miércoles, 29 de julio de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - III



    Hace calor en este ático. Clima que parece premonitorio, antesala de un infierno candente y lóbrego. Pero no quiero caer en la ansiedad y el desasosiego. Ni mi castigado cuerpo, ni mi lacerada alma, me lo permitirían. Han pasado muchos años desde el día en que viví la situación más inquietante de mi vida. Entonces aún tenía el vigor suficiente que me otorgaban los treinta y pocos años. Fue en las antiguas y estrechas calles de una pequeña ciudad. Sucedió una circunstancia que se da en ocasiones puntuales y acontece en las horas muertas del día; esas donde toda presencia humana desaparece con sutileza, sin que no percatemos. Entonces me vi caminando el centro de una empedrada calle, sin tráfico, de aceras vacías; los habituales sonidos de la urbe diluidos en una atmósfera cargada y densa propiciaron un ambiente en suspenso y aislador. Física soledad, extraño vértigo que provoca el no encontrar ni escuchar reflejos de nuestra especie en un entorno creado para ella como es el urbanita. Esa vigilia hiriente que se erige en dominadora de las noches de quietud, acaba mezclándose con los sueños. Así, al paso de los años, es muy habitual confundir lo onírico y lo real con más asiduidad de lo que sería recomendable. Hubo una mujer, de esas que sólo existen de noche; probablemente porque son demasiado sabias como para vivir de día; una mujer con la que mantuve interminables conversaciones de humo y fuego. Siempre acababa la noche con la misma sentencia aterradora para mi temprana juventud. “Un día nos morimos y, aunque no lo queramos reconocer, todo lo nuestro muere con nosotros; lo material y lo sentimental. Muere el amor que sentimos hacia otros, mueren nuestras ropas preferidas, los libros de cabecera que tanto hemos releído, los lugares que visitamos y aquellos paisajes que disfrutamos. Porque todas esas cosas y otras muchas, son únicas. Son únicas, porque única es la visión que de ellas tenemos, porque únicos son los sentimientos que nos inspiran. Por eso, cuando alguien muere, muere mucho más que un ser humano; muere todo aquello que ese ser humano creo, sintió, entregó; todo”. Las palabras  de aquella mujer eran tan inquietantes que, aún hoy, siguen ancladas en mi recuerdo con más fuerza de la que sería deseable. Escuchándola me quedaba en un limbo de dudas que solía prolongarse mucho más allá de su partida. Me hubiese gustado haber podido desentrañar el aura de misterio que la rodeaba. Aunque castigada prematuramente por la vida, aquella trigueña de piel morena acentuada siempre con vestidos rojos, significó mucho más que otras relaciones duraderas. Lamentablemente, sólo con el paso del tiempo me percaté de lo que supuso para mi adolescencia el haberla conocido. Cuando la vi por última vez en la Estación de Austerlitz, llevaba una maleta idéntica a la que ahora contemplo. Fue algunos años después de no saber nada de ella. Me sonrió cómplice. Un gesto tan sencillo como ese puede ser mucho más intenso y explícito que una larga conversación. Entonces ella llegaba y yo me iba. Al partir de París, de algún modo estaba muriendo, y recordé nuevamente las palabras que en noches ya lejanas me brindó; y lloré por todo aquello que dejaba atrás, porque lo vivido y las cosas a las que había dado vida en aquella ciudad, con mi partida, morirían para siempre.

jueves, 16 de julio de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - II



    -No se confunda, joven; siempre hay un reloj que está marcando las horas; aunque muchas veces no lo podamos ver o situaciones de la vida nos alejen de su percepción. Ese es el drama y, a la vez, la alegría de la existencia; que somos irremediablemente finitos. Cómo si no valoraríamos el recorrido vital que nos ha tocado. Sin esa certeza de finitud, el ser humano demostraría aun más desprecio a su existencia del que muchos demuestran a pesar de dicho conocimiento.
    -Eso, Doctor, es una obviedad. La discusión no es sobre la existencia del tiempo, sino de, cómo es ese tiempo, cómo se sucede y cómo ese transcurrir afecta de un modo u otro a nuestra vida. Cuando estamos felices en una situación amorosa, parece que el tiempo estuviese marcado por el discurrir de los diminutos granos de un reloj de arena. Sin embargo, cuando algo nos inquieta y vivimos un estado de incertidumbre, el tiempo parece marcado por un gigantesco reloj pendular que marcase las horas más pesadas y tétricas.
    -No cabe duda; es usted un poeta. No obstante, le recuerdo que, además de esas brillantes imágenes que su verbo fluido nos regala, existe un reloj biológico. Y no lo digo porque sea doctor. Todos los que hemos abandonado la juventud lo hemos sentido en primera persona; ya que en la madurez se revela indefectiblemente.
    Ese joven y el Doctor; ya están de nuevo dándole vueltas al tiempo y sus misterios. Siglos y siglos de civilización, de pensamiento; filosofía y ciencia en ocasiones de la mano, en otras divergiendo; pero siempre intentando explicar el tiempo y sus misterios, el origen y el sentido de la vida; y siempre con resultados infructuosos; en algunas ocasiones, en estos miles de años, tal vez parciales o esperanzadores; pero nunca definitorios, jamás conclusivos. Probablemente porque la verdad no existe. Es sólo un cobijo que los humanos han creado; rincón donde depositar vanas esperanzas y acallar la realidad de su finitud. Ellos hablan y hablan, desahogando así la ansiedad que provoca la evidencia que todos conocemos bien cuando apenas llevamos unos años en la tierra. Conversan, disertan, discuten, sólo para adornar ese silencio interior que todos llevamos. El mismo que cobra más vida cuando la noche se abate sobre nuestro cuarto y nos encuentra solos, desamparados; huérfanos, desvalidos, lejos ya del abrigo materno de infancia. A veces miramos al cielo, y la luna llena no muestra una única cara. Todo lo demás es misterio en la noche. Así, cuanto más vive el hombre, más muerte arrastra hacia el olvido. Probablemente la única constancia que tenemos del paso de eso que hemos dado en llamar tiempo, sean todos esos cadáveres de los que tenemos conciencia que han quedado en el camino; los conocidos, los familiares, los amigos, los padres. Listado del que un día formaremos parte. Una inexorable guadaña siega el éter sobre nuestras cabezas. Por los hechos de los innumerables caídos en el camino, se revela, aunque no sea visible para el ojo humano. De ese modo nos es dado a comprender que un día nos tocará a nosotros. Y, cuando de lo que fuimos no quede más que un leve recuerdo en algún corazón que nos sintió, o un vestigio casi imperceptible en la mente de aquellos que nos conocieron; siempre habrá un joven, un doctor o cualquier otro elemento que siga cuestionando, discutiendo y disertando sobre eso que se ha dado en llamar tiempo, vida y demás conceptos que se antojan muy amplios, pero muy bien podrían coger en una maleta como la que ahora contemplo; maleta en la que es muy posible llevar las cenizas de un humano, o su cuerpo troceado. Tan insignificante es el hombre en su pretendida grandeza. Las disertaciones entre materia y espíritu han jalonado las épocas de la historia. Aunque, al final, pese a las múltiples teorías, siempre ha sido por el bienestar material que se han desencadenado las revoluciones, las guerras, las invasiones. El deseo de posesión material ha desbancado a lo largo de las épocas a los deseos espirituales; pese a que en muchas ocasiones se han enarbolado estos últimos como pretendida disculpa para ocultar la ambición del hombre por las riquezas terrenales.