viernes, 29 de enero de 2016

UNA MALETA Y LA LUNA - XXXII




    La luna llena proporciona suficiente claridad como para poder ver sin dificultad la maleta. Acerco mis manos temblorosas; siento como si estuviese profanando algo sagrado. Una sensación similar debió de experimentar Howard Carter cuando contempló por primera vez la Tumba de Tutankamón. Inclino la maleta. A pesar del cuidado con el que lo hago, se levanta algo de polvo espeso que queda durante unos instantes en suspensión. Noto la aspereza de las bisagras oxidadas en mis dedos. El ruido que hacen al abrirse rasga como un afilado cuchillo el silencio circundante. Descubro lentamente la maleta. Parece estar vacía. Salgo de mi error al observar unos sobres grandes en el fondo. Los tomo en mis manos. Cada uno tiene un nombre. Son los nombres de mis amigos de tertulia. Los cadáveres del salón regresan a mi mente. Ellos, muertos, ¿Dónde está mi pena? Los sobres no están cerrados. Eso me permitirá leer el contenido sin dejar señales demasiado evidentes de profanación.


CUATRO SOBRES EN UNA MALETA


eL SEÑOR DIRECTOR
    El sobre del Señor Director contiene una partitura en blanco y una foto en la que posan él y otro joven. En el reverso, una frase: Cuando teníamos veinte años
    Su carta dice:
    Esta es la verdadera partitura de mi vida. La que nunca tuve el valor de componer y jamás podré escribir ya. Tenía el pelo y los ojos negros como el carbón, su piel era morena. Me enamoré de él cuando lo vi por primera vez tocando el piano en aquel pequeño bar suburbial inapropiado para su clase y elegancia. Teníamos diecisiete años. Nos hicimos buenos amigos y, durante tres años, compartimos la juventud. Pero nunca me atreví a expresar mis sentimientos. A veces pienso que él sabía de mi amor. Después, la vida nos separó. Tuve amores con mujeres diferentes, me casé con una mujer maravillosa; pero jamás dejé de pensar ni un solo día en aquel joven. Por eso mi vida es como esta partitura en blanco jamás escrita ni manchada. Y yo, en cada nota, en cada melodía, en cada matiz; seguía viéndolo a él; sintiéndome como un cadáver que no puede hacer nada para evitar que los gusanos coman sus vísceras. Mi vida ha sido tan simple como eso, unos pentagramas vacíos y una fotografía de juventud.


EL POETA
    El sobre del Poeta contiene unos informes médicos.
    Su carta dice:
    Siendo un adolescente me diagnosticaron una enfermedad crónica y progresiva muy grave que, tarde o temprano, acabaría con mi vida. Este hecho ha condicionado toda mi existencia. He sentido siempre que, el saber de ello y la incertidumbre del proceso, me convertía en una persona sensible hasta el extremo de transformar mi vida en algo agónico. Cuando en el transepto de la Catedral de Milán contemplé el ecorché escultórico de San Bartolomé realizado por Marco da Agrate, sentí que aquella era la representación material de un sentimiento inmaterial. Era como si todo en la vida me produjese desasosiego, ardor, como si mi piel no existiese y los acontecimientos golpeasen con fuerza mi interior. Salvo unos pocos allegados, nadie ha sabido jamás de mi proceso degenerativo. Es cierto, todos estamos sujetos al sufrimiento y a la muerte en cualquier instante; pero a mí siempre me ha parecido que en esa lotería yo había comprado antes de tiempo el noventa y nuevo por cientos de los boletos del destino. La enfermedad ha ido mermando mis facultades. Ante el mundo permanezco digno, sereno. Creo que no hay nada más patético que perder la elegancia ante la evidencia del fin. Desde que lo supe, me prometí a mí mismo que viviría y moriría con dignidad. Lo primero, creo haberlo logrado. Lo segundo, está por ver. Hoy, después de mucho camino, sigo pensando que sólo el amor puede salvar al hombre del desaliento que provoca el ser sabedor de su finitud. Estos versos que vienen a continuación los escribí hace algunas décadas; pero siguen teniendo hoy para mí la vigencia de entonces.

“Ver de nuevo los alisos
inclinando sus ramas reverentes hacia las fluviales aguas cristalinas
me ha llevado de nuevo, amada mía,
al tiempo en que estas aguas bajaban torrenciales insolentes,
como nosotros entonces, jóvenes empapados de sueños y deseos.

Mirar el cielo gris y observar a la rapaz solitaria
dejándose llevar hacia el olvido,
me ha hecho buscar en la memoria
la húmeda ternura de tus labios en los atardeceres otoñales
cuando éramos esclavos de la prisa, señores de ruinas olvidadas.

Así se fue trazando,
sobre la inquieta sombra de los arces movidos por los vientos del destino,
la silueta del tú y el yo entrelazados,
versos sin rima, voces del ocaso.
Y la vida alzó entre nosotros un muro insalvable de olvido y desaliento;
hasta este ahora mudo y negro”.


EL ABOGADO
    El sobre del Abogado contiene un veredicto de un tribunal que declara inocente a un hombre sobre el que pesaban varios cargos de asesinato y una carta del Abogado.
    Su carta dice:
    Fui el abogado defensor en este caso. Sabedor de su culpabilidad, lo defendí porque consideraba que era una obligación. Yo era un joven abogado y fue mi primer caso importante. Lo gané y me cubrí de honores ante mis colegas. No sabía entonces que aquella sentencia absolutoria que me había encumbrado, marcaría el resto de mi vida. No hizo falta que nadie me dijese quién había sido; cuando cuatro años después leí en la prensa que un hombre de un metro ochenta, con un tatuaje de un alcéfalo en su calva, había dado muerte a un matrimonio de una manera atroz, disparando primero a sus rodillas, después a sus codos, dejándolos desangrándose en un callejón; supe que era el mismo hombre que yo había defendido y librado de la cárcel. El modus operandi era inconfundible. Lo que no sabía en el momento de leer el periódico es que el matrimonio asesinado eran mis padres. No dejé la abogacía. Pero monté mi propio buffet y luché con todas mis fuerzas en defender a inocentes y encerrar a culpables. Así fue como me convertí en un abogado del montón. Aunque no fuese eso lo que me hizo sentir como un cadáver putrefacto en un húmedo cenagal. Fue la muerte de mis padres a causa de mi falta de ética defendiendo en mis inicios a un asesino. Hoy, en un mundo cada vez más corrupto, sé que moriré desencantado y sin hallar consuelo.
  

EL DOCTOR
    El sobre del Doctor contiene una carta.
    Su carta dice:

    Hoy hace veinte años que escribí aquella carta. En este tiempo, he intentado tapar mi dolor con amores furtivos, después con un matrimonio. Todo ha sido inútil. Cuando me negaste tu amor me sentí vacío, muerto. Pero era un muerto aséptico, un esqueleto sin rastro de carne, limpio como mi amor por ti. Las pocas sensaciones que han merecido la pena en mi vida, son aquellas que tuve en los breves instantes que me concediste tu presencia. El roce de tus manos, los labios en mis mejillas, tu mirada, tu sonrisa suave, tu forma tierna de ladear la cabeza en señal de introspección. Fueron breves momentos, pero llenos de imperceptibles gestos y detalles que se han quedado grabados para siempre en mi memoria. Sé que el último pensamiento también ira dirigido a ti. En realidad, toda mi vida ha girado en torno a tu ausencia. Cada vez que una puerta se abría, un autobús o coche se detenía; esperaba verte; sólo verte. Es tan simple el amor en su concepto, y tan complejo en su esencia de eternidad.

miércoles, 27 de enero de 2016

UNA MALETA Y LA LUNA - XXXI



    La pala se hunde en la tierra seca y gravosa con violencia. El Doctor, en mangas de camisa, suda abundantemente. La acción que está realizando ha sido llevada a cabo a lo largo de la historia de la humanidad en muchas ocasiones en diversas circunstancias. Pero él se siente como aquellos profanadores de tumbas que aprovechaban la nocturnidad para levantar con sus palas la tierra que cubría los féretros en las épocas oscuras de otros siglos no demasiado lejanos y sustraer los cadáveres.  El silencio del olivar es quebrado una y otra vez por el crujido del metal al entrar en la tierra. Por fin, vislumbra la maleta de su bisabuelo que empieza a respirar del encierro al que ha sido sometida. Con ansiedad, una vez la ha liberado de su prisión, la agarra con fuerza y corre a depositarla en el maletero de su coche. Abandona el lugar mientras el polvo que levanta el vehículo se esparce en el seco ambiente del solitario olivar. Tenía que rescatar la maleta antes de que las excavadoras comenzaran a arrancar los olivos centenarios para construir la urbanización. No podía dejar que el progreso feroz profanase sus recuerdos y los de sus amigos. De no haberla recuperado, probablemente la maleta hubiese acabado despedazada bajo el ímpetu de las palas excavadoras y sus despojos dormitarían en cualquier escombrera o bajo los nuevos chalets donde los ricos disfrutarían de su bonanza ajenos al olvido de un utensilio tan vulgar e irrelevante como una vieja maleta. Mientras se aleja con su coche, observa por última vez los señoriales olivos añejos, poderosos a la luz de la luna, con sus troncos robustos, piel curtida por siglos de sueños y dolor. Un agujero abierto en la tierra rompe la homogeneidad del paraje en el que los centinelas hieráticos y silenciosos han contemplado la escena. En muchas ocasiones el Doctor ha escuchado hablar de la casona a las afueras de la ciudad que la Señora Asunción dejó a su hijo, el amante de la mujer del Doctor. Ahora tiene las llaves que ha cogido a su mujer. Está realizando en un día, lo que no ha hecho en el resto de su vida. Ella se ha deleitado describiendo esa casa donde en los inicios de la infidelidad iba con su amante. El Doctor está harto de oír hablar del enigmático ático abandonado de la planta superior que nadie visita. Ahora, en él, ha decidido depositar la maleta; dándole una segunda oportunidad a la preservación de los recuerdos en una casa que, supuestamente, lleva cerrada desde la muerte de su propietaria.