LITERATURA

 LOS BUQUES PERDIDOS

Hay buques perdidos en el proceloso océano;
colosales naves de crujientes maderas
que a la deriva bailan en misteriosa danza.
Por sus desiertas cubiertas vagan
almas sin cuerpo en un eterno ciclo sin retorno.
Hieren el aire espeso sus mascarones de proa,
y los sargazos besan sus cuerpos resentidos.

Hoy lejano ya queda aquel bajel pirata
que en la perdida infancia nos hizo albergar sueños,
cuando al compás de versos altivos y briosos,
lográbamos sentir el mar en nuestras almas.
Libertad se llamaba aquel sueño dorado.

Vuelan las gaviotas sobre navíos perdidos
de cascos recubiertos por mil seres marinos,
y sus bellos cañones ya no escupen al viento.
Un día ya olvidado las anclas se pararon.
Nunca más encontraron un fondo donde asirse,
y oxidadas hoy cuelgan lamentando su sino.
Carabelas sin dueño pasean por las olas;
pues ya no existen mundos que puedan descubrirse.

Alrededor de naves sin rumbo fijo,
suspendidos gravitan los cantos de sirenas
que notrora embriagaron a curtidos marinos;
y al paso de ellas ululan las caracolas,
adornando el misterio que encierran sus maderas.
Las almas solitarias que, en las noches
de invierno, bajan al litoral cuando la niebla
besa las costas despobladas
y contemplan el mar desde los roquedales;
a veces las advierten entre las densas brumas.
Son barcos sin patrón, sin nombre, sin bandera,
condenados a un cruel periplo hacia la nada.

Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual



EL ARTISTA Y EL TIEMPO

    -Sólo somos recuerdos (Me está observando con sus cálidos ojos negros. Su mirada penetra en mi pecho como una llama que perfora mi plexo solar, y una vez dentro, se expande hacia mis pulmones, corazón, hígado y demás órganos)
    -Un recuerdo, Julio, es como un pájaro herido que un día fue ágil y portaba un plumaje de vivos colores, pero hoy sólo es eso, un animal dañado que, al abrigo de alguna rama escondida, nos empeñamos en proteger, a pesar de que sabemos que nunca volverá a volar.
    -La poesía es un vestido perfecto, Ignacio; si la haces transparente, deja al descubierto las sensuales formas del deseo; si la escribes gris, viste de melancolía los sentimientos. El único problema es que nosotros llevamos demasiado tiempo abrigando y adornando con ella nuestros sueños e ilusiones; los trajes poéticos de antaño están viejos y raídos; comienzas vistiendo vírgenes lúbricas y, cuando te das cuenta, estás amortajando cadáveres (Aprovecharé este momento de llevar la taza de café a los labios para alzar la vista y contemplarla de nuevo... Está mirando el exterior por la cristalera del café, donde se ve la gente pasar apresurada. Sentada en el taburete, con el cuerpo ladeado, la abertura de la falda negra deja ver sus piernas morenas, dos zapatos sin empeine me permiten contemplar las venas que surcan los pies. Esto excita más aún mis sentidos)
    -Creímos en un mundo de ensueño ¿y qué?
    -No sólo creímos; lo intentamos construir con aquellos que más queríamos. Pero eso es imposible. ¿Quién comprende al poeta?
    -Nos queda el consuelo de que, mientras lo hacíamos, vivíamos plenamente de aquella ilusión.
    -¿Ilusión? La ilusión es un dios sin Olimpo; un barco errante sin fondo donde anclar sus esperanzas, sin puerto donde resguardarse de las terribles tormentas que asolan el mar de la existencia. Ignacio, tú tienes mujer, hijos; has sido inteligente, has sabido crear una vida paralela a las quimeras que rondaban tu espíritu poético. Pero yo, yo, ¿yo qué tengo? Un perro viejo y triste de tanto ver penar a su dueño; unas sienes encanecidas prematuramente; y el olvido, el olvido ahogándome el alma, como una soga de metal elástico rodeando mi ser; ahora apretando, ahora cediendo, pero sin dejar de rodear la cuesta debajo de una mísera existencia.
    -¿Tienes fuego? (Se ha inclinado, y una porción de la redondez de sus pechos se deja ver bajo la blusa blanca. Mientras succiona el pitillo, la leve presión que ejercen sus labios me llena de deseo. Otra vez, los profundos ojos negros perforan mis entrañas. Expele el humo y sonríe)
    -Gracias.
    -De nada. (Se da media vuelta y camina hacia la puerta del café. La veo abandonarlo y mi corazón late con fuerza. Su partida me arranca un deseo irrefrenable; estoy convulsionado)
    -Una belleza enigmática. ¿Ves, Julio? Aún hay algo que merece la pena. ¿Recuerdas cuando éramos jóvenes? Decíamos: “La vida es esto, estos momentos de convulsión endiablada que liberan la mente, la trasladan”.
    -Si, no éramos una excepción; lo único que teníamos diferente era la facultad de poder expresarlo con palabras. Pero nada más. La juventud de entonces, la de hoy, la que venga; siempre será como éramos nosotros. Libres, osados en nuestra ingenuidad. Hoy ya lo sabemos; el tiempo nos lo ha revelado: Ser joven es una fiebre pasajera que te lleva al delirio mientras la sufres; después, si no mueres en la loca aventura, pasa; y de ella sólo quedan imágenes que, con el paso de los años, no hacen más que devolvernos las fotos de lo que fuimos y ya no somos. Ignacio, el mundo está detenido para mí. Recuerdas, creíamos que el arte nos haría libres y eternamente jóvenes; pero era mentira. Nuestras obras siguen jóvenes; lo versos que escribí a la chica del barrio, el cuadro que pintaste de tu primer amor; una y otra vez los contemplamos y siguen impertérritos mirándonos insultantemente, con osadía; en su lozanía hemos dejado parte de nuestro ser y nuestra vida.
    De acuerdo, todos somos un poco Dorian Gray, pero tenemos el consuelo de que no hemos pactado con el diablo. Nuestra bandera ha sido el amor.
    -A veces siento deseos de destruir toda mi obra; sería la inmolación que tal vez me devolviera las energías que me faltan; las que he consumido con cada trazo, cada verso...
    -Está anocheciendo.
    -Sí, Ignacio. En este mismo bar hace veinte años, rodeados de amigos y amigas de piel suave y sonrisa fresca, veíamos amanecer. Las horas perdían su lugar, y el tiempo era nuestro esclavo. Ahora somos nosotros los esclavos del tiempo.
    -Todo tiene su ciclo. Pero los sentimientos no envejecen. Yo sigo viendo en tu mirada a aquel joven enérgico y pasional que bebía la vida sin desfallecer.
    -Vamos, Ignacio, es un truco muy viejo. Reserva las palabras de aliento para ti. Te harán mucha falta para, día tras día, volver a la oficina a sentar tu acomodado culo en la moderna silla de la empresa. No, no es un reproche.
    -Lo sé, Julio, lo sé. Es una forma cruel de decir: “Tú también, Bruto, hijo mío” Con cariño, pero con decepción. Sé que he sido un traidor a mi mismo. Tus ilusiones están rotas por el tiempo; pero yo, ni siquiera he tenido el valor de acompañarlas. Tú lo has dicho muy bien; tengo mujer e hijos, una vida cómoda; pero, en el desván de mi casa he sepultado mis obras; con ellas está presa también el alma que puse la crearlas. Por las noches, cuando me acuesto, en el silencio, me parece oírlas gritar desesperadas, llorar pidiéndome que las libere de su cautiverio. Pero yo soy un cobarde que se entierra entre las mantas y hace caso omiso de sus lamentos.
    -Perdona, Ignacio, no quería entristecerte.
    -Dicen que la verdad nos hace libres, Julio; pero los hombres nos pasamos la mayor parte de la vida huyendo de ella, y eso nos hace prisioneros de una pesadilla. Me voy, mi mujer me espera para cenar. Otra noche te llamo.
    -De acuerdo. (Estoy triste viendo alejarse a Ignacio; su silueta aparece y desaparece entre las luces y sombras de las farolas. Por unos instantes creo que no es real. Además, ¿qué es la realidad?).



Obra inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual

1 comentario:

  1. "El artista y el tiempo", me hace recordar lo efímera que es la vida, que son muy pequeñas las cosas que a veces nos reconfortan, que todo viene y va, pero sin duda tenemos que vivirla y ser conscientes de que cuando interactuamos, reimos, lloramos, es porque sentimos, la vida puede ser terriblemente maravillosa, en un extremo u otro...

    ResponderEliminar