lunes, 29 de febrero de 2016

LA FANTASIA DEL PODER Y LA TELEVISIÓN



























     La Cualidad supuestamente exclusiva del ser humano frente a las demás especies que pueblan la tierra de anticiparse a los posibles acontecimientos venideros ha condicionado la historia de la humanidad. Todo el entramado social que padecemos en la actualidad viene dado por esa característica. Así, los elegidos por unos y otros para regir los destinos de nuestra sociedad, juegan con los miedos e incertidumbres del ciudadano que asiste a una puesta en escena cada vez más sofisticada y truculenta. Pero, lo cierto es que, el futuro es impredecible, por su condición de inexistencia. Hablar de promesas basándose en políticas probablemente beneficiosas para los ciudadanos es intentar construir puzles invisibles en base a ideas preconcebidas. Las sociedades avanzadas se hallan más estratificadas que nunca, pero siguen respondiendo a unos patrones arcaicos. La condición sine qua non para el fenómeno del líder político es que existan individuos de verbo fluido que tengan ambición de enarbolar los destinos de una sociedad (Destinos, ¡qué plural tan insulso e irreal! Si ya la palabra en singular es ambigua, su plural es falazmente demoledor. Ya que, si entendemos el destino en su acepción de meta o punto de llegada, este sería lo que está por venir, de tal modo que su inexistencia es manifiesta, y pudiese no fraguarse nunca)  Como decía, unos individuos con ganas de liderar y una masa ciega y sorda, dispuesta a seguirlos hasta las últimas consecuencias. No deja de ser curioso el hecho de que la mayor parte de las veces, la gente desconfía de sus vecinos e incluso de algunos familiares, pero no tiene inconveniente en seguir apasionadamente a un señor o señora que habla desde una tarima, pero jamás le ha mirado directamente a los ojos. Uno, que no ha conocido nunca más pasiones que las del sentir y del saber, asiste al espectáculo de oropel que, una sociedad, en un porcentaje muy elevado de individuos, enferma de ignorancia, aúpa y consiente. Es la representación teatral de un entramado político que, no sólo juega con nuestro dinero, sino con nuestras ilusiones y sentimientos. Y en esta nave de locos, la televisión tiene un papel esencial. Aunque algunos, pretendidamente eruditos, hayan querido denostarla; ha sido, junto con el cine, un elemento indispensable de culturización de generaciones como la mía; la maravilla y la condena que nos ha traído el mundo al interior de nuestros hogares. Pero, en un ejercicio de autoinmolación, esa televisión se ha ido degradando en aras de esa fantasía de poder, dando cada vez más preponderancia a la levedad y la mediocridad en sus pantallas. En ella, no son los ancianos sabios (el labrador, el marinero, el viejo maestro) aquellos que hablan desde la universidad de la experiencia y de los que tanto se puede aprender cuando se escucha con atención; no son ellos, ni los jóvenes talentos en artes y ciencias, los que ocupan los programas reflejo de nuestros ciudadanos; sino personajes imberbes, casi siempre de pocas luces y con un sentido superficial de la existencia, los que acaparan horas y horas de televisión. A los verdaderos sabios se los ha relegado en un rincón, como casi todo lo importante; los creadores talentosos trabajan en la sombra o emigran a mejores lugares, y  a los ancianos se les ha otorgado el lavado y patético título de tercera edad. Por supuesto, si algunos de ellos realizan alguna habilidad insulsa pero impactante; entonces se les dedica unos minutos perdidos de programación para que la gente se divierta con ellos. Pero, el anciano que habla con la sabiduría del que ha vivido, desterrado queda en su rincón olvidado. Sería extenso y arduo describir todas las mezquindades de la maravillosa televisión; de la que sigo pensando que ha sido y es un invento indispensable y didáctico para niños, jóvenes y adultos. Finalizaré con el ejemplo que considero más sangrante, que es el de los informativos. Ellos han encumbrado a los políticos a las cimas del desvarío. De tal suerte que dedican la mayor parte de su duración a hablar de las banalidades realizadas por nuestros dirigentes y, sin embargo, la labor de los escritores, músicos, intérpretes, y otros creadores, queda relegada a la nada más absoluta; salvo, eso sí, que la cadena de turno haya destinado algunos ingresos para una producción concreta. Si un político estornuda, nos lo cuentan durante diez minutos; si muere un escritor o un actor, sueltan al final del informativo una reseña de diez segundos sobre la música final, en un acto que hasta se me antoja despreciativo. Si dos políticos se reúnen, eso requiere un programa especial; si muere un premio nobel, apenas se molestan en reseñarlo por el aire; como si fuese pecado la cultura. Los escasos programas de cultura de alguna cadena, siguen emitiéndose en su mayoría a horas intempestivas, como clandestinamente; ¡no vaya a ser que alguien se culturice! Es como un insulto a la inteligencia de las personas que durante el día están en sus casas. Como si creyesen que son idiotas y no puedan saber y querer saber más sobre las artes y las ciencias. Los referentes en nuestra infancia eran personas como Félix Rodríguez de la Fuente; las tertulias tenían escritores, científicos, actores. ¿Qué hemos hecho con nuestra televisión? ¿En qué preciso instante comenzó la degradación? Claro que hay que dar cabida a todo el mundo en televisión. Pero, ¿dónde está la ley de la proporcionalidad? ¿Cómo van a ser los niños de hoy en el futuro teniendo como referentes la cara de nuestros políticos y las opiniones de imberbes ciudadanos que piensan que un libro es un elemento decorativo? Se habla mucho de la muerte del cine, del teatro, de los libros. Ahora es muy estupendo decir que hay que adaptarse a las nuevas tecnologías; cuando en realidad creo que detrás de esa frase se esconde una nueva forma de esclavitud ante una falsa libertad. Todos son fuegos artificiales para seguir ejerciendo poder sobre lo que consideran plebe. Gentes que formamos parte de una sociedad que, en aras de un falso progreso y al abrigo de lo políticamente correcto, ha ido transformando a los individuos en seres cada vez más intolerantes hacia aquellos que no son como ellos, que no piensan como ellos, que no siguen las corrientes de supuesta evolución social. Personas cada vez más atadas por sus miedos y represiones pululan a diestro y siniestro, como si los movimientos que soñaron con la libertad en el siglo XX hubiesen sido unos espejismos perdidos en la noche de los tiempos. A pesar de todo, el hombre sigue siendo el mismo de hace cien, doscientos o mil años. Por eso, hoy leeré un libro, oiré música en mi vieja cadena, contemplaré el cielo y el verdor de la tierra, veré la televisión que me dé la gana, dedicaré una parte muy breve de mi tiempo en viajar por internet, sobre todo para aprender algo nuevo o enterarme de cómo está alguna gente que aprecio en la red, y poco más. La vida es mucho más sencilla de lo que nos la están contando. Sólo hay que olvidarse de la fantasía del poder. Si es posible la existencia de algún poder, radicaría en uno mismo y no demasiado. Ya que lo único que poseemos es este instante que, al tiempo que lo vivimos, se desvanece. Un presente que, mientras escribo, se diluye irremediablemente entre mis manos. 

viernes, 26 de febrero de 2016

RELATOS ROTOS - IX - DESPUÉS, AMANECERÁ (JUVENTUD Y LIBERTAD)


PINTURA DE JULIO MARIÑAS


    Lleva la copa a sus sensuales labios para tomar una breve porción y saborear el vino con cuerpo, de cierta aspereza; entonces, mientras deja el borde del vidrio en su boca entreabierta puedo ver la lengua en el preciso instante en que se desliza por el interior de los labios en un último intento de retener el sabor inabarcable del vino. Sus delicadas manos posan la copa y el ángulo agudo que forma el vestido negro sobre el escote deja ver la tibia redondez de los senos que apenas asoman de la tela. Mientras balancea levemente la pierna que monta sobre la otra, las venas de sus pies morenos parecen serpentear por su piel al abrigo de la tenue luz. Así, obligados por la brevedad del vestido en su parte inferior, las pantorrillas y muslos se muestran cobrizos, torneados, contundentes. En ese tren inferior atesora ella cierta rotundidad que contrasta con la cintura de avispa y su parte superior, una firmeza salvaje, de leona potente y fogosa. De nuevo, lleva la copa a los labios, Ahora, sus ojos de azabache, rasgados, profundos, me miran en toda su realidad, adornados por el ondulado pelo que desciende por su frente cual madreselva distraída. Es un leve atisbo de luminosidad en ellos y una pincelada de sonrisa aflorando a sus labios lo que me dice que esta noche sólo será para los dos. El universo se detendrá en la penumbra de una habitación, pararemos el tiempo, seremos fieras insaciables, descendiendo al infierno y subiendo al cielo de la carne y el fuego, leves mariposas acariciando el universo inabarcable; la vida nunca volverá a ser tan intensa como hoy; desgarraremos el Yo más insondable para entregarnos al éxtasis supremo, el arte del placer y el desvarío que no ha podido ser reglado, ni escrito en ningún manual; el que han intentado reflejar los grandes poetas sin conseguir acercarse nada más que levemente; el que no representa ninguna lengua, porque es el lenguaje de la piel. Será la noche de la libertad; porque no hay sistema político ni religioso que pueda adjudicarse el más mínimo dominio sobre la fusión entre dos cuerpos. Esta noche será la cumbre existencial de nuestras vidas, donde ascenderemos a los lugares más recónditos de la lujuria y el éxtasis; la entrega máxima de cuerpo y alma; el Tú y el Yo esclavizados voluntariamente en una noche de dioses y de mitos desconocidos por la historia, donde todo el recuerdo y todo el olvido se diluirán en el sudor que perlará nuestra piel, nuestros cuerpos estremecidos en un canto de vida y muerte.
     Después, amanecerá.

jueves, 25 de febrero de 2016

RELATOS ROTOS - VIII - EN EL HOGAR




    El salón era amplio y acogedor. Sentado en el mullido sillón, en bata no exenta de elegancia y confortables zapatillas, meditaba Rubén mientras leía un libro a ratos al tiempo que saboreaba el tabaco de una pipa de sinuosas formas. Lo hacía al calor de una chimenea en cuyo vientre danzaban las llamas resultantes de la combustión de recios troncos entrelazados. La novela que tenía entre sus manos llevaba en su rústico lomo un título breve: SED. Sólo la luz desprendida por el fuego servía de alumbrado a Rubén para conseguir leer algunas líneas de vez en cuando; ya que, pese a su reiteración en encenderlas, todas las velas del salón se habían apagado por causa de las frecuentes ráfagas de viento que trazaban rutas en un ambiente más bien frío. La vela alargada y delgada de la pequeña cómoda; las gruesas y cortas velas situadas sobre la chimenea. Pese al alfombrado suelo, a las paredes adornadas por gruesos e historiados tapices; no había conseguido librarse de un frío húmedo, espeso, afilado, que todo lo invadía. Ocurrió en una noche como otra cualquiera, mientras leía a intervalos aquel libro titulado SED que contaba la historia de una mujer que, en busca de un hombre que jamás conoció, pero que siempre había estado en su mente, se interna en una árida zona no ubicada en los mapas, espejismo lunar, tierra inhóspita y tétrica; y, durante toda la narración siente una sed inexplicable. Así pasó la velada Rubén, leyendo y meditando; hasta que, sin pensarlo, realizó el gesto de levantar la vista hacia el techo del salón, para descubrir que sobre él estaba el cielo abierto; un firmamento de nubes negras que se movían pesadas por encima de su cabeza, provocando una suerte de extraña noche, como artificial, una noche americana originada por algún director celestial etéreo e impensable. Ya nunca amaneció.

viernes, 12 de febrero de 2016

UNA MALETA Y LA LUNA - XXXIX (Último capítulo)



   
    Está anocheciendo en la playa. Ahora los ojos acerados del anciano me observan escrutadores. Cómo he llegado hasta aquí, qué significan todos los acontecimientos vividos desde el instante en que contemplé la maleta alumbrada por la luz de la luna en aquel ático. Probablemente no es que haya sido torpe al buscar respuestas, sino que las respuestas a ciertas preguntas no existen. Acaso la vida sea sólo preguntas. Cuando el ser humano cree haber encontrado alguna revelación, pronto surgen nuevos interrogantes. Ahora sólo puedo sentir lo ínfimo de la existencia en este solitario paraje. Pero los ojos del anciano se revelan ante mí como un nuevo enigma. Si fuese posible entrar en la profundidad de esa mirada cansada, probablemente podría ver al niño que fue entre prados verdes de infancia leve y simple donde el estío suave en su luminosidad hacía discurrir pausados los arroyos en cuyas riberas brotaban flores visitadas por alegres mariposas; el joven que fue transitando salvajes bosques primaverales en cuyo corazón se encontraban lagunas perdidas en las que ninfas desnudas de voluptuosas y sensuales formas invitaban al placer y el desenfreno. Sí, son los ojos de la vejez los que me miran; los del final del camino, cuando ya no hay más bifurcaciones que tomar, donde no se pueden hallar senderos escondidos entre la maleza como sucedía en los tiempos de esplendor. Es triste que los años vayan dotando al humano de una apariencia física que nada tiene que ver con el vigor de antaño; donde los que ahora son niños y jóvenes no pueden ya entrever  ni apreciar ningún atisbo de lo que fue el pasado glorioso. El tiempo pinta en su etéreo lienzo cruel un cuadro de siniestra decadencia. Nos han pretendido decir que es malo vivir en la nostalgia. Pero, qué le queda al hombre ya vivido, sino es el privilegio de saborear el pasado como se saborea un viejo vino áspero y con cuerpo largo tiempo cobijado en una barrica de roble. Para qué se vive la vida, sino es para sentirla intensa y permanente en toda su extensión pasada y presente. Sólo aquel que no ha vivido la vida deseada tiene temor a reivindicar el pasado intenso y profundo. Tal vez muchos humanos malgastan y desperdician su vida, por eso no quieren oír hablar de otros tiempos, porque para ellos es un síntoma de lo que no fueron y pudieron ser. Siento, bajo la mirada del anciano, que yo no pertenezco a esa mayoría; que he vivido con plenitud mis triunfos y mis fracasos; que la presencia de la riqueza de una trayectoria vital hace más grandioso el presente. El hombre da la espalda a lo que ya no puede tener, lo que ya no es suyo; pero yo creo que lo que un día tuvimos, sigue de algún modo siendo nuestro para la eternidad.
    El anciano se aleja lentamente hasta perderse en la maleza. Lo hace con esa resignación que poseen aquellos que han vivido; esos que hace tiempo saben de lo banal del mundo que habitan; los que hace mucho han asumido su final.
    Sobre el horizonte, el sol se oculta lentamente; en un lugar muy semejante al que vieron por última vez al Pirata Obra Muerta, el Hombre del Mar, alejarse para no regresar. Porque regresar es siempre imposible. En cada paso, el tiempo diluye las huellas de nuestro camino con sutileza. Así, de un modo apenas perceptible, pero rotundo, se va haciendo la vida a la vez que cae vencida.
    Contemplo de nuevo la playa. Ahora toda la superficie que abarca está tapizada de libros: cerrados, abiertos, semiabiertos, medio hundidos en la arena, bien conservados, rotos, deshojados, de lomos ligueros o gruesos, impresos o manuscritos; en infinidad de posiciones, con infinidad de formas, libros y más libros que besan las aguas, que flotan sobre el mar, que se hunden en él; los libros de la historia de la humanidad, los escritos por otros, los escritos por mí; pliegos blancos, pliegos amarillentos a medio escribir; hojas con la tinta aún fresca derramada en la última palabra de la oración sin terminar como un reguero de negra sangre que se disuelve en las aguas. Y en este silencioso paisaje de holocausto literario, comienza a surgir una música leve, apaciguadora del silencio que la escena atesora; parece proceder de la profundidades marinas, de las lejanas y oscuras zonas abisales, sonidos indescifrables para mí, indefinidas melodías, inexplicables armonías; todo más allá, mucho más allá del conocimiento; tal vez este sea límite, el lugar donde gravita lo ignoto del arte y de la vida; aquello que, tal vez, aún está por desentrañar o jamás pueda ser descifrado.
    Aspirar a un Saber Supremo, a las Cimas del Arte; pretender el Olvido, pretender el Recuerdo; son la misma cara de un espejismo; el Espejismo de la Existencia.

miércoles, 10 de febrero de 2016

UNA MALETA Y LA LUNA - XXXVIII - EL HOMBRE DEL MAR - EL PIRATA OBRA MUERTA




    El Pirata Obra Muerta navegó todos los mares, desde el Septentrión al Meridión, desde Levante a Poniente. Su apodo hacía honor a su fama de ser el pirata menos temido de la historia. Pese a todo, fue respetado por amigos y enemigos, ¡muy respetado! Trataba educadamente a sus víctimas. La máxima que daba a sus hombres siempre era “Matar lo menos posible; pero, si tenéis que matar, hacedlo rápido y con certeza para infligir el menor dolor”. El Pirata Obra Muerta era llamado también el Hombre del Mar. Esto le vino a él de los primeros quince años de vida antes de convertirse en un pirata y, después, cuando ya tuvo una edad demasiado avanzada para seguir pirateando, cobró de nuevo fuerza el calificativo de Hombre del Mar. Todo fue debido a que nunca en su vida abandonó el mar. Su cuerpo jamás supo lo que era estar en tierra firme; siempre adaptado al balanceo de las naves que habitó. Fue el fruto de los amores de una joven de familia acomodada y un joven marino humilde. Cuentan que se enamoraron en contra de los deseos de la pudiente familia de ella. Ante la feroz negativa a su unión, decidieron aprovisionar una pequeña barca de vela y huir juntos en una noche de luna en el cálido estío. Durante meses vivieron su amor en continua huida. No tardó la joven en quedar embarazada. Recogidos por un barco de pescadores en el noveno mes de gestación, allí nació el que después sería el Hombre del Mar. El padre de la joven, militar colérico, persiguió sin descanso a la pareja de enamorados. Así, con tan solo unos meses, el niño perdió a sus congéneres a manos del intolerante abuelo que, de no haber escondido el retoño los pescadores, también hubiese acabado con la vida de su nieto. Pasó los primeros años de vida nuestro Hombre del Mar en el barco de pesca, siempre escondido de las posibles miradas del indeseable abuelo que lo persiguió sin descanso, por considerarlo el fruto de un amor repulsivo a sus ojos. Hombre poderoso y pudiente, contrato sicarios en los principales puertos con la orden de degollar al pequeño. Contaba quince años el chaval cuando murió el demoníaco personaje. Para entonces, seguía compartiendo vida con los marinos que habían sido sus cuidadores. Recio, enjuto, fibroso, aunque no alto, si vigoroso y ágil, el Niño del Mar, pasó a ser el Hombre del Mar cuando, enterado de la muerte de su perseguidor, tomó la decisión de no pisar tierra jamás. Perplejos se quedaron aquellos marineros en un principio. Pero todos respetaron la decisión del muchacho. Probablemente, si lo hubiese hecho, en un primer momento tendría serios problemas físicos y psicológicos de adaptación, acostumbrado desde su nacimiento al vaivén del barco y a la contemplación de las aguas, además de a la sensación del mar en su piel. Nadar y bucear no tenían para él secretos. Así se gestó la leyenda del Hombre del Mar. Siendo joven, pronto comenzó a ganarse el respeto de los marinos que lo criaron y a mostrar dotes de líder. Fue un año después, contaba dieciséis años, cuando el barco en el que se había criado y llevaba toda su vida fue abordado por unos piratas que masacraron ante sus ojos a los marinos con los que había crecido; su verdadera familia. Cuando el joven vio todo perdido, se lanzó por la borda y sumergió su cuerpo en las aguas. Sus dotes inigualables para moverse por debajo del mar y por la superficie, lo salvaron de una muerte cierta. Asido a un lateral de la popa del barco pirata, esperó hasta el anochecer y, con audacia impensable, tomó venganza matando a los piratas uno por uno. Después de la noche de masacre, le llevó una jornada entera deshacerse de los cuerpos. Así comenzó la leyenda del Pirata Obra Muerta. Él solo, junto a dos jóvenes grumetes a los que perdonó la vida, fue capaz de mantener el rumbo de la nave de la que ahora era dueño y señor. Consiguió en unos meses hacerse con una tripulación fiel. Desde entonces, dedicaría su vida a saquear las naves de los piratas, corsarios y gentes pudientes, repartiendo sus riquezas con los más necesitados. Se dice que jamás piso tierra, haciendo honor a su nombre inicial, el Hombre del Mar. Qué fue de él; nadie lo sabe. Cuentan que, centenario, lo vieron por última vez alejarse con su barco navegando hacia el horizonte de atardecer en un ocaso de mar calmo.

martes, 9 de febrero de 2016

UNA MALETA Y LA LUNA - XXXVII - EL AMANECER



    Atrás han quedado las ruinas del cementerio, y más allá la ciudad fantasma engullida por la vegetación exuberante y los colosos arbóreos de peladas ramas, y aún más lejano el litoral en cuyo regazo surgieron las primeras casas de pescadores que serían el origen de la gran urbe. Ahora, delante de mí, no hay nada. Un vacío de negrura que va siendo diluido por las primeras luces de un alba que promete ser luminosa, radiante.  Cuando el día es pleno, descubro que mis pasos me han llevado hasta otra franja de litoral muy diferente. Semeja un virginal paraje de arenas blancas, mar azul alimentado por un río que desemboca calmo en sus aguas. Mis pies descalzos se hunden en la arena y observo a pocos metros de mí a un anciano sentado en un tronco de árbol a la sombra de una palmera; su cuerpo, apenas tapado por una camisa y un pantalón rotos y desgastados de tiempo, es correoso y delgado, encorvado, el rostro curtido por la brisa marina esta adornado por una discreta barba blanca y alberga unos ojos grises acerados que contemplan con fijeza las aguas. Sin mirarme, sé que se ha percatado de mi presencia. Me tumbo en la arena fatigado a escasa distancia de él. Entonces, sin dejar de observar las aguas, me habla.
    -Cuando era niño, mi abuelo, sentado en este mismo trozo de cadáver de árbol en el que estoy, me dijo:
    “Escucha, hijo. Porque solo hay una vida, y tú eres aún un niño, debes entender cuanto antes que todo lo que en ella les sucede a los hombres es igual que este mar que hoy contemplas; el mismo que contemplaron otros antes de nosotros, el mismo que contemplarán otros después de nosotros. El mar es imprevisible. Los marinos han intentado durante siglos leer en sus aguas; pero siempre han acabado siendo sorprendidos. El mar que hoy ves calmo,  puede súbitamente encresparse, y entonces, olas gigantes se forman amenazando todo aquello que está a su alcance. Así, la vida, cuando más plácida se muestra ante ti, puede bruscamente cambiar y sumergir tu existencia en un bucle infernal. La vida, hijo, está llena de personas que no han sabido salir de ese bucle envolvente y asfixiante. Recuerda que después de la tempestad llega la calma”.
    Era un sabio mi abuelo. Las palabras de aquella mañana siguieron latiendo en mi subconsciente, y con frecuencia afloraron en los momentos más turbios e intensos.
    Forastero que llegas aquí, tal vez huyendo de tu pasado, del horror de los hombres, acaso de ti mismo; esta playa de prístinas aguas que ahora contemplas, es el último reducto del Ser. No recalará en ella ningún barco, ninguna barca, ni siquiera una almadía con la que puedas abrigar esperanzas de arribar a otros puertos, otras playas, otras costas. Nadie vendrá.
    Conocí un hombre de mar. El más puro de todos. Digo el más puro, porque fue engendrado en el mar, nació en el mar, y acabó sus días en el mar. Jamás piso tierra. Su historia puede parecer extraña y peculiar; pero, en realidad, la vida de los hombres se desarrolla en un espacio muy reducido; incluso la de los más insignes y viajeros. Todo se reduce a un espacio que, pese a las ansias y deseos de los más audaces vividores, acaba siendo muy concreto. Tanto como el espacio de un velero. Un bergantín como en el que nació el Hombre del Mar.

lunes, 8 de febrero de 2016

UNA MALETA Y LA LUNA - XXXVI




    Esbelta, de miembros largos, sinuoso torso que se advierte bajo los transparentes velos, el negro pelo ligeramente ondulado mecido con delicadeza por la fría brisa nocturna, viento que se filtra entre las apretadas y rotas tumbas, los pies descalzos sobre la tierra áspera y negra giran sobre sí mismos y la joven se aleja invitándome con su mirada felina de negras pupilas y negros iris a seguirla entre la bruma. Se sienta en una quebrada losa. Observo con más atención su silueta, esquelética, transparente; difuso arquetipo de juventud lejana que, a pesar de su imagen decadente me retrotrae allí, al tiempo donde siempre soplaban en nuestro interior los cálidos vientos del Sur; aunque a nosotros nos gustase acercarnos al litoral, bien a las solitarias playas, bien a los quebrados acantilados, para sentir en nuestros imberbes rostros los fríos vientos del Norte, mucho más enigmáticos, más salvajes, más desafiantes. Fueron tiempos en que la lluvia mojaba nuestra piel, nuestras ropas; pero nunca penetraba en el interior; tal vez porque el calor que bullía en los insolentes cuerpos la evaporaba sin piedad. Mal sabíamos entonces que esa lluvia proveniente de torrentes caídos del cielo, bajo los que cantábamos a la vida, iría poco a poco calándonos los huesos, metiendo el frío del paso de los días en el alma. Levanta de nuevo la cabeza y sus ojos me observan entre la maleza de su pelo revuelto. Parecen decir “Sí, nos conocemos. En otro tiempo fuimos amantes entregados, y mañana era un adverbio desconocido para nosotros”. No me atrevo a hablarle. Creo recordarlo. Han pasado tantas lunas. Sí, lunas. Éramos seres nocturnos, devoradores de cuerpos furtivos que hoy se han perdido para siempre en la noche de los tiempos. Y la realidad y la ficción se mezclan en una danza confusa e inacabada; de tal suerte que los deseos y las realidades al correr de los años se revuelcan en un lodazal de horas perdidas en lo oscuro. Ella sigue sentada sobre la fría y quebrada losa, ausente, dulce, con un aire amalgamado de inocencia y crueldad a un tiempo. Es un remedo de un pasado que, por haber sido tan bello y mágico, sigue negándose a morir en mi interior. ¿Qué es el interior del ser humano?  El homo sapiens egoísta, pretencioso, ha querido ir más allá, ¿por qué no?, a los áridos parajes lunares, descifrar las estrellas, en una curiosidad desmesurada, pretensión vana de desentrañar todo aquello que le rodea; nómada impenitente, viajero feroz en algunos casos, recorre el mundo descubriendo gentes, culturas, parajes inhóspitos; pero, todas esas empresas de conocimiento y conquista, aunque desde un punto de vista global y social puedan ser magnificadas como grandes logros, nada tienen de equiparable al olvidado y gran viaje hacia el interior de uno mismo; ese que la inmensa mayoría de seres humanos se mueren sin realizar. Tal vez porque se da por supuesto, quizá porque así nos lo enseñan, que conocemos a la perfección nuestro Yo interior más puro. Alrededor de la errónea premisa de un autoconocimiento innato, el hombre hace su vida en un cúmulo de acciones en su mayoría superfluas. Eso motiva que, cuando tienen lugar los acontecimientos más importantes y reveladores, se sienta impactado, perdido, desbordado. Porque no conoce casi nada sobre el misterioso e invisible mundo que late en su interior. Cuando no conocemos nuestro Yo, tampoco conocemos el entorno y los acontecimientos que nos circundan; ya que ellos, para nosotros, no son más que la proyección e interpretación que hacemos de todo lo que sentimos y experimentamos. Quisiera hablarle, pero las palabras no afloran a mis labios. Sí, está demacrada, ajada por el inexorable tic tac del reloj invisible que late en las esferas, pero, a pesar de todo sigue joven, mientras que yo tengo que clavar los ojos en algún revelador espejo durante largo tiempo para vislumbrar detrás de mi apariencia madura aquel joven que fui, el que bebía la vida con fruición, en el tiempo en que ella y yo nos conocimos, nos amamos, nos enfrentamos en el combate más duro y brutal que puede haber, el de las sábanas blancas, cuando aún los lechos que frecuentábamos no habían sido enlodados con el pestilente caldo de la decepción y el olvido. Ella está ahí, sobre la fría y rota losa, sin reclamar nada, no habla. Espero al menos un gesto, un suspiro sutil que no llega. Se desdibujaron las horas que pasamos juntos. Intento evocar a la mujer que fue sin conseguirlo. Comienzo a pensar que tal vez sólo sea una proyección de las que conocí, las mujeres que amé, las que gocé, las que amé y gocé, incluso las que deseé y no pude alcanzar jamás. Tal vez sea una manifestación de todas ellas. 
    Cuando regreso de mis meditaciones, ya no está. Sólo queda la fría y rota losa desnuda ante mí. Es el encanto y la belleza de las horas de juventud, que nunca regresan y, si lo hacen, es para decirnos que ya no formamos parte de ella.

viernes, 5 de febrero de 2016

UNA MALETA Y LA LUNA - EL SUEÑO - XXXV



EL SUEÑO
    Estoy solo en un extenso páramo cuya piel agrietada habla de una prolongada sequía. En la lejanía, un bosque de árboles sin hojas, petrificados, esqueletos vegetales que algún fuego hostil abrasó antaño. Las romas montañas graníticas de roca madre, vestigios del origen de la tierra, se recortan en el horizonte. Repentinamente, el atardecer se llena de aullidos guturales, coro tétrico y sombrío. Poco a poco, al tiempo que anochece, mi vista cansada va vislumbrando las siluetas de vigorosos ejemplares de lobos en manada, cánidos de belfos babeantes, colmillos afilados y ojos como brasas. Intento huir sorteando las grietas del terreno, tambaleándome y tropezando deslavazado. Una angustia profunda me envuelve. Los aullidos han cesado; ahora puedo escuchar a mis espaldas sus jadeos enfebrecidos. Giro la cabeza y observo los ojos encendidos fijos en la presa que soy yo. Eso hace que no vea donde doy el siguiente paso y mis pies no encuentran asiento. Caigo al vacío en la negrura de una grieta ancha y traidora. Desciendo violentamente, mi cuerpo se golpea contra las oscuras y húmedas paredes; es tal el shock que ya no siento los impactos, ni veo, ni oigo, ni huelo; sólo percibo un profundo amargor en mi boca seca. Así, me voy sumergiendo a mi pesar, sin remisión, en un universo extraño interior donde sólo hay derrota y olvido; hasta que, cuando he asimilado que todo está perdido, comienza a llegar a mis oídos una música lejana que primero siento como timbres de instrumentos aislados que aparecen y desaparecen entrecruzándose, atropellándose, distanciándose; pero, poco a poco, se hacen más patentes y comienzan a formar estructuras armónicas diversas, también esbozos de melodías que se insinúan en motivos más o menos precisos, quebrándose repentinamente la sensación placentera con irrupciones violentas de metales incisivos, hirientes, en sus registros más penetrantes y más roncos. Ahora estoy envuelto en un nuevo espacio no físico, ni siquiera psíquico; uno que podría llamar Espacio Musical Indeterminado; sin dimensiones, ni las percepciones de los sentidos habituales que el hombre suele manejar, salvo, lógicamente, el oído. O, tal vez ni siquiera esta música este entrando por mis oídos. No, no lo hace. Se está generando dentro de mí. Es la música de mi existencia o, dada mi situación, sería mejor decir, de mi inexistencia. No lo sé. Todo mi Yo vibra en cada escala, cada acorde, cada intervalo descubierto, cada modulación, cada esquema rítmico. Hasta que se hace el silencio y despierto.

jueves, 4 de febrero de 2016

UNA MALETA Y LA LUNA - El Antiguo Cementerio - XXXIV




EL ANTIGUO CEMENTERIO

    Una colosal verja de hierro forjado continúa señoreando la entrada del Antiguo Cementerio de la ciudad. Su sólida estructura se mantiene en pie, a pesar del estado ruinoso en el que se encuentra el muro que circunda el camposanto, hasta tal punto afectado que en algunos tramos se ha vencido abriendo así otras vías de acceso. Por uno de esos espacios entro en el cementerio. Este lugar se había convertido en punto de visita turística por la belleza de sus tumbas y panteones; además de diversos monumentos conmemorativos erigidos en las glorietas donde se entrecruzan las calles que lo recorren. En los últimos diez años apenas se han realizado enterramientos. Los primeros se remontan a la creación del cementerio en la Edad Media. Observo con estupor que no sólo la ciudad ha cambiado; también el camposanto está más invadido que nunca por la vegetación. Las madreselvas serpentean  las losas y se abrazan a las pétreas cruces, rodeando también los solemnes panteones. Lápidas quebradas dejan entrever pútridos restos, mondas calaveras, fémures solitarios. Como todos los cementerios, huele a humedad y olvido. El cementerio es siempre una ciudad de sueños truncados. Los seres humanos hemos querido ver en ellos la última morada de la muerte en un intento vano de seguir manteniendo un halo de esperanza. Pero, lo cierto es que, aquí no habita la muerte. La muerte, tan temida, es un proceso breve. En su período puede ir desde un instante repentino que acaba con la existencia, hasta toda una vida, si aceptamos que en el mismo momento de nacer comenzamos a morir. Aún así, en este último caso, una vida es un espacio de tiempo ínfimo; demasiado escaso para la vanidad del hombre. Por eso pretendemos esa permanencia de la muerte en los cementerios. Aunque, como he dicho, en ellos no habita la muerte, sino la nada. Nada que revestimos de esquelas vistosas, flores y otros ornamentos; en un intento último de no aceptar el vacío. Por eso es tan absurdo el temor de los seres humanos a la muerte. Algo que sobreviene con prontitud para volatilizar en un instante lo que hemos sido. 
    Recuerdo una noche de adolescencia. Fue en un pequeño pueblo. Nos acercamos inquietos al camposanto para observar los fuegos fatuos. Una neblina sutil y vaporosa proveniente de las tumbas se elevaba lentamente rompiendo la oscuridad. Pensé entonces, como ahora, en la futilidad de la vida. 
    El frío de la noche penetra en mi carne como si provocase una profunda herida. Una herida que va más allá y se cierne sobre el interior. Descansaré en un rincón donde la vegetación no sea tan espesa como para ocultar extraños entes. Aquí, junto a estas losas, descansaré y soñaré.

lunes, 1 de febrero de 2016

UNA MALETA Y LA LUNA - XXXIII



   Desde el porche en el exterior del caserón, observo como la noche se va disolviendo pausadamente al ser corregida por un alba gris, velada, sin sol, nebulosa, como si un manto invisible cubriese el cielo. He perdido la noción del tiempo. Debo regresar a la pensión. Encamino mis pasos hacia la ciudad; evitando mirar a mis espaldas donde sé que empieza el páramo. A medida que me acerco al inicio del paseo marítimo alumbrado por solitarias farolas de luz tenue, va penetrando en mí una extraña sensación de soledad; vacío que anida en el pecho como si los latidos del corazón cesaran su rítmica danza de vida. Algún murciélago inquieto cruza su silueta desgarbada entre mi caminar y la luz mortecina. Sin darme cuenta he penetrado en el corazón de la ciudad nocturna. El amanecer no consigue imponerse a la penumbra. Aquí y allá luces dispersas, escasas, asimétricas, dejan ver apenas zonas concretas de edificios; un portal, algunas ventanas, el cartel de un negocio. En un principio, camino lentamente ensimismado y no fijo mi atención. Pero, cuando comienzo a observar las escasas zonas de luz, descubro ventanas rotas, persianas descolgadas, puertas de maderas cuarteadas, muros resquebrajados. Comprendo angustiado que la ciudad que transito está desierta, derruida, abandonada; sin el más mínimo vestigio de vida humana en sus calles, ni en sus edificios. En algunos portales dormitan los gatos; los cuervos hieráticos observan mi paso confundiendo su negro plumaje con la noche; las madreselvas abrazan los muros semiderruidos deslizándose por los oscuros agujeros de las ventanas. Silencio y más silencio, demoledor, vacío; ni siquiera parece premonitorio de algo que pueda ocurrir; como si todo lo que tenía que pasar, hubiese pasado ya. Camino las calles agrietadas que sinuosas raíces gigantescas han profanado con salvaje violencia. Habituándome a la oscuridad nocturna, comienzo a vez troncos de colosos arbóreos que se han elevado junto a edificios, hasta el punto de inclinar las estructuras; sus peladas ramas brotan de ellos como brazos de extraños cefalópodos, horadando las paredes y penetrando por las ventanas. Estoy en medio de un paisaje urbano que parece haber sufrido un Apocalipsis lento; como si la naturaleza silente se hubiese ido adueñando de lo que antaño fue suyo. Recuerdo viajes largos de veranos calurosos por las autopistas del Sur; en las medianas brotaban hierbajos; en algunas zonas incluso arbustos por las grietas del cemento, a las orillas del asfalto; vegetación que parecía querer reclamar lo que en otro tiempo fue suyo y ahora el hombre había aplastado sin consideración. Pensé en llamarlo Efecto Metrópolis; es decir, la respuesta de la tierra al descontrolado proceso. La civilización erige monstruos de cemento sobre alfombras de asfalto provocando la reacción de los elementos naturales que inician su rebelión comenzando por brotar en las más ínfimas fisuras del entramado urbano. Entonces, no podía imaginar que mis pensamientos acabarían adquiriendo forma en hechos consumados.
¿Cuándo ha muerto la ciudad? ¿Esto es realidad o sueño?