miércoles, 23 de septiembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XVII - REFLEXIONES EN COMPAÑÍA DE CUATRO CADÁVERES AMIGOS




 REFLEXIONES EN COMPAÑÍA DE CUATRO CADÁVERES AMIGOS
III – EL DOCTOR
DE LA MUERTE Y DE LA TRASCENDENCIA
    Tantas veces ha visto la muerte; apagarse el último hálito de vida en los quebrados cuerpos, diluirse en un postrer suspiro llevado por un invisible velo sentenciador; así, Doctor, que podemos esperar de la vida y sus vértices inconclusos, del esférico canto existencial que apenas dura unas jornadas. Como un sueño trazado en el terroso manto de la vida, así nuestra existencia fluye indómita, delirante, arrebatadora; y a veces esa línea oscilante atraviesa frondosos bosques, valles donde brotan manantiales que alimentan arroyos cristalinos, lagos de prístinas aguas; en otras ocasiones, el discurrir vital se ve inmerso en tenebrosas ciénagas, procelosos océanos donde habitan abisales formas evocadoras de atávicos terrores, o en noches de una quietud extrema e insultante sin luna ni ulular de búhos en las ramas; porque, Doctor, la existencia reducida a una compleja y sentenciadora analítica, qué puede desvelar de la esencia profunda sustentadora de las emociones y los sueños; apenas matemáticas conclusiones sin mayor relevancia; tarde o temprano todos recorremos el valle pedregoso salpicado de esqueletos arbóreos donde un sinfín de cadáveres de aves que nunca más emprenderán el vuelo, yacen silentes y hediondos, con sus alas quebradas por el destino aciago que a todos escolta desde una lejanía mucho más cercana de lo que el mortal imagina; a la cual, no obstante, prevenido en su intelecto, hace frente con mitos de trascendencia; mientras, a toda aurora deviene un ocaso, a todo crepúsculo deviene un alba; así, en un ciclo de ritmos encendidos por pinturas que la vida traza en el horizonte, se ha escrito y se sigue escribiendo la historia de los seres humanos, una historia ínfima en el incesante fluir del universo y sus misterios. Usted sabe muy bien, Doctor, que inexorablemente, ese mismo oxígeno que nos da la vida, conduce a nuestro organismo a un irreversible proceso de oxidación celular, en una irónica pirueta de la naturaleza para que el ciclo continúen su incesante fluir de vida y muerte; sólo el homo pensante, al abrigo de sus sinapsis neuronales, genera un mundo paralelo de trascendencia en el que mece su vida, intentado en vano permanecer eternamente en una infancia perdida, en un nostálgico paraíso vivido en los albores de una supuesta pureza primigenia; y así, el humano civilizado disimula la rotundidad de la muerte en asépticos hospitales, en pulcros tanatorios confortables y dulces para maquillar el rostro cruel del vacío insondable al que todo aquel que nace, por el hecho de vivir, está abocado sin remedio; porque la vida es una película que nunca tiene final feliz, un poema siempre inconcluso, una música con su último acorde disonante suspendido y sin resolución, una pintura sobre lienzo desgarrado cuyas tonalidades van cediendo su esplendor al paso inexorable del tiempo; porque no somos más que un ínfimo destello en el misterio de un universo inabarcable. 

martes, 22 de septiembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XVI - REFLEXIONES EN COMPAÑÍA DE CUATRO CADÁVERES AMIGOS



    REFLEXIONES EN COMPAÑÍA DE CUATRO CADÁVERES AMIGOS
II – EL POETA 
DEL AMOR Y DEL SEXO
    Unos versos entregados al vacío; como toda la poesía, nacidos en las profundidades del interior sereno; por amor, por deseo, por el inconformismo de no aceptar los límites del lenguaje y el raciocinio; así fragua el Poeta su creación hecha con palabras ensangrentadas, sí, de una sangre espesa, densa como arenas movedizas en un páramo nebuloso; de ahí el riesgo a quedar atrapado por los mismos versos que ambicionan la Libertad y el Amor; que nacen para calmar el alma, en ocasiones para volar como aves sin rumbo, erráticas golondrinas, vencejos o aviones, a los lugares donde nunca amanece; así, el Poeta, exaltado, lascivo, sensual, ebrio de juventud y desvarío, se aferra a las alas del águila que surca majestuosa los cielos de otoños ya vencidos; y crear versos es como amar al amor en toda su extensión que es infinita e inabarcable; esperando que en cada poema enardecido, el corazón de la nada abra sus transparentes velos y se entregue nuevamente al sublime despertar de los sentidos, a la ebriedad sin límites, cadenciosa o arrítmica; el Poeta es un rostro sin otro espejo que el rostro de la amada, es un soñador que nunca duerme, porque la noche se hizo pare él y sus desvaríos; así, su lírica de miel y desencanto, camina los senderos de cipreses vencidos en inclinados por los Vientos del Norte, buscando respuestas a ninguna pregunta, anhelando lograr lo que nunca se sueña porque la humana condición del hombre que él es, no alcanza más allá de las viejas quimeras; mientras, unos versos hechos de cuerpos ya olvidados, de labios desvanecidos, de nombres indescifrables, se mecen en la noche de los tiempos para la eternidad y sus misterios, y ese Amor que, aunque se ha intentado sin descanso, jamás podrá ser definido por el pobre lenguaje de los hombres; pero el Poeta, a pesar de haber sufrido las tempestades que quebraron la obra viva y la obra muerta de su nave contra los farallones cercanos a la costa, a pesar de haber naufragado en las áridas islas solitarias de arenas hostiles y desalentadoras; sigue en su travesía desgarrada y alocada, hacia cualquier lugar que pueda mantener viva la esperanza de arribar a nuevos puertos, a nuevos malecones de maderas abrazadas por el tiempo; solitarios lugares donde, en su ensoñación, aún tiene la esperanza de encontrar unos brazos amantes que consuelen sus noches de vigilia y desespero.

lunes, 21 de septiembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XV - REFLEXIONES EN COMPAÑÍA DE CUATRO CADÁVERES AMIGOS



REFLEXIONES EN COMPAÑÍA DE CUATRO CADÁVERES AMIGOS
I - EL SEÑOR DIRECTOR 
DEL TIEMPO Y DE LA MÚSICA
    Desciende la batuta y, con levedad inusitada, el sonido redondo del clarinete flota en el ambiente del colosal auditorio, ligado en medio piano que acaricia el aire llevando a los que escuchan a las regiones mágicas de amaneceres templados, en los límites dulces del ensueño, melodía en tono mayor que sutilmente con una ligera variación de medio tono en una de sus notas, se torna en modo menor; así, perdendosi, el aterciopelado timbre del clarinete en si bemol desciende a su profundo registro grave para dar paso sin solución de continuidad al áspero fagot en cromatismos tétricos, donde los parajes idílicos se tornan espesos matorrales que albergan en su nocturnidad toda la alevosía posible, sombras anónimas entre árboles que salpican el paisaje, colosos de peladas ramas y secos troncos de un gris pálido surcados por incisivas y profundas vetas negras; de las cenizas apenas perceptibles de un pianísimo sostenido por el corno inglés con su sonoridad mate y lejana, asoman las flautas y el oboe que, en un crescendo agrandan su intensidad con insistencia sobre el manto tímbrico de las cuerdas en acordes de séptima y novena; esas cuerdas redentoras que con posterioridad en un trémolo ostinato se disponen a abrazar el cielo y sus misterios en un alba que lentamente anuncia un nuevo día; ahora, cuando ya el tutti orquestal se hace patente, poderoso, imponente, gracias a los metales sonoros y marciales; los timbales salpican oportunos el contundente y rítmico pasaje; enérgica baja y sube la batuta, los brazos del Señor Director acunan el aire como si en ellos sostuviese un recién nacido pleno de armonía y triunfo; el calderón suspende autoritario toda esa explosión, de la que, enmudecido el resto, después de breves ecos de metales; allí la trompeta con sordina, allá el trombón de varas descendiendo, pizzicatos de cuerdas distraídas; asoma el arpa con sus arpegios como cabellos de náyades flotando a la orilla de un río cristalino; y la flauta dulcifica ese cauce suave en un pasaje de sincopadas formas; así, al movimiento complejo de la batuta instigadora, se va meciendo el tiempo; tiempo que va siendo recibido y mimado por el Señor Director, por cada uno de los músicos, por el público atento; ese tiempo que no es posible de retener, pero sí es posible de transformar con el mágico aliento de la música; esa arte enigmática, intangible, discursiva hasta la extenuación, irrepetible en cada manifestación viva y sentida; si existe alguna posible tregua en el discurrir de la vida; está aquí, en la música, en esa batuta redentora, capaz de dar forma al misterio sonoro a través de los instrumentos y sus intérpretes; en una ceremonia de catarsis, cercana a los misterios que envuelven al hombre y su universo; desde el escenario concreto y definido, hasta más allá de los límites de lo ignoto; donde en la oscuridad más incisiva, aún parecen resonar los ecos de lo eterno.

viernes, 18 de septiembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XIV































    En el tétrico salón, con la única compañía de los cuatro cadáveres; tomo conciencia de que estoy vivo. Si ayer me hubiese quedado más tiempo, probablemente estaría muerto como ellos. ¿Por qué no? ¿Qué ha sucedido? La muerte es tan categórica. Cuando se presenta admite pocas disertaciones. Los seres humanos divagamos sobre la existencia y sus conflictos, sobre el Posible Después de la Muerte. Pero, sobre el hecho mismo de la muerte hay poco que decir. Fue el momento vivido en el ático frente a la maleta lo que me quitó las ganas de seguir conversando. Es extraño como el destino sigue haciendo honor a su nombre y nos aboca a situaciones impredecibles. La contraventana que ha quedado entreabierta se bate ligeramente contra el cristal y quebranta el silencio sacándome de mis reflexiones. A pesar de lo dramático de la situación, una fuerza inusitada me incita a subir al ático; ya que la maleta no se va de mi mente.
    Tal vez sea el momento de llamar a la policía. Lo pienso, pero no tengo la más mínima intención de hacerlo. 
    Desperdicié la última oportunidad de conversar con ellos ayer; todo porque me obsesioné con esa maleta. Ellos, que fueron los que, en aquel primer día, cuando era un imberbe tertuliano, me abrieron las puertas de su círculo con naturalidad, sin ceremonias. Sí; aquel día que regresa como un continuo fluir a mi memoria.
    -Usted, Señor Director, tiene un alto concepto de su arte con la batuta. Pero lo sublime no sólo está en las grandes y multitudinarias manifestaciones artísticas.
    -En eso lleva razón el Doctor. En ocasiones he visto mucha más belleza en la maestría del hombre de campo cuando hiende la tierra de labranza con su azadón, en el leñador cuando divide con simetría maestra el tocón de madera con su hacha, que en las grandes sonoridades sinfónicas. Y, dicho sea de paso, también una ciencia más pura y más exacta que sus teorías científicas.
    -Es usted un excelente reivindicador de la simplicidad y la pureza. No entiendo por qué se pasa la mayor parte de su vida en un despacho de abogados.
    -Exigencias del guion, Señor Director. Mi pasión era la zoología. Pero eso no parecía convencer a mis progenitores y, bueno, ya saben.
    -¿La zoología? Es usted una caja de sorpresas.
    -Ya ve, Poeta. No todos tenemos la suerte de tener clara nuestra vocación desde la cuna.
    -He de confesarle que me parece mucho más sana la vocación a la zoológica o a la abogacía; que esa dedicación enfermiza a la poesía.
   -Parece mentira que, dedicándose usted a una faceta artística como es la dirección musical, profese esas ideas.
    -Aunque tengo que dirigir de todo, Abogado, yo promulgo una música actual cercana a las matemáticas, analítica; lo más alejada posible de ese romanticismo que considero enfermizo.
    -Da pena oírlo.
    -Comprendo sus sentimientos, Poeta. Soy un Doctor sensible al arte. Pero, viendo el panorama musical, creo que las opiniones vertidas por el Señor Director no son únicas; sino más bien las más abundantes en los tiempos que nos ha tocado vivir.
    -El mundo es una caja de podredumbre.
    -Usted siga con sus poesías. Así le va.
    -Prefiero eso, a ser un vendido, Señor Director.
    -¡Está usted loco, Poeta!
    -Señores, por favor.
    -No se preocupe, Doctor. No lo considero un insulto. El raciocinio es patrimonio de demasiada gente. Puede quedarse con él, Señor Director. Yo seguiré con mi locura y romanticismo, a su juicio, enfermizo. Prefiero la enfermedad de los sentimientos profundos; a la de la soberbia y la vanidad.
    -No se lo tome usted así, Poeta. Al mundo le pasa como al Conejo Blanco de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll; tiene demasiada prisa; camina siempre como si llegase tarde, para no ir a ningún lugar. Los abogados sabemos mucho de eso en los procesos judiciales eternos que tenemos que afrontar.
    -El arte nace en la soledad. Las óperas que el Señor Director con tanta maestría dice interpretar, han surgido de creadores que han dado vida a esos libretos, esas melodías, esas orquestaciones; en la más profunda soledad. Sólo es posible generar verdadero arte cuando uno se encuentra consigo mismo. Lo demás son manifestaciones pomposas de una sociedad enferma que sólo quiere aparentar, y le importa una mierda los autores que han dejado trozos de alma y de vida en esas obras que llenan teatros y dan trabajo a infinidad de gentes. ¿Y para el autor qué queda? Con un poco de suerte las migajas. Y en muchas ocasiones, ni eso.
    -Se ha quedado a gusto, Poeta.
    -Sí, muy a gusto, Doctor. El arte, como todo, nace y muere en la soledad.

    Aquella soledad de la que hablaba el Poeta tiene tantos matices. Como esta que ahora siento en compañía de cuatro cadáveres enigmáticos y, tal vez, reveladores de muchas cosas.

martes, 15 de septiembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XIII




    Una calma súbita hace que el silencio del salón se vuelva espeso. Tal vez sólo sea un mal sueño. Acaso aún este durmiendo en la cama y todo lo que ha sucedido, desde que a mis oídos llegó el estruendo de los golpes que la dueña de la pensión daba en la puerta de la habitación hasta ahora, no sea más que una pesadilla. ¿Cómo diferenciar los sueños de la realidad? Cualquier situación determinada es susceptible de ser soñada. Pero aunque así sea, no conocemos su verdadera naturaleza hasta que despertamos. ¿Y si no hay un despertar? Viendo los hieráticos cadáveres de mis compañeros de tertulia, vuelve a mi mente con nitidez inusitada la primera vez que me recibieron en su grupo y algunas de las cosas que se mencionaron entonces.
    -¿Cuál es la aspiración de todo ser humano, llamémosle… de bien?
    -La justicia.
    -Es muy posible, Doctor. Pero para llegar a ella necesitamos otro concepto mucho más complejo.
    -¿Cuál? Abogado.
    -La verdad.  
    -La verdad es siempre poliédrica y tiene infinitas aristas; muy al contrario de lo que nos han querido hacer creer.
    -No lo pongo en duda, Poeta. Además, su arte es un poco eso; decorar la verdad con metáforas, aliteraciones, prosopopeyas, etc.
    -Yo diría que, más que eso, la Poesía es un mosaico de infinitas aspiraciones, de infinitos sueños, de infinitas posibles realidades…
    -Ya está haciendo poesía. Pero el orden social no puede sustentarse con la lírica.
    -¿Ah, no? Entonces en que diría usted que debe sustentarse, Señor Director.
    -En una serie de premisas tomadas por ciertas; pero no necesariamente ciertas.
    -Vamos, castillos en el aire.
    -Claro, Poeta. ¿Por qué cree usted que la civilización es tan inestable y siempre está en conflicto?
    -Dígamelo usted, Señor Director.
    -Por esa condición de sustentarse en unas premisas que, según la época y las circunstancias, considera más convenientes para su desarrollo; pero nunca son verdaderas. Porque nadie sabe dónde está la realidad; en el supuesto de que exista alguna realidad o realidades.
    -Creo, señores, que el gran error del homo sapiens es haber creado un mundo artificial cada vez más alejado de su esencia primigenia.
    -Según usted, Doctor, deberíamos seguir en las cavernas.
    -No es eso, Abogado. Simplemente deberíamos haber respetado el entorno que hizo posible nuestra existencia y a los animales compañeros de camino.
    -Eso ahora es irreversible.
    -Sin duda, Poeta.
    La naturaleza tiene un sistema de autorregulación asombrosa. De tal manera que, el predador opera preferentemente sobre las presas enfermas o con taras, regulando así las especies y estableciendo una selección. Sin embargo, el hombre abate al mejor ejemplar de ciervo que posee la mayor cornamenta y al león macho más corpulento y de melena más exuberante; dejando los individuos peor dotados y empobreciendo las especies.
    -En eso lleva razón el Doctor. Algunos naturalistas que estudiaban el bosque cercano a mi casa de verano, dijeron que el problema que teníamos en la zona con los ratones y ratas, era que se habían exterminado por parte del hombre sus enemigos naturales; las aves de presa, como azores y cernícalos, y mustélidos como la comadreja y el hurón.
    -Me asombra sus conocimientos en la materia, Abogado.
    -La abogacía no está reñida con otras facetas, Señor Director.
    -No deja de ser irónico, el hombre esquilma los bosques, para después construir parques artificiales en las ciudades.
    -Cierto, Poeta. A mí los parques siempre me han parecido reductos carcelarios para algunos pobres pajarillos y, en los mejores casos, algunas ardillas juguetonas. Una tristeza.
    -Es lo que tenemos, Doctor. Para consolarnos, hacemos senderismo.
    -Los parques urbanos son el consuelo de nuestros niños y nuestros ancianos.
    -Sí, no lo dudo. Y en algunos casos también para los poetas como usted y… no los olvide… para los amantes.
    -Tengo que confesar que en algún momento hice versos en un rincón perdido de un parque. Pero, en lo que respecta a los amantes, hoy el asunto amoroso ha cambiado mucho. Ya saben ustedes; los medios de comunicación como internet causan furor. Y esto no ha hecho más que empezar.
    -En eso lleva razón el Poeta. Los nuevos ídolos de adoración acabarán siendo los teléfonos móviles en todas sus variantes.
    -Cierto, Señor Director. Pero yo, aunque por mi trabajo en el bufete me veo abocado a utilizar esos artefactos profanadores de espacio y de tiempo vital; fuera de mi trabajo en la abogacía, procuro usarlos lo menos posible.
    -Nosotros tenemos cierta edad. Pero, aquí el joven, es posible que no opine igual.
    -Creo que el problema nunca está en el objeto. Sea un teléfono o un martillo. La cuestión es quién lo usa y cómo lo usa. Los humanos tenemos la mala costumbre de culpar a los demás o a los agentes externos, de los problemas que surgen en nuestras vidas.
    -Este joven me gusta.
    -Gracias, Abogado. Espero no gustarle tanto como para que no sea crítico conmigo y me obligue a pensar.
    -¡Ja, ja! Maravillosa la ocurrencia, joven. Abogado, touché.

    Aquella primera tertulia coincidió con un momento de mi vida denso, en el que las crisis existenciales aunaban rebeldía, romanticismo y filosofía a la vez. Por supuesto que no me atreví a llevar la conversación hacia el terreno personal. No porque el hecho de ser primerizo como tertuliano. Simplemente no ha sido nunca mi estilo. Pero la charla sobre parques me tocó profundamente.  En aquel tiempo visitaba con frecuencia un parque del centro de la ciudad. El más grande. Aunque quedaba en el interior de la urbe, lejos de la casa de mis padres, donde entonces vivía, junto al mar; lo hacía porque, desde que la había visto por casualidad cerca del paseo de magnolios en flor, no podía quitármela del pensamiento. Me pareció tan sensual con su media melena ensortijada y caminando sus sinuosas formas de un modo desenfadado, libre de rigidez, de pose y, sin embargo, profundamente atractiva. Nunca llegué a hablar con ella. Jamás me atreví. Tendría unos treinta años y paseaba muchas veces sola y en algunas ocasiones con un niño de unos cinco años que podría ser su hijo, su hermano o su sobrino. El hecho tan doloroso para mí entonces de nunca haber sido capaz de hablarle; hoy, al evocarlo, me reconforta porque, sólo así, a pesar de todos los años transcurridos, ella sigue conservando en mi memoria ese magnetismo que atesoraba cada vez que la veía en el parque. Nunca la vi en otro lugar. Así, su imagen quedó en mi retina para siempre ligada a aquel paseo de magnolios en flor. Porque las cosas soñadas, pero no vividas en su desarrollo, nunca mueren. Y mujeres como ella, permanece siempre jóvenes en el recuerdo. Hoy, si vive, será una señora de sesenta años o más; y poco quedará de la joven enigmática y sensual del parque.

viernes, 11 de septiembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XII




    A pesar de la actitud abierta de la Señora Asunción hablándome de su niñez, y de mi curiosidad irresistible; hay algo que me impide preguntarle acerca de la solitaria maleta del ático.
    -¡Ve! ¡Cerrado a cal y canto!
   -¡Venga, venga! ¡Mire por esta rendija de la ventana!
    Por suerte, la altura de la anciana no le ha permitido observar con claridad la escena del interior del salón.
    -Tenemos que llamar a la policía, Señora Asunción.
   -¿Qué dice? No quiero llamar a la policía. Se puede liar la cosa, y aún tengo algunas facturas pendientes…
    -Eso es lo de menos.
    -¿Qué ha visto?
    Un fuerte viento se levanta repentinamente y, en pocos segundos, cobra una intensidad inusitada generando una espesa polvareda que arrastra infinidad de hojas secas. Pierdo de vista a la Señora Asunción. La última imagen que tengo de ella es su diminuto cuerpo cediendo ante el empuje del viento. Extiendo la mano intentando agarrarla, pero ya se ha difuminado entre las terrosas ráfagas. Es entonces, ante la imposibilidad de continuar en el exterior, cuando golpeo con insistencia la puerta de entrada. Una nueva ráfaga de viento me lanza contra una de las columnas que sostienen el porche y siento un dolor intenso en la espalda. En una leve tregua, cojo impulso y me precipito contra la puerta de entrada que, ante el empuje, se abre mientras continuo mi trayectoria hasta aterrizar en el inicio de la alfombra del amplio salón. No ha sido fruto de mi imaginación la escena que contemplé desde la ventana. Están ahí los cuatro cadáveres sentados alrededor de la inmensa mesa de maderas nobles; desprovistos de ropa. A juzgar por el aspecto de cada uno, parece que hubiesen muerto en diferentes momentos, en diferentes días, en diferentes meses o incluso en diferentes años. El Doctor es un esqueleto sin un ápice de carne; limpio como esos que adornan en algún momento las clases de medicina; con una dentadura perfecta que sonríe al vacío mientras sus cuencas negras son dos agujeros oscuros donde parece estar contenida una ínfima porción del universo ignoto. Por su parte, el cadáver del Abogado se haya en avanzado estado de putrefacción y todo su esqueleto, salvo en pequeños claros apenas perceptibles, está cubierto por una capa marrón e irregular. Mientras, el Señor Director ofrece un aspecto mucho más espeluznante con las vísceras aun pudriéndose siendo habitadas por blancos gusanos que se esmeran en su labor de descomposición, emitiendo un rumor tenebroso e inquietante que rompe el silencio. Cierra la macabra escena el cadáver del Poeta, muy entero, con piel y trozos de carne desprendiéndose en diversas partes del cuerpo que dejan ver lo tendones y músculos en un ecorché de brutal realismo. Su cara es lo más impactante; ya que la ausencia de carne alrededor de los globos oculares donde los ojos han permanecido intactos, otorga a su rostro una expresión terrorífica. Parece increíble que haya reconocido  los cadáveres a pesar de su estado. Pero en estos restos humanos ha quedado algo de lo que fueron en vida. Haberlos encontrado en estado de corificación o saponificación hubiese sido igual de sorprendente, aunque menos traumático. No, están ahí exhalando muerte en un dinámico estado que implica a minúsculos y no tan minúsculos seres vivos. Es curiosa la relación que el hombre ha tenido con la muerte a través de su prehistoria e historia. Desde los primeros enterramientos de homínidos en los albores de la humanidad, señal de la convicción o el deseo de una vida después de la muerte, en los que el cadáver se fundía con la tierra a la que pertenecía y entraba a formar parte del ciclo natural; hasta los modernos sistemas de incineración asépticos. Muchas culturas han utilizado el fuego para el tránsito final de sus muertos. Pero entonces tenía una connotación ritual muy alejada de las frías prácticas de los tanatorios modernos. Queremos eludir la realidad. A pesar de todo, nadie nos libra del hecho consustancial a la vida, el hombre desde que nace está muriendo. La vida y la muerte conviven en nosotros en un trasiego de muertes celulares, de productos de desecho y de captación y pérdida de energía. La eternidad es un concepto demasiado denso y complejo para que el ser humano pueda adquirir a lo largo de su existencia las claves lo suficientemente sólidas que lo priven de su desasosiego vital. Por eso inventa sucedáneos que, de algún modo, alivian la ineludible realidad de ser mortal.

    Me incorporo aturdido y, sin pretenderlo, al apoyarme en ella, cierro la puerta. El viento parece haber cesado repentinamente, y el silencio en el salón es sobrecogedor. No es posible. Hace apenas unas horas estaba conversando como tantas otras veces en las últimas décadas con estos hombres. ¿Qué ha sucedido?

jueves, 10 de septiembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XI



    Si bien, la Señora Asunción no tiene la enigmática silueta de un Caronte, resulta una extraña compañía en este recorrido matinal, cuando las últimas casas de la ciudad salpicadas en un paraje cada vez más hostil nos van introduciendo en el yermo que conduce a la aislada casona de las afueras. La anciana no disimula su nerviosismo. Sin embargo, tiene ese algo que atesoran los viejos humanos que son sabedores de su inminente final. Es una especie de relativización de cualquier acontecimiento por extraño o impactante que sea. Su actitud acerca estas reliquias vivientes a un punto desconocido para la inmensa mayoría de los mortales; un lugar que parece estar suspendido entre la vida y la muerte, pleno de una sabiduría que sólo puede dar lo vivido.
    -Siento haberle despertado.
    -No se preocupe.
    -Cuando yo era niña, este paseo era mucho más agradable. Ahora es un páramo sin apenas vida; pero entonces era un bosque lleno de hayas y pinos. La casa a la que nos dirigimos estaba rodeada por esos árboles. No se puede imaginar cuanta vida había en sus ramas. Las ardillas descendían los verticales tronos nerviosas. ¡Cómo me gustaban las ardillas! En primavera, en lo alto de uno de esos árboles, tuvimos la suerte de que anidaran muy cerca de nuestra casa una pareja de azores. ¿Ha visto alguna vez volar a un azor?
    -Pues no.
    -Me gustaban mucho con su iris anaranjado y esas bandas negras que atravesaban su plumaje. Hasta que una mañana toda la admiración que profesaba a las bellas rapaces se desvaneció en breves segundos, cuando pude ver a un azor descender con maestría y clavar sus garras en una de las pobres ardillas. ¡Ni se imagina que trauma! Me parecía imposible que un bichito tan agradable como la ardilla acabase su vida en las garras del azor.
    Escuchando a la Señora Asunción, pienso en esa niñez perdida, en que tal vez sea justo en el instante que el hombre toma conciencia de su mortalidad, cuando se pierde la inocencia. Mi medio siglo de vida no es suficiente para haber contemplado un bosque en este lugar. Pero puedo imaginármelo. Mi abuelo hablaba de ello con frecuencia en esas historias que contaba al calor de la lumbre con voz profunda y pausada. “En el invierno más crudo que recuerdo, la nieve llegó a extender su manto hasta el borde mismo de los acantilados. Ni el viento marino pudo evitar que la nieve se posase incluso hasta en la ensenada. Asomarse a la ventana y ver las barcas varadas en un mar blanco, las altas copas de los pinares y hayedos con sus ramas engalanadas con el níveo elemento; es algo que jamás se olvida. Entonces era un adolescente. Por la noche nos reuníamos al calor del fuego mientras el viento soplaba con tanta intensidad que llegaba a mover la recia puerta de madera de la casa; y su gutural sonido se mezclaba con el aullido de los lobos que hambrientos bajaban de los montes cercanos hasta las viviendas en busca de algo de comida. Cuando, después de largos días, el tiempo fue suavizando, salí con mi padre y mi hermano de caza. Aún el grosor del manto blanco era considerable. En las cercanías del inicio del bosque, un espléndido ejemplar de jabalí hozaba en la nieve buscando algo de sustento. Mi padre lo abatió con un tiro certero. Sin necesidad de perros. Era la primera vez que salía de caza y sentí un profundo dolor al ver aquel soberbio animal rodando inerte algunos metros por la pendiente mientras su sangre iba salpicando la blancura de la nieve en una escena cruel y dolorosa. Pero yo sabía que aquella pieza era carne para muchos días, que mi padre y mi hermano mayor lo hacían por una necesidad perentoria de alimento; en una época donde años tan duros como aquel dejaban a lo que era entonces un pueblo, incomunicado y sin suministros. Es bosque, querido nieto, nos dio la vida. Gracias a él sobrevivimos. El mismo bosque que tu generación ha destruido y convertido en un erial”.
    Mi abuelo murió una mañana de primavera en la misma casa donde nació y donde nacieron sus antepasados. Cuando entré en su habitación, su cuerpo yacía inerte en la mecedora junto a la ventana iluminado por un tímido rayo de sol vespertino mientras los gorriones seguían picoteando las migas de pan que puntualmente él les echaba todas las mañana. Yo era un niño de ocho años y, lo que más me sorprendió no fue ver a mi abuelo yaciendo como dormido; sino la indiferencia de los gorriones ante el final de una vida.

martes, 8 de septiembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - X




    Es un estruendo ensordecedor lo que me está despertando. Enciendo la luz e intento observar la hora que marca el reloj de la mesilla. Poco a poco, mis ojos aún velados por el sueño consiguen descifrar la posición de las agujas del reloj. Descubro que apenas he dormido tres horas, por eso estoy tan cansado. También me percato de que, ese estruendo que estalla en mis oídos como una gran tormenta, son los golpes que la dueña de la pensión está dando en la puerta de la habitación para intentar despertarme. “¡Está aquí la Señora Asunción!” “¡Dice que es urgente!” Frotándome la cabeza, tambaleante, indeciso; me dirijo a la puerta. La dueña de la pensión, oronda, con el pelo recogido en un moño que tiene trazas de llevar más tiempo del deseable sin lavar; la Señora Asunción, pulcra, diminuta, delgada, cadavérica. Francamente, forman un dúo espantoso para dedicarse a despertar a alguien que, como yo, no ha dormido las horas preceptivas.
    -La Señora Asunción está muy nerviosa.
    -Verá; es por sus amigos… la casa que les he dejado…
    -¿Qué sucede?
    -No lo sé. Esta mañana, como siempre, he ido a primera hora, y no he podido abrir la puerta.
    -Se habrá equivocado de llave.
    -Lo dudo. ¿Cree usted que tengo más llaves con estas dimensiones? –la Señora Asunción muestra la llave agarrada entre los dedos pulgar e índice suspendiéndola delante de mi cara. Observo que tiene las manos grandes y fuertes para su diminuto tamaño.
    -¿Y qué quiere que haga? Llame a un cerrajero.
   -Verá, la cuestión es que he mirado por una de las contras que estaba entreabierta y creo que sus amigos estaban aún alrededor de la mesa del salón.
     -¿Entonces?
    -Llamé; pero no me abrieron.
    -¿Y qué quiere que haga? Yo los dejé ayer al atardecer.
    -Volví a mirar por la ventana. Allí seguían, quietos, sin moverse. No podía distinguirlos muy bien; pero juraría que estaban demasiado quietos.
    -¿Demasiado quietos? Señora Asunción, estoy sin dormir…
    -Por favor, antes de llamar a la policía, me gustaría arreglar esto civilizadamente sin escándalos. Si lo de sus amigos es que han bebido demasiado y se han burlado de mí, no me importa. Lo único que quiero es que dejen la casa. El trato era “Sólo al atardecer y hasta las doce de la noche como máximo”. Siempre lo han cumplido hasta hoy. Yo no quiero problemas.
    -Está bien. La acompañaré.
    Mientras me dirijo tambaleante hacia el caserón de las afueras siguiendo la estela de la Señora Asunción, noto la brisa del amanecer en mi cara como un halo de fino cuchillo que me hace estremecer. Observo vagamente entre la neblina matinal el lugar donde estaba la casa familiar al otro lado de la ensenada. Antes era un promontorio lleno de vegetación a pie de mar salpicado por algunas casas que, como la mía, eran habitadas por familias nativas de la zona. Un buen día, hace más de una década, tiraron las viviendas por no sé qué problema con la ley de costas. Pasado un lustro, parece ser que la misma ley de costas que había tirado las centenarias casas, no impidió que se edificasen en la zona varias líneas de chalets para gentes de amplio poder adquisitivo. Ahora, la ensenada donde reposaban las barcas de los pescadores, es un muelle deportivo. Mis padres fueron muriendo lentamente de rabia y pena a partes iguales; y, como ellos, otros muchos que vieron como toda una vida de esfuerzo llevada a cabo por varias generaciones quedaba destruida en poco tiempo. Muertos mis padres; no pude soportar la idea de seguir viviendo en aquel edificio donde pasaron los últimos años de su existencia confinados en un entorno ajeno a todo lo que habían conocido y amado. Por eso, sigo pensando que, de no irme de la ciudad, lo mejor que he podido hacer es vivir en una pensión desde donde, a pesar de no ver ningún atisbo de aquello con lo que crecí, al menos puedo seguir imaginándomelo y aliviar en alguna media el dolor que supone la injustica de una sociedad decadente que cree caminar hacia el progreso, y tan solo camina hacia su propia destrucción.
    Nunca pensé que con sus años, la Señora Asunción estuviese en tan buena forma. Lleva un paso considerable y está muy nerviosa. 

martes, 1 de septiembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - IX




    El Meditador de Áticos. Curioso nombre se le ha ocurrido al Doctor para mí. Aún deben de seguir su charla en el viejo caserón de la Señora Asunción. Son una cuadrilla curiosa. Recuerdo la primera vez que me invitaron a su tertulia. Ellos ya maduros; yo un joven con ganas de aprender y descubrir. Nunca olvidaré lo que allí se habló. Cada palabra sigue vigente en mí. Probablemente la mejor tertulia de todas. De hecho, siempre la recuerdo con entusiasmo y precisión. Cuando llegué me recibieron con amabilidad y prosiguieron su charla.
    -¿Sabe cuáles son los elementos más dañinos de la sociedad, Doctor?
    -Ilústreme, Abogado.
    -Al contrario de lo que se pudiese pensar, no son aquellos individuos radicales en los diversos aspectos de la sociedad; que también. Los humanos más dañinos de la sociedad son aquellos que van de una cosa y son otra. ¿Me explico?
    -Creo entender.
    -Es sencillo. Por ejemplo, un violador disfrazado de correcto padre de familia. Por ejemplo, un pederasta disfrazado de correcto y devoto religioso. Por ejemplo, un dictador disfrazado de proletario.
    -¡Menuda galería, Abogado!
    -Ustedes saben también como yo, Señor Director, que vivimos en una sociedad hipócrita que, bajo un reluciente barniz de supuesto bienestar, esconde las pestilentes cloacas de la naturaleza humana. Hasta el punto de que, muchos individuos creen ser estupendos ciudadanos y están encantados de conocerse; siendo lobos disfrazados de corderos. En algunos casos, los más humildes obreros de cualquier sector de la sociedad sin ir más lejos. Creen en los derechos  de igualdad, luchan por las supuestas libertades; pero, cuando llegan a su casa, son unos tiranos que tratan a su mujer y a sus hijos con el “ordeno y mando” de los más crueles dictadores. A los ojos de la sociedad son ciudadanos ejemplares, normales y sencillos; pero en su fuero interno habita un tirano que, si tuviese poder, lo ejercería implacable sobre todos aquellos que no beneficiasen sus intereses.
    -Usted y su poca fe en el género humano, Abogado. Todos somos un poco dictadores. No cree.
    -Ya, Poeta. Pero mi referencia va encaminada a esa doble cara que muchos individuos tienen. Esos son  los verdaderamente peligrosos. Aquellos que, cuando estalla el conflicto, señalan con el dedo a quien detestan para que sea fusilado sin miramientos; lavándose las manos, mientras la sangre de inocentes cae en otras. En mi carrera de abogacía estoy harto de ver cosas de ese tipo. También ustedes lo pueden comprobar cuando la noticia de un drama salta a los medios. “Parece mentira. Era un hombre tan agradable” “Siempre daba los buenos días con una sonrisa”. “Pero si era un vecino ejemplar”. El mundo es un nido de hipocresía e ignorancia.
    -Todos tenemos una doble cara; o infinitas.
    -Cierto, Doctor. Pero estoy de acuerdo con el Abogado en su idea. La lacra social está en no manifestar esas caras cuando afloran en nosotros; sino mantenerlas ocultas ex profeso, dando una imagen radicalmente contraria de lo que somos y sentimos.
    -Señor Director, yo también puedo estar de acuerdo con eso. Pero, en mi condición de Poeta, creo que la solución, de existir, pasaría por dos premisas fundamentales. Una: Tener sentido del humor. Y dos: Tener sentido del amor.
    -Me atrevería a decir, Poeta, que es más importante el sentido del humor que el del amor. La vida es tan relativa como corta. No tomársela a broma es un despropósito.
    - Las dos constantes cervantianas en el Quijote. Ese amor por Dulcinea que es motivo de todas las cuitas de Don Quijote y el sentido del humor que invade esa gran obra de la literatura.
    -Usted y su Hidalgo de la Mancha, Doctor. Siempre acaba mencionándolo.
    -Cómo no. Díganme, señores; ¿conocen mayor ingenio y belleza en la literatura que esas aventuras de un orondo escudero y un escuálido viejo manchego?
    -Ya sabe que yo soy más de la Odisea.
    -Me hago cargo, Poeta. Pero esos griegos son demasiado intensos. Sin quitar méritos a Homero, debo decirle que Cervantes tiene los dos sentidos mencionados a partes iguales en su Don Quijote.
    -Sólo así es soportable la vida en ciertas ocasiones, con sentido del humor.
    -La vida no es soportable de ningún modo, Señor Director. Llevo treinta años ejerciendo la medicina y sólo es posible seguir adelante con ciertas dosis de humor.
    -Yo llevo casi los mismos ejerciendo la abogacía, y verdaderamente el sentido del humor es lo más recomendable.
    -Creen que sus profesiones son intensas. Prueben a pensar por un momento en vivir para crear versos. No les hablo de ser poetas a tiempo parcial, creadores temporales. Les hablo de vivir para el arte.
    -Usted siempre tan intenso. Por mi parte, lo mejor es dosificar esa intensidad y tomar como norma bajar la batuta con precisión y frialdad.
   - ¡Pero bueno! ¡Qué dice!
    -Tranquilo, Doctor. La mecanización también existe en el arte.
    -¡Usted no es un artista ni es nada!
    -Nunca le había visto tan cabreado, Poeta. No se altere así.
   - Gentes como usted, Señor Director, dan una imagen de los artistas superflua y falsa. Menos mal que la mayoría de los directores no son como usted. ¡Me asquea!
    -A mí me va muy bien.
    -¡Con su pan se lo coma!
    -Ya me lo como ya. ¡Gran Poeta!
    -Tranquilícense, señores.
    -Déjeles, Doctor. Están mostrando sus verdaderas caras, y eso es bueno.
    - No lo dudo, Abogado.
    En esta tertulia no hay lugar para la hipocresía. Bien, Poeta, el Señor Director no va del todo desencaminado en su forma de ver el oficio de la música. No es nada nuevo lo de su vinculación con las matemáticas. Ya Pitágoras estableció baremos de medición…
    -Un momento, Doctor. ¿De qué está usted hablando?
    -¿Y su poesía? ¿Qué me dice de su poesía? Esa métrica esencial
    -Todo es susceptible de esquematizarse. No lo dudo, Doctor. Pero el verdadero arte emana de algún lugar desconocido. Si fuese posible reducir a pura matemática la obra de arte, todos seríamos genios.
    -En eso lleva razón, Poeta.
    -Y usted, joven, ¿qué opina?
    Por primera vez me dieron pie en la tertulia. Lo hizo el Doctor en un tono desenfadado.
    -Opino que la genialidad no se puede medir, ni cuantificar. Tal vez por eso haya tanto fraude…
    Intervine de un modo titubeante. A pesar de ello, y aunque en el momento de hacerlo no lo aprecié, mis palabras fueron claves para que aquellos conversadores compulsivos me invitasen, desde entonces, a participar siempre en sus tertulias
    -Muy acertada esa opinión.
    -No lo dudo, Abogado. Pero la clave radica en ¿quién decide dónde empieza el genio?
    -En eso lleva razón, Doctor.
    -No dudo que sea una pregunta procedente, pero, como poeta, considero que es la historia quien tiene la última palabra.
    -Largo me lo fiais.
    -Es así, Señor Director.
    -¿Y los genios que han muerto en la sombra? ¿Los genios anteriores a la Edad Media? ¿Duda que las Cuevas de Altamira hayan sido fruto de la mente de un genio?
    -La vida es cruel. La medicina que ejerzo puede curar algunas enfermedades, en la mayoría de los casos paliar los síntomas, y en otros muchos nada puede hacer por salvar al enfermo. Un día todo termina. ¿Qué valor tiene el arte y la genialidad? Ninguno; como todo lo demás.
    -Ya me ha deprimido, Doctor.
    - Es su condición de poeta.
    -Amigo Poeta, no se deje llevar por las palabras del Doctor. Ya sabe que le gusta dramatizar y llevar las cosas al límite…
    -A usted lo que le pasa, Abogado, es que está demasiado habituado a ganar pleitos.
    -Un hombre de ciencia y un hombre de letras disertando sobre la finitud del mundo y sus misterios. ¡Sólo la música nos puede consolar de la evidencia!
    -Ya estamos, Señor Director, arrimando el ascua a su sardina. ¿Cuántos seres humanos ha salvado la música? ¿A cuántos ha librado de la cárcel?
    -Más de los que ustedes se creen, Abogado. La música…
    -No se ponga melodramático. ¿No decía que era matemática pura?
    -Las ciencias también entrañan sentimientos, Poeta.
    -Tiene razón, Señor Director. ¿No hay un halo de mágica poesía en la teoría de la relatividad? ¿Cuántas obras literarias de ciencia ficción ha generado?
    -¡Lo que me faltaba!
    -Tranquilo, Poeta. Cada raposa se mira su cola.
    Entonces, el Poeta cambió su tono de voz, y todos escucharon con atención sus palabras a las que siguió un prolongado silencio antes de retomar la conversación. Cabizbajo, susurrante, el Poeta impregno el ambiente sin pretenderlo de incertidumbre y desasosiego.
    -¿No les ha pasado? Son breves momentos en la existencia. Ínfimos si los comparamos con el recorrido vital. Pero, cuando tienen lugar, parecen trasladarnos a una eternidad indescifrable; misterioso laberinto que no osamos transitar. Probablemente por temor a lo desconocido, a esos monstruos del olvido y la sinrazón. ¿Quién puede descifrar esos instantes? Si algún humano lo lograse, sería como derramar la esencia de la vida en un pantano infectado de vanidad e hipocresía. Entonces, para qué preocuparse. Por morbosa curiosidad. Para bañar de vez en cuando nuestro ego minúsculo ante la inmensa grandeza del universo. Cuando en mañanas que se prometen espléndidas observo las partículas de polvo bailar una danza desacompasada sobre la estrecha línea que un rayo de sol traza en el aire, me pregunto si este planeta colmado de humanos pretenciosos, no es acaso eso; una diminuta partícula flotando en el otoño de un universo oscuro e infinito. El hombre ha conquistado tierras, exterminado animales, arrasado bosques. Y, sin embargo, no es capaz de poseer ni una diminuta parte del aire que respira. Ese que le da la vida y a la vez oxida sus células. ¿Pata qué disertar sobre lo divino y lo humano? No hay más mundo que el que la vista alcanza. Lo demás son puras pretensiones de eludir una realidad incuestionable. Todo nace y todo muere. Todo tiene un principio y un final. Vida o materia están condenadas a formar parte de un ciclo que, muy probablemente, sea mucho más arbitrario y absurdo de lo que los científicos nos quieren hacer creer. El hombre, en su vanidad, intenta explicar el mundo. Y el mundo sonríe enviándole la sinrazón de su destino. La vida es una película que siempre acaba mal; porque acaba. El hombre ha convertido cada vez más el vivir en un sofisticado juego de jeroglíficos para sosegar su inquietud por lo finito de su existencia. Es todo mucho más simple. La vida es sólo una palabra. Una palabra extraña que, a fuerza de repetirla, se ha convertido en una realidad para un homo sapiens que encuentra en ella la única tabla de salvación para poder salvarse de un naufragio evidente. Un naufragio tras el cual no nos espera ninguna isla. Sólo el incierto drama del No Ser.
    A las palabras del Poeta siguió un largo silencio. Han pasado muchas décadas desde entonces. Aquel día, el joven que yo era, vio como se habría todo un horizonte que influiría de forma determinante en su vida. Gracias a ellos, aprendí a pensar y meditar de una manera ecléctica sobre todo aquello que rodeaba mi existencia.