viernes, 28 de agosto de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - VIII




    Y la noche se hace amplia, espesa, con un densidad asfixiante, señoreada por la luna que permanece en el firmamento escoltada por un séquito de nubes grises. Es una de esas noches en que los párpados parecen negarse a ceder ante el cansancio y los ojos se humedecen haciendo más espectral la visión de un cielo que sigue siendo desconocido para el hombre. Un murciélago distraído, con algún desarreglo en su sistema de ecolocalización, golpea súbitamente el cristal de la ventana profanando el silencio reinante. Tumbado sobre las sábanas sin abrir, imagino las calles desiertas, tétricas, apenas alumbradas por la amarillenta luz moribunda de algunas viejas farolas. Hasta mis oídos llega el acompasado y lejano percutir de unos tacones contra el pavimento; poco a poco va cobrando fuerza, hasta resultar molesto al quebrar contundente el silencio; del mismo modo, vuelve a diluirse y se desvanece. Es curioso lo evocador que puede resultar un ruido tan seco y anónimo. Tanto que, en apenas unos segundos, ha traído a mi mente imágenes de situaciones muy diferentes y lejanas. En tiempos pasados hubo noches en que ese ruido de pasos acercándose llevaba consigo todo un torbellino que se originaba en mi interior ante la expectativa del encuentro. Ella tenía su libertad coartada por un matrimonio de hastío y desavenencias. Por eso nos veíamos con nocturnidad y alevosía en aquel viejo hostal apartado. En otra época cualquiera de mi vida, si tuviese que pernoctar en un sitio así, me lo pensaría dos veces. Sin embargo, la fría y rancia habitación, era un paraíso para nuestros encuentros furtivos. También ese sonido de pasos perdiéndose en la noche me ha llevado al tiempo de madurez en el que perdí el último tren. Ella se alejó en la noche, dejándome como última sensación el ruido de sus pasos cada vez más tenue, hasta el vacío. Pero todo eso fue hace mucho tiempo. Lamentarse o regresar a ello es un ejercicio que no estoy dispuesto a practicar. La noche es demasiado breve como para desperdiciarla en pensamientos retrospectivos; aunque sea imposible abstraerse del pasado, y menos en noches como esta, lóbregas, oscuros páramos propicios para la aparición de lejanos fantasmas; espectrales formas de lo que, en otro tiempo, fueron pieles tersas, suaves al tacto, colinas entregadas, exuberantes carcasas de lascivas hembras que, con toda probabilidad, hoy ya sólo serán cuerpos en franca decadencia, vencidos por el paso implacable del tiempo insobornable. Al igual que a mí, el espejo ya les habrá revelado a ellas esa realidad. A veces, el destino caprichoso me ha llevado a encontrarme con alguna de aquellas que en otro tiempo fueron pasión y exceso. En su rostro cansado vi enterrada mi juventud, los años de locos arrebatos e infiernos de placer; y en su mirada apaga un mar gris, solitario y hostil, cobijador de abisales simas donde yacen los restos desgarrados y pútridos de lo que en otro tiempo fue la máxima expresión de pasión y vida. Debo dormir, no pensar, aplacar el sentir hasta su mínima expresión. Que el alma repose de tanta belleza ya marchita, de tantas sensaciones colmadas y exprimidas, de todo aquello que esta noche quiere brotar inútilmente por los resquicios apenas perceptibles de las grietas que se dibujan en las tumbas de un cementerio interminable. Tumbas que se pierden en un horizonte imposible de vislumbrar. 

lunes, 24 de agosto de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - VII




    Y la noche cae dominando la vida de lo humano; extiende su manto suave pero implacable, obligando sutilmente al sueño reparador o, tal vez, a la vigilia inquieta donde los feroces monstruos del subconsciente abren sus fauces, babeantes, de alientos pestilentes y ojos encendidos; ocupando todo el lóbrego espacio de la habitación a oscuras. Desde mi ventana observo las luces del malecón de un amarillo macilento, mientras atisbo vagamente algunas barcas amarradas en la orilla. El mar que, a pesar de estar calmo, siempre contiene en su cuerpo algo de movimiento, como una inquietud innata provocada por el mismo latir de las entrañas de la tierra, las hace oscilar con levedad, como acunándolas enriquecieron su materialidad con cierta vida. ¿Estarán aún mis compañeros de tertulia en el viejo caserón? La noche ya es total y la luna llena se refleja en las aguas evidenciando su influjo. Un hombre tiene el valor que tienen sus sueños. ¿Cómo poder calcularlo? No hay mejor modo de soñar que estar despierto en esta noche mágica y hermosa que presiento aciaga. La vida se desmorona cada atardecer en las colinas cercanas donde jugué de niño, allí en los años de admiración y sorpresa. Recuerdo la empedrada calle junto al malecón. Hoy es una avenida amplia de tráfico intenso y desasosegante. Entonces, era un adoquinado trayecto que los pescadores transitaban sin descanso en un bullicio exultante de vida. Pero, después, un día que no puedo determinar, estalló la tormenta. La última imagen que tengo de ella, es el brillo de los adoquines humedecidos, charcos aquí y allá, lluvia y más lluvia, hasta que el tiempo pasó. Mañana es domingo; dormiré hasta el mediodía. La noche será larga.

viernes, 21 de agosto de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - VI



    A medida que me alejo de la casa por un estrecho sendero de tierra, las voces de los que hasta hace unos instantes conversaban conmigo se van diluyendo y cobra intensidad el rumor del mar en los acantilados cercanos. El aroma de la brisa marina, ese sutil olor que tiene algo de pureza, de frescor y libertad, me ha traído a la memoria el recuerdo de otros tiempos. Entonces todo era mucho más sencillo, o al menos lo parecía. Fueron tiempos de desencanto. Aquellos momentos están vívidos en mí a pesar de las décadas transcurridas. Porque el desencanto no tiene que ser especialmente lesivo para el ser humano. Fue un tiempo lleno de vida. Una vida parcial, exaltación del Yo Existencial. Entonces me sentía como un médano en el desierto bullicioso que era la ciudad. El asfalto tiene algo de lesivo, de antinatural. El verde intenta brotar en los resquicios que no han podido ser cubiertos; allí, por donde respira la tierra; lo hace clandestino, sabedor de que las máquinas volverán a cortarlo si se deja ver demasiado. Así era yo entonces; clandestino, irreverente, despegado de los preceptos largamente establecidos. Esta brisa me ha vuelto a recordar aquel tiempo. El mismo olor que percibía cuando, al amanecer, después de haber cerrado el último bar, caminaba meditando junto a la orilla del mar; mientras algunos marineros recogían su redes y otros se hacían con sus barcos a la mar trazando sutilmente estelas en las aguas calmas, como no queriendo herir en demasía el azul. Pero fue hace mucho tiempo. Tanto, que la realidad y los sueños se han ido mezclando en aquella época ya vencida.
    En esta costa agreste y escarpada, la ciudad que me vio nacer, donde ha trascurrido la mayor parte de mi existencia, se me antoja un remanso de paz. Más allá de los acantilados, el sol comienza a morir en el horizonte, mientras las numerosas gaviotas vuelan cercanas al abismo como queriendo aprehender alguna esencia del día que se acaba; esencia desconocida por los hombres. Aunque desde nuestro egocentrismo desmesurado los seres humanos vemos a los animales muy inferiores a nosotros en todos los aspectos cognitivos; siempre he pensado que muchos de ellos, desde la perspectiva que les da su visión, reciben otras impresiones que, si pudiésemos compartir, serían muy enriquecedoras. Vuelvo la vista atrás y observo la mansión de la Señora Asunción solitaria recortándose en un horizonte de paisaje árido que presiente un Sur caluroso. Por el Camino del Sur dicen que se perdieron muchas gentes de este lugar. Sobre todo los desesperados, los solitarios, los desahuciados, los que ya no esperanban nada de la vida. Se internaron en la aridez hiriente del Sur todos aquellos infelices que no fueron capaces de terminar con su existencia precipitando su cuerpo por los acantilados. Prosigo mi camino hacia el Norte, mientras el sol sigue muriendo en el horizonte marino, cada vez más encendido de tonalidades oscuras y profundas.

viernes, 14 de agosto de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - V




    -¡Hombre! ¡Por fin apareces!
    -Está interesante el desván.
    -¿Qué hay por ahí?
    -No guardarás una ninfa extraviada de su bosque.
    -Sólo hay una maleta.
    -¿Sólo una maleta?
     -Sí.
    -¿Una maleta con una ninfa dentro?
    -No. Sólo una maleta.
    -Recuerdo la discusión que tuve con mis padres siendo un chaval por culpa de una maleta.
    -¡Vaya, Doctor! ¿Pero usted ha sido joven?
    -¡Qué impertinente es usted, Señor Director! No sé cómo los músicos de su orquesta lo soportan.
    -Adoran mi fina ironía.
    -Bueno ¿y la historia?
    -Tú tranquilo, Abogado; que de ella no nos libramos.
    -Muy a su pesar, Director, la contaré. Creo que al Poeta, al Abogado y al… Meditador de áticos, les interesa, a juzgar por sus caras.
    -Que no sea por mí.
    -Tenía dieciocho años.
    -Eso es empezar bien.
    -No lo dude, Poeta; yo he tenido en algún momento de mi vida dieciocho años. Pues eso; mis padres se iban de viaje y ya habían preparado el equipaje. Yo me iba por mi lado de fin de semana con mi coche y una pequeña maleta que ¡Oh infeliz coincidencia! era igual que la maleta en que mi madre llevaba los planos de un proyecto que, aprovechando el viaje, iba a presentar en Dublín.
    -Es lo que tiene ser de familia rica; la variedad automovilística.
    -No sea pedante, Abogado. Era fin de semana y yo cogí el coche y me fui a la sierra, sin saberlo, con los preciados planos en la maleta. No tenía costumbre de dar referencia a mis padres de los paraderos de fin de semana. Cuando llegaron a Irlanda y mi madre abrió su maleta, se armó un lío monumental. Ese fue el inicio de un divorcio anunciado. De vuelta a casa, en los meses siguientes, cada vez que surgían disputas, la maleta era el tema central; ya que mi madre culpaba a mi padre por habernos comprado el mismo regalo de cumpleaños que, como se pueden imaginar, era la dichosa maleta. Mi padre, en descargo de su culpa, decía: “No se pueden mezclar los negocios con el placer”; y se quedaba tan ancho; mientras mi madre desesperaba por haber perdido, según decía ella “El gran proyecto de su vida”, a su juicio, vital para su carrera.
    -Curiosa historia, Doctor. Pero la mía es mucho más divertida. Dirigía por aquel entonces una banda de música y nuestra misión era tocar en el recibimiento de unas autoridades en la estación de tren. Cuando el Señor Ministro iba a salir del vagón acompañado de su séquito y nuestros bellos acordes, tropezó con la pequeña maleta que una señora había dejado en una esquina mientras se ocupaba de su hijo, y se pegó tal batacazo contra las escaleras que aún hoy me duelen los dientes sólo de pensarlo.
    -Pobre Señor Ministro. Seguro que tuvo que estar unos cuantos meses sin poder degustar como es debido mariscos y carnes de esas que están prohibidas habitualmente para la economía de los demás mortales.
    -No lo dude, Abogado. Tal y como se partió la boca, seguro que la pajita fue su compañera inseparable durante una buena temporada.
    -¿Y usted, Meditador de Áticos, tiene alguna anécdota?
    -No. Pero creo que una maleta es mucho más que una simple anécdota. Una maleta es…
    -¿Le pasa algo?
    -No, nada, Doctor. Si me disculpan, estoy algo cansado.

martes, 11 de agosto de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - IV




    El Doctor y el Poeta siguen con su charla; mientras, los demás van llegando. Aún no se han mostrado inquietos por mi ausencia. Tienen para un buen rato. Saludos, bromas, formalismos. Tal vez no sea el momento de abrir la maleta con todo ese revuelo ahí abajo. Nunca me han gustado los encuentros multitudinarios; entendiendo por multitud más de dos personas. La experiencia me ha enseñado que el grado de autenticidad de los individuos es, por lo general, inversamente proporcional al número de los que participan en una determinada situación. Hay una serie de pautas no escritas que establecen unas líneas imaginarias de comportamiento y delimitan los impulsos más espontáneos de las personas. Estoy seguro; ahora que han llegado más contertulios, la conversación que tenían el Doctor y el Poeta ira quedando desvirtuada a medida que se produzcan las diversas intervenciones. Cada uno intentará llevar la discusión al terreno que sea de su interés o que más domine. Siempre ocurre así. Los conozco muy bien. Aunque aprecio a esa gente de ahí abajo; estoy un poco harto de ellos. Sospecho que van para largo las reformas del Café 666 donde tenían lugar las tertulias. Menos mal que la Señora Asunción nos ha dejado esta vieja casa, que era de sus padres, para reunirnos. Si he de ser sincero, no me importa demasiado. Llevaba ya meses asistiendo muy esporádicamente a las tertulias. Este desván ha sido todo un descubrimiento. La Señora Asunción es una viuda octogenaria muy agradable y lúcida. Algo supersticiosa, eso sí. “Aquí tienen la llave. Reúnanse cuando quieran. Aunque les aconsejo que eviten las noches de luna llena”. Todos nos quedamos un poco sorprendidos. Cuando se fue la Señora Asunción, algunos hicieron bromas con la advertencia, mencionando historias de hombres lobo y aullando burlonamente. Bueno, en cualquier caso, la vivienda está lo suficientemente apartada de la ciudad como para que no sea muy apetecible reunirse aquí de noche, con o sin luna llena. A pesar de la burlas, hay una necesidad tan imperiosa en el ser humano, hasta en las mentes más analíticas, de llenar su vida de misterios. Desde que he encontrado esta maleta, no puedo sacármela de la cabeza. Mi abuelo tenía una similar que aún conservo con sus cierres oxidados y el aspecto de haber aguantado secretos inconfesables. La Señora Asunción debe haberse olvidado de ella. O tal vez, era de sus padres o abuelos, y no recuerda su existencia.
    Tendré que bajar. No quiero que nadie suba a este rincón. Si alguno de los de abajo lo hiciera, sentiría que están profanando este lugar que ya considero mío por las innumerables sensaciones que me está brindando. Espero que siga atesorando la tranquilidad de este instante.