lunes, 21 de diciembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XXX



     La literatura tiene algo de siniestro. Todo arte es una forma de jugar a ser un dios, bien benefactor bien maléfico. Todo está admitido en la palabra escrita generadora de historias. Desde la escritura se puede ensalzar al más ínfimo y patético de los seres humanos, o despreciar  y ningunear al más grande de los hombres. Esa es la grandeza y la miseria de la literatura. Las gentes de mi generación tuvimos que aprender con gran dolor que no siempre la literatura, el cine o el teatro, eran camino artísticos de paz y luminiscencia, que había senderos tétricos, siniestros; finales que nunca nadie nos había enseñado. Cuando apenas comenzaba a leer, tenía el extraño hábito de acercar mis pasos al pequeño mueble de madera de mi abuelo donde, entre otros libros, había un ejemplar de la biblia. Un día me atreví a abrir aquel arcano ejemplar de hojas finas con bordes rojos y tapas negras. Fue por el Apocalipsis y, puso ante mis ojos, mientras torpemente leía sus líneas, un escenario de terror y desconsuelo que marcaría para siempre mi forma de ver el mundo.
------
    -¡Con el hijo de la Señora Asunción! Ese ejecutivo repulsivo e impresentable.
    -Es lo que hay, querido. Tranquilo, Doctor, procuraremos que no se enteren en tu gremio.
    -¡Deja de decir estupideces!
    -Tenía que decírtelo. Ahora que va a vender el Olivar que tienen en el sur, ha dicho que me dedicará más tiempo y podremos viajar.
    -¿El Olivar? ¿Viajar? ¡Estás loca!
    -¡Sí, por él! Y divorciarnos puede ser muy tedioso. Así que te recomiendo  que dejes estar las cosas.
    -¿Un olivar?
    -Muy cerca de donde tú y tus amigos de tertulia ibais a tomar el ciervo y el jabalí con castañas en la temporada de caza.
    -¿En la Posada del Griego?
    -¡Eso! A doscientos metros comienza una extensión de olivos que era de la Señora Asunción y ha heredado su hijo. Ya está cerrado el trato. Se vende en dos semanas. Van a montar una urbanización. ¡Qué pena de olivos! Te veo trastornado. Parece que te ha afectado más la venta del olivar que mi infidelidad. Tranquilo. No creo que le afecte a la Posada del Griego.
    -¡Estás loca! Me voy.
    -Bueno. Cuando regreses ya no estaré. Este fin de semana nos vamos de viaje.
 -------
    El progreso, el progreso. Ha cambiado el paisaje de la tierra. Apartamentos a pie de mar, molinos de viento en las montañas, grandes muelles deportivos sobre las aguas litorales; todo un mosaico de avances tecnológicos. ¿Ha sido proporcional el daño al avance del bienestar? El progreso es una burbuja frágil e inestable que en cualquier momento puede estallar dejando un sinfín de cadáveres. De hecho, ya hay muchos fiambres en el camino. Infinidad de construcciones sin finalizar, cuyas oquedades parecen ojos vacíos llenos de tétricos presagios. Ruinas de guerras donde la vegetación retoma su feudo construyendo un paisaje holocaustico. Todo por el progreso. Es en los amplios y cómodos despachos donde se decide como arrasar con los últimos vestigios de naturaleza. Al homo urbanitas parece molestarle todo aquello que le recuerda su animalidad primigenia, la esencial, la más pura. Pero la agresividad y violencia generada por el mundo artificial que ha creado, lejos de desagradarle, le reconforta.
--------
        La Señora Asunción jamás hubiese vendido el olivar herencia de sus padres, herencia de sus abuelos, herencia de sus tatarabuelos; el olivar cuyo origen se remonta a Al-Andalus, a los tiempos de la Córdoba califal. Muchos de esos olivos seguramente serían traídos a España por manos árabes y crecerían al abrigo y al desamparo de amores y batallas. Pero, los árboles sólo hablan a quien está dispuesto a escuchar el amor de sus ramas movidas por el viento, a leer sus heridos troncos centenarios. Y el hombre moderno está cada vez menos dispuesto a leer nada que no sea los índices de la bolsa o los últimos sucesos luctuosos en la prensa. El progreso es una palabra envenenada que guarda en su esencia la gran mentira de la modernidad socializadora, homogénea, de pensamiento único. Todo lo que está alejado del verdadero origen de homo sapiens.

viernes, 18 de diciembre de 2015

UNA MALETA Y LA LUNA - XXIX



    -Se acuerdan de la idea que tuvimos hace algún tiempo. Pues aquí tienen la maleta de la que les hable. Metamos en esta maleta algo de cada uno de nosotros que haya sido fundamental en nuestra existencia.  
    -¿De dónde ha sacado esa maleta, Doctor?
    -Era de mi bisabuelo, Señor Director.
    -Fue muy viajero su bisabuelo.
    -Mucho, Poeta. Dicen que recorrió tres veces el mundo.
    -¿Tres veces?
    -Sí, Abogado; tres veces.
    -Un aventurero.
    - Mi bisabuelo odiaba esa palabra. Prefería que lo llamaran observador de la vida.
    -Demasiado larga.
    -Cierto, Poeta.
    -Observiajador, podría valer.
    -¡Qué horror, Señor Director!
    -La lengua nunca ha sido mi fuerte.
    -Ni la invención.
    -Por una vez estoy de acuerdo con usted, Abogado.  
    -Bueno, veo que la broma de las pasada tertulias, se la ha tomado en serio, Doctor.
    -¿Qué se creía, Abogado?
    -Y pretende que traigamos algo para meter en esa maleta.
    -Vamos, Poeta. Hablamos de lo más importante como elemento material que englobe su verdadero sentimiento de existir. O un secreto inconfesable.
    -Creo, Doctor, que está siendo demasiado exigente.
    -Es posible.
    -Yo propongo el mismo concepto, pero de un instante, un momento. Algo de lo que nos podamos despegar, aunque sea importante.
    -Estoy de acuerdo, Señor Director; pero que esto no haga que se convierta en algo banal.
    -¡Ofende nuestra amistad!
    -No pretendía. Bueno, señores, lo dicho. Esta maleta, que ha viajado todo el mundo, pasará a ser el lugar donde guardaremos nuestro secreto más inconfesable.

---------------

    Los objetos siguen existiendo y teniendo vida mucho después de la muerte  de sus supuestos poseedores. El dilema, más que el Ser o no ser Shakesperiano, es el Tener y no tener de Lubitsch. Aunque es un dilema insulso, porque la realidad es, que nada tenemos. Creemos poseer cosas, incluso personas; pero lo efímero de la existencia, acaba haciéndonos comprender que nada es nuestro. Ni siquiera el valor  más preciado que es la vida nos pertenece, por su finitud, por su volubilidad, por lo inestable de toda existencia. El hombre busca aire y acaba siempre golpeándose contra los cristales; unos ventanales húmedos, tras los que sólo hay lluvia y desencanto. Así se construyen las quimeras con polvo de olvido y desaliento. Esperar, siempre esperar una mañana que jamás llega porque no existe; porque es el hoy. Añoran, añorar un pasado inaprensible, porque ya fue y nunca volverá. Algunos humanos miran al cielo y quieren ver hermosas barbas blancas en las nubes algodonosas, ojos reveladores en el arco iris fugaz e incierto. Pero todo es humo, fantasía que crea un sol que nos alimenta y un día nos extinguirá. Mientras, el universo es negro y ominoso, profundo e indescifrable. Por eso, cualquier aventura humana es ínfima, banal, imperceptible ante la inmensidad del cosmos que, a medida que se expande, más constriñe nuestros sueños. Hasta en los astros ha pretendido ver el hombre escrito su futuro; como si los astros limitasen su existencia a la visión del hombre y, más allá, donde tal vez también habite la música de las esferas, no hubiese otras perspectivas, otras realidades.

--------

    El crujir de la tierra seca cuando una pala orada su cuerpo tiene algo de tétrico y solemne. Resuena una y otra vez ese rasgar de arenas gruesas en la nocturnidad del páramo custodiado por un ejército de gruesos olivos centenarios. La escena, sin sus protagonistas quererlo, adquiriere algo de solemne y el ambiente cobra un halo existencial. Antes de la modernidad de los simétricos nichos, antes de los panteones majestuosos; durante siglos los seres humanos enterraron a sus muertos con esta simple acción de abrir en la piel de la tierra que los vio nacer un agujero y depositar los cuerpos en su interior. Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris. Ahora, el hombre parece no querer recordar que pertenece a la tierra. En un nuevo alarde de vanidad a lavado la cara de la muerte con frías ceremonias más cercanas a una reunión de ejecutivos que un verdadero duelo. El hálito final, confinado, las más de las veces, a un aséptico recinto hospitalario, ha perdido toda su épica, todo su misterio. Ya nadie quiere ver a la muerte de cerca. Preferimos que un doctor circunspecto nos cuente el tránsito de nuestros seres queridos, a enfrentarnos cara a cara con la visión del paso final. Una pala sigue penetrando en el agujero cada vez más profundo. Los cuatro hombres no hablan. Su única compañía es una maleta. Acaban de comer en la Posada del Griego esa carne de caza con castañas que tanto les gusta. Cuando el agujero está listo, depositan la maleta en él y lo tapan convenientemente. La noche está tranquila; con una calma que adorna un firmamento en el que puden observarse más que nunca infinitas estrellas.

-------


     Fue antes de la llegada de un joven a su círculo de tertulia, que los cuatro amigos depositaron cada uno un objeto en la maleta. Después, la enterraron en un olivar del interior alejado de la ciudad. Lo hicieron al tiempo que se preguntaban en silencio que sentido tenía todo aquello. Las cosas, la mayoría de las veces, no tienen por qué tener un sentido. Simplemente son. A dos metros bajo tierra, la maleta del bisabuelo del Doctor quedó enterrada con un pedazo de la vida de aquellos hombres.