADES DEL HOMBRE


MOVIMIENTO – I – Allegro - INFANCIA
    Infancia rítmica y radiante; melodía en Do Mayor, sin apenas modulaciones; simples acordes de tónica, subdominante y dominante. Sencillez armónica como el desenfado propio de los parques de juegos. Las maderas -flautas, oboes y clarinetes fundamentalmente- sobresalen en el discurso orquestal, ayudados por apoyaturas, trinos y mordentes.

MOVIMIENTO – II – Andante con fuoco – JUVENTUD
    Melodía plena de romanticismo a veces, y otras caótica; alternancia de modos mayores y menores; acordes de séptima y novena; en ocasiones disonancias y pasajes atonales, modales, complejos. Las cuerdas fluyen con intensidad en combinaciones de matices; ahora forte, ahora piano; reguladores que desembocan en espléndidas sonoridades donde los timbres de las trompas brillan en todo su esplendor.
MOVIMIENTO – III – Moderato apassionato – MADUREZ
    Los violonchelos abrazan una melodía profunda en la menor; poco a poco, apoyados por dibujos de trompetas lejanas, los pasajes musicales se tornan complejos en un entramado de escalas de blues y las voces juegan con el swing y las inflexiones más intensas.

MOVIMIENTO – IV – Adagio melancólico – VEJEZ

    Sobre un lento pizzicato de las cuerdas, el corno inglés despliega su lejana y áspera expresividad. Después un coro a boca cerrada desvela una dulce melodía. Suenan espaciados los motivos, hasta que los timbales surgen rotundos ante la inminente entrada de fiscornos, trombones y tubas; en una marcha fúnebre, presagio del ocaso.


EL PUENTE DE LOS ROSALES ROJOS

    En el Puente de los Rosales Rojos ya no florecen las rosas. Sólo han quedado las espinas de los troncos sinuosos que se abrazan en intrincados dibujos  a las barandas calladas. Mutilaron las flores y al río las tiraron. La corriente se las llevó lejos; allá donde los cauces se tornan violentos y enfermizos. Ahora, cuando el caminante intenta cruzar el Puente de los Rosales Rojos, siempre acaba llevando las manos con espinas. Arrancaron las flores. Ni siquiera el aroma dejaron. Pero un día, las semillas llevadas a otros cielos, buscarán fusionarse con la tierra. Y, como en un cuento con final feliz, sin rencor, florecerán los Rosales Rojos en las tumbas de aquellos que pretendieron acabar con su belleza.


PENUMBRA Y DESVARIO

    Elucubración metódica y sistemática del arquetipo vigente a través de un lenguaje ecléctico y mordaz. Así, como diciendo sin decir nada. Mientras, en la penumbra, alguien sufre. Éxtasis lingüístico premonitorio de retóricas infames y alambicadas para explicar la estructura socioeconómica de los pueblos. Así, como diciendo sin decir nada. Mientras, camina el solitario pensador hacia el ostracismo y el desvarío. Todo sea porque un día el sol vuelva a brillar.


TAL VEZ LA VIDA – III

    Como un niño perdido en la noche más oscura, se agita la vida entre las sombras del jardín. En ocasiones, mueve sutilmente las ramas de los árboles cercanos; viento fugaz que apenas rompe el silencio haciendo murmurar las verdes hojas. La vida es una joven inquieta que no sabe de humanas leyes ni de códigos sociales. Por eso es tan impredecible. Cuando creemos tenerla controlada, se nos escapa de las manos, sensual e indiferente. Cuando la despreciamos, se abalanza felina, hendiendo sus garras en nuestras carnes mortales. A veces, la vida es una anciana huraña, mal encarada, que nos observa analítica y despreciativa. Otras, un mar impetuoso que rompe sus aguas contra los acantilados del desencanto. Como un áspid arrastra sus sinuosas formas por la penumbra de la habitación, acechando nuestros sueños más profundos, nuestros temores más atávicos. A la vida le da por sonreír en las ocasiones más inesperadas, o por llorar en los momentos más impredecibles. Ha puesto la risa y el llanto tan cerca el uno del otro, que en ocasiones se rozan creando el desconcierto y otras se entremezclan creando el caos. La vida es la fugaz línea que traza la piedra que tiramos al aire cuando somos niños y en la madurez recogemos llena de espinas y barro. Pero todos la abrazamos, todos intentamos definirla; a pesar de saber que es imposible de abarcar en la totalidad de su significado e imposible de explicar con los límites del lenguaje humano. La vida es aquel beso que aún duerme en nuestros labios, aquel adiós suspendido en la solitaria estancia. Es todo aquello que arrastramos indefectiblemente hacia el olvido.