martes, 27 de octubre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XXVI




   Subo lentamente las escaleras que llevan al piso superior donde, al final de un estrecho pasillo, se accede al desván. Desde aquí veo en la parte baja el imponente salón con su recia mesa de maderas nobles, refugio de los cuatro cadáveres hieráticos, tal vez ajenos a este ahora. También puedo observar como en una de las paredes cuelga una pintura al óleo que representa la muerte de Julio César; en el centro la estatua de Pompeyo, delante de la cual se está perpetrando el magnicidio en una escena de gran violencia plasmada con gruesas y bruscas pinceladas; ya ha recibido algunas de las veintitrés puñaladas que acabarían con su vida y los blancos ropajes de Julio César están teñidos de un rojo profundo e intenso de sangre; a pesar de ello, en su rostro crispado, aunque sus ojos tienen el brillo de la muerte, hay un gesto de desafío hacia sus asesinos y hacia el propio destino, acentuado por unos antebrazos musculados que, a pesar de sus cincuenta y seis años, aun conservan el vigor de los tiempos pasados; en sus extremos se abren las huesudas manos en señal de repulsa ante sus agresores, como queriendo agarrarse a una eternidad histórica que estaba fraguándose en esos precisos instantes; toda la escena está enmarcada en una rica arquitectura de columnas y capiteles más esplendorosa y recargada que la de la época a la que pertenece la escena, en un anacronismo que enriquece la situación; el óleo es una obra maestra de un autor desconocido, un artista que ha quedado oculto a los ojos de la historia de la pintura; uno de tantos. César el dictador, César el poderoso guerrero, César el audaz orador, César el despiadado adversario, César el relevante escritor, César el benévolo con sus enemigos derrotados. Hay tantos césares para la historia; ¿Cuál ha sido el auténtico o los auténticos? ¿Tal vez todos? ¿Acaso ninguno? El tiempo impregna a muchos personajes con una pátina de grandiosidad que subyuga e invita a la reflexión. Tal vez también cada uno de nosotros deberíamos tener esa oportunidad de observar nuestras vidas y nuestra personalidad bajo el prisma que ofrece el paso de los siglos. Sería interesante. Es una pena que nuestra visión, ante la brevedad de la existencia, sea tan sesgada y poco fiable. Muy cerca del cuadro de considerables dimensiones, hay uno mucho más pequeño que llama mi atención. Es la inigualable visión de Piranesi de unas ruinas romanas. Como la mayor parte de la obra del autor, muestra una imagen agreste, indómita, de construcciones abandonadas a la vegetación invasora; pero dotadas de un halo de misterioso romanticismo evocador. El declive de un gran imperio late en cada detalle. El esplendor es como todo, efímero. Quién le iba a decir al longevo Octavio Augusto que, aquella ciudad de ladrillo que era Roma y el convirtió en marmórea, algún día yacería derrotada y el mundo no temblaría ante sus legiones. El tiempo tiene esa pertinaz costumbre de ir desgastando todo hasta dejar tan solo vestigios o sombras de aquellas cosas que un día fueron soberbias y grandiosas. Pese a todo, Roma sigue siendo un lugar impregnado de historia. Un viejo hotel cercano a Estación Termini fue mi refugio cuando llegué a la ciudad. La sobriedad de la habitación acentuó la pena que albergaba entonces en mi interior. Desde el Puente, contemplando el Castillo de Sant'Angelo, no pude evitar escuchar, junto al rumor del Tíber, el adiós a la vida de un Cavaradossi sentenciado. Entonces yo también creía estar llegando al final. Pero aún me quedaba mucho por vivir. Intenté partir antes de lo previsto de Roma, sin saber muy bien por qué; aun siendo consciente de que cualquier intento de regresar era inútil en aquella historia; pero no había billetes. Así transcurrieron unos días en los que respiré el aroma felliniano  de la Fontana de Trevi, la acogedora brisa del Monte Palatino o el húmedo desasosiego de las Catacumbas. De regreso a casa, la imagen del túmulo de tierra donde unas flores recordaban a Julio César, volvía a mi mente una y otra vez, como si allí, en el corazón del antiguo Foro, también yo hubiese enterrado una historia perdida.



lunes, 26 de octubre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XXV - EL ADIÓS A LA VIDA DEL SEÑOR DIRECTOR




El adiós a la vida del señor director
(Del triunfo y el fracaso)

    Acaba el concierto; con paso elegante, después de saludar correspondiendo a los aplausos del público, el Señor Director abandona el escenario; cae el telón; ya en el camerino, con posterioridad a recibir las felicitaciones de unos y otros, se desprende de su traje, enfunda su ropa de calle y cubriéndose con un abrigo abandona el teatro; al salir, el frío intenso de la noche invernal golpea su cara; a medida que deja la avenida principal y toma las calles menos transitadas, el silencio en sus oídos cobra un protagonismo inusitado, como si después del polifónico maremágnum orquestal, de los aplausos de un público entregado, la ausencia de fuertes sonoridades convirtiese el silencio en algo hiriente y, de algún modo, sonoro; con una sorda sonoridad, algo difícil de explicar, pero que la mayoría de los profesionales que se han subido a un escenario ante el público conocen; un vacío pesado invade ese silencio que parece asolar las entrañas del cerebro. Una vez en casa, el Señor Director, ante el gran silencio del hogar, percibe con más fuerza la sensación de desolación; camina el pasillo oscuro, desde la puerta entreabierta del dormitorio comprueba que su mujer se ha quedado dormida con la luz de la mesilla encendida y un libro entre las manos. El Señor Director, por unos breves instantes, sustituye la terrible sensación de vacío por la ternura que le inspira la escena. Después, en el salón, mientras enciende un cigarro y se pone un whisky, contempla las exuberantes luces de la metrópolis. Evoca en este instante de soledad suprema, la primera impresión musical que tuvo de niño y motivó su dedicación a la música.  Fue en la primavera de sus ocho años. Había ido con sus padres a pasar unos días con los abuelos maternos. El pueblo tenía una iglesia de dimensiones considerables. Atardecía cuando, camino de casa, escuchó los dulces sonidos de unos instrumentos de cuerda procedentes del interior del templo. Se asomó tímidamente y quedó absorto, transportado por la belleza de la música del Aria de la Suite número 3 de Bach.  Desconocía la obra, al músico barroco y jamás había visto en vivo la interpretación de una orquesta de cuerdas. Desde aquel instante, nunca volvería a ser el mismo. La música lo atrapó y comenzó una exitosa carrera. Pero, lo que no sabía aquel niño de ocho años, era que, toda la belleza de aquel instante nada tendría que ver con su trayectoria vital; que la vida en muchas ocasiones es dura y desgarradora, que el éxito público tiene poca importancia ante la amargura de una vida llena de sinsabores personales. Despertando de sus pensamientos, apura el whisky, contempla de nuevo las luces de la metrópolis tras el amplio ventanal; y las sigue contemplando, cuando abre la ventana y salta al vacío de la noche aciaga.

viernes, 23 de octubre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XXIV - LA AGONÍA DEL DOCTOR





La agonía del DOCTOR
(DE LA CRUELDAD Y EL DESAMOR)
    -Pensabas que no te ibas a morir nunca, viejo imbécil. Pues, ya lo ves, estás en las últimas.
    -Estúpida mujer. No sé cómo no me divorcié de ti.
    -¡Ja! Pobrecito. Voy a ser una viuda muy solicitada.
    -Eras una joven preciosa y sencilla cuando nos conocimos. Mira en que te has convertido. Esos amigos tuyos. Política y más política.
    -Estás jodidamente agonizante y aún tienes veneno en esa lengua. Siempre me gustó la política. ¿Sabes por qué?
    -Sí, lo sé muy bien. Porque la política es el sucedáneo de arte que consiste en hacer que las gentes y los pueblos se enfrenten entre sí, mientras unos cuantos desde sus cómodos sillones se hacen ricos a costa de los trabajadores. Y tú te has convertido en uno de esos cuantos, que, por cierto, cada vez son más cuantos; aunque siempre muchos menos que la inmensa mayoría de la gente que pasa penurias.
   -¡Púdrete! A ti lo único que te ha interesado es tu medicina y las tertulias junto a esos atípicos individuos con los que no hacías nada más que hablar de lo divino y lo humano para huir de esa muerte que ahora te ronda sin remedio.
    -¡Pues déjame morir en paz! Ya no importa nada.
    -Además, ¿qué mierda hablas de los políticos? Si la inmensa mayoría de la masa es voluble y maleable, y unos discursos debidamente preparados convencen a los ciudadanos de esto o aquello ¿qué culpa tenemos los políticos?
    -Al lema de “Todo es política”, la gente como tú fragua sistemas de enseñanza para crear individuos mecanizados hasta en las asignaturas supuestamente más humanas. Todo un entramado para evitar que piensen y reflexionen. ¡Putos desalmados!
    -Mira que rollo me sueltas ahora que estás moribundo. Tú, que tantas vidas has salvado, no puedes hacer nada por darte unos añitos más. ¡Oh, qué pena! Se me rompe el alma.
    -Siempre has sido fría y calculadora. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que, en estos últimos meses que la enfermedad me ha minado, no has tenido al menos la bondad de disimular un poco y comportarte como un ser humano.
    -¿Ser humano? ¡No me hagas reír! La vida es para disfrutarla, y no para tantas éticas y moralinas.
    -Sí, para ti creer en la solidaridad es un esfuerzo demasiado inútil. ¡Maldito mundo!
    -Desengáñate, Doctor; nunca te ha gustado el mundo, ni sus gentes, ni nada de lo que la sociedad ha otorgado al ser humano y lo diferencia de las otras especies…
    -¿Sociedad? Es la cueva para mujeres y hombres sin escrúpulos como tú. No sé por qué no has acabado antes conmigo. Nunca me has amado.
    -En eso estas acertado. Bueno, al principio era divertido.
    -Tú eres incapaz de amar a nada ni a nadie que no sea tu propio ego lleno de soberbia y vanidad. En ti está claro el patrón de lo que es la evolución del ser humano; un cerebro analítico sin sentimientos.
     -Bueno, toda tu palabrería ya no vale de nada. Te mueres, y yo estoy más viva que nunca. Puedes descansar tranquilo. No pienso llevarte flores.
    -No quiero tus agasajos de viuda dolorida después de muerto. Vive, pero piensa que, tarde o temprano, salvo que tengas la suerte de morir repentinamente, vas a encontrarte cara a cara con la evidencia de que estas acabada y la vida te abandona. Entonces, ya de nada valdrá tu ideario político, ni tus colegas de partido podrán ayudarte cuando estés frente a la muerte. Mirarás atrás, y todos los placeres te parecerán un sueño; estarás vacía y derrotada. Recuerda esto cuando llegue ese momento.
    -Después de un discurso tan flojo; me voy al mitin de verdad.
    -Vete.
    Un violento portazo cierra la escena. El Doctor en su lecho se apaga irritado por la forma en que vive sus últimos instantes, solo, desencantado del mundo y sus gentes. Después de haber salvado tantas vidas; junto a su cama no hay nadie. La soledad todo lo invade mientras sus sentidos lo abandonan lentamente.

jueves, 22 de octubre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XXIII - LOS ÚLTIMOS INSTANTES EN LA VIDA DE UN ABOGADO




Los últimos instantes en la vida de un abogado
(DEL ADIÓS Y LA NOSTALGIA)
 
    -Ahora que estoy aquí, postrado en esta cama; cuando la esperanza es un concepto inútil para mí y las fuerzas me abandona sin remedio; parece que los sentidos se agudizan para evocar…
    -No debes hablar mucho. Te fatigas demasiado.
    -No sé si es la observación más adecuada para un moribundo.
    - Perdona.
    -No te preocupes. Lo entiendo. Pero, ¿sabes?, es curioso como los recuerdos se agolpan con suavidad inusitada dentro de mí. Me veo caminando las viejas calles de la ciudad; con nitidez observo las fachadas negras de los antiguos edificios castigados por el tiempo; sobre las balconadas descansan serenas las palomas ajenas al abandono de las viejas construcciones. Me invade entonces una profunda nostalgia. Ya ves. Te parecerá una tontería.
    -Me parece profundo y desasosegante.
    -No te preocupes. Yo veo el cine abandonado con nostalgia y emoción placentera a la vez.  Triste por contemplar lo que un día fue el refugio donde se fraguaron mis sueños de infancia y adolescencia. Pero, al mismo tiempo, emocionado al evocar con diáfana claridad lo feliz que fui en esa sala hoy desierta y polvorienta. Pero estaba hablándote de esos edificios abandonados. Parecen dormidos, aletargados. Son como inmensas cajas donde aún dormitan las vivencias que allí tuvieron seres humanos como tú y como yo. Muchos estaban llenos de ilusiones; muchos sufrirían entre esas paredes que hoy poseen en su interior el vacío más lleno que podamos imaginar. Es tan efímera la existencia. Si cuando comenzamos a tener consciencia de nuestra finitud, lo pensásemos concienzudamente, quedaríamos aterrados.
    -Debes descansar.
    -¿Qué son sesenta, setenta, ochenta años? Nada. Pasan volando como un suspiro. Y después, el vacío. ¡Ah, cómo me gustaría tener fe! La fe da una esperanza. ¿No crees, amor?
    -Nadie sabe.
    -Es cierto; nadie sabe.
    Cuantos casos sin resolver quedarán en el bufete de abogados.
    -Eso es lo menos importante.
    -Sí, es cierto.
    -Cuando la vida nos sonríe, nos preocupamos de cosas tan banales. Cualquier eventualidad ínfima es magnificada.
    -Tienes razón. Es como si los seres humanos fuésemos incapaces de asimilar y aprehender los escasos momentos de felicidad.
    -Como si tuviésemos miedo de ser felices; porque en nuestro interior somos sabedores de que esos instantes de esplendor son apenas un suspiro.
     -Esplendor en la hierba.
     -Sí, me llevaste a verla al viejo cine que siempre ponía películas antiguas.
     -Lo recuerdas. El viejo cine de barrio. Yo sólo quería sentirte cerca.
     -Eras un romántico. A cuántas habrías llevado ya…
     -No te voy a decir que fueses la primera; pero sí la más especial. La que ha soportado todos estos años de inmersión en procesos judiciales eternos… Cada vez que lo pienso… ¡Cuánto tiempo perdido! Pero ahora ya no se puede volver atrás.
    -Tal vez la vida sea más larga de lo que pensamos y un estado de continua felicidad la haría insoportable.
    -Es un buen razonamiento para consolarse. Pero en estos instantes me vale de poco.
    -No vale de nada.   
    -Estás muy hermosa esta mañana.
    -Ha salido el sol.
    -Sí, ha salido el sol; pero no consigo ver su luz. La vista se me nubla… todo es tinieblas… Una negrura profunda me invade… La vida se apaga en mí… Ya nunca volveré a vivir todas… esas cosas… que tanto disfruté… Todo… es... calma… y… desconsuelo.

miércoles, 21 de octubre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA – XXII - CUANDO EL POETA SE VA




CUANDO EL POETA SE VA
(Del amor y la ausencia)
    Como un verso truncado, súbitamente la tinta detenida sobre el papel amarillento; así quedaron la últimas palabras vertidas por el Poeta antes de su adiós. Ella regresa a casa después del duelo contenido para enfrentarse al vacío que deja el amante ausente. Un reloj de pared rompe el silencio de la estancia en penumbra. Los muertos tienen la fea costumbre de partir sin equipaje, y dejan sus cosas tal como las vivieron en el último instante de ser usadas. En la mesilla hay un libro que jamás volverá a sentir las manos del ausente. Ella lo abre por donde iba el Poeta en su lectura. “…Y vio los mares rugir embravecidos desde la proa del recio navío. El mascarón hierático se dejaba golpear por la espuma rabiosa. Entonces lloró, y sus lágrimas se mezclaron con las salinas aguas; lloró por estar tan lejos de casa, de los verdes prados de infancia, de los arroyos acariciantes de juventud; lloró porque su vida ya nunca volvería a ser la misma…”
    Las delicadas manos femeninas dejan con suavidad el libro sobre la mesilla, como sintiendo abandonarlo de nuevo a su soledad. Después se descalza y, aquellos pies que tanto excitaron al Poeta en sus horas de turbia pasión, recorren pausados el pasillo hasta llegar al salón. Allí, en el rincón más oscuro, junto a la chimenea, un sillón cercano a una mesita redonda hace que la mujer perciba de nuevo la evidencia del tiempo detenido en el cigarro yacente a medio consumir sobre el cenicero y el vaso de tubo, digamos que casi medio lleno, para ser optimistas, entre tanto vacío. El Poeta se ha ido. Ella cree escuchar su voz en el silencio hiriente; ahora que ya nunca volverá a decirle palabras de amor. En los últimos tiempos siempre le recriminó que la tuviese algo abandonada por sus compañeros de tertulia. Ahora, daría lo que fuese por unos pocos minutos escuchando aquella voz levemente grave y profunda, pero con un cierto tono juvenil. En la soledad de lo que fue el hogar de la pareja, contempla desolada aquello que vieron también los ojos de su amor que, con su ausencia, ha hecho, si cabe, más patente su presencia en cada objeto, cada fotografía, cada instante. La mujer sabe que los versos de su amor son inmortales; pero, su verdadera esencia morirá el día que ella también deje de existir. El Poeta era mucho más que su poesía. Como  ser humano, su intimidad más auténtica late en el fondo de la amada como una llama inextinguible hasta el final de su existencia.


viernes, 16 de octubre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XXI



        La supuesta realidad es tan variable. Me pregunto que estará sucediendo fuera. Una única contraventana sigue ligeramente abierta. Me asomo a ella con la esperanza de observar el exterior. La noche ha caído sobre la ciudad. Pero no veo las luces de la civilización. Sólo negrura. No hay luna centinela, testimonio en la oscuridad de que el sol sigue brillando mientras una parte de la tierra duerme. Rumores de voces furtivas, pasos cautelosos, miradas perdidas de pupilas entregadas al ocaso de la existencia. Siempre es así. Mientras yo estoy aquí con cuatro cadáveres de seres humanos que fueron parte de esos latidos que alberga la tierra, y ahora ya no son nada. Tan cruel y tajante es el ciclo vital. En la oscuridad nocturna no es posible verlos; pero sé que están ahí; miríadas de córvidos posados sobre las peladas y secas ramas de los esqueletos arbóreos, fusionando sus negros plumajes con la negrura de la noche; quietos, altivos, expectantes, soberbios en su espera. Debo subir al desván. Debo abrir la maleta. Tal vez nunca pueda salir de este lugar. Al menos sabré lo que contiene. Aunque sólo me sirva para saciar mi curiosidad. La curiosidad, esa compañera amable de las ventanas en la lejana infancia, cuando al levantarme buscaba el tacto frío del cristal en mi rostro para ver un nuevo día, entonces lleno de esperanzas y sueños; como un espectador privilegiado veía salir el sol, llover, las ráfagas de viento llevando las hojas de un lado a otro, la nieve posándose levemente sobre los prados. Y todo eso sin esfuerzo, tan solo con acercarme a la ventana de mi dormitorio. Las ventanas de juventud han sido enriquecedoras, en la habitación de hostales ruinosos, cuando el humo del cigarro otorgaba un halo de onírica magia a lo que contemplaba. Nunca hemos sido tan felices como entonces, cuando no teníamos hogar, sin apenas dinero en el bolsillo y los viajes se hacían con una maleta llena tan solo de sueños. Tal vez la maleta tenga en su interior eso, sueños. Este caserón es como una gigantesca maleta estática, petrificada en el límite de una frontera donde acaba la ciudad y empieza un árido páramo sin nombres ni rostros reconocibles.

jueves, 15 de octubre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XX




    -Podemos discutir todo el día, si usted quiere; pero, sin una orden judicial, aquí no entra nadie.
    -Calmémonos un poco, señores.
    -¿Que me calme? No sé cómo tengo que decirle que me da igual lo que diga esa señora de la pensión. Mi madre murió hace seis años. ¿Lo entienden? La historia que cuenta esa mujer es inverosímil.
   -Lo cierto es que dice que su huésped salió anteayer a primera hora de la mañana, apremiado por la Señora Asunción.
    -¡Y dale! Pero qué clase de jefe de policía es usted. ¡Mi madre está muerta! ¡Muerta! Y ustedes me sacan de mi trabajo a las cinco de la tarde, me hacen conducir cien kilómetros, porque esa señora dice que le dijeron que dijo…
    -Es dueña de la pensión, y otros clientes permanentes en ella, aseguran que el señor que ocupa la habitación dieciséis nunca ha faltado a una comida en todos los años que lleva hospedado allí, y que siempre decía lo mismo cada vez que se sentaba a la mesa. “Su comida es excelente. El día que falte en esta mesa, será porque este muerto”.
     -¿Y eso le parece motivo suficiente para llamar a la policía?
     ¿No tienen nada mejor que hacer, que tener en cuenta las palabras de unos decrépitos ancianos hastiados de la rutina?
    -Escuche, sólo queremos echar un vistazo al interior de la casa. No sé por qué tiene usted tanto problema en ello.
    -Esta casa guarda todo el legado de mis antepasados como mi madre lo dejó a su muerte. Así quedó. Después de su entierro, pasé la llave y jamás he vuelto a abrirla. No voy a permitir que entren y revuelvan todos los recuerdos buscando no sé muy bien qué o a quién.
    -De acuerdo. Tendremos que pedir una orden judicial.     
    -Pues hágalo. Mientras tanto, yo regreso a casa. He perdido un día de trabajo. Adiós.
    -Ahí lo va. A estos ejecutivitos, jefe, hay que darles de comer a parte.
    -Lo cierto es que algo de razón tiene. No vamos a molestar al juez con este asunto. La Señora Asunción lleva muerta seis años. Y el cliente ese de la pensión, sin familia ni nadie que lo reclame, probablemente no tenga interés para nadie. Recojan el dispositivo. Nos vamos. 

martes, 13 de octubre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XIX




    La sala se antoja inabarcable para mi visión, cuelgan del techo lámparas de amarillentas, ambarinas lágrimas, como fósiles petrificados suspendidos en el aire de una pena antigua, un llanto inconcluso que se pierde en la noche de los tiempos, en la oscuridad atávica que, tal vez, albergue los porqués que el humano se ha planteado a lo largo de su evolución; allí en la lejana mañana del alborear primero de un tiempo remoto cuando tal vez los dioses vivían con los hombres, hasta que este los convirtió en ídolos de barro y diluyó su esencia en el bullicio de metrópolis supuestamente ordenadas, paradigmas del caos, tecnificación represiva de los sentidos naturales innatos al homo sapiens; como en un eterno descenso flotando en la espesa atmósfera del salón, las abundantes lágrimas luminiscentes sueñan suspendidas en su romántica y onírica pena sobre los cuatro cadáveres hieráticos; evocadoras de otras lágrimas; aquellas de la estación en sombras de un otoño lejano, cuando sobre el andén desierto unos ojos bellos y enigmáticos, humedecidos por la pena, me dijeron su adiós mientras partía con rumbo incierto en un tren que, entonces, iba a ninguna parte; y al brusco traqueteo, mientras se deslizaba por las vías, tu silueta sensual sobre el andén parecía albergar en su belleza toda aquella pasión que habíamos vertido el uno por el otro; y yo también lloré; cómo no hacerlo, cómo no celebrar con mi pena el vals eterno del amor furtivo y desbocado; sabían entonces esas lágrimas a amargo desconsuelo, y hoy, cuando regresa a mi boca su lejana esencia, se han vuelto dulces y reveladores de tantas cosas; que cuanto más vive el hombre, más muerte arrastra hacia el olvido; y el paradigma de lo profundo y lo bello, será siempre para mí esa estación lejana donde habita por siempre nuestro adiós de otoño; aunque probablemente yazca abandonada y, en nuevos otoños, las hojas secas la hayan tapizado con infinitos adioses y reencuentros; porque no hay llanto más sentido que el de la efímera belleza de lo intenso; así se va trazando sobre la vida del hombre un mundo de lágrimas que, como estas que hoy iluminan tenuemente el salón, calman la sed de alma ante la soledad y sus misterios.

martes, 6 de octubre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA – XVIII - REFLEXIONES EN COMPAÑÍA DE CUATRO CADÁVERES AMIGOS




























REFLEXIONES EN COMPAÑÍA DE CUATRO CADÁVERES AMIGOS
IV – EL ABOGADO
DE LA LIBERTAD Y EL ORDEN SOCIAL
    La Libertad, Abogado, es un concepto ambiguo y oscilante; a veces es menos libre el carcelero que el preso al que custodia; con el alma de juventud vive el artista, el creador, el genio incansable, intentando alcanzar con su arte la sutil música de las esferas, la tonalidad hiriente del sentimiento más profundo, la palabra entregada al corazón y el sueño; pero todo es etéreo; a pesar del empeño de los hombres por encerrar, cuantificar, delimitar, estructurar el pensamiento y el sentimiento; porque los sueños enarbolan una y otra vez una bandera sin símbolos, sin patrias, sin reinos, sin fronteras; es un estandarte antítesis de todos los estandartes, es un concepto libre de conceptos imposible de explicar por el lenguaje humano u otro medio cualquiera; apenas logra el arte esbozar la ansiada Libertad, en el más sublime intento del humano por alcanzar aquello que rompe las barreras y hace flotar el ánimo sobre un mundo de turbias vanidades, odiadores y odiados, despreciados y acogidos; la Libertad, Abogado, lo sabe usted bien, no se dirime en una sala noble y recia, ni a golpe de fusil y bombas; la Libertad radica en la ínfima lealtad del instante, en los trémulos cuerpos encontrados, en la mirada felina que nos invita al desvarío; pero, pretender la Libertad entendida como un inmenso mar sin límites, sería como creer en el amor sin el odio, en el placer sin el dolor, en el movimiento sin el estatismo; así fragua el hombre su existencia, a golpes de contrarios; y busca en la civilización un orden global para la infinita variedad que habita la tierra, como queriendo controlar la vida y el destino, en un vano intento de encadenar los sueños, de encarcelar los sentimientos; mientras, los amantes prosiguen con su delirio, su éxtasis inabarcable, su carnalidad salvaje; ellos son los únicos que verdaderamente alcanzan ese lugar ignoto llamado Libertad.